ANOREXIA TRIBUTARIA

Sonrisa Que la crisis está impulsando un agujero en las cuentas públicas españolas es evidente. Por un lado el gasto público ha enloquecido hasta niveles inéditos y, por otro, los ingresos por impuestos se han desplomado también de modo alarmante. Se están enlazando diversos factores: la caída de demanda interna, el consumo basado en rebajas surrealistas, el paro y la menor actividad en todos los escenarios han repercutido definitivamente en el descenso de recaudación tributaria.

Según los datos aportados por la propia Agencia Tributaria, los ingresos totales medidos en mayo cayeron un 19% interanual, es decir, un 3% menos que el interanual de abril que hablaba de un 16% de caída interanual. Esto evidencia que la situación toma tintes dramáticos para las cuentas públicas, sobretodo si analizamos los componentes de este varapalo fiscal. Por ejemplo, el Impuesto de Sociedades cae un 20,7% y el IVA desciende a los infiernos rozando un desplome de un tercio del que se ingresó un año antes. Más de un 30% menos de recaudación por IVA, una barbaridad que deberá reproducir sus efectos durante el último trimestre de este año. La falta de consumo de hoy es el paro de mañana.

El consumo no deja de menguar. Lo hace de modo sostenido, ya no es una caída brusca, ahora es una reducción crónica. El consumo está agotado y con él, un impuesto trascendental para la gestión del capital existente y de la liquidación de pagos de la administración, el IVA, se deteriora hasta esas cifras de espanto.

Los cálculos del gobierno pasan por una hipotética recuperación a mediados del año que viene que permita empezar a poder sufragar el ingente gasto que se está asumiendo ahora para amortiguar el verdadero impacto de la crisis. El ejecutivo de Zapatero sigue a la espera de la recuperación francesa, británica y alemana para que el turismo vuelva a tomar vigor, un impulso que pierde por primera vez en la historia a un nivel del 11%. No es lo mismo reducir un 11% la clientela de un sector como el turístico que en el agrícola. Este país se rige por tres motores y dos ya estaban muertos, ahora un tercero empieza a mostrar sus deficiencias estructurales.

Respecto al tema tributario, la realidad es compleja y de difícil solución. A estas alturas no se puede incrementar la carga impositiva pues repercutiría en un desgaste de la escasa capacidad de inversión que tiene nuestro sistema y con ello la recuperación esperada. Por otro lado, aumentar el gasto social para gestionar el  incremento de demanda de subsidios y ayudas pondrá en riesgo la capacidad de protección del estado si las cosas se ponen aun más feas. Colocar en el mismo escenario estas dos situaciones nos lleva a un punto crítico: no se puede aumentar la contribución impositiva, sin embargo es preciso mejorar los ingresos de algún modo. Difícil escenario teniendo en cuenta que éste es un sistema que está perdiendo los canales habituales por los que se nutre. Es decir, la crisis nos lleva a ingresar menos impuestos y a necesitar más inversión pública.

Las soluciones a esta ecuación pasan por medidas poco atractivas para los gestores públicos pero que serán imprescindibles tarde o temprano, cuando sus propios sueldos estén en peligro. La puesta en marcha de esos procesos de rescate de nuestra economía a medio plazo lleva consigo una derrota electoral por lo crudo del método. Esto permite entender que va a ser difícil que se lleven a cabo sin un pacto transversal de nuestra clase política. Un grupo de tecnócratas agarrados fuertemente a sus butacas tapizadas en alcántara que, de momento, siguen viviendo en la inopia y muy lejos de la realidad.

Nuestra clase política no se diferencia mucho de muchos ciudadanos de este país que siguen comprando vacaciones a plazos mientras cada vez más gente se va a dormir sin cenar. Cada vez más gente se suma a las colas de la beneficencia y lo hacen, cada vez, con un mayor número de carreras universitarias, un mayor número de activos embargados y, en definitiva, lo hacen explicando un pasado glorioso de éxito patrimonial que ya no volverá. Lo peor es que el despertar se producirá, ahora, no tanto por asuntos relacionados con la gestión financiera o económica sino por culpa del desajuste entre ingresos y gastos públicos que empeorará, y con su empeoramiento también lo harán nuestros servicios y a medio plazo encarecerá el acceso a los mismos.