DE LOS EEUU A GRANOLLERS

Desaparecen los bares de toda la vida y con ellos sus muebles, las sillas de madera vieja y arañada, sus mesas repletas de historias, sus cristales sucios y la vida de la calle reflejada en ellos. En cualquier esquina del centro histórico, la vida se detuvo hace años y el progreso la derriba poco a poco. Las noches son más oscuras y silenciosas, cada vez están más muertas y son menos noche. Vivimos tiempos de transición deconstructiva. El Majèstic es un recuerdo gris, Ca la Sila un rumor, el privilegiado garaje Eloy ha dejado de ser un punto de referencia geográfico y el Garaje Baulenas o Can Trullas son postales en color sepia. Que la ciudad evolucione urbanísticamente no debería de preocuparnos. Sin embargo, haber convertido exclusivamente en patrimonio residencial todos aquellos elementos que proporcionaban actividad económica y lúdica a una ciudad como Granollers es un gravísimo error.

Si tenemos en cuenta que corren tiempos difíciles para el comercio y que alquilar los bajos a una buena franquicia, proporciona mucho más beneficio que jornadas interminables atendiendo al público tras un mostrador, entenderemos que permanecer estáticos ante el cambio de uso de los equipamientos de nuestro entorno inmediato es peligroso. El centro está conquistado por el imperio de las franquicias. Sólo una minoría de ellas están gestionadas desde el granollerismo. Salvo contadas excepciones en alguna calle estrecha que conduce a la Porxada, la mayoría no evitan utilizar nuestra ciudad a modo de Kleenex. Usar y tirar. Granollers es un enorme pañuelo usado convertido en capital de comarca, electrizante durante el horario comercial, y desértica cuando cae la noche. Los bares de guardia han desaparecido, los ciudadanos hemos pasado a convertirnos en turistas de tarde. El cine sobrevive en las afueras y la vida es tediosa y aburrida al final de la jornada. Me gustaría, y quisiera implicar a todos, vivir en una ciudad divertida, gratificante, culturalmente plena, que no fuera un hervidero de lamentos y quejas, que no se viera empequeñecida por la normativa omnipresente, que se abriera a iniciativas ciudadanas y las potenciara y que esos soñadores insolventes saturados de ideas, pudieran llevarlas a cabo. Me gustaría vivir en una ciudad que amara un razonable desorden, que tuviera pánico a la marquesina repetida, a la norma por la norma, que no se encerrara en si misma cada día cuando los comercios bajan persianas. Granollers hace años que no sólo derriba edificios, está socavando su propio espíritu, su vocación a la apertura y a la relación. Es obligación de todos, no sólo de las instituciones, que reaccionemos definitivamente.

Articulo publicado en Revista del Vallès la semana pasada bajo el título "Visc en un mocador", osea "vivo en un pañuelo"