Lo peor está por llegar

Se acabó el tiempo de las bromas de mal gusto. El fracaso de modelo es evidente y la merienda se ha tenido que cancelar por falta de chocolate con churros. En los primeros seis meses, los procedimientos concursales ante un inminente riesgo de insolvencia superan los de todo el ejercicio anterior. La construcción ya contagia al resto de los sectores. Ni gripe mal curada ni gaitas sin viento. El ajuste ya no sólo ha tocado de gravedad las principales variables macroeconómicas, como el desempleo o la inflación, sino que ha inoculado su veneno en el tejido empresarial, ése que posiciona los activos económicos reales de un país.
Primero fueron las pymes de la construcción, ahora grandes empresas como Martinsa Fadesa, pero los tentáculos viscosos de la crisis acaricia a sectores como el comercial, el hostelero y el industrial. Realmente la expansión de la crisis está siendo brutal aunque no nos lo digan. Está rozando aspectos determinantemente nocivos para el futuro a medio plazo. Hasta tal punto llega que esos otros sectores ya rozan en número de quiebras a la construcción. La suspensión de pagos se va a poner de moda. Una vez pase el verano la fiesta será de suicidio por parejas, ordenado y en fila de a dos. Nuestra coyuntura es muy negra, pero lo peor es que aún no hemos visto, ni por asomo, sus peores efectos.

En España las cosas se han hecho muy mal en todos los ámbitos. Por ejemplo, el concurso de acreedores es un mecanismo que la Ley y la economía programada estiman para reflotar situaciones dramáticas y recuperar empresas en retroceso evidente. Pero el problema es que, mientras en Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos se atiende esta opción con mucha más ligereza que aquí, nosotros hacemos todo lo contrario, La mayoría de las empresas llega al juzgado moribundas, y las sociedades que continúan sus actividades, después del concurso, son escasas.

Y en concreto, la presentación del concurso voluntario de acreedores de Martinsa Fadesa ha vuelto a golpear al sector en plena cara, descubriendo una realidad que asusta incluso a los funcionarios. Sorprenderse es de ilusos o lerdos. ¿Pensaban evitar la suspensión de pagos renegociando créditos? ¿Hasta donde puede engordar una pelota de esas dimensiones? ¿Un billón de aquellas pesetas no es suficiente para temblar? Deberíamos ir orinando por las esquinas marcando nuestros dominios porque pronto aquí nadie va a saber de que es propietario ni que valor tiene. Además, los acuerdos de refinanciación con la banca acreedora no constituyen, en modo alguno, una garantía de supervivencia a la crisis, sino, en todo caso, un balón de oxígeno en espera de que capee el temporal y el mercado se reactive. Y mucho deben de cambiar las cosas a corto plazo para que se reactive un mercado que ha muerto. El sector inmobiliario debe exhumar el cadáver y hacerle otra autopsia a ver si descubren que pasó.

Es imposible recuperar el sistema en menos de cinco años. Los sectores motor tienen enormes dificultades para obtener liquidez con la que afrontar sus compromisos más inmediatos. Es cierto que Martinsa Fadesa tiene un perfil diversificado internacionalmente y una cartera de activos que, sobre el papel, supera los 11.000 millones de euros, frente a una deuda de 5.200 millones, pero eso no hace más que evidenciar un problema mucho más global y sistémico.

Un simple repaso a los números de las siete mayor inmobiliarias cotizadas del país produce escalofríos. Tienen un ratio de endeudamiento medio de 13,6 veces el beneficio bruto operativo. Es como si usted tuviera una hipoteca que representa 13 veces su sueldo.

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