¿Cómo será Internet?

¿Recuerdan cuando no había Internet? No hace tanto. Era el mundo de mi generación. Internet llegó a mi vida con 22 años. He pasado el mismo tiempo desconectado que conectado y sin embargo, hoy en día, me cuesta interpretar todo cuanto nos rodea sin tener algún tipo de relación con la red y la comunicación digital. Profesiones, datos, manera de vivir, relacionarse, vender, comprar, amar, sentir, aprender, enseñar, todo, absolutamente todo ha cambiado sin pedir explicaciones y obligando a la adaptación.

Han pasado algo menos de cinco siglos que la tripulación de Magallanes diera la vuelta al mundo por primera vez. Tardaron más de 3 años. Con el tiempo el globo terráqueo se ha ido empequeñeciendo. En 1764 John Byron tardó 2 años, en 1924 el Servicio Aéreo americano lo hizo en 175 Días, cinco años después Hugo Eckener lo logró en apenas 21 días, Wiley Post en 8 en el 31, y en 7 en 1933. Lucky Lady II en 94 horas acabada la segunda guerra mundial y Yuri Gagarin desde su nave espacial dio la vuelta al planeta en algo menos de 2 horas. El Apolo X lo rebajó en el 69 a una hora. 

La especie humana es una cosa extraordinaria. De tres años hemos pasado a una hora en recorrer el mismo trayecto. Algo así viene pasando con la red, con Internet. En 1989 Tim Berners lanzó el primer texto digitalizado en una World Wide Web sin espacio por el que circular de manera adecuada. Todo empezó basándose en un terreno que no era el ideal para correr. Al igual que Magallanes lo intentara por mar cuando dar la vuelta al mundo de manera rápida debía hacerse por el espacio, Internet precisa de su propio universo y así pronto se fue reflejando. De utilizar teléfonos conmutados se fue pasando a redes de fibra óptica o sistemas inalámbricos. Poco a poco se ha ido centrando su campo de juego y las variables del futuro inmediato. Ese Internet del futuro ya está aquí y se puede identificar más o menos cual es el escenario inminente.

Hablamos de objetos conectados a personas conectadas, personas conectadas a personas conectadas y objetos conectados entre si. Todo conectado, la Internet del Todo. De todo ello surgen retos, miedos y sobretodo oportunidades profesionales, sociales, culturales y económicas.  De hecho, en gran medida, la red ya piensa, utiliza datos y automatiza procesos hasta el punto que cuesta identificar cuando una decisión dejó de ser humana para empezar a ser mecánica, derivada de una conclusión de datos y algoritmos. De hecho, en base a eso, expertos como Thomas Frey, intentan explicar cuales serán los elementos que definirán la red de redes en los próximos años, tal vez simplemente meses.

Thomas Frey teoriza sobre las dimensiones donde va a cambiar Internet. La velocidad, la capacidad de penetración, la capacidad en transmitir datos y su almacenamiento, los interfaces humanos, su dimensionalidad, la privacidad y la inteligencia artificial. Os resumo muy rápido a que responden cada uno de estos aspectos. Intentaré replicar algunas de las cosas que comenta en uno de sus artículos más renombrados últimamente.

Uno de esos puntos será la velocidad. Nielsen dice que el ancho de banda de los usuarios crecerá en un 50% por año, algo menos que lo que dice la Ley de Moore sobre la velocidad de las computadoras. Otro, las tasas de penetración alcanzarán la totalidad disponible. Aunque ahora más de la mitad de los habitantes de la Tierra no tienen acceso a la red eso cambiará. De los 16 millones de conectados de 1995 hemos pasado a 3.000 millones ahora. Larry Page y Mark Zuckerberg están impulsando un Internet que llegue a las regiones más remotas de la tierra. Eric Schmidt asegura que prácticamente todo el mundo estará conectado de alguna manera en 2020.

La capacidad de la red, la transmisión de datos, su procesamiento y almacenamiento se nos va a ir de las manos. Un exabyte es el equivalente de mil millones de gigabytes y un zettabytes son mil exabytes. Cifras que suenan a aquello de ‘Andrómeda está a miles de años luz’ que te suena comprensible pero que si lo traduces a tus ‘años de no luz’ te quedas muerto.

Pues he intentado entender la dimensión del asunto. En tamaño. Hay mucha contradicción entre expertos pero todos auguran un gigantesco montón de datos acumulados en algún lugar, con cifras que ningún cerebro humano es capaz de dimensionar. Cisco dice que los datos que se crearán a través de la Internet de las Cosas llegará a 403 zettabytes en 2018, frente a los 113 ZB que parimos en 2013.

Si a esto sumamos que más del 90% del tráfico de Internet ahora es en vídeo y pensamos que Internet no fue pensado para eso, el asunto se complica. El Big Data tiene trabajo seguro, o mejor dicho, las supercomputadoras tendrán mucho que hacer. Obama, hace poco, ha decretado la financiación de la primera computadora ‘Exascale’ (un billón de cálculos por segundo) del planeta para que entre en funcionamiento en una década. Si te suena increible, ya sabemos que el día que la terminen, ya estará anticuada.

Si la Ley de Moore no lo evita, en 2030 una tarjeta micro-SD almacenará 20.000 cerebros humanos, en 2043 podrá almacenar 500.000 gigabytes (el contenido que tenía Internet en 2009) y en el 2050 en esa tarjeta o similar cabrá tres veces la capacidad del cerebro de la especie humana. Obviamente, si eso pasa con una tarjetita, que no pasará con la red. Pues eso.

Otro aspecto que va a cambiar indudablemente tiene que ver con el acceso a la propia red. Hemos pasado de teclados a ratones, de pantallas táctiles a realidad virtual, de textos planos a hipervínculos, a relaciones complejas, a lectores que seleccionan que nos interesa o videos interactivos. Hemos pasado de escuchar a decir. Los dispositivos ahora entienden nuestra habla, en un tiempo, talvez no tan lejano, la lectura de un interfaz interno, biotecnológico sea una realidad.

Ya tenemos algunos en uso. Google Glass, Microsoft HoloLens, Facebook Oculus VR, y el Samsung Game VR, son parte de un grupo cada vez mayor de dispositivos destinados a la reescritura de la forma sobre el como vivimos el mundo digital.

Muchos interfaces nos evitarán pensar en decisiones sin valor. Conducir, ordenar la casa, seleccionar música o lo que sea. Eso ya lo hará un sistema y ese tiempo perdido en toma de decisiones técnicas podremos usarlo en cosas más ‘humanas’.

Pero si algo va a cambiar en Internet es su dimensión. La tecnología de sensores llegará a un billón en 2024 de manera que tendremos una creación de flujos de datos desde prácticamente cualquier superficie que nos rodee. Veremos, en breve, sensores por todas partes. En las paredes de casa, en coches, en marquesinas, en la ropa, en los zapatos, en las gafas, en la mesa, en la cocina, en la oficina, en el estadio de futbol, en el campo, en el hotel, en todas partes. Tal vez en la piel combinados para controlar la salud a tiempo real o el estado de algún enfermo.

Todos esos sensores son datos. Esos datos inteligencia. De los emisores de datos llegaremos a la gestión de los mismos. El salto es inminente. Apenas en diez años no vamos a ser capaces de recordar como era eso de Internet en estos días.

La privacidad y la ética en la red deberán también vivir un cambio. Eso es evidente. Sabemos de agujeros de seguridad, de datos compartidos, de propietarios de nuestra vida digital, de cuanto hacemos. Vamos a exigir más seguridad pero deberemos saber que a cuanto más seguro es un sistema menos privado es por lo menos hasta el momento. Por ahora son vasos comunicantes. Si subes la seguridad bajas la privacidad y viceversa. En los siguientes años viviremos una ‘guerra’ entre ambos bandos. Los defensores de la transparencia absoluta contra los protectores de la seguridad.

Thomas Frey asegura que en el futuro vamos a necesitar algo así como ‘una Convención de Ginebra sobre Privacidad para establecer estándares globales, junto con directrices prácticas, definiciones legales, límites defendibles, herramientas de supervisión para señalar cuando hay una violación de la privacidad, y las disposiciones de aplicación para la manipulación de abuso’

Y finalmente el último punto que tiene que ver con ese Internet inminente gira en torno a la Inteligencia Artificial que algunos aseguran es mejor que la actual ‘Inteligencia distribuida’ que tiene la red de redes.

La historia nos ha demostrado que cuando una especie es social, si trabaja colectivamente, resuelve mejor los problemas. Internet ayuda actualmente a eso. Nunca hubo tanto poder colectivo para resolver dudas e incógnitas. Pero como lo vamos a aplicar cuando aparezca un nuevo ‘ser inteligente’, la propia red en si misma es un cerebro y cuando este actúa de forma casi ‘independiente’ es parte del colectivo. El Internet futuro, inminente, es un espacio de pensamiento entre humanos y máquinas sin demasiados problemas. De momento el problema es como aplicarla.

Estos son los puntos que maneja Frey en sus estudios, hay algunos más que iremos mirando en otros posts. Las startups que trabajan bajo el patrón que marca este Internet que viene están en el escenario correcto. Todo va a pasar muy rápido y va a influir en todo cuanto conocemos aun de un modo superior a como nos ha afectado hasta ahora.