¿Una revolución o una devolución?

Recuerdo la primera pregunta que me hizo Inma Sanchís durante la entrevista para La Contra de La Vanguardia hace ya un par de años. Me cuestionaba si estábamos en el final de la crisis. Mi respuesta entonces fue que efectivamente, pero que eso no nos llevaba a nada mejor ni peor, simplemente similar. Sigo pensando igual y los hechos no hacen más que ratificar que se entró en una dinámica de parálisis definitiva a pesar del estribillo ridículo y pueril que los ministros sucesivos se esfuerzan en pintar de colores diversos.
Está interesante leer aquella entrevista de nuevo y descubrir que si no actuamos, si no hacemos nada, la oportunidad histórica que tenemos ante nosotros pasará como pasan los trenes de mercancÍas que no paran nunca. Es ahora que en la lectura de cosas antiguas, donde deducíamos lo que pasaría, los comportamientos y la realidad siniestra de una subida de impuestos, una huida de jóvenes y no tan jóvenes, de una sociedad esclerotizada, de una clase media hundida y de una política plomiza e intratable, descubres que no ha pasado casi nada. La reacción es mínima y ahora, incluso, inexistente. Es tanto el pavor a perder lo poco que nos queda que hemos enmudecido.

Creemos que un post, un twit o una cena sin vino nos hace revolucionarios o algo parecido. Las revoluciones se vivieron como crisis en su momento, pero se “revolucionó” tarde o temprano. Los contemporáneos llamamos crisis a este momento histórico que sufrimos pero ya hemos dicho y definido que con toda seguridad estamos en una Revolución. El problema es que hay que empujar, insistir, arriesgar, soñar, luchar, o corremos el riesgo que esta revolución se torne en devolución. Nos van a devolver nuestra apatía con miseria en cápsulas. Una sociedad en encefalograma plano, incapaz de desempolvar sus razones, es una sociedad muerta y sin esperanza. Creo que hemos pasado de las protestas revolucionarias a las revoluciones expresivas. En todo caso, seguimos en fechas de devolución.

El silencio de los corderos, las voces de los corruptos y la estupefacción de los que se marchan mirando de reojo como se queda todo yermo y asqueroso. El miedo es el arma que gastan estos tipos. Tenemos tan poco que pensamos indispensable vivir conservando la nada más absoluta. Nos estamos quedando sin libertad.

Que cada uno haga lo que considere. Yo me monto mi vida a cada instante y como puedo, lo hago montando negocios. Decidí hace años viajar, y viajo. Decidí rodearme de gente que sabe más que yo, y aprendo. Decidí no necesitar mucho, y comparto. Decidí vivir mi vida, y emprendo. Seguramente soy de los que mucho dicen y poco hacen. Tal vez, pero a medida que siento el aliento de esos desgraciados más lejos, más tranquilo me quedo de saber que mi revolución íntima ha dado sus frutos. Te animo a que hagas la tuya. Busca lo que es útil, seguramente está tremendamente cerca y accesible y poco tiene que ver con lo que ahora ves.

Al final de este artículo replico la entrevista de La Vanguardia comentada y el video a continuación es pura metáfora sobre lo innecesario de algunas cosas y lo mucho que se esfuerza el sistema en repetir que lo necesitamos.

 

LA VANGUARDIA 22 DE FEBRERO DE 2011

“Somos una sociedad anestesiada a base de subsidios”

Estamos al final de la crisis?

Sí, pero lo que hay es lo que va a quedar.

No es muy halagüeño.
En el nuevo modelo económico mundial unos países emergen y otros se estabilizan en un lugar más bajo del que estaban; y España, en un lugar extremadamente más bajo.

¿Nos subirán más y más los impuestos?
Sí, los irán subiendo progresivamente y en cuatro años la presión fiscal será altísima porque alguien tiene que pagar todo esto.

¿La clase media se hunde?
Se estrecha, porque depende en gran medida de que el consumo se mantenga, y el consumo se está reduciendo sin remisión.

¿Y emerge una nueva clase?
Sí, la que yo llamo microburguesía low cost: millones de personas que se manejan con apenas 1.000 euros al mes. Una clase social satisfecha por comer en el Pans & Company, viajar con EasyJet y montarse sus propios muebles de Ikea.

Es usted cruel.
La sociedad está cloroformizada, es drogodependiente: vive de ayudas, subvenciones, soportes del Estado, servicios que acaban reclamando como derechos fundamentales. Y a la Administración ya le va bien una sociedad anestesiada a base de subsidios y entretenimiento, no sea que salgan a la calle.

¿Una clase social formada por la clase media que ha ido cayendo?
Sí, la sociedad se está desequilibrando, hay una clase baja y una alta que se mantiene por la endogamia del consumo entre ellos, pero cuando uno cae, lo hace abajo del todo.

¿Sin remisión?
En España el número de familias que tienen a todos sus miembros en paro supera ya el millón y medio; y hay un millón largo de personas (entre 45 y 50 años) que llevan más de un año en paro y que no volverán a encontrar trabajo. No hay una respuesta laboral prevista para ellas ni ningún impulso para que se pongan en marcha por sí mismas. Vivirán de los subsidios y las ayudas.

¿No se acabarán?
No, simplemente nos subirán los impuestos, hemos llegado al límite de la deuda externa. En Occidente muy pocos trabajarán mucho para que muchos no trabajen. El Estado providencia ha convertido a la sociedad en un grupo homogéneo que vive a la expectativa, esperando que alguien les solucione sus problemas.

... Es sangrante con la Administración.
El Estado es interventor e inconveniente para los ímpetus emprendedores. Las cargas que debe soportar una persona que monta su empresa o se declara autónomo son un peso insignificante en otros países. En el Reino Unido apenas hay cláusulas para iniciar una actividad, a medida que la empresa crece van apareciendo requerimientos.

¿Con qué resultados?
Como muchos lo intentan, son más los que lo logran, y con el tiempo el empleo se multiplica. Nuestro país tiene la tasa de paro más alta del mundo civilizado porque aquí no hay manera de montar una empresa con pocos recursos. Si aun así lo logras, los salarios con sobrecoste acaban contigo.

También hay ayudas, ¿no?
Sí, que acaban siempre en manos de los grandes grupos financieros e industriales y nunca en las pymes y los autónomos. Es un error histórico de este país gastar demasiado en estimular sectores desde arriba en lugar de dinamizar desde abajo. Además, las ayudas a los emprendedores suelen ser más un discurso que una realidad.

Aquí el que innova es el inmigrante.
Sí, sólo un 7% de los españoles decide poner en marcha un negocio,  mientras que más del 14% de los inmigrantes lo hacen. Somos uno de los tres países europeos con el nivel más bajo de empresa innovadora de nuevo cuño; y la mitad de los nuevos negocios cierra en menos de un año.

La burocracia no ayuda mucho.
Para montar un negocio en España requieres una media de cuarenta y siete días, en EE.UU., tres. Y las teóricas ayudas de la Administración acaban siendo un inconveniente porque ralentizan el proceso.

¿Qué podemos hacer?
Reducir impuestos, porque aumentándolos lo único que logramos es que las empresas tengan menos capacidad de inversión; apostar a largo plazo, hay que empezar a pensar de qué vamos a vivir, e impulsar la  internalización de las pymes, porque si no es en el exterior no van a crecer.

Y nadando en esas aguas coloca usted a la generación perdida.
Sí, gente entre 35 y 45 años que debe una hipoteca a 30-40 años y que está a las puertas del embargo. Toda una generación hipotecada en un patrimonio que no vale lo que cuesta y que los bancos ejecutan como parte del botín.

Menudo panorama.
Son la generación de las tarjetas de crédito sofocadas, de yeseros cobrando como ingenieros de la NASA. Gente que pensó que sus negocios no requerían esfuerzo, que tuvieron en sus manos la opción de mejorar su entorno y sólo mejoraron su trono.

Puro pelotazo, ¿pero ahora qué?
En el tercer mundo los emprendedores están por todas partes porque es la única opción, aquí la opción es el subsidio. Los poderes políticos y económicos son siempre los mismos, muy poca gente accede ahí y muy pocos caen, y eso se logra cloroformizando a la sociedad; hay que reaccionar.