PLACERES

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Hace tiempo confeccioné mentalmente un catálogo de placeres. Pequeños
condimentos que pudieran convertir la existencia en un paraíso a fuerza
de repetirlos. Como el hecho de vivir es obligatorio y Las Maldivas
están demasiado lejos para ir una vez por semana, tuve que recurrir a
elementos mucho más cotidianos. Por eso esculpo la realidad con
momentos delicados y les envuelvo en papel celofán. Lo hago viendo la
vida a través de la mirada de mi hijo. Lo alcanzo saboreando con
intensidad los besos de mi mujer. Lo obtengo escribiendo éste post o
reuniendo las piezas del rompecabezas en el que se ha convertido
Granollers. Es un placer descifrar los millones de tonos que adquiere
la Porxada cuando la noche se derrama de forma líquida sobre su
cubierta de mentira, es un placer rehacer el puzzle del Granollers
inventado, ese que ya no existirá más que en mis sueños. Es
desconcertante pasar por la retorcida calle de Sans con las piedras
acumuladas en las puertas del futuro, con el Majèstic a punto de
hundirse. Con él, derribarán centenares de emociones en blanco y negro
irremediablemente.

A unos quinientos metros está mi rincón de cristal. Me encanta, es un pasaje sin nombre, aquél que une anónimamente la Plaza la Porxada y la de las Olles. Me gusta y me quedo allí quieto como una estatua. Es un paso, no llega a callejuela, no es un pasaje, no tiene nombre ni nadie pensó que debería tenerlo. Entre zapatos, perfumes y gafas esta porción de la ciudad queda en silencio sin conocer que nombre tiene. Propongo el "pasaje sin nombre". Deleitarse en Granollers no es sencillo, poco ayudan los que ordenan su destino. No obstante, el aliento de mi ciudad se respira por todas partes, se revuelve bajo el asfalto que entierra los adoquines de las calles del centro, te envuelve los domingos de madrugada cuando la ciudad ya duerme cansada de tanta franquicia, se enfrenta a su suerte cada día en el que se hace más anónima. Mi ciudad ya no es referente de casi nada pero sigue siendo el escenario de mis placeres, el territorio de mis recuerdos. Mientras Granollers sigue obviando su presente y esperando a que el nuevo ejecutivo municipal tenga las ideas más claras que el anterior, yo he decidido que voy a darme uno de los mayores gustos que un ser humano puede permitirse: el bacalao a la llauna con judías del ganchet que prepara, como si fuera un mago, Miquel de Can Farell. Y después ya veremos.

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