UN NUEVO PARADIGMA

Durante estos meses se han producido en el conjunto del mundo más cambios que en los últimos dos siglos. La centenaria banca de inversión ha desaparecido y los sistemas reguladores están bajo revisión. Ha sido necesaria una masiva inyección de dinero público para salvar el sistema en el momento que la economía tradicional y sus modelos están en entredicho. Es por eso que si analizamos con exactitud que representa todo ello nos daremos cuenta que estamos sufriendo un cambio de paradigma, una regeneración estructurada a partir del conocimiento y el valor del talento global y que de momento sólo aparenta poder ser un hecho doloroso. En este blog he intentado situar el escenario, hablar de un ecosistema que se resiste a morir pero que se regenera poco a poco hasta el punto que pronto parecerá otro.
Ahora se me antoja imprescindible escribir, y así lo haré inmediatamente, de modelos de creación, de territorios de conquista, de que podemos hacer para padecer lo mínimo posible. Me apetece explicar la forma poliédrica de ese nuevo sistema que se agarrará con fuerza a conceptos como la inteligencia distribuida, a los prejuicios 2.0, a la gestión moderna y a la gestión del futuro. Necesito hablar de los cubículos del conocimiento, del talento global, de pensar diferente, de pensar compartiendo, de conectar cerebros, de cuenta de resultados como deceso de las ideas, del efecto contagio de la colaboración, de la garantía de la exclusividad como valor del compartir, del caudal de pensar conjuntamente y no tanto en equipo, de cambios inevitables, de gestión del conocimiento en las organizaciones del futuro, de modelos y razones de las comunidades virtuales, de alianzas de éxito como valor democrático de las empresas más débiles, de sociedades dinámicas, de las ventajas de esta crisis, de los negocios transparentes y de la recesión permeable. A eso me pongo ahora mismo, pues los que entiendan que esos conceptos son los vértices de un polígono repleto de ventajas, tendrán muchas más herramientas para decidir. Cuantos más seamos más sentido tendrá llevar ese brazalete, esa pulsera de la verdad, del conocimiento, del pensar por nosotros mismos. Es momento de razonar, de construirnos la esencia individual a partir del conocimiento y no tanto del discurso oficial. Este es mi blog y el de los que lo leen, incluso es de aquellos que lo critican pero, guste o no, escribo de lo que a mí parece adecuado.

Se avecina un momento mágico y brillante. A medida que se acerca el horizonte, ese en el que hasta ahora solo se distinguen elementos negativos, un nuevo curso de la historia se está gestando. Para los que piensen que tras esta crisis, si la entendemos como un telón que baja tapando un escenario determinado y que, en teoría, esconde otro atrezzo y otra escenografía, se equivoca gravemente. Detrás no hay nada. Tras el telón no queda ningún escenario. Nada de lo que nos espera es similar a lo vivido. Ha llegado el momento de entender que un nuevo modelo es posible. Quien antes lo comprenda antes lo disfrutará.

De aquí surgirá, a corto plazo, un nuevo orden de prioridades de políticas públicas y un nuevo catálogo social de exigencias. Se reconocerán los excesos de las políticas pasadas y el papel regulador del Estado será revalorado, pero sólo serán montañas de errores y pasos en falso. Habrá un mayor debilitamiento del dólar, alta inflación por los precios de las materias primas, menor crédito e inevitablemente mayor proteccionismo una vez se pase una fase deflacionaria consecuencia de una parada técnica de la economía global. Pero aunque muchos se resistan a entender o aceptar la importancia de esta mutación, ésta se producirá.

Los paradigmas de la globalización conocidos serán poco a poco reemplazados otros nuevos. Un ejemplo: si los países no apoyan a sus sectores agrícolas, sus alimentos no sólo van a ser más caros, sino que pueden escasear. Aplicar la fórmula simple de aumentar las cuotas de importación pasará a ser parte de las políticas obsoletas.

Me niego a que se entienda este blog como una orgía de malos augurios, porque no lo fueron en su día ni lo son ahora. Me rebelaré contra los que me acusen de pesimista, a esos les inundaré el jardín de ideas. A quien asista a la verdad con mala cara solo les quedará asombrarse continuamente. Será un error irremediable entender el futuro inmediato como un retroceso, como un ecosistema de fracasos o como un océano de pobreza latente. Evidentemente que vamos a sufrir, mucho, pero los partos son dolorosos y estamos a las puertas de un nacimiento que va a revolucionar nuestra manera de entender la economía en concreto y la vida en términos generales.

Los gestores públicos lo saben. Se reúnen periódicamente en cumbres de jefes de estado para simular que estudian las soluciones, que adoptan medidas y que trabajan duramente para aliviar nuestros calvarios. Sin embargo saben perfectamente el tamaño del agujero, sus repercusiones a corto y medio plazo y el tamaño de la ola que se nos viene encima. A ellos hay que exigirles que nos hablen con naturalidad, que nos expliquen el alcance del problema, que nos asistan y amortigüen nuestra desgracia, pero que también nos permitan entender el volumen del cambio inminente, el significado de una revolución sistémica y el valor de ese nuevo modelo.

Estamos a las puertas de una revolución como ya lo estuvieron otros antepasados. Hace algún tiempo, al confluir diversos factores se reprodujeron sistemáticamente otros grandes cambios. La revolución industrial y tecnológica fueron grandes elementos de cambio, y  convivieron con una crisis sistémica que adelantaba una mutación real y evidente en todos los estadios de la economía. La manera de traducir aquellos cambios siempre condujo a mejores escenarios pero también con una fractura notable del propio sistema. El modelo financiero actual que se sustenta en un crecimiento del valor del dinero por encima del coste real del capital, ha provocado un desajuste insalvable a estas alturas.