Soñar en el notario

Estoy a punto de vender mi parte de una de las empresas que fundé en los últimos cinco años. Desde aquí, en Boston, percibo que el tiempo ha pasado rápido. Es una de las que cómo marca nunca vio la luz y no la verá. Será engullida por un monstruo. Es curioso esto de la economía digital. Piensas un proyecto, lo modelas, lo retocas, lo calculas, lo preparas, redactas un informe y buscas compañeros de viaje. Todo aquello que te enseñan en las escuelas de negocio no sirve ya, por lo menos no siempre. Una aplicación que debía ser la leche, pasará a ser una pieza minúscula de un proyecto superior.
Lo de la productividad y su teórica importancia sobre la necesidad que los clientes deseen comprar un producto, ha pasado a mejor vida cuando lo que proyectas es un modelo de negocio vinculado a otro en el que si se integra puede ser un éxito pero que si no lo fusionas no vale nada en por si solo.

Lo del precio, lo del coste, lo del posicionamiento y la imagen y lo de la cultura empresarial tradicional no se valoran en algunos casos. A mi me acaba de pasar. Tras un par de años trabajando en un proyecto éste desaparecerá en el valor que le otorga la brumosa apariencia de la marca blanca. Lo único que se valora en cualquier caso, independientemente de ser o no Nueva Economía, es el talento, el territorio donde surge el proyecto y la innovación aplicada. Eso es lo que estructura un valor empresarial incluso antes de nacer como tal. El talento asociado al equipo que lo desarrolla, un escenario idóneo como Estados Unidos ayuda al ser el escaparate más brillante de todos y la innovación asociada a que las grandes compañías desean comprar “la diferenciación”.

Aunque no puedo contar mucho por clausulas diversas de la salida que formalizo hoy, si puedo dar alguna clave de como ha ido el proceso y eso voy a intentar hacer. Corren tiempos duros y por ello toca darle una vuelta a lo que se supone son nuevas oportunidades. Por eso a veces lo que verdaderamente importa es el propio hecho de emprender, de ponerse en marcha independientemente de los viejos arquetipos y de los miedos persistentes. Al final no importa tanto el modelo o el lugar, lo que verdaderamente importa es ser un emprendedor en todos los vértices que supone.

No todos podemos serlo, pero para los que les sirva de inspiración les diré que yo soy un emprendedor por el hecho de que, uno cuando supero un reto me considero más completo, algo mejor, seguramente es una ilusión pero adquiere valor cuando ese crecimiento aparente me permite disfrutar del viaje y no tanto del destino.

Es el proceso, los momentos que acompañan al motivo lo que hace que te sientas vital. Para mí, la experiencia de montar una empresa es algo que debe ser vivida, un ecualizador gigantesco de emociones del que se obtiene más cosas que sólo dinero.

El optimismo no es solo el elemento diferencial. Hay emprendedores que deben montar su negocio por diferentes razones, entre ellas porque no hay más remedio, pero la verdad es que ver las cosas con un punto de optimismo irracional puede ayudar a lograr ver el vaso siempre medio lleno. A mi modo de ver quien monta una empresa ve el vaso siempre pendiente de ser llenado, nunca es suficiente y además cree firmemente que hay opciones de llenarlo. Esa creencia es el factor clave.

Ese mecanismo de soportar el principio de un negocio sin apenas quejarse puede ser algo tatuado en el ADN del emprendedor pero lo que seguro tiene que ser radica en el espíritu de sacrificio y en el valor que se le concede a la volatilidad de la vida. Hoy mucho, mañana nada, pasado todo.

El emprendedor suele ser alguien que le gusta dirigir, marcar líneas estratégicas, liderar. Es una reafirmación de ideas y de cómo se sacan adelante. Antes se le llamaba mandar pues, como los viejos empresarios, los emprendedores actuales solemos creer que tenemos todas las razones adquiridas gracias a nuestros fracasos acumulados, como sí ya no pudieran haber más errores, cómo si el cupo de equivocaciones estuviera lleno. Esa es la clave, creer que ya no nos equivocamos y de forma groseramente altiva nos volvemos a lanzar al “proyecto de nuestra vida” una y otra vez.

Ser un poco iluso o valiente sin miramientos es clave. Aunque seas optimista y capaz, si no tienes algo de valor es complicado. Poder abstraerse de las caídas de facturación, de la caja en negativo y del pago de impuestos inminente es clave para superar momentos duros que todo emprendedor tiene.

Cada uno emprende lo que quiero, yo me inclino por los proyectos tecnológicos porque me siento infinito y estimulantemente digital. Considero que hasta la fecha no se ha hecho más que una centésima parte de todo lo que es capaz de ofrecer empresarialmente la red por mucho que pensemos que ya está todo inventado. Leí a alguien (no recuerdo donde), que Internet es un campo de minas donde, tras un paseo, cualquier factor puede explotar, pero también es el lugar natural donde esa explosión puede ser una oportunidad.

En el caso de la empresa que hoy liquido, todo empezó del modo más normal, como siempre me ocurre, de modo obsesivo. En primer lugar tuve una idea, algo que surgió en una conversación durante una cena. Alguien dijo que tenía una duda, una necesidad y ahí estaba yo para interesarme por que un tipo como él no tenía respuesta para algo tan concreto. Al salir de aquella cena no fui de copas, ni tan siquiera me fui a dormir, no hablé con nadie, no paraba de pensar en aquel reto: lograr dar la respuesta. Al llegar a casa y durante 9 horas no hice otra cosa, hasta el amanecer, que investigar en la red si había algo que ofreciera ese servicio. Obviamente de eso yo no era ningún experto, de hecho aun no lo soy, pero es que no había nadie que hiciera eso y de manera global. Sólo detalles que no conformaban el conjunto que se necesitaba para entenderlo. De momento buenas noticias: la competencia está fragmentada pensé.

A continuación lo que hice fue hablar con amigos que entienden de esos temas tecnológicos mejor que yo y con algunos excompañeros de inversión financiera para tener más datos objetivos. En menos de una semana había definido una alternativa empresarial que respondía a la duda de aquel buen hombre. Él no lo sabía pero gracias a su balbuceante duda yo había diseñado una empresa.

Luego llegó el momento de ir al notario. Me encanta ir al notario, es como si alguien diera el pistoletazo a la competición. Es como una entelequia oficial que se muestra como el gran sabedor de que ante mí hay un acantilado y que he dicho que voy a saltar. De hecho así me siento a veces. Como en Barcelona, Londres, Boston o Madrid suelen estar en oficinas lujosas en un entresuelo o principal, siempre bajo las escaleras a pie. La sensación de bajarlas es eso: un salto sin protección, un camino hacia abajo, hacia la realidad. Mientras desciendo cuento los pasos y los escalones, compruebo si son pares. Eso da muy buena suerte. También vigilo que estén bien divididos, ayuda a no caer, y es que no caer es difícil pues salgo con tanta ilusión y miedo a la vez que no sé como definir lo que hago al descender la escalinata. Digamos que soñar despierto.