Emprendedor social

emprendedor socialNaufragando por las calles hay seres anónimos a los que estamos tan acostumbrados a ver que ya ni los notamos. Aunque caminen junto a nosotros, siempre permanecen lejos de nuestra atención. La vida va a paso acelerado, rápido e imprescindible y nos aleja en un instante de su mundo miserable. A menudo, camino de la cafetería donde desayunaba cuando residía en Madrid me cruzaba con una de esas almas invisibles. No tenía nombre o no quería pronunciarlo, arrastraba un carrito de la compra y, debajo de sus pobladas cejas, aparecía temerosa su mirada, a veces seria y otras triste. Su paso era tibio como la gelatina y aunque pretendía demostrar entereza, la verdad es que se movía como un viejo dinosaurio a punto de caer.
Me fascinaba hablar con él. Lo hice por primera vez una mañana lenta de sábado. Desde aquel día ya nunca lo evité. Fue por casualidad, pero supe que ante mi tenía una vida inmensa. Era un observador implacable, un seductor de palomas y un fascinante escritor en el aire. No le gustaba ir al comedor social de Santa Isabel en el barrio de Chamberí, porque le plantaba de frente y sin filtros, su propia existencia, miserable y solitaria.

De él mantengo en la memoria la última reflexión que me regaló y que por simple me parece brillante. Hacía referencia a una discusión que dos mujeres tuvieron frente a nosotros una mañana. Tras varios minutos de debate estéril, las dos enormes y peludas señoras, pasaron a defender con pasión sus teorías acerca del color del arroz y de la cantidad de azafrán ideal para condimentarlo. La discusión finalizó con la despedida forzosamente doméstica y con la impresión de que las dos mantenían intactas sus ideas iniciales. Mi socio invisible dijo: “Nunca se convence a nadie de nada”. Hace años que ya no lo veo. Se esfumó del mismo modo que apareció, pero para miles de ciudadanos de esa ciudad nunca habrá existido. Seguramente caminaste junto a él o te apartaste de su fétido trayecto. Su vida no interesó a nadie, como la de tantos individuos invisibles que nos rodean.

Somos muchos y hacemos muy poco. Todo el corazón lo guardamos para los programas de cotilleo que hacen en televisión y escuchamos una vomitiva suma de despropósitos, chismorreos, suposiciones, conjeturas, apreciaciones, sospechas, figuraciones, imaginaciones, y mentiras en tarros de mermelada. Miremos de frente con el diafragma abierto de par en par, porque hay gente maravillosa recorriendo esta ciudad disfrazados de espectro.

A ellos va dedicada la emprendeduría social. Tal vez de todas las tipologías, esta es la más poderosa. No hablo de ella pero la apoyo en todo lo que puedo que seguramente es poco. El mecanismo por el cual unos cuantos empujan a otros tantos para mover un mucho todo este oxidado mundo. Los emprendedores sociales son gente innovadora en el proceso de estructurar su modelo de negocio, lo enfocan socialmente, buscan que impacte lo mínimo en los arquetipos de este mundo. Desean influenciar en su cambio y lo deciden hacer desde la creatividad social, desde la emprendeduría basada en la corresponsabilidad y el talento horizontal que llena nuestras calles. Hay de muchos tipos, pero son el mayor ejemplo de que emprendiendo se evita el aletargamiento social y sus consecuencias tan nocivas.

¿Cómo se pasa de emprendedor (a secas) a emprendedor social? En principio las dos deberían de impactar socialmente, una desde el punto de vista económico en exclusiva y el segundo en el enredado mundo de la gestión social. Los microcréditos, los proyectos de acercamiento de las nuevas tecnologías y la colaboración de grupos de apoyo en esos escenarios emprendedores constituyen la columna vertebral de muchos de ellos. El primer factor constituye algo consustancial con el valor de gestionar una empresa, aunque sea de tipo social, no hablamos de ONGs que obtienen su gasolina de eso que llamamos “subsidio solidario limpia conciencias públicas”, sino de la propia aventura de poner en marcha el engranaje de una empresa. Otra cosa es que esa empresa sea más o menos autosuficiente, eso ya se verá.

Del segundo factor, el tecnológico, es innato a cualquier proyecto de emprendeduría social hoy en día. Permite enlazar voluntades, redes y comunidades en una sola dirección de crecimiento y soporte. Hay proyectos de emprendedores sociales vibrantes que nos da idea de cómo puede una sociedad mirar en el espejo del cambio a partir de esos seres invisibles.

Bill Drayton, fundador de Ashoka decía que “los emprendedores sociales no se quedan satisfechos repartiendo pescado, ni siquiera enseñando a pescar. No descansarán hasta revolucionar la industria pesquera”. Seguramente por ello se definen como otro tipo de emprendedor, muchas veces ni eso. Suelen ser una especie de lider social que tiene una determinación enorme por cambiar una situación, que identifica y aplica soluciones prácticas a problemas sociales combinando innovación, captación de fondos y oportunidad. Lo más curioso de este tipo de emprendedor, es que la mayoría de las veces ni siquiera tiene conciencia de su condición.

El emprendedor social es ambicioso pues afronta problemas estructurales y se guía por su “misión”, la de generar valor social y no riqueza. Suele ser gente que maneja bien las fuerzas del entorno que tiene pero con estrategia integradora y generando compromiso. Son gente ingeniosa pues al no trabajar en un entorno empresarial deben movilizar recursos de todo tipo. Este emprendedor es distinto. Se centra en la generación de valor social, innova y comparte sus procesos, considera que eso beneficia el proyecto. No espera la seguridad que aporta algún tipo de canal de liquidez o recursos, considera que no tiene tiempo y se pone en ello igualmente. Les encantan las piscinas vacías. Son gente abierta a la adaptación de sus ideas, a dar nuevas respuestas, pero a la vez son muy responsables con los fines a los que prestan servicio.

La diferencia entre el emprendedor tradicional y el social es que el primero se rige por el valor económico como algo prioritario y el valor social es un medio más que un fin. En el caso del emprendedor social es al revés, lo prioritario es el valor social y el económico pasa a segundo término. La visión del proyecto en el emprendedor tradicional es personal y el concepto cliente es algo claro e identificable. En el emprendedor social la visión es social y asociativa y el cliente es algo parecido a un usuario.

Este post está dedicado a tantos hombres y mujeres invisibles que cayeron vencidos en la guerra de su propia vida, en un país, en un mundo, tan poco preparado para apoyar los sueños de la gente, si de ellos se desprende un gasto inesperado.