Unanimidad sospechosa

Poco queda, aparentemente, por escribir sobre el conflicto de los controladores aéreos y el gobierno que pilló por en medio a miles de usuarios. Digo que en apariencia todo está dicho, pero eso no es cierto. Me parece impresentable que ayer por la tarde la propia AENA solicitara a algunos controladores vía SMS que si podían ponerse a hacer horas extras estos días. El mensaje que he podido ver solicita voluntarios para cubrir sala de control los días 8 y 9 de diciembre.  Recordad que fue la escasez de plantilla y el cálculo de las jornadas de tipo anual de los controladores existentes, lo que provocó la parada del viernes pasado.
Los que me leen en Twitter, o en otras redes sociales, saben que desde el primer momento no me alinee con la tesis que culpabilizaba incondicionalmente al cuerpo de controladores de todo lo que estaba pasando. Ahora, con las aguas templadas, os dejo algunas reflexiones que, según mi criterio y a expensas de ponerme innecesariamente en contra de la opinión mayoritaria, deben ser analizadas al respecto. Lo haré corto y preciso, no seré yo quien justifique lo que hicieron, pero, como he defendido siempre, hay que ofrecer el flujo de la información en las dos direcciones posibles para entender, si cabe, cual es el verdadero asunto y quienes los responsables.

Parto de que la responsabilidad de joderle las vacaciones a medio millón de españoles y derivados es de los que se levantaron de su puesto de trabajo sin previo aviso. Está claro que, por mucha provocación que hubiera desde la empresa o desde el ministerio, nada justifica la espantada que dejó tanta gente sin opciones. Había otras opciones, pocas, pero había otras. Por lo tanto, y para que no volvamos sobre lo que repetitivamente escuchamos por parte de todos, diré que los controladores son muy malos, malísimos, y seguro que tienen algo que ver con la muerte de Manolete. Ya está, ahora vamos a mirar debajo de la epidermis si os apetece.

Primero, y a modo de crítica social, permitidme que me cuestione si un país que sólo se levanta en armas cuando lo que se pone en juego son sus vacaciones mayoritariamente, es un país en condiciones de reclamar mucho. Aquí tenemos cinco millones de parados, dos millones de familias sin ingresos, un sistema financiero quebrado que se está bebiendo el FROB que pagaremos todos, tres millones de funcionarios que cobran menos, un modelo de crecimiento vinculado a algo que ya no se usa, una retirada de 426 Euros de subsidio que ponen en la antesala de la miseria a un millón más de españoles, un déficit público que nos han creado unos cuantos y que saldaremos vía impuestos unos pocos, una deuda pública que no quiere ni el Tato y que la recompra el propio Banco de España y que por ende pagaremos todos, un Estado autonómico insostenible incapaz de reducir sus gastos puesto que hay demasiado chollo drogodependiente del mismo que pagaremos todos, dos decenas de ayuntamientos en quiebra y los que vendrán que pagaremos todos y un listado interminable de servicios que se van a ir recortando a medida que sea imposible financiarlos, pero aquí no pasa nada. Las manifestaciones y el alzamiento popular fue porque “estos cabrones han acabado con mis vacaciones”.

Por supuesto que había motivos para estar indignados, muchos más que las propias vacaciones, pero el ejercicio del periodismo de plástico ayudó a generar la tensión desfavorable hacia los controladores y sus causas. De hecho hemos podido verlo en todos los medios. Ha sido repugnante observar ese ejercicio de periodismos patético que consiste meter el micrófono en la herida de la gente preguntando “¿es tuyo ese niño que llora?”. Es como cuando meten una cámara y un “periodista” en el barrio de turno repleto de yonkis y les preguntan sobre su estado, sus dientes o sus pinchazos para que “desde casa” asistamos a la “realidad”. Está claro que había gente sufriendo por la pérdida de sus vuelos, por supuesto que todos tienen derecho a estar molestos, pero no era necesario mostrar niños y ancianos arrastrándose por las terminales. Eso se estudia en las facultades de sociología junto a las prácticas informativas de un tal Goebbels. Lo que se debe hacer es informar sobre lo que está sucediendo y permitir que la gente tome su propia conclusión sin añadidos de emotividad torticera.

Sigamos. Cojo unos 300 vuelos al año y me encuentro con paros, retrasos, huelgas cubiertas o encubiertas, de personal terrestre, de vuelo o de repartidores de golosinas cada cierto tiempo, es algo consustancial con el volar desde hace años. Entiendo que supone esperar sin saber que pasa, perfectamente. Pero nunca he tomado como buena una sola versión de los hechos. Cuando empezó el tema de los controladores y en esa guerra entró el ministro de Fomento aludiendo a algo que yo sabía perfectamente que no era cierto me puse en “estado de alarma”. El propósito de esconder una gestión deficiente que ha llevado a AENA a la quiebra técnica, con una deuda superior a todo un Plan E, puede estar detrás de buscar enemigos de manera tan eficiente.

Mirad el vídeo hasta el final, luego revisad este enlace a una carta muy interesante de un controlador y le dais un vistazo a la fotografía que publica Erwan Grey en su blog y que demuestra que un controlador no cobra lo que dicen que cobra, algo que parece estar detrás de muchas críticas, y que pego bajo este párrafo. Al respecto me surge una duda técnica. Al parecer, que alguien cobre mucho es motivo de retirada de derechos. Me gustaría saber cual es esa cantidad para renunciar, si fuera el caso, a su cobro pues prefiero mantener algún derecho laboral intacto. La nómina en cuestión refleja la percepción neta final de un controlador de Canarias, uno de los destinos de mayor intensidad. A veces he pensado cuanto querría cobrar yo por tener en mis manos a casi 10.000 personas cada hora. Por cierto ese sueldo no lo pagamos “todos” sino los que volamos. Otra cosa es que sea indignante que en épocas como la actual, se puedan percibir según que cantidades y encima ponerse a exigir según que. Eso también lo pongo sobre la mesa, aunque no elude de su responsabilidad y actitud sospechosa al gobierno e intermediarios.

No voy con nadie, os lo aseguro, de hecho esto no debería analizarse desde ese punto de vista, sino desde el vértice que estudia el “proceso que desembocó en tal follón”, en “quien y como lo generó”, y “quien pudo haberlo evitado”. Lo único que tengo claro es que cuando el 98% de un estado de opinión es favorable a una sola de las tendencias, algo pasa. Nunca me he creído la unanimidad, no suele esconder más que defectos de forma. En este caso es tan evidente, que me preocupa descubrir como nadie se da cuenta de la “intervención real de la opinión de la social”. Eso de que la opinión en las redes sociales no es “estructurable” es algo que ya muchos expertos dudan. Lázslò Barabasi ya dijo que la empatía y la información distribuida puede generar tendencias casi absolutas. Hemos llegado a un punto que hasta el PP, por miedo a perder su ventaja electoral actual, no se mete en el fregao y le da la razón al gobierno.

Lo grave es que el viernes por la mañana todas las partes implicadas sabían lo que iba a pasar. Incluso algunos pasajeros teníamos conocimiento que había mucha tensión en el entorno de AENA y la previsión de una decisión desde la administración.  Ya se comentaba que la “olla estaba apunto de saltar”. El gobierno lo sabía, para ello había preparado el escenario y tenía las herramientas dispuestas. Así fue. Zapatero evitó su viaje Argentina y se fueron redactando decretos. La explosión controlada se ejecutó a media tarde y la deriva fue inevitable. Los controladores no supieron como actuar, por lo menos no inteligentemente, y se dejaron llevar por la empatía que luego les sería tan desfavorable. ¿Cómo iban a poder trasladar su indignación ante el decretazo que se cargaba toda una negociación inservible de los últimos meses? ¿Cómo lo iban a hacer si la imagen de los controladores ya estaba suficientemente tocada? ¿Cómo le pides a la sociedad que te entienda si la estás dejando tirada en un aeropuerto?

En base a esto, y como análisis puramente socioeconómico, me pregunto:

¿Por qué no ha dimitido nadie de AENA todavía? ¿No es AENA la empresa responsable final subsidiario de lo que pasó? Si los controladores son trabajadores de AENA y los servicios de AENA no se ejecutaron por una falta de acuerdo previo, ¿no deberían de poner a disposición sus cargos los directivos de AENA? Una vez se privatice AENA ¿los directivos actuales seguirán trabajando en la empresa? ¿Sabían que los controladores no los pagamos todos los españoles? ¿Sabían que quienes les pagan el sueldo son los que volamos, seamos o no españoles, con las tasas de vuelo y aproximación que se cobran a las aerolíneas y que abonamos en cada billete? ¿Por qué entonces siguen diciendo que “pagamos” sueldos desorbitados a unos “funcionarios” privilegiados?

La clave de este asunto está detrás de la privatización de las narices. AENA tiene una situación económica que, en cualquier otro entorno, le obligaría a declararse en quiebra. Pero AENA sigue licitando como mecanismo de dinamización interna. La privatización nace obviamente para taponar la sangría y ocultar el agujero, y estará participada en un 50% por INECO que gestionará el servicio y el control, pero que no tendrá la opción de atender las tasas. Curiosamente esas tasas están divididas en dos campos, las de ruta y las de torre. Actualmente se están derivando los costes de forma muy curiosa: bajan las de ruta y suben las de torre. ¿Adivinan cuales se quedan en manos privadas y cuales en las semipúblicas?

Un último tema. Está claro que lo que hicieron el viernes los controladores no tiene defensa alguna, puede, pero no estoy en ese debate. No me sirve ni el manido “el uso de la fuerza bruta y de la huelga salvaje les quita la razón”. Eso está claro relativamente. No creo que el uso de nada te quite la razón, la razón la tienes o no la tienes, es sencillo. Otra cosa es que metas la pata después. Ahora bien, sin entrar al detalle, eso se lo dejo a “la oposición” y sus sucedáneos mediáticos, ¿pudo el gobierno evitar el pollo? Tengo claro que si y es función de la administración no complicarle la vida a los administrados aunque ello conduzca a la claudicación temporal a un colectivo si es que ese fuera el suceso, que tampoco.