Un café imprevisto

Hace unos días, al salir de un restaurante de Barcelona, un hombre de mediana edad se acercó y me preguntó “si yo era Marc Vidal”. Mi acompañante se olió algo desagradable y se interpuso entre ambos mientras yo afirmaba que efectivamente lo era. Sin apenas mediar palabra el hombre me insultó asegurando que a gente como yo debían callarnos la boca de una vez. En cualquier otro caso probablemente hubiera tomado una decisión distinta. Sin embargo en esta ocasión decidí averiguar el motivo de su enfado. A medida de que su voz se fue apagando, perdiendo intensidad hasta la lágrima, su acusación se diluía.
Me acusaba de ser uno de los que someten a la opinión pública a un descrédito de los funcionarios o de los empleados públicos. Él era, mejor dicho fue, uno de ellos. Aseguraba que me había visto en el programa “Salvados” hacía un tiempo. Estuvimos hablando e incluso bromeando hasta encontrar un punto en común.

Estuvimos recopilando anécdotas conocidas por ambos que, como la que del caso de una peluquería en un barrio de Madrid, demostraban que hay veces que el sistema se rompe por usarlo demasiado. El caso de la peluquería en cuestión describía claramente que, independientemente del cuerpo de funcionarios, lo que realmente fallaba era la administración que ejercían éstos.

Se trataba del caso en el que la crisis reducía la frecuencia con que los clientes pasaban por el establecimiento a mejorar su imagen y la dueña decidió buscar ingresos extra. Al igual que ocurre en ciudades como Londres, decide ofrecer bocadillos, bizcochos o frutas para que los clientes que acudieran a la hora de comer pudiesen tomar algo mientras esperan a ser atendidos. Se produjo la visita a la administración y todo fueron problemas. Licencias, requisito de una cocina industrial, acondicionamiento del local y mil trabas más. Descartado a la primera, pensó en una alternativa ¿Qué tal una máquina expendedora? Se produjo la segunda visita: Impuesto de explotación de máquinas, Impuesto municipal de ubicación y, si incluye cierta clase de comida, carné de manipulador de alimentos. La peluquería ya no existe.

Estuvimos charlando, tomando un café imprevisto. Fueron apenas diez minutos. Intensos, localizando heridas, retomando historias y señalando culpables. Aseguraba que la opinión de que muchos de los empleados públicos no trabajan provenía de gente como yo y que no podíamos mantener ese discurso de que los buenos son los emprendedores y los malos el resto. De un modo rápido el malentendido se fue evaporando y le comenté que no era “contra los funcionarios” sino “contra un sistema” agigantado voluntariamente durante años para amortiguar cifras de desempleo con contrataciones públicas. Conozco funcionarios más emprendedores que muchos de esos que aseguran serlo en congresos y derivados. Funcionarios son médicos, bomberos, policias, etc… En un momento listamos todos y cuantos cuerpos funcionariales son esenciales y poco reconocidos y es evidente como nos olvidamos de todo ello también. Sobre funcionarios he escrito mucho, he hablado algo e incluso hay quien asegura que me suicidé frente a miles de ellos una mañana.

Todo ello debe ser entendido de manera global y bajo el modelo crítico sobre una administración enorme e ineficiente y no contra unas personas que normalmente hacen gala de una entrega absoluta a pesar de estar, en estos momentos, también en el ojo del huracán.