GESTANDO LA DEMOCRACIA 2.0

Veinticuatro horas después del debate cutre y marrullero entre los dos aspirantes a presidir el Estado Español me queda el retrogusto de que lo que allí se hablo no tiene la más mínima trascendencia para el recorrido final de la campaña electoral. No habría pasado nada de no haberse emitido. Entiendo y es lógico, no obstante, la gran audiencia que tuvieron los dos capítulos. Pero lo que no tiene explicación sin tomarse algo fuerte es el indigesto cúmulo de debates y discusiones posteriores en todos los medios sobre quien ganó y quien perdió. Un ejercito de afines a cada partido se repartieron por emisoras de radio y televisiones para dar coba a su líder de turno sin aportar nada y engordando aun más el monstruo. Para quien lo dude, tengo claro que Zapatero estuvo más acertado que Rajoy.

De un debate entre los máximos representantes de los dos principales partidos, divididos claramente en términos ideológicos, esperaba algo más que gráficas, anécdotas y gestos. Bayrou, Royal y Sarkozy discutieron en su día de conceptos de Estado, de ideología y de cambios estructurales para el crecimiento y para superar la crisis institucional francesa. Yo esperaba lo mismo: propuestas de futuro en cuanto a un modelo de económico en pleno final expansivo, a paradigmas de innovación y nutrientes varios para la ilusión. A cambio se embarraron en el politiqueo maniqueísta y simple, inservible y previsible.

En general, los partidos y sus tecnócratas de aparato, nos tratan de idiotas indispensables. Por ejemplo, intentan que nos creamos que estos dos debates han sido ejercicios de higiene democrática y de transparencia política, algo así como la simpleza de los videos ciudadanos enviados a las televisiones. Además, es absolutamente irracional aceptar como válido el tenderete mediático que acompaña esta merienda a doble partido. Iluminación, telegenia y ensayos para que los candidatos pierdan sus gestos innatos y adquieran otros mucho más comerciales son signos de pobreza argumental. Seguro que importan y mucho esos aspectos, pero es un insulto social que la corteza oculte el mensaje.

Tras sufrir los dos debates y otro a cinco bandas en Catalunya he concluido que el debate bueno se produjo en la red, a tiempo real y bajo concepciones de crítica constructiva. Obviando los mensajes “Zapatero 2 – Rajoy 1” o los “Zapatero parece tenso y Rajoy tira los papeles al suelo”, me quedo con las decenas de diálogos en los que estuve participando y que permitieron desenmarañar algunas de las falsedades que los dos candidatos soltaban como verdades absolutas.

¿Se imaginan un debate televisivo en el que los ciudadanos pudieran acceder a los gráficos que mostraban, a las actas a las que se referían, a la hemeroteca que nombraban y a los recortes que mostraban a tiempo real? ¿Se imaginan que ante una mentira flagrante se encendiera un sistema de alarma que naciera del talento global y dejara en evidencia al falaz? ¿Cuándo se darán cuenta que el ciudadano, a medida que tiene acceso a la información y al debate paralelo, va perdiendo esa condición de veleta pendiente de hacía donde va el viento y del color de la corbata del político de turno? ¿No se han fijado que el votante potencial es un tipo desencantado de tanta ridícula historia de ciencia política de juguete?

Fuera de la conceptualización de la forma del debate, también es muy triste el saldo sociopolítico y de análisis económico. Decepcionan por su capacidad de migrar de territorio ideológico según convenga. El PP actual no tiene nada que ver con el de 1996 y el PSOE de ayer se parece poco al de Almunia. Si a esa mutación añadimos la ineficacia en la gestión, el cocktail es desalentador.

El sentido común aporta los elementos básicos para entender una abstención significativa. No hablo de una abstención aritmética, sino a una desidia de participación social en la vida pública. La gente va cada cierto tiempo a un colegio electoral, suelta la mano y deja ir una papeleta. Ahí acababa todo. Ahora ya no.

El palpable desencanto de los ciudadanos con la política era la excusa que se utilizaba para entender el bochornoso espectáculo de los recuentos de participación en los comicios. Sin embargo, hoy, esa desafección sigue existiendo pero se cristaliza de diferentes modos. Unos no votan, otros lo hacen en blanco y una minoría creciente actúa a través de los escenarios que la web social proporciona. Puede ser que se acabe votando, pero no bajo el prisma del juicio pueril de escoger entre el “bueno, el feo o el malo”.

La inteligencia social ya sabe que los partidos son maquinarias muy bien engrasadas para prometer, no cumplir y justificar sus incumplimientos, sus mentiras y sus medias verdades. El político es el más bajo del escalafón de afectos para los ciudadanos. No ha sido gratis ni fácil, pero lo han logrado. La falta de propuestas sólidas, creíbles e ilusionantes han cultivado el escepticismo, la indiferencia y el desánimo hasta hace bien poco. Ahora empiezan, esos mismos ingredientes, a recolectar reacción, vigilancia y protesta digital.

Tengo malas noticias para la clase política. El desencanto de la sociedad hacia sus reyertas de callejón se está sobreponiendo. El hombre de la calle y su heterónimo electrónico está lejos del discurso descolorido y desarticulado del político de pasillo y está empezando a estructurar sus propios patrones de entendimiento político.

Considero que no se le puede exigir al ciudadano que vote. No le podemos pedir que escoja donde no hay nada que escoger, pero cabe explicarle que el voto tiene un coste político inferior a la abstención y es por ello que el voto activo ya responde a un factor de actitud protopositiva en el ciudadano.

Aunque solo sea para justificar las heridas pagadas por una democracia con los pañales cagados, por no tirar a la basura un esfuerzo histórico y porque musculando la democracia analógica podremos construir la democracia digital y la e-cognocracia, deberíamos votar. Una nueva sociedad electrónicamente más justa se está larvando y muchos ni se lo imaginan.

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