RELATO DE DOMINGO: INVISIBLES

Naufragando por las calles de Granollers hay seres anónimos a los que estamos tan acostumbrados a ver que ya ni los vemos. Aunque caminen junto a nosotros, siempre permanecen lejos de nuestra atención. La vida va a paso acelerado, rápido e imprescindible y nos aleja en un instante de su mundo miserable. A menudo, camino del quiosco de mi amigo Sebastián, me cruzaba con una de esas almas invisibles.

No tenía nombre o no quería pronunciarlo, arrastraba un carrito de la compra y, debajo de sus pobladas cejas, aparecía temerosa su mirada, a veces seria y otras triste. Su paso era tibio como la gelatina y aunque pretendía demostrar entereza, la verdad es que se movía como un viejo dinosaurio a punto de caer. Me fascinaba hablar con él. Lo hice por primera vez una mañana lenta de domingo en la Plaza de la Corona y ya nunca lo evité. Fue por casualidad, pero supe que ante mi tenía una vida inmensa. Era un observador implacable, un seductor de palomas y un fascinante escritor en el aire. No le gustaba ir al auspicio del Xiprer porque le plantaba de frente y sin filtros su propia existencia, miserable y solitaria. De él mantengo en la memoria la última reflexión que me regaló y que por simple me parece brillante. Hacía referencia a una discusión que dos mujeres tuvieron frente a nosotros una mañana. Tras varios minutos de debate estéril, las dos enormes y peludas señoras, pasaron a defender con pasión sus teorías acerca del color del arroz y de la cantidad de azafrán ideal para condimentarlo. La discusión finalizó con la despedida forzosamente doméstica y con la impresión de que las dos mantenían intactas sus ideas iniciales. Mi socio invisible dijo: “Nunca se convence a nadie de nada”.

Hace meses que ya no lo veo. Se ha esfumado del mismo modo que apareció, pero para miles de ciudadanos de esta ciudad nunca habrá existido. Seguramente caminaste junto a él o te apartaste de su fétido trayecto. Su vida no interesó a nadie, como la de tantos individuos invisibles que nos rodean. Somos muchos y hacemos muy poco. Todo el corazón lo guardamos para los programas de cotillas que hacen en televisión y escuchamos una vomitiva suma de despropósitos, chismorreos, suposiciones, conjeturas, apreciaciones, sospechas, figuraciones, imaginaciones, y mentiras en tarros de mermelada. Miremos de frente con el diafragma abierto de par en par, porque hay gente maravillosa recorriendo esta ciudad disfrazados de espectro.