La paridad entre hombres y mujeres no llegará hasta el año 2186.

Resulta que no sólo en la alta dirección de las empresas hay una brecha vergonzosa sobre el número de mujeres que alcanzan posiciones relevantes frente al que los hombre representan. En el ámbito tecnológico descubrimos que eso es también una desagradable norma. El boquete que hay entre hombres y mujeres en las empresas más modernas del mundo es escandaloso. Las mujeres ocupan menos de la cuarta parte de las funciones tecnológicas en la mayoría de las empresas más importantes del mundo. El informe que presentó el propio Foro Económico Mundial referido al pasado año escupía datos tremendos.

Como siempre, las palabras, los planes y los panfletos ideológicos suelen quedarse en eso, en una risa colectiva, unos canapés y algo de buen vino. Poco se está haciendo realmente para cumplir con el objetivo ‘Planeta 50-50’ que la ONU establece como meta en 2030. A este ritmo no va a ser.  El conocido ‘gap’ entre géneros es generalizado pero parece que en el entorno tecnológico debería ser distinto. No es un tema cultural, ni orgánico. Existen programadoras, matemáticas, expertas en datos, gestoras de cuentas o lo que sea, que le dan cien mil vueltas a los hombres y hombres que les dan cien mil vueltas a muchas mujeres. No es un tema de sexo, es un tema de capacidad y no parece lógico que si en las universidades y escuelas de negocio ese espacio está mucho más equilibrado, no lo pueda estar también en las empresas.

Por señalar algunos casos. PayPal y eBay tienen un 44% de mujeres en sus plantillas. Serían los mejor posicionados al respecto. Pero otras no lo están tanto. Microsoft apenas tiene un 26% de trabajadoras en su estructura. Lo grave es que empresas tan ‘modernas’ como Twitter o Facebook solo pagan la nómina de un puesto tecnológico a un 15% de mujeres la primera y un 17% la segunda.

Estos datos son generales. Es una práctica universal. Un desastre bíblico que finalmente convierte en gran medida mucho de lo que consumimos tecnológicamente en un producto menos diverso de lo que debería ser. El perfil y óptica femeninos no suelen impregnar, como mínimo en partes iguales, a la mayoría de desarrollos de estos gigantes y que, por derivación, digerimos todos, hombres y mujeres.

Pero esto no es más que una consecuencia de un modelo enfermizo que al final nos daña a todos. No es socialmente sano que en sectores profesionales como este se determine una especie de norma no escrita y que erróneamente se condiciona a algo tan absurdo como ‘los gustos’ que tenemos por género. Como si las mujeres no sintieran atraídas por la programación o el rugby. He escuchado esto y cosas peores.

En ocasiones nos llevamos las manos a la cabeza acerca de cómo va a ser este mundo cuando el empleo sea sustituido por procesos mecánicos o por software inteligente. Resulta que nos dedicamos a contemplar el paisaje futuro como un lugar donde el debate se librará entre robots y humanos cuando, al ritmo al que vamos, la mayoría de enfrentamientos se producirán entre hombres (y no mujeres) y robots.

Sabemos que el niño que no conducirá jamás, ya ha nacido. También que antes de que lleguemos a la mitad de este siglo las máquinas nos pagaran la jubilación y una renta mínima. Es de todos sabido que en un par de décadas conversaremos con naturalidad con amigos artificiales y que en Marte habrá seres humanos cenando. Todo eso lo sabemos, pero también sabemos que ninguno de los que estamos vivos ahora veremos la igualdad de género cumplimentada. Eso no ocurrirá hasta el año 2186 si seguimos a este ritmo y si seguimos dándole una importancia de titular, de manifestación de domingo y de voluntarismo particular a solucionar el problema.

El Foro Económico Mundial ya lo advirtió pero, como mucho, podía hacer un informe que coloque a cada uno en su lugar. En el caso de España el puesto que ocupamos en la calificación de sociedades igualitarias es un modesto 29 lugar. Según ese informe, que ya hace un tiempecito que salió, calculaba que lograr esa paridad nos llevará 170 años y no solo por el ritmo actual sino porque, a su juicio, se está desacelerando el proceso debido a las crisis repartidas por el planeta. Además asegura que el tema se va a complicar con la Cuarta Revolución Industrial donde la tecnología afectará especialmente al papel que tienen las mujeres en todo esto como demuestra el patético reparto de papeles que ya se produce.

Siempre nos quedarán los nórdicos. Allí hay empresas tecnológicas donde plantearse políticas de integración paritaria es algo innecesario. Islandia, Finlandia, Noruega, Suecia e Irlanda lideran la clasificación a la que me remitía y Estados Unidos, antes de Trump, ya ocupaba un lastimoso 45 puesto. Pero si ya es un debate duro el del volumen de mujeres trabajando en puestos directivos o el de mujeres vinculadas a puestos tecnológicos, el del salario equilibrado al de los hombres es de aurora boreal y da para otro post. Nunca, pero nunca, entenderé como se puede pagar menos a una mujer por el hecho de que es mujer. No lo he hecho nunca y, de verdad, no entiendo como se puede hacer. Me cuesta entender como se diseña el proceso que lo permite en una empresa.

El origen del problema, según los expertos, radica en que a las mujeres no se les facilita el acceso a estas empresas con medidas culturales y de objeción. Aseguran que es parecido a cuando una niña le dice a su padre que quiere ser futbolista o camionera. Guardando las diferencias, esta sociedad sigue estableciendo a que se deben dedicar las chicas y a que los chicos. Me acuerdo del baño del colegio al que me tocaba entrar, el de color azul. Las chicas iban al pastel rosa.

En un momento histórico como este, en el que nos plantamos de cara ante los desafíos más importantes que como especie hemos tenido, justo en el instante en que vamos a tener que establecer bases y criterios acerca del propio papel humano en un par de décadas, de nuestro objetivo como especie, del nacimiento de otra nueva posthumana y sintética, de un mundo con un empleo distinto y donde todo será muy complejo de gestionar, no creo que estemos en condiciones, visto lo visto, de que ese tránsito lo gestionen mayoritariamente hombres.