DESDE MITROVICA

La voluntad de Estados Unidos y algunos países europeos de conceder el visto bueno a la independencia de Kosovo, ha derribado el principio de política internacional por el que un Estado soberano solamente pueden modificarse si la mayoría de la población, del conjunto estatal, está de acuerdo. Seguramente el deseo de América por menoscabar el patrimonio ruso ha sido fundamental para ese apoyo. Dicen, para justificarlo, que Kosovo no supondrá un efecto dominó. Pero hay quien no lo ve del mismo modo. Por ejemplo la propia Rusia, que teme pueda ser un incentivo que reabra escenarios conflictivos de la periferia soviética o España por aquello de las barbas en remojo. La prensa europea refleja lo incómodo que resulta para varios países de la UE el caso kosovar, sobretodo los que conviven con nacionalistas de peso en su interior.

La situación y estatus de Kosovo es el tema más resbaladizo que ha quedado por empaquetar desde la desintegración de Yugoslavia. La etnia albanesa ha intentado hacer didáctica con el conflicto gracias a la mayoría demográfica que representan, pero al mismo tiempo los serbios explican que Kosovo es una provincia que forma parte de su historia y su cultura esencialmente.

Aquí, en nuestro mundo particular, aprovechando que el Parlamento kosovar se declara independiente, el Gobierno vasco intenta reflejarse en ello. Aunque tienen todo el derecho en hacerlo, es un desacierto maravillarse en esta ocasión. Para los que vemos la independencia como una popsible consecuencia y no tanto como un principio ideológico, Kosovo no es ningún referente. Fijarse tanto en otras naciones puede lograr la pérdida de la identidad propia, sobretodo cuando no hay por donde pillarlo. Asimilar como propios los conflictos desconocidos puede ser contraproducente a largo plazo.

Por ejemplo, el modelo de segregación kosovar es como consecuencia de un desfase demográfico que aceptó una migración de albaneses hasta el punto de alcanzar el 90% de la población. Intentar relacionar esa situación con la catalana o la vasca supondría elaborar metáforas ridículas. El independentismo tiene la obligación moral de ser didáctico y exhaustivo sino no logrará, jamás, sus objetivos. Si a la pregunta en un hipotético referéndum sobre la independencia de Catalunya mi respuesta fuese un “si”, querría que nadie lo relacionara con el proceso de independencia de Kosovo que me parece un peligrosísimo nuevo entuerto que la comunidad internacional está enrareciendo con una reacción poco enérgica.

Conozco Kosovo, Macedonia y especialmente Albania y el hecho de que las banderas que ondean en Pristina sea la albanesa, no ha sido ninguna sorpresa. La autodeterminación kosovar no tiene tantos elementos nacionalistas históricos como de origen étnico. Sin embargo la cosa no pinta bien y ese es otro dato a tener en cuenta. Los independentistas catalanes y vascos no pueden reflejarse en una nación que puede encontrarse en una nueva encrucijada en breve. Recordemos que es una de las regiones más pobres de Europa y el desarrollo del turismo, uno de los factores de cambio en Croacia, Eslovenia y Macedonia, en Kosovo es una quimera. El nivel de vida es bajo, el paro afecta a la mitad de la población y la esperanza de salir de ese agujero es remoto.

En 1997 estuve en Mitrovica, una ciudad al norte de Kosovo presidida por la iglesia de San Demetrius y que ahora está dividida en dos sectores, uno serbio y otro albanés. Tengo amigos allí. Serbiokosovares y albanokosovares, todos están en tensión, unos por miedo a saber que será de ellos en un Kosovo albanés y otros ilusionados por un futuro mejor de la mano del primo “rico” de Albania. Espero sus correos, saben que ahora su pueblo es una especie de laboratorio, un escenario donde se representa la nueva realidad de la zona. No son ejemplo para nadie ni pueden serlo. Su situación es demasiado compleja, vulnerable y sofisticada como para que los políticos de aquí jueguen a las comparaciones y a las listas de naciones con objetivos comunes.