HE VOTADO A GROUCHO MARX

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Marx2
Nuestro ordenamiento jurídico tiene reservado una estupidez de
dimensiones púnicas.
La jornada de reflexión que vivimos en el día de
ayer parte de la idea de que los ciudadanos somos idiotas y de que
necesitamos una jornada entera y en silencio electoral para aclarar
nuestras intenciones a la hora de emitir el voto. Es urgente que lo
retoquen. Ayer millones de españoles nos pasamos la jornada de
reflexión por el arco del triunfo y estuvimos discutiendo, debatiendo,
leyendo nuevas propuestas, campaña de última hora y youtubes neonazis a
través de la red y de la blogosfera.

Soy un defensor cargante de la obligación de participar en las elecciones y en la democracia en general. Sin embargo soy un descreído del sistema que me impide en muchos casos meter la papeleta de alguna formación en el sobre dichoso. Los partidos políticos y sus líderes se pasan la vida proclamando que es preciso hablar de aquello que interesa a la gente y, en esta campaña por ejemplo, han sido incapaces de hacerlo. Los discursos de la mayoría de candidatos han estado infectados de generalidades y partidismos. En España el PP ha forzado al PSOE a ver estos comicios como unas primarias, pervirtiendo el sentido de esta cita con las urnas a fin de tomar la temperatura al hipotético castigo a la gestión de Zapatero. En Catalunya la intención es similar, unos y otros intentan averiguar si los catalanes vieron con buenos ojos o no el tripartito segunda edición.

El resultado a esta utilización sistemática de la política y sus bacterias por parte de los aparatos de partido, lo conoceremos a partir de las 20 horas: una abstención monumental y una gastroenteritis democrática de narices. Luego vendrán las frases hechas y las reflexiones manidas. Sin embargo no votar es un mal remedio. No les hacemos daño no votando. Tengamos en cuenta que la abstención es un recurso ideológico y de convicción personal que se retuerce en los territorios del holgazán político. Una decisión de este calibre puede ser confundida con la del gandul electoral. Además, ¿Quién nos dice que a los partidos realmente les importa el grado de participación? El castigo democrático que supone no ir a votar  es un gesto inútil. Ni una abstención de 99% haría que ese 1% restante fuera utilizado para escoger a los representantes. Si algún día a alguien se le ocurre modificar la legislación y propone que el porcentaje de abstención debe ser reflejado en escaños vacíos, o sea sin gasto asignado, a lo mejor, entonces, sería una opción política muy acertada.

Descartando el “no voto”, también descarto el voto en blanco. Básicamente porque en el uso de la ley d’Hont y con una sencilla ecuación de primer grado descubres que el voto en blanco suele ser un beneficio aritmético para el partido más votado en la mayoría de las ocasiones e impide que partidos pequeños alcancen porcentajes para entrar en los consistorios. Únicamente queda el voto nulo. Sirve de poco o nada pero permite tres cosas: gesticular democracia, que durante mucho tiempo en este país eso era imposible, respirar jornada electoral y dar una nota divertida durante el recuento a los pobres desgraciados que se han pasado todo el día sentados en sillas de niños de P3 junto a una urna de metacrilato. Aunque Aznar diga que no votar al Pp es votar a Eta, mi voto es para Groucho Marx.

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