Hace veinte años

Hace veinte años me escribí a mi mismo. Es algo que hago cada cinco desde hace dos décadas. La primera de esas cartas me la remití el 10 de mayo de 1991 y en su exterior ponía “no abrirse antes del 11 de mayo de 2011”. La verdad es que he estado tentado abrirla hace mucho tiempo, pero a medida que pasaban los años, tomó más sentido esperar. Os recomiendo el ejercicio. Lento pero intenso. Lo que me esperaba al leerla fue algo extraordinario. Lo importante no era si acerté o no en las previsiones de lo que la vida me depararía, sino que aquel que decía firmar Marc Vidal, no tenía nada que ver conmigo en las formas pero completamente era idéntico en el fondo al Marc de hoy en día. Era yo, pero sin mí.
Era un joven lleno de energía y proyectos, con un lenguaje distinto, con errores en la escritura que ahora me horroriza ver en algunos jóvenes, con fábulas y sueños inverosímiles. Era un tipo que creía saber lo que la vida me depararía. No voy a transcribir lo que dijo mi yo de veinte años a mi yo de cuarenta, pero si hay un par de frases que me recorren la cabeza de punta a punta desde que las leí.

Primero digo que “supongo que lees esta carta recién llegado de algún viaje, porque vamos a viajar mucho” y la segunda “estoy convencido que has creado muchas y que sigues con lo de las empresas”. Es eléctrico pensar que, alguien que no había montado nada en aquella época, tenía en mente la idea que sería emprendedor. Es cierto que con dieciocho, en París, se me ocurrió sobrevivir con diversos modelos de negocio, pero fue una especie de juego que de alguna manera marcaría esa carta y, quien sabe, si mi vida.

Sobre la apreciación de viajar, es tremendo pensar que a partir de entonces mi existencia ha sido como una especie de locura aeroportuaria que vivo con normalidad y gusto. El año pasado 290 días viajando lejos de lo que considero “mi casa” y este año voy camino de repetirlo son la definición de una elección personal de vida que responde a aquel anhelo de juventud.

En otro fragmento de esa carta del pasado enviada al futuro hago una reflexión de veinteañero que ahora que tengo cuarenta me hace pensar en lo importante que es tener un objetivo en la vida y que éste no debe ser si montar una cosa u otra, alcanzar éxitos o lo que sea, sino el concepto en si. En la última parte de la misiva me deseo a mí mismo “querido yo, espero que dentro de veinte años seas feliz”.

Ser feliz en mi caso encaja con tres cosas. Mi hijo, mi pareja y mi libertad, siendo esta última la expresión natural, en mi caso, de emprender proyectos de empresa o tipo social, pero emprendedores al fin y  al cabo. Lo principal de todo cuanto hago hoy en día es que sigo arriesgándolo todo cada cierto tiempo. Mi patrimonio está en juego constantemente, mis ideas las comparto, las empresas las ejecuto con amigos y espero que todo ello me nutra y me haga feliz. La semana pasada durante una entrevista en Univisión de Miami reflexioné sobre porque monto empresas o ayudo a otros a hacerlo. En ese instante pensé que todo tenía sentido.

Todo eso me hace estar bien y creo que, aunque no me parezco en casi nada al Marc que yo mismo esperaba hace veinte años, hay rasgos que me unen irremediablemente a aquel chico repleto de proyectos e ideas, muchas de las cuales, aun hoy siguen estando en vigor.

Una cosa más. Algo muy curioso. En esa carta me digo que está convencido que por estas fechas habré escrito varios libros y que saldré en la televisión con cierta frecuencia. Hasta ahí bien. Por supuesto que en aquella época esto de los blogs y las redes sociales era algo impensable, pero si la trascendencia del trabajo. Hay un párrafo que dice “estoy convencido que algo nuevo está por llegar y que tú te subirás en esa moda”. Supongo que “moda” era la manera de decir entonces “tendencia”. Me subí.

Me disculparéis esta confesión tan personal, pero me apetecía contarlo. La semana que viene volvemos a la carga, con economía, emprender, internacionalización, bancos, redes y sueños.