El trabajo sucio

Siempre hay quien debe hacer el trabajo sucio. Incluso en los gobiernos. Miren si no, estás ante una crisis de narices, te plantas ante los electores, les dices que vas a darle la vuelta a la situación de los presentes, que vas a activar la economía, que no subirás impuestos y que nadie va a sufrir innecesariamente. A los cinco minutos, con el confetti aun revoloteando y el cava fresco, le metes un tijeretazo a todo cuanto se menea, subes los tributos a quien levante la mano y abarrotas de dinero “público” a una banca quebrada y culpable de decenas de delitos penales y morales. El trabajo sucio lo tiene que hacer alguien. Y es que dos años después, además, sales del plasma para asegurar que siempre dijiste que las cosas serían difíciles y que de lo dicho, ni justo y de lo que queda por decir, prepárense.

https://twitter.com/marcvidal/status/329036069016326144

Esta situación intenta justificar lo injustificable. Me recuerda una historia que leí hace algún tiempo. Trataba del verdugo más famoso del Reino Unido. Se llamaba Albert Pierrepoint y llevó a la horca a 433 hombres y 17 mujeres en casi 24 años de servicio a la corona británica. Era un tipo eficiente, perfeccionista y muy veloz. Ejecutaba con una técnica concreta. Cuando se acercaba al patíbulo miraba firmemente al condenado, inmovilizaba sus pies y sus manos, cubría su cabeza con tela blanca y sujetaba la soga al cuello. Era profesionalmente frío, sobrio y perfeccionista. Accionaba la palanca de muerte sin aparentar ninguna emoción. Justificaba su terrible oficio recogiendo los cadáveres y limpiando la profunda herida del cuello que les tatuaba. Susurraba a sus clientes que “esta persona ha pagado sus pecados, lo que queda de él debe ser tratado con dignidad”. El hombre anotaba en un diario detalles de cada ejecución. En 1951 registro su mejor marca pues, en apenas siete segundos, liquidó al preso James Inglis.

Su trabajo era sucio. Un mal curro, pero sin embargo, según la ley vigente, alguien tenía que hacerlo. El propio mariscal Montgomery reconoció el valor profesional de Pierrepoint y le premió con una tarea especial, un trabajo que hubiera soñado cualquier verdugo en la época: la eliminación de 200 ex militares alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Se lo tomó muy en serio para demostrarle al mundo que sus ejecuciones eran siempre exactas y humanas. Inglaterra le concedió trato de héroe tras la ejecución en serie de los nazis. Su vida, que había transcurrido en un cuidado anonimato, se precipitó a un popularidad brutal. Albert creía ser un brazo necesario del sistema, estaba orgulloso de su tarea. En un momento concreto, tuvo incluso que a ahorcar a un amigo intimo confeso de asesinato. Al final de su vida admitió que probablemente esas muertes no previnieron otras.

Que alguien les diga que no estamos en crisis, que esto es otra cosa, que precisamos de una acción mucho más estratégica, más específica y focalizando en el cambio que debemos hacer como sociedad. Cuando alguien insiste en frases de juguete como “debemos activar políticas para la generación de empleo” ¿a que leches se refiere? ¿a utilizar alguna pócima mágica que crea empleo mezclando colas de lagarto y leche de camello? Estamos de broma o ejecutando un trabajo oscuro que sólo admira quien lo lleva
a cabo, como Pierrepoint. La única política que fomentará empleo es aquella que busque poner en crecimiento la economía y de manera sostenible y eso sólo pasará activando procesos de cambio de modelo más tecnológico.

Por cierto, mientras los responsables de “estimular a emprendedores” sea gente que no sabe que significa emprender, que los que tienen que “dinamizar el cambio de modelo a la sociedad del conocimiento” lo más cerca de lo digital que han estado es en su perfil de Facebook, y mientras los responsables de hacer “fluir el crédito a pymes” sean los responsables de sus ruinas y quiebras será inviable. Poner al cuidado de un rebaño de ovejas a un lobo siempre acaba mal. Poner en manos de quien no entiende un miligramo de todo esto es fracaso seguro. No es difícil entenderlo. De verdad. Incluso los verdugos ejecutan a sus amigos si creen que su tarea emana de lo divino.