La gestión del fracaso

Al parecer no todo el mundo está de acuerdo con que, entre otras aventuras, esté decidido a emprender en Boston. No he dicho que vaya a irme del todo. He optado por montar una compañía de base tecnológica en el lugar que considero más interesante para aprender fundamentalmente. En breve os explicaré como este proyecto fue rechazado por diversos centros tecnológicos en España. En Latinoamérica también estoy desarrollando proyectos que en España fueron desestimados. Uno tiene que ser consecuente con sus ideas, su discurso y sus valores y en mi caso considero que emprender es un estado de ánimo independientemente de donde te dejen llevarlo a cabo.
Aunque estoy pendiente de fijar mi residencia en Londres por un tema logístico, digo que no abandonado España porque seguiré teniendo proyectos en marcha aquí. Algunos de ellos verán la luz en breve también. Ahora estoy gestando una plataforma que gestiona fondos de manera alternativa y que va a gustar mucho a inversores medios. La presentaremos en Madrid a finales de febrero. Otra operativa en la que estoy metido es en ofrecer soporte a quienes, viendo como las cosas se estrechan aquí, quieran dar el salto a otros países e intentar crecer en un escenario tan difícil como el actual.

Lo más absurdo que me han dicho en los últimos tiempos sobre mi ímpetu por montar cosas es eso de “¿y si te sale mal?”. Todo los temas conllevan un alto grado de riesgo. Así me gusta sentir el día a día. Lo dije en mi libro, concretamente en el capítulo en el que hablo de “la gestión del fracaso”. Sin que sirva de precedente, os lo reproduzco a continuación:

La percepción de empresario en esta sociedad muchas veces está ligada a la de alguien que únicamente busca su beneficio, y que, si esto no fuera algo negativo, representa que es capaz de hacerlo a cualquier precio y a costa de lo que sea. Obviamente habrá alguno, pero estereotipar a un colectivo es simple, sea quien sea el grupo afectado.

Ahora bien, si hay algo que está mal visto en este país no es el ejercicio empresarial, sino el fracaso del mismo. En una sociedad de valores en crisis como la nuestra, el miedo al fracaso tiene su justificación puesto que el nivel de tolerancia hacia este hecho es cero. No hay transigencia ninguna en este asunto. Las familias actuales fabricamos ciudadanos narcotizados cuyo miedo al fracaso es supino.  Les ayudamos a conseguirlo todo y a evitar que se enfrenten al fracaso.

Vivimos en la sociedad del “todo me va bien”. No reconocemos los errores y si los transmites puedes estar en jaque social. Es mejor que nadie sepa de tus defectos o debilidades, mejor que no se conozca que tus proyectos no lograron sus objetivos y es prudente que tus hijos no vivan en ese circo del día a día. Que equivocados estamos apartándolos de la realidad.

Vivimos en la sociedad de “no lo intentes sino vas a lograrlo”. Para los bancos y profesionales afines, para el cuerpo social en general, los intentos no vales, el aprendizaje que se logra en el salto no es válido, lo que cuenta es conseguir el objetivo. Y no debería de ser así, sin tentativas no se puede saber si se logrará. No puedes saber si las cosas van a ir bien o mal.

Sabemos que van mal por un mero hecho darwiniano. Como nuestra sociedad está acomplejada, mínima, incapaz de enfrentarse a ese miedo a fracasar, la cantidad de gente que emprende es menor que en otros países. Cuanto menos intentos menos éxitos, cuanto menos éxitos menos competitividad. Es una regla de tres que asusta de lo simple que es.

Uno de los caracteres de los emprendedores mejor expuestos es que siempre están en crisis. Aceptan esa condición como un elemento básico. Un tipo que se pone en marcha con un proyecto que aun no está consolidado, que se enfrenta a mil obstáculos y que además está obligado a superar sus miedos y los estereotipos de una sociedad drogodependiente, es alguien que acepta la crisis como su estado de ánimo y su ecosistema natural. No recuerdo un solo proyecto de emprendeduría en el que alguien del equipo societario inicial cobrase un solo euro desde el principio.

La crisis está tatuada en cualquier proyecto emprendedor y eso lo debería hacer fuerte y dinámico. Aceptar que el fracaso es una posibilidad evidente ayuda a entender el proceso de emprender.

Montar negocios en este país es tóxico, especialmente para la clase dirigente. Les produce sarpullido. Prefieren las manadas sindicales bien estructuradas y controladas. Aquí todo el sistema gira alrededor de ajusticiar al emprendedor que fracasa y con ello se afianza el miedo al fracaso. Es el modo por el que se le quitan las ganas a los que pensaban ponerse al frente de algún proyecto. Para los que les haga zozobrar ese pánico, para los que el pavor a caer heridos en el intento de emprender les paralice, dejadme que os advierta que perderlo todo, una o dos veces es algo muy nutritivo. Yo he pasado por ello.

Aunque suene a locura, os aseguro que arruinarse es algo maravilloso. Enseña una barbaridad. Un emprendedor fracasado es un cadáver económico con un reto ante si de incalculable valor por estar obligado a poner en marcha toda la maquinaria de supervivencia, ese talento latente que no nos enseña nadie a activar.

Yo he fracasado más de una vez y me he levantado. Eso puedo decirlo con la voz bien alta pues para mí es algo consustancial al éxito que debiera llegar tarde o temprano. Y si no llega, da igual, lo divertido fue intentarlo.

Conozco otros que también fracasaron y empiezan a decirlo. Sé que decir esto ahora es duro y, en todavía algo contraproducente, pues el escenario actual es un lodazal profundo que no para de aumentar su extensión.

Y en esas estamos.  Eso es lo que tenemos, y las opciones son pocas cuando vienes del desierto laboral: emigrar o emprender.  El horizonte es siniestro, pero hay que seguir viviendo y, en medio de la tormenta, hay vientos favorables, sólo hay que identificarlos.

Me he dedicado algún tiempo a definir esos vientos favorables, o por lo menos a estimularlos para viabilizar empresas y os aseguro que están ahí, a veces ocultos. No son los que nos cuentan o presentan en campañas del tipo “esto ya se acaba” o “brotes verdes por todas partes”, nada tiene que ver con los camelos ya en el olvido como “estoloarreglamosentretodos” o derivados. No, ahora es diferente. No son evidentes, no hay muchos, pero hay territorios por explorar que ofrecen respuestas a momentos de crisis profunda como esta.

Que lo peor está por venir es factible, aunque sea solo por el hecho de que esto se va a quedar en línea plana durante muchos años, ni a peor, ni, sobretodo, a mejor. Está claro que ese es un elemento a tener en cuenta precisamente para arrancar, no para detenerse. Es el motivo por el que hay que ponerse en marcha. La parálisis se extiende como un virus si no te mueves.

Conozco muchos empresarios de éxito que fracasaron alguna vez. De hecho el 75% de los grandes emprendedores que han superado proyectos de éxito fracasaron alguna vez con anterioridad. Os pido que, cuando alguien os anuncie ilusionado que “va a montar una empresa” no le respondáis “¿estás seguro?, ¿Sabes lo complicado que está todo ahora mismo?”. Esto no lo vamos a arreglar entre todos por inseminación artificial, pero algo hay que hacer.

Por mi parte propongo no tragar, denunciar, no aceptar esas campañas buenistas y ayudar a emprender a otros, poner en marcha proyectos y dejar de mirar al horizonte con miedo. No asustar, dejar de poner palos en las ruedas incipientes de la gente con ilusión.

Si tenemos un proyecto que por si solo es muy complicado poner en marcha, asociémonos con aquellos que tienen proyectos similares, superemos esa tradición individualista de quien emprende. Hablad con la competencia, solucionad en común, investigad juntos. La clave es sumar y sumar sin miedo.

En estos tiempos complejos, lo sofisticado y la adición de voluntades proporciona energía. Recordad que la clase dirigente no quiere que nos reconozcamos entre nosotros. Si entre los emprendedores hubiera la opción de reconocernos, si entre los autónomos se generase un modelo organizativo eficiente, otro gallo cantaría.