Optimismo inevitable

Desde hace algunos meses algunos de los lectores de este blog critican, estoy seguro que de buena fe, mis artículos “optimistas“ y “alejados de la realidad“. Con mi propia hemeroteca podemos detectar que no fue precisamente mi característica principal esa de la que ahora dicen que hago gala. Lo que sucede es que uno no está para “anunciar el fin del mundo constantemente“. Ya pasó, ya lo hice, ya lo dijimos. Cuando participé junto a Niño Becerra al programa “Singulars”, donde ya había estado antes y donde estaré en pocas semanas de nuevo, recuerdo lo que nos diferenciaba: yo señalé culpables, dije que se podía salir de esto si se asumía que era un nuevo sistema en todos los ámbitos humanos y sociales, él aseguró que era inevitable y que era una crisis económica de tipología sistémica. Seguimos pensando distinto. De hecho es normal. Mi buen amigo Santiago es un académico que puede patinar por el escenario de las hipótesis por calibrar, pero yo soy emprendedor y no me puedo permitir esos excesos. Ahora toca seguir viviendo. Seguir viviendo. Elegí hace 16 años hacerlo constantemente viajando, recorriendo el mundo y descubriendo territorios. Lo convertí en mi modo de vida, supervivencia y, ahora, gracias a un sofisticado network de colaboradores, compañeros y socios en todo un reto constante ayudando a emprender a otros. Siento ser optimista, pero no tengo más remedio. Estamos viviendo una especie de fin del mundo, lo sé, pero quiero ser testigo y partícipe, cueste lo que cueste, del nuevo.
Mis amigos me escuchan y callan. Lo hacen desde hace lustros. Saben que cuando me arruiné por completo (prometo describirlo en breve), y eso sucedió dos veces, lo pasé fatal. Algo que se explica en 4 minutos se tarda en digerir 4 años. Sin embargo, cuando les cuento un nuevo reto, un nuevo proyecto en el que voy a depositar toda mi energía y patrimonio, ni se inmutan, saben que no va a ser posible evitarlo. Esperan y observan. Si me va bien, lo celebran, si me va mal, me apoyan.

Las dudas sobre el perfil de un tipo que se dedica a montar empresas y casi ni a disfrutarlas es algo difícil de cristalizar. Es posible que esté tatuado en alguna especie de versión molecular de su organismo. No lo sé pero suena siniestro que así fuera. Es como si el resto de la sociedad, esa que duerme la siesta en el sofá social sin inquietarse, no tuviera ninguna función más que esperar a que les despierten puesto que los “emprendedores con ADN de emprendedor” ya se encargarán de poner patas arriba esta sociedad. Pues no.

Creo que todos tenemos esa titularidad. Plantearse un objetivo y un plan para lograrlo es algo que ha hecho todo el mundo en algún momento de su vida. Calcular como se logrará, que exactamente, quien nos ayudará, cuanto costará y desde donde lo haremos son las preguntas que cualquier individuo se plantea ante un reto personal. Lo mismo que los negocios, pero al igual que en lo cotidiano, las empresas requieren que arriesguemos, que nos la juguemos. En esas preguntas hay alguna que va implícita como ¿qué me va a pasar si no lo logro? Precisamente esa última cuestión es la que frena muchos proyectos. Pero si algo frena el progreso desde siempre es la constante presión sobre quien quiere intentarlo. Los pesimistas gozan de una buena reputación, pero también se equivocan. Eso no fue lo que pasó, pero esta vez pudiera ser.