Perdone la molestia

El domingo pasado en mi columna del ABC publicaba algo sobre el papel de la gente que decide tomar las riendas de su destino. Suelen ser molestos e incómodos. Ese es nuestro papel. Os dejo con este artículo mientras perfilo los últimos detalles del de mañana, uno de esos que hace años no escribo y que volverán a quitar el sueño a muchos. Dosis de realidad y de crudeza. De momento un poco de incordio.

Decía Littlewood que “si no nos perdemos nunca, no encontraremos otros caminos”. Como otras veces, escribo esta columna en alguna sala tranquila de algún aeropuerto mientras espero un enlace de destinos, un nuevo camino por el que perderme para encontrar otros.

Vivimos tiempos convulsos, tiempos de redes y de comunicación exponencial, donde todos tenemos que aprender rápidamente a comportarnos con el entorno como nunca antes habíamos hecho. La tecnología, las comunidades y la interacción entre grupos estimula tendencias, criterios y acciones que no eran ni imaginables cinco minutos antes. Para muestra todos los sucesos que cambiaron la fisonomía del norte de África en los últimos dos años. Ahora toca emprender y hacerlo independientemente de si alguien nos pone en bandeja el mecanismo. Todo ha cambiado.

Dejemos los estereotipos del emprendedor de los últimos años. Emprender no es esperar financiación y luego ponerse en marcha, no es solo ir en búsqueda de subvenciones y ayudas. En España cuando alguien monta un negocio lo primero que se plantea es “donde puede obtener alguna ayuda o subvención”. Eso no es malo necesariamente sino fuera lago estructural en portadores de “powerpoints”. Emprender es equivocarse y sentir en la epidermis el frío del fracaso. Enseña y motiva. Ayuda a haccerlo mejor la próxima vez. No se puede iniciar un proyecto que quieres vender como “el de tu vida” sin apostar apenas nada y esperando que te lo ponga todo un “Business Angel”, un inversor incauto o una administración protectora.

Todavía hay demasiada gente esperando que el Estado los identifique como ciudadanos débiles, les reduzca su criterio individual, les conceda una plaza en la incubadora social, les muestre las ayudas posibles, les conceda soporte y les recorte libertades. Al depender de más ayudas, el ciudadano cada vez tiene menos opciones de autogestión. El emprendedor debe salir de ese circuito viciado y vicioso y olvidarse por un momento de todo ese barrizal y afrontar sus retos con lo dispuesto. La cultura asociada a las ayudas “de partida finalista” se acerca en gran medida a la del subsidio. Que gran invento este de tener a todo el mundo esperando un rescate.

Imaginemos un desierto. Dos ciudadanos anónimos esperan hace horas que alguien los saque de ahí. Si el tiempo pasa y nada ocurre seguramente morirán. Uno de ellos empieza a andar. No hay dirección concreta ni plan. Sólo intuición y valor. El otro espera que llegue un helicóptero. ¿Quién tiene opciones de salvarse? Quien se queda esperando no molesta. Si llega o no el helicóptero es indiferente. El otro, el que busca un oasis es un ciudadano complejo, incómodo, activo y pertinaz. Eso molesta mucho. ¡Molesten!

Foto: Lane Turner