Bon voyage mon ami...

El pasado jueves Jean Pierre se marchó sin avisar. Se fue sin molestar. Nunca molestaba. Lo conocí hace mil años, en París. De hecho la última vez que hablé con él fue para comentar su ‘aparición’ en la página 52 de ‘Una hormiga en Paris. Es extraordinario pensar que tras aquella aventura, alguien de aquellos días, veinticinco años después, seguiría siendo tan importante para mí y tan determinante en muchos de los proyectos que he afrontado. Se ha quedado en Montreal, enamorado de esa ciudad gélida que el, seguro convertía en fuego con su sonrisa, su manera optimista de verlo todo y esa desinteresada generosidad que se derramaba a su paso. Las horas que pasamos en los camerinos del teatro de su padre, charlando sobre la obra de teatro que era la vida. Inolvidables. Cuanto aprendí. Era único y en este caso, no es un tópico. Bon voyage mon ami…

Tras definir los públicos pasé a elegir repertorio. Esto no fue muy fácil. Hoy en día pones en spotify, itunes o google “bossa nova” y tienes un listado de lo más popular, sus videos y lo que vale la pena destacar o no. Hoy puedes saber quien y como ha opinado sobre ellos. Sin embargo hace veinticinco años eso no era factible. Debías ir a tiendas musicales, recorrer bares de temática nacional, consultar y comprar algún libro. Era muy complicado. Fue cerca del Molin Rouge donde localicé la herramienta que me permitió salir de ese callejón sin salida.

En el Passage Collin, dentro de una isla de viviendas, en pleno corazón del distrito de Pigalle, vivía uno de los que con el tiempo se convertiría en mi gran amigo Jean Pierre. Lo conocí sentado en la terraza de una café de ese mismo pasaje. Hablaba español y yo ya manejaba algo de un francés paleto y acabando todas las palabras con una “e” tónica y ridícula. Fue divertido conversar. No recuerdo de que pero sólo sé que me reí. Eso era importante, llevaba demasiados días obsesionado con mi “proyecto” empresarial y había dejado de reír. No obstante, mi plan era mi plan y no pensaba en muchas otras cosas. A pesar de que ya no me faltaba dinero, cobraba lo necesario y tenía lo imprescindible, mi voluntad por mejorar mi empresa era pegajoso.

Le conté lo que estaba haciendo, que buscaba y de mi desesperación por no obtener canciones y letras que pudiera transmitir a mi gente. No se sorprendió y por eso sigue siendo amigo mío. Nunca le sorprende nada, lo respeta y te anima. Si puede te ayuda. Me dijo que su padre era un publicista muy importante y que tenía mucha música de todo tipo en cintas de cassette. Me propuso ayudarme. Me regaló cintas y letras que significaron el cincuenta por ciento de lo que luego fue el nuevo repertorio.

La suerte estaba de mi lado y ahora tocaba traspasarla a mis compañeros. Para ello fui decidiendo quienes tocarían que y cuanto. Con lo que Jean Pierre me había donado, las cintas que disponía en mi mochila y dos recopilatorios clásicos que pude comprar por el coste de un crêpe de frambuesas, inicié la creación del catálogo modernizado e innovador de mi empresa.