CERCANIAS MAURITANAS

TrenmauritaniaLa vía de tren que lleva de Nouabhidou a Choum y Atar, en el norte deMauritania, es el único trazo uniforme que permite saber en que
dirección se circula. Hace años, viviendo en ese país, por obligación
hacía la ruta entre Chinguetti y Nouakchott una vez a la semana. El
camino duraba dos jornadas por culpa del mal estado de las pistas.
Normalmente, la noche que debía pasar a medio camino la diseñaba con
cuidado. Siempre, por precaución, procuraba que alguna aldea no quedara
a más de una hora caminando y montaba la tienda junto al Jeep y a unos
cien metros de las dunas más cercanas para no ser engullido a oscuras.

Recuerdo las noches del desierto frías y desagradables. La cena aliñada con arena por culpa del viento y el silencio tibio del Sahara de fondo, no eran ingredientes para el goce y el disfrute. Sin embargo, cada semana esperaba esa noche con ilusión porque el amanecer solía ser majestuoso, bello y enorme. El viento se dormía a primera hora del día y, normalmente, dejaba un cielo púrpura a modo de tablero para que al fondo, una luz intensa, blanca, brillante y nerviosa lo agujereara. Durante una hora esa luz iba acercándose. Era un tren. Una culebra amarilla de tres quilómetros de largo que aparecía de la nada y que con su rumor ensordecedor y su tamaño lo llenaba todo. El alboroto se te queda grabado durante minutos. La imagen espectacular de ver un monstruo infinito repleto de personas hacinadas hasta lo imposible en el único tren del día se galvaniza en blanco y negro para siempre en las callejuelas de la memoria de quien lo ve. Piensas, ¡que diferente!, en Europa estas cosas no las vivimos. Pues te equivocas Baldomero. No se si es culpa de Montilla, de la Magdalena, del PP, del PSOE, de CiU, de Ratzinger o de Rafael Amargo, pero la conclusión después de lo vivido estos días en el surrealista mundo ferroviario catalán es que Occidente empieza en Lyon.

El desprecio con el que la administración está tratando a los usuarios de Renfe alcanza lo miserable. La visita de Zapatero hoy a Barcelona supone el clímax a la burla como institución. ¿Como se borra el desdén y la deshonra, la vejación cotidiana, la ofensa vil y sinvergüenza, la iniquidad mortificada, la abyección, la degradación y el menoscabo, la burla, la ignominia y la humillación con que los catalanes tenemos que desayunar todos los días? Un país moderno y occidental no puede ofrecer esta imagen por que aquí no hay desierto ni lugar donde acampar esperando un bonito amanecer. Los andenes atestados, rebosando almas cansadas que poniendo en riesgo su integridad esperan un tren, el tren mauritano que los lleve a casa a media noche. Cuando llega ese gusano rojo y blanco saturado de problemas y depresiones, el asco aun se hace mayor.

Hoy prácticamente nadie cumplirá con la protesta pacífica de no pagar el billete de cercanías. El ciudadano anónimo bastante tiene ya como para meterse en líos. El civismo que el usuario muestra es muy diferente a la sinvergonzonería de nuestros tecnócratas incapaces de solucionar uno de los problemas más enquistados y de mayor repercusión económica, social y moral de nuestra sociedad. La lesión intelectual se agranda cuando nuestros representantes, aquellos que deberían de protegernos, velar por nuestros intereses y ganarse el sueldo que les pagamos, se exculpan sin ruborizarse y giran el ventilador en dirección al pasado. No vale, no juego. Esa opción debería de estar penada por la ley. Cuando alguien asume un gobierno acepta toda la herencia, la buena y la mala. Tengo la sensación de, como en Mauritania, cuando pasa un tren por delante de mis narices, no sé si va a ser el único del día. Encima aquí no hay amaneceres azul cobalto.

www.marcvidal.cat – Comentarios en la versión en catalán

Publicado originalmente en 
Cibertira Poliblocs.cat