¿Rothbard tenía razón? ¿el Estado es enemigo del mercado?
Murray Rothbard, el enfant terrible del pensamiento libertario, sostenía que el Estado no es árbitro ni garante, sino depredador: un monopolio de la violencia que vive de lo que expropia. Su visión, radical incluso para los liberales clásicos, pinta al Estado como enemigo natural del mercado, una forma sofisticada de parasitismo institucional. Suena extremo, pero ¿y si tuviera parte de razón?
Murray Rothbard, el enfant terrible del pensamiento libertario, sostenía que el Estado no es árbitro ni garante, sino depredador: un monopolio de la violencia que vive de lo que expropia. Su visión, radical incluso para los liberales clásicos, pinta al Estado como enemigo natural del mercado, una forma sofisticada de parasitismo institucional. Suena extremo, pero ¿y si tuviera parte de razón?
La historia económica ofrece abundantes episodios donde el poder político ha distorsionado el libre intercambio en nombre de causas nobles. Desde los monopolios reales británicos hasta los rescates bancarios de 2008, el patrón se repite: el Estado protege a ciertos actores, manipula los incentivos y luego predica moralidad económica. Rothbard veía en ello la prueba de que el Estado no corrige los fallos del mercado, sino que los produce selectivamente para justificarse. Una crítica incómoda… y no del todo infundada.
Sin embargo, la tesis rothbardiana tiene su propio talón de Aquiles: presupone que un mercado puro podría autorregularse en armonía perpetua si se le dejara en paz. Esa fe casi teológica en el orden espontáneo ignora la naturaleza humana, que no solo busca beneficio, sino también poder. Allí donde hay concentración económica, surgen conductas cartelarias, captura regulatoria y una tendencia inevitable a confundirse con el Estado mismo. Paradójicamente, el capitalismo sin contrapesos tiende a generar sus propios Leviatanes privados.
El dilema no es nuevo. Adam Smith ya advirtió que los empresarios, si pudieran, conspirarían contra el público; Marx, que la burguesía usaría el Estado como su aparato político. Rothbard, en su rechazo absoluto al poder central, elimina al árbitro, pero olvida que los jugadores también hacen trampas. El resultado de su utopía posible sería una sociedad donde las leyes del mercado sustituyen al derecho, y la justicia se mide en capacidad de pago.
Aun así, conviene no desechar la advertencia rothbardiana. En plena era digital, el Estado y el mercado se confunden con inquietante facilidad. Los gobiernos compran datos a las plataformas; las plataformas redactan las leyes que deberían vigilarlas. El viejo antagonismo entre público y privado se disuelve en un tecno-feudalismo donde poder político y poder económico ya no se enfrentan: se asocian. En ese contexto, el instinto de Rothbard se vuelve profético. No porque el Estado sea intrínsecamente maligno, sino porque la alianza entre Estado y corporación anula tanto la libertad económica como la política.
Tal vez el verdadero enemigo no sea el Estado en sentido estricto, sino la comodidad con la que aceptamos su expansión cada vez que promete resolver nuestras inseguridades. El mercado sin moral produce desigualdad; el Estado sin límites, servidumbre. Entre ambos extremos se mueve nuestra frágil civilización, oscilando entre la codicia y la obediencia. Rothbard tenía razón en su desconfianza, pero se equivocó en su absolutismo: el enemigo no está fuera, está dentro —en nuestra propensión a delegar poder a cambio de tranquilidad.
De trabajadores a mantenidos: el salario universal en perspectiva
La idea del salario universal suena, para muchos, como la culminación de la justicia social: un ingreso garantizado, sin condiciones, para liberar al ser humano de la precariedad laboral. Sin embargo, tras el barniz utópico se esconde un proyecto de domesticación política. Transformar ciudadanos productivos en clientes del Estado no emancipa a nadie; los convierte en dependientes agradecidos. En otras palabras: menos trabajadores, más mantenidos.
La idea del salario universal suena, para muchos, como la culminación de la justicia social: un ingreso garantizado, sin condiciones, para liberar al ser humano de la precariedad laboral. Sin embargo, tras el barniz utópico se esconde un proyecto de domesticación política. Transformar ciudadanos productivos en clientes del Estado no emancipa a nadie; los convierte en dependientes agradecidos. En otras palabras: menos trabajadores, más mantenidos.
El salario universal parte de una premisa moralmente seductora pero intelectualmente perezosa: que el trabajo es una condena, y que liberarnos de él mediante una renta fija nos acercaría a la felicidad. Pero el trabajo —en su sentido más amplio— no es solo una fuente de ingresos; es el ejercicio de la competencia, la creatividad y la dignidad. Pretender sustituirlo por un depósito mensual del Estado equivale a vaciar de contenido la libertad misma. Lo que se promete como emancipación acaba siendo una suave servidumbre con rostro digital.
Sus defensores suelen invocar la automatización como justificación: las máquinas harán nuestro trabajo, dicen, y será necesario compensar a los excluidos del sistema. Pero esta visión olvida que la tecnología no destruye empleos; los transforma. Cuando el telar mecánico reemplazó al tejedor, nació la industria textil moderna. Cuando Internet desplazó tareas rutinarias, creó mercados enteros basados en conocimiento y servicios. El problema no es la máquina, sino la mentalidad del hombre que teme competir con ella.
Detrás del salario universal late una lógica política más profunda: el control social disfrazado de compasión. Un ciudadano que depende del Estado para comer no puede enfrentarse al Estado sin riesgo. Si las democracias contemporáneas se han degradado hacia una especie de paternalismo digital, el salario universal sería su versión definitiva: una sociedad donde el poder ya no se impone a través de la represión, sino del “cuidado”. Panem et circenses, pero con transferencia bancaria.
Los experimentos actuales en países nórdicos o en pequeñas regiones tecnocráticas ofrecen una pista: cuando la renta básica se prolonga, la productividad cae y la iniciativa empresarial se diluye. No porque las personas sean perezosas por naturaleza, sino porque la previsibilidad mata el incentivo. El ser humano crece en la incertidumbre, no en la comodidad garantizada. Lo que mantiene viva una civilización no es el derecho a recibir, sino la posibilidad de crear.
En última instancia, el salario universal no es una política económica, sino un proyecto antropológico: redefine quién debe sostener a quién. Creemos estar diseñando un sistema compasivo, pero en realidad estamos trazando la frontera final de la libertad. Una sociedad que paga a sus ciudadanos por no participar en ella deja de ser una comunidad de individuos libres y se convierte en una guardería financiada por deuda pública.
Europa, obsesionada con proteger al ciudadano del esfuerzo, podría acabar descubriendo lo que Roma aprendió tarde: cuando el trabajo deja de tener valor, la decadencia no tarda en llegar. El salario universal no promete futuro; promete anestesia.
Europa 2045: ¿un museo del mundo o un actor relevante?
Excelente planteamiento: un ensayo provocador con una mirada crítica sobre el futuro europeo, la tecnología y la libertad individual. A continuación, presento un artículo de unas 500 palabras que cumple tu solicitudEuropa envejece con la solemnidad de un continente que confunde la nostalgia con la identidad. En 2045, podría ser —si nada cambia— el parque temático de su propio pasado: un museo costoso donde turistas asiáticos y nómadas digitales americanos contemplen las ruinas del Estado del bienestar y los vestigios de una civilización que alguna vez creyó en la razón. Europa, la cuna de las luces, parece haber cambiado la Ilustración por el reglamento.
Excelente planteamiento: un ensayo provocador con una mirada crítica sobre el futuro europeo, la tecnología y la libertad individual. A continuación, presento un artículo de unas 500 palabras que cumple tu solicitudEuropa envejece con la solemnidad de un continente que confunde la nostalgia con la identidad. En 2045, podría ser —si nada cambia— el parque temático de su propio pasado: un museo costoso donde turistas asiáticos y nómadas digitales americanos contemplen las ruinas del Estado del bienestar y los vestigios de una civilización que alguna vez creyó en la razón. Europa, la cuna de las luces, parece haber cambiado la Ilustración por el reglamento.
El viejo continente sufre una adicción crónica a la regulación y a la seguridad ideológica. Mientras Silicon Valley y Shenzhen compiten por construir el futuro, Bruselas discute cuántos decibelios puede emitir una tostadora. Este impulso por controlar cada variable del progreso, en nombre del “bien común”, refleja una patología cultural: el miedo a la responsabilidad individual. El discurso oficial promete protegernos de todo —del mercado, de la competencia, incluso de nuestras propias decisiones—, pero esa sobreprotección no es benevolencia, es infantilización.
El problema es que el intervencionismo europeo se disfraza de moral superior. Regular más equivale, supuestamente, a ser más ético. Pero la historia ofrece otro relato. Ningún renacimiento surgió de un burócrata. Los inventores de la revolución industrial eran empresarios sin permiso; los pioneros de Internet trabajaban en garajes, no en comités. Cuanta más libertad se concede a la innovación, más prosperidad se genera. Cuando se la sofoca con impuestos, permisos y “agendas sostenibles” que sirven más para tranquilizar conciencias que para resolver problemas, lo único sostenible es el estancamiento.
Paradójicamente, el mismo continente que teme a la libertad tecnológica deposita su confianza plena en el poder del Estado. Se exige vigilancia digital para evitar la “desinformación”, aunque eso implique sacrificar la esfera privada; se aplauden sanciones a las empresas “demasiado grandes”, aunque sin ellas no haya inversión; se moraliza contra el capitalismo, pero se exige un subsidio cada vez que la realidad contradice la utopía. El ciudadano europeo medio vive atrapado entre la comodidad de la dependencia y la incomodidad de la libertad: prefiere que el Estado le quite peso, aunque le robe voz.
La tecnología es el espejo de esa contradicción. Sus posibilidades son emancipadoras —automatización, inteligencia artificial, energía limpia, biotecnología—, pero su mal uso es totalitario. Si Europa quiere tener un papel en 2045, no basta con regular los algoritmos; debe recuperar la raíz filosófica de la libertad. Innovar sin libertad es ingeniería estatal. Invertir en inteligencia artificial mientras se limita la expresión “por seguridad” es tan absurdo como construir un cohete al futuro con la brújula apuntando al pasado.
La clave no está en competir con China o Estados Unidos en gasto público o moralidad institucional, sino en revisar nuestras premisas: ¿preferimos ser un laboratorio de progreso o un mausoleo de buenas intenciones? Europa será relevante solo si vuelve a confiar en el individuo, no en sus guardianes. De lo contrario, en 2045 nuestro mayor logro será haber conservado impecables nuestras ruinas.
Conspiraciones oficiales: cuando la verdad parece sospechosa
Pocas ironías son tan deliciosas como esta: vivimos en una era en la que todo el mundo teme caer en “teorías de la conspiración”, pero casi nadie se da cuenta de que las conspiraciones más influyentes no son las clandestinas, sino las oficiales. Las que no se susurran en sótanos, sino que se anuncian en ruedas de prensa. Las que no fabrican foros oscuros, sino instituciones respetables. Esas son las verdaderamente peligrosas, porque operan bajo el prestigio de la legitimidad.
Pocas ironías son tan deliciosas como esta: vivimos en una era en la que todo el mundo teme caer en “teorías de la conspiración”, pero casi nadie se da cuenta de que las conspiraciones más influyentes no son las clandestinas, sino las oficiales. Las que no se susurran en sótanos, sino que se anuncian en ruedas de prensa. Las que no fabrican foros oscuros, sino instituciones respetables. Esas son las verdaderamente peligrosas, porque operan bajo el prestigio de la legitimidad.
La historia está repleta de ejemplos, pero la memoria colectiva es selectiva. El Proyecto MK-Ultra, por ejemplo, fue considerado durante décadas un delirio paranoico… hasta que se desclasificaron los documentos que demostraban que la CIA había experimentado con drogas y manipulación mental en ciudadanos sin su consentimiento. Pero incluso después de eso, seguimos creyendo que los gobiernos solo conspiran cuando “pierden el rumbo”, nunca como práctica estructural.
El lenguaje ayuda mucho a esta autoengaño. Cuando un ciudadano miente, es “desinformación”; cuando un Estado lo hace, es “estrategia comunicativa”. Cuando un individuo manipula, es “engaño”; cuando lo hace una institución, es “gestión de narrativas”. El doble rasero es tan descarado que uno casi admira el talento semántico detrás del maquillaje. Las conspiraciones oficiales son exitosas precisamente porque no parecen conspiraciones: parecen políticas públicas.
El mecanismo es siempre el mismo: primero se ridiculiza cualquier hipótesis que incomode al poder; luego se patologiza; finalmente, si resulta ser cierta, se normaliza con la frialdad de quien dice “bueno, son cosas que pasan”. Y el público, agotado, prefiere mirar hacia otro lado antes que admitir que la línea entre transparencia y teatro es más delgada de lo que quisieran reconocer.
La innovación tecnológica ha amplificado este fenómeno. Por un lado, permite descubrir mentiras oficiales más rápido; por otro, ofrece nuevas herramientas para instalarlas con mayor eficacia. Los gobiernos y corporaciones han entendido que controlar la realidad factual es inútil: lo verdaderamente rentable es controlar la percepción. No importa qué ocurre, importa qué parece que ocurre. Y en esa guerra semiótica, los algoritmos son aliados formidables: distribuyen versiones “oficiales”, silencian anomalías, priorizan mensajes “fiables”. Todo con la asepsia de un proceso técnico, como si la máquina fuera neutral y no estuviera programada por alguien con intereses muy concretos.
La sospecha, en este contexto, se vuelve una forma de autodefensa cognitiva. Pero aquí llega la paradoja: cuanto más mintieron las élites en el pasado, más sospechoso parece cualquier intento actual de decir la verdad. Es la consecuencia lógica de décadas de manipulación: una población que ya no distingue entre evidencia incómoda y fábula conspirativa. Un paisaje donde lo cierto huele a trampa, y lo falso huele a consigna.
Y quizá ese sea el mensaje más incómodo: no es que vivamos rodeados de conspiraciones, es que vivimos rodeados de conspiraciones certificadas, cuidadosamente redactadas y distribuidas mediante canales oficiales. La próxima vez que un gobierno o corporación afirme algo con excesiva vehemencia, recuerda: las verdades que requieren tanto maquillaje suelen ser las menos fiables. Si te incomoda pensarlo, es buena señal. Significa que la verdad aún no te ha domesticado.
El capitalismo de plataformas: del empleo al algoritmo
El capitalismo de plataformas es la última mutación del sistema: elegante, higiénica y supuestamente meritocrática. Un mundo donde ya no trabajas para una empresa, sino para un algoritmo; donde no tienes jefe, pero sí un conjunto de ecuaciones que decide tu visibilidad, tu reputación y, por supuesto, tus ingresos. Es la versión 3.0 del viejo contrato social: el empleo se disuelve y aparece una relación mucho más asimétrica, disfrazada de oportunidades infinitas y autonomía emprendedora. Una fantasía diseñada para que el individuo crea que se liberó mientras entrega su destino a un código opaco.
El capitalismo de plataformas es la última mutación del sistema: elegante, higiénica y supuestamente meritocrática. Un mundo donde ya no trabajas para una empresa, sino para un algoritmo; donde no tienes jefe, pero sí un conjunto de ecuaciones que decide tu visibilidad, tu reputación y, por supuesto, tus ingresos. Es la versión 3.0 del viejo contrato social: el empleo se disuelve y aparece una relación mucho más asimétrica, disfrazada de oportunidades infinitas y autonomía emprendedora. Una fantasía diseñada para que el individuo crea que se liberó mientras entrega su destino a un código opaco.
La trampa es vieja, aunque la interfaz sea nueva. En la Revolución Industrial, los obreros dependían de la maquinaria y del capataz. Hoy, el trabajador de plataforma depende de una aplicación que asigna tareas según criterios que nunca conocerá. Si el capataz era injusto, al menos podías mirarlo a los ojos. El algoritmo, en cambio, es un oráculo silencioso: omnipresente, indiscutible y convenientemente irresponsable. No da explicaciones. Solo puntúa.
El discurso oficial asegura que las plataformas empoderan al individuo. “Sé tu propio jefe”, repiten, mientras imponen tarifas variables, incentivos psicológicos y penalizaciones automáticas que moldean el comportamiento con la precisión de un laboratorio conductista. El trabajador no recibe órdenes, pero está condicionado. No firma un contrato, pero está encerrado. No tiene horario, pero vive pendiente de las notificaciones. ¿Libertad? Claro, la misma libertad que tenía el ratón en las pruebas de Skinner.
No es casual que el lenguaje institucional celebre este modelo como innovación económica. Es barato, flexible y políticamente cómodo. Cuando los trabajadores reclaman derechos, la élite tecnopolítica responde con una sonrisa: “No son empleados, son colaboradores independientes”. Así, la plataforma lava sus manos y convierte obligaciones laborales en una cuestión de “compromiso personal”. El riesgo se privatiza, el beneficio se centraliza.
Pero lo más inquietante no es la precariedad: es la arquitectura de control. Las plataformas operan como microestados digitales con reglas propias, tribunales automatizados y vigilancia constante. El algoritmo acumula más información sobre el trabajador que cualquier jefe de la historia. Sabe cuándo rinde más, cuándo está cansado, cuándo rechaza un encargo y hasta cómo afecta el clima a su comportamiento. El individuo se convierte en un conjunto de métricas optimizables, un recurso fungible dentro de una economía gobernada por decisiones invisibles.
Y, sin embargo, la innovación no es el enemigo. De hecho, podría ser la vía de escape. La tecnología puede descentralizar mercados, democratizar ingresos, romper intermediaciones abusivas. Pero para eso necesita lo contrario de lo que hoy impera: transparencia, portabilidad de datos, privacidad robusta y algoritmos auditables. Sin estos elementos, el capitalismo de plataformas seguirá siendo un feudo digital disfrazado de economía colaborativa.
La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿estamos construyendo un futuro donde las personas usan las plataformas, o uno donde las plataformas usan a las personas? Si aceptamos sin cuestionar la narrativa oficial, quizá ya sepamos la respuesta… y lo peor es que el algoritmo también.
El teletrabajo como espejismo de libertad
La gran promesa del siglo XXI llegó disfrazada de emancipación: “trabaja desde donde quieras”. Qué tentador. Qué elegante. Qué falso. El teletrabajo se vendió como una revolución libertaria, pero en muchos casos terminó siendo una sofisticada trampa: un espejismo de libertad diseñado para que el individuo crea que controla su vida mientras la estructura que lo rodea estrecha aún más su radio de acción.
La gran promesa del siglo XXI llegó disfrazada de emancipación: “trabaja desde donde quieras”. Qué tentador. Qué elegante. Qué falso. El teletrabajo se vendió como una revolución libertaria, pero en muchos casos terminó siendo una sofisticada trampa: un espejismo de libertad diseñado para que el individuo crea que controla su vida mientras la estructura que lo rodea estrecha aún más su radio de acción.
La oficina —ese invento industrial del siglo pasado— tenía al menos la honestidad de mostrar sus cadenas: horarios rígidos, supervisión directa, jerarquías visibles. El teletrabajo, en cambio, promete autonomía, pero esconde sensores, métricas, logs y dashboards que convierten al trabajador en una especie de avatar productivo permanentemente monitorizado. Desaparece el jefe a un metro de distancia, pero aparece un algoritmo que mide cada clic, cada pausa, cada microsegundo “no optimizado”. Cambias un autoritarismo analógico por un panóptico digital.
Lo paradójico es que este giro se presenta como libertad. Ya no se trata de trabajar mejor, sino de parecer que trabajas constantemente. La lógica del “estar disponible” muta en un estado mental en donde el hogar —supuestamente tu refugio— se transforma en una extensión de la oficina. Y así, lo que se anunciaba como liberación se convierte en un proceso de colonización silenciosa: la empresa ocupa tu espacio, tu horario, tu atención… y además te felicita por ser tan flexible.
Las élites tecnocráticas aman este modelo porque externaliza costos y responsabilidades. La silla ergonómica, la calefacción, la electricidad, el espacio: todo corre de tu cuenta. En un gesto casi poético, el capitalismo y la burocracia coinciden por primera vez en algo: la eficiencia se logra mejor cuando el trabajador paga por su propia jaula. Mientras tanto, los discursos institucionales siguen hablando de “conciliación”, “bienestar” y “autogestión”, como si repetir mantras pudiera eliminar el hecho de que el teletrabajo mal diseñado convierte al individuo en su propio capataz.
Históricamente, cada vez que un poder ha querido extender su control, lo ha hecho difuminando fronteras. El Imperio Romano borró las distinciones entre lo civil y lo militar para mantener cohesión. Las monarquías absolutas diluyeron lo público y lo privado para vigilar a sus súbditos. Hoy las corporaciones y los Estados hacen lo mismo, pero con software y notificaciones push. La frontera entre tiempo libre y tiempo laboral es ahora una ficción sentimental que todos fingimos respetar.
Sin embargo, no todo está perdido. La innovación tecnológica también ofrece caminos de emancipación real: automatizar tareas repetitivas, construir negocios individuales globales, negociar desde posiciones más fuertes y, sobre todo, recuperar la privacidad. La clave no está en rechazar el teletrabajo, sino en desnudar sus trampas semánticas y reclamar sus beneficios sin aceptar su control. Un individuo equipado con herramientas poderosas y límites claros puede transformar el teletrabajo en un vector genuino de autonomía.
La pregunta incómoda es esta: ¿eres libre porque trabajas desde casa, o simplemente te convencieron de que la jaula es más cómoda cuando la pintas tú mismo? Si no te atreves a mirar esa respuesta de frente, quizá el espejismo ya cumplió su función.
El lenguaje como arma: cómo manipulan las élites el vocabulario político
El gran triunfo de las élites contemporáneas no ha sido económico ni tecnológico: ha sido lingüístico. La verdadera batalla por el poder no se libra en los parlamentos ni en los mercados, sino en el diccionario.
El gran triunfo de las élites contemporáneas no ha sido económico ni tecnológico: ha sido lingüístico. La verdadera batalla por el poder no se libra en los parlamentos ni en los mercados, sino en el diccionario. Quien controla el significado de las palabras controla el marco mental de la sociedad. Y cuando la gente piensa dentro de marcos prestados, deja de pensar por sí misma. No hace falta censurarla: basta con etiquetar sus ideas como “problemáticas”, “antisociales” o, el nuevo eufemismo favorito, “no alineadas con los valores democráticos”.
Este fenómeno no es nuevo. La Unión Soviética convirtió la palabra “enemigo del pueblo” en una sentencia de muerte. La Iglesia medieval monopolizó el término “herejía” para someter cualquier escepticismo. Hoy las élites occidentales —menos brutales, pero no menos ambiciosas— han aprendido a operar con sutileza quirúrgica. No prohíben palabras: las vacían, las inflan, las desvían. Son expertos en alquimia semántica.
La “seguridad” sirve para justificar vigilancia masiva. La “solidaridad”, para blindar burocracias parasitarias. La “inclusión”, para imponer homogeneidad ideológica. Y la palabra “democracia” se ha convertido en una especie de comodín moral, una coartada para disciplinar cualquier disidencia: si estás en contra del paquete regulatorio de turno, “amenazas la democracia”; si cuestionas el gasto público, “atacas la cohesión social”.
El lenguaje político ya no describe la realidad: la construye selectivamente. Funciona como un software que actualiza el sistema operativo mental de la población sin pedir permiso. Las élites lo saben y lo explotan. Por eso encuentran tan incómoda la innovación tecnológica verdaderamente descentralizadora. No porque amen la privacidad —si la amaran, no coleccionarían datos como si fueran petróleo— sino porque la tecnología fuera de su control amenaza su monopolio simbólico.
Basta observar cómo se narran las disrupciones tecnológicas: si un avance empodera al individuo, se tacha de “riesgo”; si permite a las instituciones ampliar su esfera de control, se etiqueta como “innovación responsable”. La IA generativa, por ejemplo, es presentada simultáneamente como una salvación económica y un peligro civilizatorio, dependiendo de quién la use. Cuando la emplea un ciudadano para escapar del corsé narrativo, es sospechoso; cuando la usa un Estado para vigilar más eficientemente, es “modernización”.
La privacidad, en este contexto, no es una reivindicación romántica: es uno de los pocos escudos que le quedan al individuo frente a la absorción semántica del poder. Sin privacidad, todo lenguaje se vuelve confesional, y toda confesión, materia prima para el control. Las grandes corporaciones y los Estados compiten por ver quién sabe más de ti, pero coinciden en algo: prefieren que no sepas demasiado sobre ellos. Transparencia para abajo, opacidad para arriba. Una ecuación tan antigua como el poder mismo.
La historia demuestra que las sociedades no colapsan cuando pierden recursos, sino cuando pierden el control de su propio vocabulario. Primero se redefinen las palabras, luego se redefinen las conductas permitidas, y finalmente se redefine al individuo mismo.
La próxima vez que escuches una palabra política de moda, pregúntate quién la inventó y para qué. Si produce comodidad, desconfía. Si produce incomodidad, quizá estés más cerca de la verdad. Después de todo, las élites pueden manipular el lenguaje, pero no pueden obligarte a pensar dentro de sus límites… a menos que tú aceptes voluntariamente su diccionario.
Reskilling: la palabra mágica que nadie entiende
El “reskilling” se ha convertido en la nueva pócima milagrosa del discurso institucional: una etiqueta brillante que promete salvarnos del apocalipsis laboral provocado por la automatización. Políticos, consultoras y organismos internacionales la repiten con la misma devoción con la que, en otros tiempos, se invocaba a la diosa Fortuna. Pero detrás del mantra tecnocrático se esconde un problema más profundo: la idea de que la sociedad debe “reciclarse” según los dictados del mercado, o más bien según los dictados de quienes dicen representarlo.
El “reskilling” se ha convertido en la nueva pócima milagrosa del discurso institucional: una etiqueta brillante que promete salvarnos del apocalipsis laboral provocado por la automatización. Políticos, consultoras y organismos internacionales la repiten con la misma devoción con la que, en otros tiempos, se invocaba a la diosa Fortuna. Pero detrás del mantra tecnocrático se esconde un problema más profundo: la idea de que la sociedad debe “reciclarse” según los dictados del mercado, o más bien según los dictados de quienes dicen representarlo.
La paradoja es evidente: el reskilling se presenta como emancipación, pero rara vez se plantea desde la libertad individual. El mensaje subyacente es paternalista: “No te preocupes, ciudadano; si la tecnología te deja atrás, ya vendrá el Estado o tu gran corporación favorita a decirte en qué debes convertirte”. El sujeto deja de ser agente para convertirse en material moldeable. Es la versión moderna del artesano medieval obligado a un gremio, solo que ahora el gremio se llama “fuerza laboral adaptable”.
Históricamente, las grandes transformaciones tecnológicas no necesitaron campañas institucionales para que la gente aprendiera nuevas habilidades. Nadie tuvo que emitir un decreto para que los agricultores del siglo XIX se convirtieran en operarios industriales; lo hicieron porque la libertad de elección y la lógica de mercado les ofrecieron un horizonte más amplio que el de trabajar del amanecer al ocaso. El reskilling genuino surge de la motivación, la ambición y la búsqueda de oportunidades, no de un PDF de 200 páginas diseñado para justificar presupuestos públicos.
Lo más inquietante es el doble discurso. Mientras se nos anima a “reciclarnos”, los mismos actores que promueven estas narrativas impulsan marcos regulatorios que sofocan la innovación. Europa es un ejemplo ya casi caricaturesco: celebra la “transformación digital” mientras aprieta las tuercas de la burocracia, como si se pudiera bailar claqué con grilletes. El intervencionismo promete protección, pero muchas veces solo consigue crear dependencia: individuos esperando instrucciones, empresas temerosas de moverse sin permiso, y administraciones que confunden regulación con control.
La tecnología, sí, incluso la inteligencia artificial, no es el enemigo. Lo es la concentración de poder que puede florecer si la innovación se convierte en monopolio estatal o corporativo. El reskilling debería ser un camino hacia la autonomía: aprender a usar herramientas nuevas para ampliar la libertad personal, no para encajar en esquemas diseñados desde arriba. Y aquí surge la contradicción final: se nos pide que confiemos en estructuras que han demostrado una y otra vez su incapacidad para adaptarse a la realidad, pero que insisten en enseñarnos a nosotros cómo adaptarnos.
Quizá la verdadera palabra que nadie entiende no sea “reskilling”, sino “responsabilidad”. Esta no se delega, no se legisla, no se imprime en campañas institucionales. Se ejerce. La tecnología puede darnos superpoderes, pero solo si dejamos de esperar a que papá Estado nos diga qué hacer con ellos. Porque tal vez lo más incómodo de todo sea aceptar que el futuro no nos exige reciclarnos… sino despertar.
De Careto a Pegasus: la privatización del espionaje
Cuando en 2014 se descubrió el malware conocido como Careto, el mundo tuvo una breve mirada a las cloacas del poder digital. Un software de espionaje sofisticado, atribuido a un grupo con recursos casi estatales, capaz de infectar sistemas en Windows, Mac y Linux, robar credenciales y vigilar comunicaciones cifradas. Careto marcó un precedente: la vigilancia ya no era solo cuestión de espías con gabardina, sino de líneas de código invisibles. Era un mensaje claro: si el Estado quiere saberlo todo, encontrará la forma.
Cuando en 2014 se descubrió el malware conocido como Careto, el mundo tuvo una breve mirada a las cloacas del poder digital. Un software de espionaje sofisticado, atribuido a un grupo con recursos casi estatales, capaz de infectar sistemas en Windows, Mac y Linux, robar credenciales y vigilar comunicaciones cifradas. Careto marcó un precedente: la vigilancia ya no era solo cuestión de espías con gabardina, sino de líneas de código invisibles. Era un mensaje claro: si el Estado quiere saberlo todo, encontrará la forma.
Pero lo verdaderamente inquietante vino después. Con el caso de Pegasus, desarrollado por la empresa israelí NSO Group, el espionaje dejó de ser monopolio exclusivo de agencias de inteligencia nacionales y se convirtió en un producto exportable, un servicio a la carta. Pegasus no era un experimento: era un software de élite vendido a gobiernos de medio mundo, bajo el pretexto de combatir el terrorismo y el crimen organizado. En realidad, se usó para vigilar a periodistas, opositores, abogados y activistas. Lo que antes era el privilegio secreto de la NSA o el FSB ahora se ofrecía en el mercado como quien vende un arma de precisión.
La privatización del espionaje tiene un matiz perverso: convierte la vigilancia en un negocio. Ya no se trata solo de “seguridad nacional”, sino de contratos millonarios, de clientes satisfechos y de un mercado opaco donde el producto es la intromisión en la vida privada. Esto genera un doble problema. Primero, la opacidad: los gobiernos pueden negar su responsabilidad alegando que se limitan a “comprar tecnología”, como si la ética pudiera subcontratarse. Segundo, la escalabilidad: lo que antes requería enormes recursos estatales ahora puede adquirirse mediante chequera y contactos adecuados. El espionaje se globaliza, se democratiza para quienes tienen dinero, y se normaliza como práctica política.
La ironía es que los mismos Estados que criminalizan el hackeo privado y regulan con dureza la protección de datos, son los primeros en pagar a empresas privadas para saltarse esas barreras. La narrativa oficial habla de proteger al ciudadano, pero el ciudadano termina siendo el objetivo. Europa presume de normativas como el GDPR, pero los mismos gobiernos europeos aparecen en las listas de clientes de Pegasus. Una hipocresía monumental: la privacidad se predica, pero no se practica.
La lección de Careto y Pegasus es clara: la frontera entre espionaje estatal y corporativo se ha desdibujado. La vigilancia ya no depende solo del poder del Estado, sino de su capacidad para contratar proveedores. Y en ese terreno, la soberanía individual se reduce a un espejismo. Ni el cifrado, ni las leyes, ni las declaraciones de derechos digitales ofrecen garantías reales frente a una industria cuya razón de ser es vulnerarlas.
El futuro de este modelo apunta a algo todavía más inquietante: el espionaje como servicio rutinario, disponible para empresas, partidos políticos o cualquier actor con recursos. La pregunta incómoda es si estamos entrando en una era donde la privacidad se convierte en un lujo, reservado para quienes puedan pagarla, mientras el resto entrega su intimidad como tributo silencioso al nuevo Leviatán digital.
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La economía de la obediencia: cómo los gobiernos compran silencio
El poder político rara vez se sostiene únicamente por la fuerza. Los tanques en la calle son caros, visibles y generan resistencia. Mucho más eficaz resulta un mecanismo más sutil: la compra de obediencia. Los gobiernos no necesitan ciudadanos libres, necesitan contribuyentes obedientes y consumidores dóciles. Y para lograrlo, han perfeccionado un sistema económico basado en la recompensa y la amenaza, en el subsidio y la sanción, en el “te protejo si callas” y el “te castigo si hablas”.
El poder político rara vez se sostiene únicamente por la fuerza. Los tanques en la calle son caros, visibles y generan resistencia. Mucho más eficaz resulta un mecanismo más sutil: la compra de obediencia. Los gobiernos no necesitan ciudadanos libres, necesitan contribuyentes obedientes y consumidores dóciles. Y para lograrlo, han perfeccionado un sistema económico basado en la recompensa y la amenaza, en el subsidio y la sanción, en el “te protejo si callas” y el “te castigo si hablas”.
La historia muestra que los regímenes más estables no son necesariamente los más brutales, sino los que han aprendido a maquillar la sumisión como pacto social. Los faraones egipcios distribuían grano en tiempos de sequía, asegurando que las masas identificaran su supervivencia con la continuidad del poder. En la Europa medieval, las monarquías otorgaban privilegios comerciales a gremios leales, comprando con monopolios lo que no podían imponer con espadas. Y en el siglo XX, los Estados de bienestar construyeron su legitimidad con subsidios y programas sociales que transformaron a ciudadanos en clientes permanentes del Leviatán.
Hoy la técnica ha evolucionado. El Estado moderno compra silencio con ayudas directas, con créditos blandos, con empleos públicos cuya existencia depende de la expansión constante de la burocracia. ¿Quién va a morder la mano que alimenta, aunque esa mano robe primero para poder dar después? El ciudadano subvencionado no protesta: tiene miedo de perder el cheque. La obediencia, disfrazada de agradecimiento, se convierte en la moneda de cambio más rentable para los gobernantes.
Lo más perverso de esta dinámica es su alianza con el capitalismo de amiguetes. Los gobiernos no compran obediencia solo de los individuos, sino de corporaciones enteras. Contratos públicos, rescates financieros y regulaciones diseñadas a medida aseguran que las grandes empresas devuelvan el favor en forma de silencio político o propaganda servil. El mercado libre, que debería ser un espacio de competencia e innovación, se ve corroído por un mercadeo de privilegios que convierte al empresario en cortesano.
La tecnología, paradójicamente, ofrece una vía de escape y una trampa a la vez. El individuo puede emanciparse a través de la descentralización digital, del acceso directo a la información y de la creación de riqueza fuera de los canales oficiales. Pero también puede ser reducido a una cifra en bases de datos que permiten a los gobiernos distribuir recompensas y castigos con una precisión inédita. El crédito social en China no es un accidente cultural: es la versión explícita de lo que muchos Estados practican de forma encubierta.
El silencio comprado es siempre más peligroso que la censura abierta, porque el primero se viste de consenso. Una sociedad que acepta vender su voz a cambio de seguridad, de subsidios o de privilegios regulados, se condena a perder no solo la libertad política, sino también la capacidad de pensar críticamente. La gran incomodidad es admitir que cada vez que aceptamos un beneficio condicionado, estamos hipotecando nuestra independencia. El precio de ese cheque mensual o de ese contrato público no es dinero: es obediencia. Y el día en que descubramos que hemos entregado demasiado, quizá ya no tengamos voz para reclamarlo.
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El espejismo del Estado benefactor: ¿protección o dependencia?
El Estado benefactor se presenta como un salvador magnánimo, una red de seguridad diseñada para proteger al ciudadano de las inclemencias de la vida moderna. Sin embargo, detrás de ese discurso compasivo se esconde una maquinaria que no tanto protege como perpetúa la dependencia. La promesa de “seguridad social” se convierte, en la práctica, en una jaula de oro: brillante, confortable a primera vista, pero restrictiva y diseñada para mantener al individuo dócil.
El Estado benefactor se presenta como un salvador magnánimo, una red de seguridad diseñada para proteger al ciudadano de las inclemencias de la vida moderna. Sin embargo, detrás de ese discurso compasivo se esconde una maquinaria que no tanto protege como perpetúa la dependencia. La promesa de “seguridad social” se convierte, en la práctica, en una jaula de oro: brillante, confortable a primera vista, pero restrictiva y diseñada para mantener al individuo dócil.
La historia está llena de ejemplos donde el poder se disfraza de paternalismo. El Imperio Romano, en su decadencia, alimentaba a la población urbana con pan y circo. No se trataba de benevolencia, sino de control: ciudadanos anestesiados no cuestionaban la corrupción del Senado ni la ineptitud de los emperadores. Hoy, el subsidio universal, las pensiones estatales o la sanidad pública funcionan con la misma lógica: se entregan beneficios que el individuo no puede rechazar sin quedar marcado como insolidario. Lo paradójico es que este supuesto “progreso” reduce la capacidad de elección. Cuando la educación depende exclusivamente de ministerios, o la jubilación de sistemas de reparto quebrados, la libertad real se evapora. La protección se convierte en un chantaje: dependes de mí, por tanto me obedeces.
Aquí aparece el contraste interesante: la tecnología ofrece independencia mientras la burocracia la devora. El teletrabajo, la descentralización de datos mediante blockchain o la proliferación de inteligencia artificial permiten a los individuos emanciparse de estructuras jerárquicas y lentas. Sin embargo, los Estados reaccionan como cualquier monopolio amenazado: regulan, ralentizan, imponen licencias, todo en nombre de la “seguridad” o la “ética”. El caso más claro es la privacidad digital. Los gobiernos afirman proteger al ciudadano de las grandes corporaciones, pero lo hacen aumentando su propia capacidad de vigilancia. Europa presume del GDPR, mientras simultáneamente expande sistemas de identificación digital obligatoria. Es como si el guardián advirtiera: “Cuidado con los ladrones, pero entrégame las llaves de tu casa para protegerte”.
El ciudadano acostumbrado al Estado benefactor pierde el músculo de la responsabilidad. Se resigna a ser cliente en lugar de actor, súbdito en lugar de creador. La dependencia es cómoda: no exige esfuerzo, solo obediencia. Pero como enseñó Alexis de Tocqueville, las sociedades donde los individuos renuncian a la responsabilidad acaban gobernadas por un “poder tutelar” que infantiliza a sus súbditos. La ironía es brutal: el discurso del bienestar que promete dignidad termina generando sumisión. Y lo más inquietante es que muchos lo aplauden, convencidos de que la esclavitud suave es preferible a la incertidumbre de la libertad.
El Estado benefactor no protege: domestica. Su aparente generosidad es un espejismo que esconde la pérdida de autonomía. La verdadera emancipación no vendrá de subsidios, ni de planes de rescate, sino de la capacidad de cada individuo para aprovechar la tecnología, generar riqueza y defender su privacidad frente a cualquier poder centralizador. La pregunta final, incómoda y urgente, es: ¿queremos seguir siendo protegidos como niños, a costa de vivir vigilados y controlados, o preferimos arriesgarnos a ser adultos libres? La respuesta define no solo el futuro de nuestras economías, sino el grado de dignidad que estamos dispuestos a tolerar.
¿Trabajaremos menos o simplemente ganaremos menos?
La promesa de la automatización sugiere una aritmética luminosa: si las máquinas hacen más, nosotros podremos hacer menos. Pero la historia laboral es menos lineal. Trabajar menos o ganar menos no es un destino tecnológico; es una decisión política, empresarial y cultural. La pregunta real es qué se hace con la productividad liberada y quién captura su valor.
La promesa de la automatización sugiere una aritmética luminosa: si las máquinas hacen más, nosotros podremos hacer menos. Pero la historia laboral es menos lineal. Trabajar menos o ganar menos no es un destino tecnológico; es una decisión política, empresarial y cultural. La pregunta real es qué se hace con la productividad liberada y quién captura su valor.
Primero, el denominador oculto: la intensidad. Las horas caen en papel mientras la presión sube en pantalla. Algoritmos de asignación comprimen tareas y transforman descansos en micro‑tiempos facturables. Menos horas no siempre significan menos trabajo si el ritmo se acelera.
Segundo, la distribución de la productividad. Cuando las ganancias se concentran en capital intangible y plataformas dominantes, los salarios no acompañan. Así, trabajamos igual o más, pero la parte del pastel que paga nóminas se encoge, y la sensación social es de “ganar menos” incluso con cifras de empleo favorables.
Tercero, el espejismo del auto‑servicio. El consumidor hace tareas antes pagadas: escanear, etiquetar, resolver incidencias. Es trabajo sombra no remunerado que reduce la jornada oficial sin mejorar ingresos ni descanso.
Cuarto, la fijación por el “headcount”. Si la eficiencia se traduce en recortes lineales, la supervivencia de los equipos depende de asumir más carga. La automatización libera horas, pero la organización las rellena con reuniones, compliance y métricas; el famoso efecto “maldición del correo”.
Quinto, la economía del cuidado. El trabajo difícil de automatizar —educación, salud, dependencia— es intensivo en tiempo humano. Si no se revaloriza, una sociedad más productiva puede acabar pagando menos por lo que más sentido tiene.
Sexto, el diseño de incentivos. Bonos asociados a actividad y no a resultados, objetivos de cadencia y cultura de “siempre disponible” empujan a más tiempo conectado. Sin límites claros, cualquier ganancia tecnológica se absorbe en expectativas crecientes.
Séptimo, la semana breve bien hecha. Experimentos serios muestran que cuatro días son viables cuando se rediseña el flujo: menos interrupciones, tareas por lotes, procesos asíncronos. No es magia; es ingeniería de procesos y confianza.
Octavo, aprender sin penalización. Si la reconversión se hace a costa del salario y del ocio, la gente elegirá conservar su puesto actual, perpetuando brechas. Pagar el tiempo de aprender convierte automatización en movilidad, no en miedo.
Noveno, fiscalidad y competencia. Menos gravamen relativo al trabajo frente al capital, y mercados abiertos que permitan que nuevas empresas repartan renta donde hoy hay rentas de posición, inclinan la balanza hacia “trabajar menos sin ganar menos”.
Décimo, la cultura del “buen trabajo”. Valorar resultados, autonomía y descanso como activos productivos cambia decisiones micro: menos reuniones, más foco, límites de notificaciones, derecho efectivo a la desconexión.
El futuro no vendrá con etiqueta. Si nada cambia, la tecnología tenderá a comprimir salarios medios y a expandir jornadas líquidas: ganaremos menos y descansaremos peor. Si cambiamos reglas, incentivos y diseño, podremos trabajar menos y vivir mejor. La diferencia es elección, no destino. Y esa elección empieza en cada empresa, cada convenio y cada presupuesto público bien orientado y valiente.
El Gran Hermano ya no necesita cámaras: la era del rastreo invisible
Durante décadas imaginamos la vigilancia como un ojo rojo en la esquina. Hoy, el “ojo” es una red de puntos ciegos: metadatos, sensores, SDK incrustados y modelos de inferencia. El Gran Hermano contemporáneo no explica qué mira; deduce quién eres a partir de huellas imperceptibles.
Durante décadas imaginamos la vigilancia como un ojo rojo en la esquina. Hoy, el “ojo” es una red de puntos ciegos: metadatos, sensores, SDK incrustados y modelos de inferencia. El Gran Hermano contemporáneo no explica qué mira; deduce quién eres a partir de huellas imperceptibles.
Primero, los metadatos superan a las imágenes. No hace falta capturar tu rostro si basta con mapear tus patrones de conexión, latencias, horarios y saltos entre antenas. El rastro de analítica, etiquetas invisibles y telemetría compone un retrato más fiel que cualquier cámara.
Segundo, las proximidades cuentan historias. Balizas Bluetooth y redes wifi convierten espacios en mapas de co‑presencia. Incluso con identificadores rotativos, la correlación temporal reencola identidades. Tu teléfono es una credencial ambulante que firma tu presencia sin preguntar.
Tercero, el grafo de dispositivos. Correos cifrados, cuentas, números de serie, direcciones IP y “fingerprints” del navegador se combinan para enlazar tu vida en pantallas y lugares. Así nacen los perfiles sombra: no solo lo que dices, sino lo que otros y tus objetos dicen de ti.
Cuarto, inferencia es vigilancia. Con pocas coordenadas se estiman domicilio, rutina y círculo social; con algunas transacciones, riesgos de salud o nivel de ingresos. No se necesita un micrófono encendido si los patrones de uso revelan estados de ánimo y probables decisiones futuras.
Quinto, la economía de la atención perfeccionó la captura. Interfaz tras interfaz empuja “consentimientos” opacos y opciones por defecto maximalistas. La fricción para protegerse es deliberada: cuanto más cansado el usuario, más valioso el dato.
Sexto, las normas existen pero no bastan. Regulaciones de privacidad, vetos al seguimiento entre apps y avisos de cookies han reducido algunos excesos, pero han incentivado formas paralelas de rastreo: mediciones del lado del servidor, contextual “inteligente” y más dependencia del identificador del dispositivo.
Séptimo, la seguridad no es igual a privacidad. Cifrar en tránsito y en reposo protege contra intrusos, no contra el destinatario legítimo que recopila más de lo necesario. La minimización real exige no recolectar, no prolongar, no entrecruzar por defecto.
Octavo, cambie la arquitectura y cambiará el poder. Diseños “local‑first”, aprendizaje federado, anonimización rigurosa y presupuestos de privacidad limitan el goteo de datos. Un buen producto pregunta: ¿podemos ofrecer valor sin exportar eventos crudos, solo estadísticas agregadas y efímeras?
Noveno, gobernanza con dientes. Auditorías independientes, trazabilidad de datos y sanciones proporcionales hacen visible lo invisible. Los fiduciarios de datos y los “data trusts” pueden equilibrar asimetrías entre individuos y recolectores industriales.
Décimo, higiene personal razonable. Permisos granulares, restablecer identificadores publicitarios, desactivar historiales innecesarios, navegadores con aislamiento por sitio y redes invitadas reducen superficie, sin caer en el fatalismo. La privacidad útil no es paranoia; es diseño intencional y hábitos consistentes.
La vigilancia del siglo XXI no necesita cámaras porque opera en la infraestructura. El reto no es esconderse del ojo, sino reescribir las tuberías por donde viaja la información y los incentivos que las alimentan. Menos opacidad, menos retención, menos correlación: ese es el nuevo cortafuegos.
El mito del pleno empleo en la era de la automatización
El “pleno empleo” ha sido el norte de la política económica desde mediados del siglo XX. Pero en la era de la automatización —que ya no solo mecaniza músculo sino también juicio— esa brújula puede engañar. No porque los robots vayan a quitarnos todo el trabajo, sino porque confundir puestos con bienestar nos impide ver la transformación del propio empleo.
El “pleno empleo” ha sido el norte de la política económica desde mediados del siglo XX. Pero en la era de la automatización —que ya no solo mecaniza músculo sino también juicio— esa brújula puede engañar. No porque los robots vayan a quitarnos todo el trabajo, sino porque confundir puestos con bienestar nos impide ver la transformación del propio empleo.
Primero, la medición. La tasa de paro convencional es un espejo parcial: oculta desánimo, subempleo y jornadas involuntarias. Una economía puede celebrar números “plenos” mientras millones rotan por trabajos frágiles o encadenan horas insuficientes.
Segundo, la elasticidad tecnológica. La automatización no elimina ocupaciones completas; trocea tareas. En muchas profesiones, los sistemas avanzados sustituyen segmentos rutinarios y elevan el listón de lo humano hacia lo relacional, creativo o crítico. Eso reduce demanda de ciertas tareas y concentra valor en quienes dominan la orquestación de tecnologías.
Tercero, los desfases. La historia muestra que los empleos nuevos llegan, pero más tarde que los que se destruyen. En ese intervalo, regiones, cohortes y sectores pueden quedar atrapados. La reconversión no es un curso; es un ecosistema de movilidad, vivienda, crédito, cuidado infantil y tiempo.
Cuarto, la calidad. El pleno empleo estadístico puede coexistir con precariedad: plataformas que externalizan riesgo, falsos autónomos, microtareas atomizadas. La automatización abarata la coordinación y fomenta un “mercado de personas por piezas” si no hay contrapesos.
Quinto, productividad y captura. Ganancias de eficiencia no se traducen automáticamente en salarios. En mercados con “superstar firms” y capital intangible, la renta de la automatización puede quedarse arriba, alimentando desigualdad aun con paro bajo.
Sexto, la paradoja del cuidado. Mucho del trabajo menos automatizable —educación, salud, atención— está infravalorado y mal organizado. Convertirlo en motor de empleo digno exige estándares, profesionalización y financiación estable, no solo robots auxiliares.
Séptimo, el Estado de misión. Frente al espejismo de “más de lo mismo”, hacen falta misiones claras: descarbonización, rehabilitación de viviendas, modernización de infraestructuras, ciencia abierta, ciberseguridad. Son campos intensivos en trabajo humano complementado por tecnología.
Octavo, la empresa que aprende. Del “headcount” al “task design”: rediseñar procesos para el acoplamiento humano‑máquina, presupuestos de aprendizaje continuado, evaluación por competencias y no por cargos, y pilotos serios de semana de cuatro días ligados a productividad.
Noveno, el seguro de transición. No basta con formar; hay que pagar el tiempo de formarse. Seguro salarial, cuentas individuales de aprendizaje, licencias educativas y guarderías son infraestructura para el pleno empleo real.
Décimo, la fiscalidad y la competencia. Menos sesgo a gravar trabajo frente a capital, incentivos a la difusión tecnológica más allá de la élite y normas de competencia que abran espacio a empresas medianas.
El mito no es que el empleo vaya a desaparecer, sino que el mercado por sí solo generará empleo suficiente y bueno. La tarea es diseñar abundancia de buen trabajo: menos fetichismo por la tasa y más ambición por la calidad humana del empleo. Sin ese giro, el pleno empleo será puro espejismo.
La Unión Europea y el déjà vu de Roma: señales de un imperio en declive
La comparación entre la Unión Europea y el Imperio romano es tentadora y arriesgada. La UE no conquista territorios; conquista estándares y cláusulas. Es un imperio regulatorio, un poder normativo que extiende su influencia a través de mercados, jurisprudencia y acuerdos. Sin embargo, el déjà vu romano aparece en síntomas que recuerdan a una civilización madura enfrentada a su propio peso.
La comparación entre la Unión Europea y el Imperio romano es tentadora y arriesgada. La UE no conquista territorios; conquista estándares y cláusulas. Es un imperio regulatorio, un poder normativo que extiende su influencia a través de mercados, jurisprudencia y acuerdos. Sin embargo, el déjà vu romano aparece en síntomas que recuerdan a una civilización madura enfrentada a su propio peso.
Primero, la demografía. Europa envejece y reduce su base laboral mientras mantiene un estado de bienestar exigente. La migración podría ser un bálsamo, pero sin consenso sobre reglas de entrada, integración y reparto de cargas, se convierte en un foco de fricción política. Roma también recurrió a nuevas poblaciones; el problema no fue su llegada, sino la falta de mecanismos estables para incorporarlas al proyecto común.
Segundo, las fronteras. Schengen eliminó aduanas internas pero multiplicó la presión en el perímetro. La externalización del control migratorio a socios vecinos recuerda a los foederati: aliados útiles que, sin embargo, exponen vulnerabilidades cuando cambian las lealtades o los incentivos. La seguridad se vuelve negociable y, por tanto, frágil.
Tercero, la defensa. La UE ha cultivado un poder “civil” mientras delega la disuasión dura en la OTAN y, en la práctica, en Estados Unidos. El resultado es un mosaico de ejércitos, contratos y doctrinas que dificulta la autonomía estratégica. Roma, en su fase tardía, también confió cada vez más en tropas federadas: eficaces en el corto plazo, costosas para la soberanía.
Cuarto, la economía política del euro. Una moneda sin un Tesoro común obliga a improvisar en cada crisis. La disciplina fiscal y el salvavidas del banco central conviven en una tensión permanente que acentúa las divergencias entre centro y periferia. A la vez, la competencia geoeconómica exige política industrial, energía asequible y velocidad regulatoria; Europa destaca en reglas, no tanto en ejecución.
Quinto, la gobernanza. El requisito de unanimidad en asuntos clave otorga poder de veto a piezas pequeñas del tablero, generando parálisis selectiva. Los romanos lo llamaban “cursus honorum”; hoy lo llamaríamos exceso de procedimientos. Cuando la forma devora el fondo, la política llega tarde.
Sexto, la identidad. Un imperio es, ante todo, una narración compartida. La UE osciló entre “ampliar” y “profundizar” y terminó con círculos concéntricos de pertenencia. El ciudadano percibe derechos desiguales y ritmos asimétricos, caldo de cultivo para partidos que prometen soberanías fáciles.
Y, sin embargo, declive no es destino. Roma se reinventó varias veces antes del colapso occidental. Para Europa, las claves de una renovatio serían claras: mayoría cualificada en política exterior, un instrumento fiscal anticíclico permanente, una unión energética que premie inversión y resiliencia, una base industrial orientada a misiones, y una defensa creíble que complemente a la OTAN sin duplicarla. A eso habría que sumar un pacto demográfico y educativo capaz de convertir diversidad en ventaja. Si la UE logra pasar de imperio de normas a comunidad de propósito, el déjà vu de Roma será advertencia y no epitafio.
La Hipoteca Generacional: La Deuda que Devora el Futuro
Mientras el gobierno intenta esquivar la última crisis de credibilidad y corrupción interna, mientras los ciudadanos viven atónitos esta realidad, un gusano que lo devora todo no para de crecer. España acaba de cruzar una línea invisible pero devastadora. El contador marca ahora 1,66 billones de euros, una cifra que representa el 103,5% del PIB nacional. No es solo un número abstracto pintado en los informes del Banco de España; es el peso tangible de una generación entera sobre los hombros frágiles de las que vendrán.
Mientras el gobierno intenta esquivar la última crisis de credibilidad y corrupción interna, mientras los ciudadanos viven atónitos esta realidad, un gusano que lo devora todo no para de crecer. España acaba de cruzar una línea invisible pero devastadora. El contador marca ahora 1,66 billones de euros, una cifra que representa el 103,5% del PIB nacional. No es solo un número abstracto pintado en los informes del Banco de España; es el peso tangible de una generación entera sobre los hombros frágiles de las que vendrán.
Cada amanecer, mientras millones de españoles se despiertan para enfrentar otro día de incertidumbre económica, el Estado ya ha consumado un ritual silencioso y devastador: ha gastado 115 millones de euros. No en la construcción de hospitales que salven vidas. No en escuelas que forjen futuros. No en infraestructuras que conecten oportunidades. En intereses. En el tributo diario a una deuda que crece como un organismo voraz, alimentándose del futuro de un país.
La situación ha superado todas las previsiones oficiales. El Gobierno había prometido cerrar 2024 con una deuda del 101,7% del PIB, pero la realidad se ha impuesto con la fuerza de una avalancha financiera. El nuevo récord del 103,5% no solo evidencia el fracaso de las proyecciones gubernamentales, sino que confirma que España vive hipotecada a sus acreedores.
Para comprender la magnitud de esta tragedia silenciosa, basta con traducir las cifras a términos humanos. Cada español, desde el recién nacido hasta el jubilado más anciano, carga indirectamente con una deuda de 35.000 euros. Es como si toda la población del país hubiera firmado una hipoteca colectiva sin haber recibido las llaves de ninguna casa.
Los 41.000 millones de euros anuales que España destina al pago de intereses superan el presupuesto conjunto de vivienda y políticas de empleo. Es una cantidad que permitiría construir un hospital público de 500 camas cada veinticuatro horas, exclusivamente con lo que se evapora en el servicio de la deuda. En 2024, esta factura representó el 2,45% del PIB nacional y el 5,4% del gasto público total, convirtiéndose en la tercera partida más importante de los presupuestos del Estado.
El análisis histórico revela cómo España llegó a este precipicio financiero. Durante los años ochenta y noventa, en plena consolidación democrática y convergencia europea, la deuda se mantenía en niveles manejables. Las exigencias del Tratado de Maastricht impusieron una disciplina fiscal que permitió adoptar el euro con una deuda del 60% del PIB. A mediados de la década de 2000, España presumía incluso de una deuda pública inferior al 40% del PIB, muy por debajo de Italia o Alemania, gracias al crecimiento económico y presupuestos excedentarios.
Pero esta calma fiscal era el preludio de una tormenta perfecta. La crisis de 2008 destapó las costuras de un modelo insostenible: del 35% del PIB en 2007 se disparó al 70% en 2011, coincidiendo con el final del mandato de José Luis Rodríguez Zapatero. Durante la era de Mariano Rajoy, entre 2011 y 2018, la deuda superó por primera vez el billón de euros y rebasó el 100% del PIB, algo que no ocurría desde hacía un siglo. En total, Rajoy añadió 418.622 millones de euros a la losa de deuda en sus seis años y medio de mandato, dejando la ratio en torno al 98% del PIB.
La pandemia de 2020 asestó el golpe definitivo. Para afrontar la emergencia sanitaria y económica de la COVID-19, el Estado español volvió a abrir la manguera del gasto público. Subvenciones, ERTEs, rescates y un parón económico histórico llevaron la deuda hasta el 124% del PIB en 2020-2021, un máximo contemporáneo. Desde entonces, la recuperación económica ha moderado ligeramente esa ratio hasta cerrar 2024 en el 101,8% del PIB, pero el repunte actual al 103,5% evidencia que España sigue encadenada a una deuda equivalente a todo lo que produce el país en un año completo.
La comparación internacional ofrece lecciones aleccionadoras que España parece empeñada en ignorar. Italia, con una deuda del 135% del PIB, lleva décadas arrastrando las cadenas de un endeudamiento que la condena a crecer poco y mal, siempre bajo la amenaza de los mercados. Los italianos han vivido con esa espada de Damocles durante años, pagando el precio en forma de credibilidad mermada y escaso margen para inversiones productivas.
El caso griego resulta aún más dramático. Tras décadas de descontrol fiscal, Grecia protagonizó la peor crisis de deuda soberana europea en tiempos de paz. Su deuda superó el 180% del PIB, perdió el acceso a los mercados en 2010 y tuvo que ser rescatada varias veces por la UE y el FMI, con draconianas medidas de austeridad. El resultado fue una depresión económica brutal: el PIB se hundió, el desempleo superó el 25% y la sociedad sufrió un empobrecimiento generacional. Incluso hubo una quita de deuda en 2012, eufemísticamente llamada "reestructuración", para hacerla manejable. Aunque Grecia ha logrado reducir su deuda hasta el 153% del PIB en 2024, sigue muy por encima de lo deseable.
Imaginemos por un momento el rostro de Amelia, técnica radiológica de 34 años en un hospital público de Sevilla. Cada mañana, mientras prepara el equipo para las primeras radiografías del día, sabe que el Estado ya ha gastado más dinero en intereses de deuda que lo que cuesta mantener su servicio durante una semana completa. Su salario, congelado desde hace años, pierde poder adquisitivo mes tras mes mientras la inflación, esa compañera silenciosa del endeudamiento descontrolado, devora sus ahorros.
La historia de Rodrigo, ingeniero industrial de 29 años, ilustra otra dimensión de esta tragedia. Pese a su formación técnica superior, encadena contratos temporales en un mercado laboral incapaz de generar empleo estable. La razón es estructural: cuando una economía destina una porción creciente de sus recursos al pago de intereses, reduce inevitablemente su capacidad de inversión productiva. España ya adolece crónicamente de temporalidad laboral y desempleo juvenil; la losa de la deuda no hace sino agravar esta situación al limitar el dinamismo económico.
Nerea, maestra de primaria en un colegio público de Valencia, ve cómo las aulas se masifican y los recursos escasean. No por maldad o negligencia, sino porque cada euro destinado a los tenedores de bonos es un euro que no llega a la educación. Su clase, que debería tener veinte alumnos, cuenta con veintiocho niños que compiten por su atención en un espacio insuficiente, con material didáctico obsoleto.
La AIReF proyecta un escenario escalofriante: si no se toman medidas contundentes, la deuda podría ascender al 129% del PIB en 2050 y al 181% en 2070, debido al envejecimiento poblacional y el incremento del gasto en pensiones. Es un derrotero insostenible que convertiría a España en un protectorado financiero.
Frente a estas proyecciones, el Gobierno mantiene un optimismo que roza el realismo mágico presupuestario. Sus previsiones contemplan reducir la deuda al 90% en 2031 y al 76% en 2041. Para lograr semejante proeza, España debería clavar dieciséis ejercicios consecutivos de superávit primario, algo que no consigue desde 2007, mantener el crecimiento real al 2% ininterrumpidamente y confiar en que el BCE no subirá los tipos en los próximos veinticinco años.
La Unión Europea exige que los países con deuda superior al 90% la reduzcan al menos un punto del PIB cada año. A esa velocidad, España alcanzaría el objetivo en 2084, justo a tiempo para celebrar el tricentenario de la primera burbuja de deuda borbónica.
El sistema monetario fiat ha permitido crear dinero de la nada para financiar déficits, diluyendo el valor de cada euro en circulación. Como advirtió Voltaire con su fina ironía: "El papel moneda siempre vuelve a su valor intrínseco: cero". España ha vivido anestesiada por la morfina monetaria del Banco Central Europeo, que compró masivamente bonos españoles con dinero recién creado. Pero toda anestesia tiene efectos secundarios, y el nuestro se llama inflación: llegó a superar el 10% anual en 2022, erosionando brutalmente los salarios reales de millones de trabajadores.
La pérdida de poder adquisitivo no es una estadística abstracta. Es la realidad de familias que ven cómo su presupuesto mensual se evapora, cómo los precios suben más rápido que sus ingresos, cómo el futuro se aleja cada mes un poco más. Cuando el Estado se endeuda en exceso, una tentación clásica es licuar la deuda vía inflación: los precios suben, la moneda pierde valor, y así la carga de la deuda en términos reales se aligera a costa del empobrecimiento silencioso de la población.
Esta no es una historia de buenos y malos, de izquierdas contra derechas. Todos los partidos que han gobernado España en las últimas décadas han contribuido a engordar esta deuda monstruosa. José María Aznar, en plena explosión inmobiliaria, logró bajar la deuda del 60% al 47% del PIB, pero no porque redujera la deuda en términos absolutos, sino porque el PIB crecía al 4% anual. Mariano Rajoy recibió un país con deuda del 70% del PIB en 2011 y lo dejó con el 98% en 2018, sumando cerca de 420.000 millones de deuda adicional.
El Partido Popular, que se presenta como adalid de la responsabilidad fiscal, tampoco tiene las manos limpias. Es fácil predicar austeridad desde la oposición; otra cosa es gobernar con recesión. Cuando les ha tocado gestionar, han optado por subir impuestos indirectos, congelar pensiones y recortar inversión, sin impedir que la deuda siguiera al alza.
Cada día que pasa sin medidas contundentes, España se adentra más en territorio peligroso. La deuda actúa como una hipoteca social de largo plazo, sembrando la semilla de la frustración y el desencanto con la política. Los jóvenes heredan un Estado endeudado hasta las cejas pero con menos patrimonio público y menos margen para políticas ambiciosas.
Un día, cuando la historia juzgue esta época, se preguntará cómo fue posible que una generación de dirigentes españoles mirara hacia otro lado mientras se consumaba el mayor robo intergeneracional de la historia democrática del país. Ese día, quienes hoy son niños serán adultos obligados a pagar una factura que no pidieron, en un país empobrecido por la irresponsabilidad de sus mayores.
La deuda pública española no es solo un problema económico: es un problema moral. Es la historia de cómo un país decidió vivir por encima de sus posibilidades y trasladar la factura a quienes aún no habían nacido. Mientras los políticos debaten en los pasillos del poder, más preocupados por apagar incendios mediáticos que por sofocar el fuego real, el futuro de España se desvanece, euro a euro, día a día.
Algún día, nuestros hijos nos preguntarán por qué permitimos que esto ocurriera.
El Amanecer del Tecnofeudalismo
Vivimos en el umbral de una transformación que hace que la Revolución Industrial parezca un cambio gradual. La inteligencia artificial no es solo otra herramienta tecnológica más; es el catalizador de una reconfiguración económica y social que podría materializarse en menos de una década, cuatro veces más rápido que cualquier revolución anterior.
Vivimos en el umbral de una transformación que hace que la Revolución Industrial parezca un cambio gradual. La inteligencia artificial no es solo otra herramienta tecnológica más; es el catalizador de una reconfiguración económica y social que podría materializarse en menos de una década, cuatro veces más rápido que cualquier revolución anterior.
Mientras debatimos si Chat GPT puede escribir mejor poesía que los humanos —y los estudios demuestran que sí puede—, las estructuras fundamentales de nuestra sociedad se fracturan silenciosamente. La capacidad de la IA para automatizar no solo trabajos manuales, sino cognitivos, plantea una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando la premisa básica del capitalismo, que el trabajo genera valor, se vuelve obsoleta?
Los datos son contundentes. Goldman Sachs estima que 300 millones de empleos en Estados Unidos y Europa podrían ser automatizados por la IA. Chat GPT ya supera el examen de abogacía con puntuaciones superiores al mínimo requerido. No estamos hablando de un futuro distante; estamos describiendo el presente que se despliega ante nuestros ojos.
Sin embargo, la verdadera amenaza no radica en el desempleo tecnológico, sino en algo más sutil y peligroso: la concentración de poder cognitivo. Mientras creemos que democratizamos el acceso a la IA al usar herramientas gratuitas, en realidad construimos la infraestructura de control más centralizada de la historia humana.
OpenAI, Google, Meta y Microsoft no solo poseen los modelos más avanzados; controlan los datos de entrenamiento, la infraestructura computacional y, crucialmente, los parámetros que determinarán cómo estos sistemas "piensan" y responden. Esta concentración genera lo que el economista Cedric Durán denomina "tecnofeudalismo": un sistema donde los propietarios de plataformas digitales extraen rentas de los usuarios, similar a como los señores feudales extraían tributos de los campesinos.
La paradoja es evidente: nos aproximamos a la abundancia material técnicamente posible, pero bajo estructuras de distribución que perpetúan la escasez artificial. La IA podría resolver problemas de productividad que han limitado el crecimiento durante décadas, pero bajo las estructuras actuales, esos beneficios se concentrarán en muy pocas manos.
La propuesta de renta básica universal, aunque seductora, no aborda el problema fundamental. No necesitamos parches para un sistema obsoleto; necesitamos repensar conceptos como propiedad, trabajo y distribución de riqueza en un mundo donde el coste marginal de producción podría ser prácticamente cero.
Las alternativas existen: democratización de la IA mediante cooperativas tecnológicas, impuestos sobre la automatización para financiar la transición social, mercados de datos donde los individuos sean compensados por la información que generan. Sin embargo, estas soluciones enfrentan resistencias enormes de corporaciones con incentivos claros para mantener el estatus quo.
Mientras nuestros gobernantes permanecen ajenos a esta realidad, navegando con mapas obsoletos en aguas completamente nuevas, las decisiones sobre el futuro de la humanidad quedan en manos de unas pocas corporaciones tecnológicas. La regulación que prometen, como la Ley de IA de la Unión Europea, funciona más como control social que como protección ciudadana.
La elección no es si la transformación ocurrirá —ya está ocurriendo— sino si seremos arquitectos conscientes de un nuevo orden económico o simples espectadores de nuestro propio desplazamiento. En este río tecnológico donde la única constante será el cambio, nuestra supervivencia como sociedad dependerá de nuestra capacidad de aprender a nadar en aguas que nunca antes habíamos navegado.
El futuro no está escrito, pero se está escribiendo ahora, línea de código a línea de código. La pregunta es: ¿quién tiene la pluma?
La Movilidad del Futuro: coches que dialogan con la ciudad y el entorno.
Hablar del futuro de la movilidad suele convertirse en un desfile de tópicos: sostenibilidad, inteligencia artificial, cero emisiones, coches que “dialogan” con la ciudad… Un discurso pulido hasta el tedio por burócratas y consultores que jamás han creado nada, pero que sí saben regularlo todo. Sin embargo, detrás de la espuma del marketing institucional late un cambio profundo, y pocas marcas están empujando ese cambio con tanta determinación como Mercedes-Benz. No porque quieran salvar el mundo —esa es la narrativa que otros necesitan para justificarse— sino porque entienden algo más simple y más real: la innovación tecnológica siempre ha sido la única fuerza capaz de expandir la libertad humana, incluso cuando el poder intenta capturarla.
Hablar del futuro de la movilidad suele convertirse en un desfile de tópicos: sostenibilidad, inteligencia artificial, cero emisiones, coches que “dialogan” con la ciudad… Un discurso pulido hasta el tedio por burócratas y consultores que jamás han creado nada, pero que sí saben regularlo todo. Sin embargo, detrás de la espuma del marketing institucional late un cambio profundo, y pocas marcas están empujando ese cambio con tanta determinación como Mercedes-Benz. No porque quieran salvar el mundo —esa es la narrativa que otros necesitan para justificarse— sino porque entienden algo más simple y más real: la innovación tecnológica siempre ha sido la única fuerza capaz de expandir la libertad humana, incluso cuando el poder intenta capturarla.
Si miramos la historia con frialdad quirúrgica, vemos que cada salto en movilidad ha sido un recordatorio incómodo de que las sociedades avanzan cuando los individuos pueden moverse sin pedir permiso. La imprenta liberó ideas; el ferrocarril liberó mercados; el automóvil liberó vidas enteras de la geografía impuesta. Y ahora, en pleno siglo XXI, la revolución viene de sistemas eléctricos avanzados, arquitecturas de software autónomas y plataformas que convierten el vehículo en un nodo inteligente, sí, pero también en un espacio privado tecnológicamente blindado… si se diseña con ese propósito.
Ahí es donde Mercedes-Benz destaca. Su apuesta por integrar inteligencia artificial, sensores avanzados y conectividad de nueva generación es, paradójicamente, un acto de confianza en el individuo. Un coche que interpreta el entorno, optimiza rutas, reduce riesgos y aprende del conductor no es solo una proeza técnica: es un ejemplo de cómo la tecnología puede multiplicar la agencia personal sin convertirnos en dependientes de una autoridad centralizada que monitoriza cada movimiento.
Claro que hay quien preferiría que todos circuláramos en cajas negras reguladas desde ministerios imaginarios. Gente que dice hablar de “bien común” mientras diseña sistemas donde cada kilómetro recorrido se convierte en un dato estatal. La contradicción es tan evidente que sorprende que aún funcione: demonizan la innovación privada y luego presentan la vigilancia pública como progreso. Es el viejo truco del poder: disfrazarse de protector para justificar su intromisión.
Lo interesante aquí es que la movilidad inteligente —cuando nace del sector privado y no de comités reguladores— no necesita sacrificar la privacidad para ser eficiente. Los avances en IA embarcada, cifrado y procesado local permiten que un coche sea extremadamente competente sin enviar datos a ningún Leviatán digital. Y eso importa. Mucho. Porque la libertad del individuo en el siglo XXI ya no se mide por lo que puede decir, sino por lo que puede desplazarse sin ser rastreado.
Mercedes-Benz está mostrando un camino donde la innovación no se arrodilla ante la burocracia ni se utiliza para domesticar ciudadanos. Un camino donde el automóvil vuelve a ser símbolo de autonomía, no de obediencia.
La pregunta incómoda que queda flotando es esta: ¿queremos una movilidad que nos libere… o una que nos administre? La respuesta, aunque muchos la eviten, definirá quiénes seremos en las próximas décadas. Y quizá lo más inquietante es descubrir que no todos están preparados para esa libertad.
Canadá y el Foro Económico Mundial: Un Análisis del Control Biométrico
Este informe analiza la relación entre el gobierno de Canadá y el Foro Económico Mundial (FEM) en lo referente a las tecnologías de control biométrico. La investigación revela una participación activa del gobierno canadiense en las reuniones y proyectos del FEM, así como la implementación independiente de políticas biométricas, principalmente en el ámbito de la seguridad fronteriza y la inmigración. La colaboración más significativa entre Canadá y el FEM en este campo es la iniciativa Known Traveller Digital Identity (KTDI), actualmente en fase piloto. Si bien existen preocupaciones en Canadá sobre la privacidad y las implicaciones de vigilancia de las tecnologías biométricas y los sistemas de identidad digital, la evidencia disponible sugiere que el avance del control biométrico en Canadá no está siendo impulsado de manera oculta o acelerada por el FEM, sino que se desarrolla en el contexto de las propias necesidades y políticas del gobierno canadiense, con una creciente atención a las consideraciones regulatorias y de privacidad.
Este informe analiza la relación entre el gobierno de Canadá y el Foro Económico Mundial (FEM) en lo referente a las tecnologías de control biométrico. La investigación revela una participación activa del gobierno canadiense en las reuniones y proyectos del FEM, así como la implementación independiente de políticas biométricas, principalmente en el ámbito de la seguridad fronteriza y la inmigración. La colaboración más significativa entre Canadá y el FEM en este campo es la iniciativa Known Traveller Digital Identity (KTDI), actualmente en fase piloto. Si bien existen preocupaciones en Canadá sobre la privacidad y las implicaciones de vigilancia de las tecnologías biométricas y los sistemas de identidad digital, la evidencia disponible sugiere que el avance del control biométrico en Canadá no está siendo impulsado de manera oculta o acelerada por el FEM, sino que se desarrolla en el contexto de las propias necesidades y políticas del gobierno canadiense, con una creciente atención a las consideraciones regulatorias y de privacidad.
II. Introducción: El Auge del Control Biométrico y el Nexo Canadá-FEM:
Las tecnologías de control biométrico han experimentado un aumento significativo en su prevalencia y sofisticación a nivel global. Estas tecnologías, que utilizan características biológicas únicas para identificar y verificar individuos, se están implementando cada vez más en diversos sectores, incluyendo servicios gubernamentales, gestión de fronteras y aplicaciones comerciales. Este auge responde a la creciente digitalización de los servicios y a la necesidad cada vez mayor de métodos seguros para la verificación de identidad. A medida que las interacciones digitales se vuelven más comunes, las limitaciones de los métodos de autenticación tradicionales, como contraseñas y documentos físicos, se hacen más evidentes, lo que impulsa la exploración e implementación de alternativas biométricas. Esta tendencia global crea un contexto en el que organizaciones internacionales como el FEM y los gobiernos nacionales se involucran y promueven soluciones biométricas.
El Foro Económico Mundial (FEM) se ha establecido como una plataforma global prominente que da forma a las discusiones y promueve iniciativas relacionadas con los avances tecnológicos y la gobernanza. El FEM sirve como un organismo de convocatoria para líderes mundiales de gobierno, empresas, academia y sociedad civil, facilitando la discusión y la posible formación de agendas sobre temas globales críticos. Su plataforma puede amplificar ciertas tendencias tecnológicas e ideas políticas al proporcionar un foro de alto perfil para su difusión y respaldo por parte de figuras influyentes. Las iniciativas discutidas y promovidas por el FEM tienen el potencial de influir en las políticas nacionales y las colaboraciones internacionales.
En este contexto, surge la consulta sobre el "inquietante avance" del control biométrico en Canadá vinculado al FEM. Este informe tiene como objetivo abordar esta preocupación analizando la participación del gobierno de Canadá en las reuniones y proyectos del FEM, investigando las políticas e iniciativas canadienses relacionadas con la implementación de tecnologías de control biométrico, examinando las iniciativas del FEM en relación con la tecnología biométrica, analizando la existencia de colaboración oficial entre Canadá y el FEM en proyectos específicos, buscando informes y análisis de organizaciones canadienses sobre esta relación y sobre el uso del control biométrico en el país, comparando la información para identificar evidencia de un "inquietante avance" vinculado al FEM, e identificando diferentes perspectivas y opiniones sobre estos temas.
III. La Participación de Canadá en el Foro Económico Mundial:
La participación del gobierno canadiense en el Foro Económico Mundial ha sido constante y de alto nivel a lo largo de los años. Ministros de diversos gabinetes, incluyendo los de Asuntos Exteriores, Innovación, Ciencia y Desarrollo Económico, Finanzas y Diversificación del Comercio Internacional, han asistido a las Reuniones Anuales del FEM en Davos, Suiza 1. Estas reuniones brindan oportunidades para que los líderes canadienses interactúen con sus homólogos mundiales en una variedad de temas, incluyendo el crecimiento económico, el comercio y las prioridades internacionales. La asistencia regular de múltiples ministros de diferentes carteras indica un amplio interés del gobierno canadiense en la agenda del FEM. El FEM proporciona una plataforma única para el networking y las reuniones bilaterales con líderes mundiales, lo que lo convierte en un evento valioso para promover los intereses internacionales de Canadá. Esta participación sostenida sugiere un nivel de alineación o al menos una voluntad de participar en las discusiones globales que el FEM configura.
En estas reuniones del FEM, se han destacado temas y discusiones específicas que se alinean con los intereses declarados de Canadá, como la "Globalización 4.0" y la "Cuarta Revolución Industrial" 1. El tema de la "Cuarta Revolución Industrial", que enfatiza la fusión de las esferas física, digital y biológica, es un tema recurrente en el FEM y resuena con las discusiones sobre identidad digital y biometría. La participación de Canadá en estas discusiones indica un interés en comprender y potencialmente dar forma a sus políticas en respuesta a estas tendencias globales. Esta alineación podría crear un entorno donde la adopción de tecnologías asociadas con la Cuarta Revolución Industrial, incluida la biometría, sea vista favorablemente.
Canadá también ha desempeñado un papel como socio fundador en iniciativas del FEM, como el Desafío Global sobre Seguridad Alimentaria y Agricultura 3. Canadá tiene una historia de colaboración con organizaciones internacionales en desafíos globales y desarrollo. La asociación con el FEM en seguridad alimentaria se alinea con los objetivos de desarrollo internacional de Canadá y proporciona una plataforma para la acción conjunta. Esto demuestra una voluntad de participar en colaboraciones sustantivas con el FEM en temas específicos.
En 2016, el Primer Ministro Trudeau se dirigió al FEM, enfatizando la diversidad como la mayor fortaleza de Canadá y discutiendo el cambio climático y el crecimiento económico 4. Los discursos del Primer Ministro ante el FEM resaltan la importancia que Canadá otorga a estas discusiones globales. Estos discursos sirven para proyectar la imagen y las prioridades de Canadá a una audiencia global de líderes influyentes. Esta participación de alto nivel puede fomentar relaciones e influir en las percepciones de Canadá dentro de la comunidad global.
Incluso antes de la actual administración, el gobierno de Harper se asoció con el FEM para organizar una conferencia sobre "Maximizar el Valor de las Industrias Extractivas para el Desarrollo" en 2013 5. La participación en el FEM parece ser un aspecto constante de la política internacional canadiense a través de diferentes espectros políticos. El FEM proporciona una plataforma para que Canadá convoque discusiones internacionales sobre temas relevantes para sus intereses económicos, como el desarrollo de recursos naturales. Esta participación de larga data sugiere un reconocimiento bipartidista del valor del FEM.
La entonces Ministra de Asuntos Exteriores, Chrystia Freeland, enfatizó que la participación de Canadá en foros internacionales como las reuniones anuales del FEM brinda oportunidades para promover los intereses económicos de los canadienses y al mismo tiempo fomentar valores progresistas 1. Los gobiernos a menudo articulan sus razones para interactuar con organizaciones internacionales en términos de interés nacional y valores. Esta declaración justifica públicamente el gasto de recursos y capital político en la participación del FEM. Enmarca la relación de manera positiva, enfatizando los beneficios para Canadá.
En 2020, la Ministra Ng participó en el FEM, centrándose en la reforma de la OMC y el comercio digital 2. El comercio digital es un aspecto cada vez más importante de la economía global, y Canadá participa activamente en la configuración de las normas internacionales en esta área. El FEM proporciona un foro para discutir y avanzar en la agenda de Canadá sobre comercio digital con otros actores globales. Esta participación podría conducir indirectamente a discusiones y colaboraciones sobre tecnologías que sustentan el comercio digital, como la identidad digital y la autenticación.
Un representante canadiense en un evento del FEM también destacó la participación de Canadá en la preservación y el fortalecimiento del comercio multilateral bajo las normas de la OMC 6. Canadá es un firme defensor del orden internacional basado en normas y de instituciones multilaterales como la OMC. Participar en el FEM en temas comerciales permite a Canadá reforzar su compromiso con el multilateralismo y defender sus intereses dentro de este marco. Este compromiso compartido con el multilateralismo podría extenderse a otras áreas de la gobernanza global, incluida la política tecnológica.
IV. Iniciativas del Gobierno Canadiense en Tecnología Biométrico:
El gobierno canadiense ha implementado varias iniciativas que involucran el uso de tecnología biométrica, principalmente en las áreas de seguridad fronteriza e inmigración.
Desde 2018, Canadá ha ampliado los requisitos de biometría para la mayoría de los solicitantes de visa, permiso de trabajo, permiso de estudio y residencia permanente, excluyendo a los ciudadanos estadounidenses 7. El propósito de esta expansión es confirmar la identidad de los solicitantes, proteger la seguridad de los canadienses y garantizar la integridad del sistema de inmigración. Esto implica la recopilación de huellas dactilares y fotografías (reconocimiento facial). Los solicitantes generalmente deben proporcionar sus datos biométricos una vez cada 10 años, y existen exenciones para ciertos grupos, como ciudadanos canadienses, solicitantes de eTA y niños menores de 14 años. Se aplican tarifas a la recopilación de biometría. A nivel mundial, existe una tendencia creciente hacia el uso de la biometría para la gestión de fronteras y el control de la inmigración. Las preocupaciones sobre la seguridad y el fraude de identidad en los viajes internacionales y la inmigración han impulsado la adopción de la identificación biométrica. Este programa establecido proporciona una base e infraestructura que podría aprovecharse o ampliarse en el futuro.
La recopilación de datos biométricos se lleva a cabo en los Centros de Solicitud de Visa (VAC) fuera de Canadá y en ubicaciones designadas de Service Canada dentro de Canadá 7. Los datos biométricos recopilados se almacenan, cifran y comparten electrónicamente con la Real Policía Montada de Canadá (RCMP), y potencialmente con los Estados Unidos, el Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda 11. La cooperación internacional en materia de seguridad a menudo implica el intercambio de datos, incluida información biométrica sensible. El intercambio de datos biométricos puede mejorar la seguridad al permitir la verificación cruzada con las bases de datos penales y de inmigración internacionales. Esta práctica requiere acuerdos y salvaguardias sólidos para proteger los derechos de privacidad de las personas en todas las jurisdicciones. Los Oficiales de Servicios Fronterizos también utilizan la verificación biométrica en los puertos de entrada canadienses 9. La automatización y la tecnología se utilizan cada vez más para agilizar los procesos de cruce fronterizo, manteniendo la seguridad. La verificación biométrica puede confirmar rápida y precisamente la identidad de los viajeros, lo que potencialmente reduce los tiempos de espera y mejora la eficiencia. La eficacia y el impacto en la experiencia del viajero y la privacidad requieren una evaluación continua.
Además de la biometría para la seguridad fronteriza, el gobierno canadiense está trabajando en un enfoque unificado para el inicio de sesión en línea y las credenciales digitales a través del Servicio Digital Canadiense (CDS) y plataformas como GC Sign in y GC Issue and Verify 12. La participación en estas iniciativas es actualmente voluntaria. Los objetivos declarados son proporcionar un acceso seguro, inclusivo y fácil de usar a los servicios gubernamentales. El diseño de estas plataformas se centra en la protección de la privacidad, permitiendo a las personas controlar qué información se comparte. Muchos países están explorando o implementando sistemas de identidad digital para mejorar el acceso a los servicios y mejorar la seguridad en el ámbito digital. La creciente demanda de servicios gubernamentales en línea y la necesidad de métodos de autenticación seguros y convenientes están impulsando el desarrollo de soluciones de identidad digital. La arquitectura e implementación de estos marcos determinarán el grado en que se integran las tecnologías biométricas y las implicaciones de privacidad asociadas.
El Consejo de Identificación y Autenticación Digital de Canadá (DIACC) es una organización sin fines de lucro que colabora con empresas y gobiernos para crear un marco de verificación y autenticación digital 13. El Marco de Confianza Pan-Canadiense (PCTF) es un conjunto de reglas y estándares para servicios de identidad digital confiables. Oliu es una plataforma canadiense de confianza digital que ha obtenido la certificación PCTF 14. El desarrollo de ecosistemas de identidad digital a menudo implica la colaboración entre el gobierno, la industria y organizaciones sin fines de lucro para garantizar la interoperabilidad y la confianza. DIACC y PCTF tienen como objetivo establecer estándares y directrices que faciliten el intercambio seguro y respetuoso de la privacidad de la información de identidad digital. El éxito de este ecosistema dependerá de la adopción generalizada y el cumplimiento de estos estándares.
En Canadá está surgiendo un ecosistema de confianza digital, respaldado por iniciativas federales 14. Los Comisionados de Privacidad federal, provinciales y territoriales han reconocido las preocupaciones de privacidad asociadas con la identidad digital y han enfatizado la importancia de la privacidad, la seguridad, la transparencia y la rendición de cuentas 15. La confianza pública en los sistemas de identidad digital es crucial para su adopción, y las consideraciones de privacidad son primordiales. Los Comisionados de Privacidad desempeñan un papel vital para garantizar que las iniciativas de identidad digital cumplan con las leyes y principios de privacidad. El diseño y la gobernanza de los sistemas de identidad digital deben priorizar la privacidad para ganarse la confianza del público. También se menciona el Programa de Ambición Digital (2022), cuyo objetivo es facilitar la interacción de los ciudadanos con el gobierno a través de servicios digitales modernos y seguros 14.
V. La Postura del Foro Económico Mundial sobre Tecnología Biométrico e Identidad Digital:
El Foro Económico Mundial ha mostrado un gran interés en la promoción de la identidad digital y la exploración del potencial de la tecnología biométrica.
El FEM ha impulsado la Iniciativa de Identidad Digital y ha promovido debates en torno a la identidad digital descentralizada basada en blockchain 16. Las soluciones de identidad descentralizada están ganando terreno como una alternativa a los modelos tradicionales centralizados, ofreciendo posibles beneficios en términos de control del usuario y privacidad. La promoción de este modelo por parte del FEM podría influir en los gobiernos y las organizaciones para que exploren enfoques descentralizados. La adopción de la identidad digital descentralizada podría tener implicaciones significativas para la gobernanza de datos y la autonomía individual. El FEM también ha publicado un informe sobre el impacto transformador de la identidad digital en Pakistán 17. El FEM a menudo destaca estudios de caso y ejemplos para mostrar el potencial de las soluciones que propone. Al mostrar los impactos positivos percibidos en Pakistán, el FEM tiene como objetivo alentar a otros países a considerar la implementación de la identidad digital. El contexto específico y la transferibilidad de estos impactos a otras naciones necesitan una consideración cuidadosa. Además, el FEM ha participado en debates sobre billeteras digitales e interoperabilidad en Davos 18. Las billeteras digitales son cada vez más populares para pagos y otras transacciones, y la interoperabilidad es crucial para su uso generalizado. La participación del FEM en estos debates tiene como objetivo facilitar el desarrollo de sistemas de billeteras digitales estandarizados e interoperables. Esto podría allanar el camino para una adopción más amplia de la identidad digital para diversos fines más allá de las transacciones financieras. El FEM también ha enfatizado la importancia de la identidad digital para las instituciones financieras 16.
En cuanto a la tecnología biométrica, el FEM ha publicado un libro blanco que detalla un concepto de viaje internacional sin papel respaldado por biometría 16. La industria de viajes busca cada vez más tecnología, incluida la biometría, para mejorar la seguridad y mejorar el flujo de pasajeros. La propuesta del FEM tiene como objetivo aprovechar la biometría para crear una experiencia de viaje más eficiente y segura al reducir la dependencia de los documentos en papel. La implementación de dicho sistema requeriría cooperación internacional y acuerdo sobre estándares para la recopilación e intercambio de datos biométricos. El FEM también tiene una iniciativa para el futuro de los viajes, con el objetivo de modernizar los aeropuertos y acelerar el procesamiento de pasajeros utilizando biometría como el reconocimiento facial 19. Los esfuerzos de modernización de los aeropuertos a menudo incluyen la integración de tecnologías biométricas para diversos procesos, como el check-in, el control de seguridad y el embarque. La iniciativa del FEM tiene como objetivo promover la adopción de estas tecnologías para abordar los desafíos relacionados con el aumento de los volúmenes de pasajeros y los requisitos de seguridad. El uso generalizado del reconocimiento facial en los aeropuertos plantea preguntas sobre la privacidad, la seguridad de los datos y el potencial de vigilancia. Fingerprint Cards se unió a la comunidad del FEM 16, lo que indica el compromiso de la industria con el FEM en materia de biometría. El FEM también ha discutido diversas tecnologías biométricas más allá de las huellas dactilares y la retina, incluido el ADN y el reconocimiento de voz 19. La tecnología biométrica está en constante evolución, con nuevas modalidades y una mayor precisión. La exploración de estas tecnologías avanzadas por parte del FEM sugiere un interés en sus posibles aplicaciones en diversos sectores. El uso de datos biométricos más sensibles como el ADN plantea importantes preocupaciones éticas y de privacidad que requieren una consideración cuidadosa. El FEM también ha reconocido la creciente sofisticación de las estafas que utilizan tecnología basada en IA y el potencial de la tecnología biométrica para verificar identidades 20. El auge de los deepfakes y otros contenidos generados por IA representa una amenaza creciente para la verificación de identidad y la seguridad. El FEM argumenta que la tecnología biométrica ofrece una forma más sólida y confiable de verificar identidades frente a estas amenazas. Esta perspectiva posiciona la biometría como una herramienta necesaria para mantener la confianza y la seguridad en el entorno digital.
La iniciativa Known Traveller Digital Identity (KTDI) es una iniciativa del FEM centrada en mejorar la seguridad y la fluidez de los viajes a través de la identidad digital 21. El KTDI reúne a gobiernos, autoridades y la industria de viajes. El concepto KTDI utiliza biometría, criptografía y tecnologías de contabilidad distribuida (blockchain) 22. El FEM promueve las colaboraciones de múltiples partes interesadas para abordar los desafíos globales. KTDI ejemplifica este enfoque al reunir a diversos actores del ecosistema de viajes para desarrollar una solución de identidad digital. El éxito de KTDI depende de la voluntad y la capacidad de estas diversas partes interesadas para colaborar eficazmente.
Si bien promueve la identidad digital, el FEM también ha reconocido los "riesgos significativos" asociados, incluyendo la exclusión, la marginación y la opresión 17. Existe una creciente conciencia de las posibles consecuencias negativas de los sistemas de identidad digital si no se implementan con cuidado. El reconocimiento de estos riesgos por parte del FEM sugiere un reconocimiento de la necesidad de un desarrollo e implementación responsables de la identidad digital. Esto podría influir en el diseño y las salvaguardias incorporadas en las iniciativas de identidad digital. El FEM también ha discutido la necesidad de principios y estándares comunes para el uso de la biometría, involucrando a gobiernos, el sector privado y la academia 19. La falta de regulaciones armonizadas a nivel mundial para la biometría plantea desafíos para la interoperabilidad y la confianza. El FEM tiene como objetivo facilitar el desarrollo de principios y estándares comunes para abordar estos desafíos. Los estándares voluntarios desarrollados a través de tales foros pueden influir en la dirección de las regulaciones futuras.
VI. Proyectos Colaborativos: La Iniciativa Known Traveller Digital Identity (KTDI):
El gobierno de Canadá ha colaborado directamente con el Foro Económico Mundial y otros socios para probar el prototipo de la iniciativa Known Traveller Digital Identity (KTDI), cuyo lanzamiento se anunció en 2018 23. En este anuncio participaron el Ministro de Innovación, Ciencia y Desarrollo Económico y el Ministro de Transporte. El objetivo principal de esta colaboración es mejorar la seguridad y agilizar el flujo de viajeros aéreos legítimos. Los gobiernos a menudo colaboran con organizaciones internacionales y socios del sector privado en iniciativas tecnológicas complejas. El FEM proporciona un marco y una red para dichas colaboraciones. Esta asociación indica una voluntad por parte del gobierno canadiense de explorar y potencialmente adoptar soluciones promovidas por el FEM en el área de la identidad biométrica para viajes.
El sistema KTDI utiliza tecnologías digitales avanzadas como la biometría avanzada, la criptografía y las tecnologías de contabilidad distribuida (blockchain) 23. Estas tecnologías se consideran habilitadores clave de soluciones de identidad digital seguras y eficientes. Su combinación tiene como objetivo proporcionar un sistema robusto y confiable para verificar las identidades de los viajeros. El éxito de KTDI podría influir en la adopción de enfoques tecnológicos similares en otros sistemas de gestión de viajes e identidad. Se planificó un proyecto piloto de prueba de concepto entre Canadá y el Reino de los Países Bajos 24. Los proyectos piloto son cruciales para probar la viabilidad y eficacia de nuevas tecnologías y sistemas en escenarios del mundo real. El piloto Canadá-Países Bajos tenía como objetivo demostrar los posibles beneficios del sistema KTDI. Los resultados de este piloto probablemente informarían las decisiones futuras sobre la implementación más amplia de KTDI.
Un objetivo clave de KTDI es brindar a los viajeros control sobre su información a través de dispositivos móviles personales 23. Existe un énfasis creciente en empoderar a las personas con el control sobre sus datos personales. El diseño de KTDI tiene como objetivo dar a los viajeros más autonomía en la gestión y el intercambio de su información de identidad. Este enfoque podría mejorar la confianza y la aceptación del usuario de los sistemas de identidad digital. La iniciativa también tiene como objetivo transformar radicalmente la experiencia de cruce de fronteras para 2030 23. Los gobiernos y la industria de viajes buscan abordar los desafíos que plantea el aumento de los volúmenes de viajes internacionales. KTDI se concibe como una solución para agilizar los procesos fronterizos y mejorar la seguridad frente a este crecimiento. Lograr esta transformación requerirá una inversión y colaboración significativas entre múltiples partes interesadas.
El FEM publicó un informe, en colaboración con Accenture y con la participación del Gobierno de Canadá, titulado "The Known Traveller: Unlocking the potential of digital identity for secure and seamless travel" 23. Las asociaciones público-privadas son comunes en el desarrollo e implementación de proyectos tecnológicos a gran escala. El FEM, Accenture y el Gobierno de Canadá aportaron su experiencia respectiva al desarrollo del concepto KTDI. Esta colaboración destaca la interconexión del gobierno, las organizaciones internacionales y el sector privado en la configuración de los avances tecnológicos.
A pesar de la participación del gobierno, una encuesta de 2022 reveló que una gran mayoría de los canadienses desconocían la participación del gobierno federal en el programa KTDI 27. La conciencia pública sobre las iniciativas tecnológicas gubernamentales puede variar significativamente. La limitada comunicación pública o la etapa temprana del proyecto podrían contribuir a la baja conciencia. La baja conciencia puede generar especulaciones y una posible desconfianza con respecto a los objetivos e implicaciones de tales iniciativas. Sin embargo, casi la mitad de los canadienses encuestados indicaron que probablemente utilizarían la identificación digital para viajar si estuviera disponible 27. Existe una creciente familiaridad y aceptación de las soluciones digitales para diversos aspectos de la vida. La conveniencia percibida y los posibles beneficios de la identificación digital para viajes podrían impulsar esta voluntad. Esto sugiere que la aceptación pública es posible si los beneficios se comunican claramente y se abordan las preocupaciones de privacidad.
Algunos comentaristas canadienses han expresado su preocupación por la iniciativa KTDI, enmarcándola como un paso hacia una mayor vigilancia y una "fusión de nuestra identidad física, digital y biológica" 28. El creciente uso de la identidad digital y las tecnologías biométricas genera preocupaciones sobre el potencial de vigilancia y la erosión de la privacidad. Los comentaristas están interpretando la iniciativa KTDI dentro de este contexto más amplio de preocupación. Estas perspectivas críticas subrayan la importancia de la transparencia y el debate público en torno a tales iniciativas. Air Canada también ha implementado un sistema de identificación digital que utiliza reconocimiento facial para vuelos domésticos selectos que salen del Aeropuerto Internacional de Vancouver, lo que se alinea con la tendencia más amplia de la identidad digital 29. El sector privado también está desarrollando y desplegando activamente soluciones de identidad digital para diversos fines. El potencial de una mayor eficiencia y una mejor experiencia del cliente está impulsando esta adopción. La interoperabilidad y la estandarización de estas soluciones del sector privado con las iniciativas gubernamentales serán una consideración importante. El sistema de Air Canada almacena la huella facial temporalmente y por separado de la información del vuelo, enfatizando las medidas de seguridad 29.
La iniciativa KTDI es una iniciativa del Foro Económico Mundial que reúne a un consorcio global 21. Utiliza biometría y blockchain para permitir viajes seguros y fluidos 21. Permite a los viajeros gestionar su propio perfil y recopilar "atestaciones" digitales de sus datos personales 21. Los valores de KTDI, según lo define el FEM, son: identidad personal, portátil, privada y persistente 30. Sus bases técnicas incluyen contabilidad distribuida, criptografía (incluida la prueba de conocimiento cero) y biometría 30. Si bien en octubre de 2022 no había planes para revivir el piloto de identidad digital aeroportuaria controlado por el usuario del FEM 16 (lo que podría ser una iniciativa distinta de KTDI o una iteración anterior), Transport Canada insistió en enero de 2023 en que el Proyecto de Identidad Digital del Viajero Biométrico (probablemente KTDI) seguía en curso 17.
VII. ¿Evidencia de un "Avance Inquietante"? Un Análisis:
La participación activa de Canadá en los foros e iniciativas del FEM en diversos sectores indica una alineación general en temas globales y avances tecnológicos. Sin embargo, Canadá también ha implementado de forma independiente programas biométricos para inmigración y seguridad fronteriza, que son anteriores y operan fuera del control directo del FEM. La colaboración directa más significativa en el ámbito de la biometría es la iniciativa Known Traveller Digital Identity (KTDI), que actualmente se encuentra en fase piloto. Los objetivos declarados de KTDI son mejorar la seguridad y agilizar los viajes, con un enfoque en el control del usuario sobre los datos. Es importante sopesar las preocupaciones planteadas por los críticos con respecto a las posibles implicaciones de privacidad y el aumento de la vigilancia frente a los beneficios alegados. También es crucial evaluar el nivel de conciencia y debate público en torno a estas iniciativas en Canadá.
La evidencia disponible sugiere que el avance del control biométrico en Canadá no está siendo impulsado de manera oculta o acelerada por el FEM que eluda el escrutinio público o los procesos democráticos. Las iniciativas de identidad digital actuales en Canadá, como GC Sign in, son voluntarias. Si bien el piloto KTDI representa una colaboración directa, no parece constituir una expansión significativa del control biométrico más allá de las medidas de seguridad fronteriza existentes. Los programas biométricos canadienses, tanto los implementados como los que están en desarrollo, mencionan salvaguardias y consideraciones de privacidad. Si bien existe el potencial de una futura integración de la biometría en marcos de identidad digital más amplios, actualmente se encuentran en una etapa de desarrollo.
Aunque existe una clara colaboración en el piloto KTDI, el grado en que el FEM dicta o controla las políticas biométricas más amplias de Canadá parece limitado según la información proporcionada. Canadá tiene sus propios programas biométricos establecidos para la inmigración 7 que son distintos de las iniciativas del FEM, lo que sugiere un desarrollo de políticas independiente. La preocupación por un "avance inquietante" podría derivar de una falta de conciencia pública sobre iniciativas como KTDI y de ansiedades más amplias en torno al creciente uso de tecnologías biométricas a nivel mundial. La baja conciencia pública sobre KTDI 27, junto con las preocupaciones generales sobre los datos biométricos 31, podrían alimentar esta percepción. Un análisis matizado requiere equilibrar los posibles beneficios de estas tecnologías (seguridad, eficiencia) con los riesgos para la privacidad y las libertades civiles. El informe debe reconocer tanto las posibles ventajas destacadas por los proponentes 7 como las preocupaciones de privacidad y éticas planteadas por los críticos y los organismos reguladores 11.
VIII. Perspectivas y Preocupaciones Canadienses con Respecto al Control Biométrico y el FEM:
La cobertura de los medios de comunicación canadienses sobre la participación del gobierno canadiense en las reuniones del FEM a menudo se centra en debates económicos y comerciales 43. Esto muestra informes públicos sobre la relación, aunque no necesariamente centrados en la biometría. También ha habido cobertura de noticias sobre los comentarios de Trump en el FEM dirigidos a Canadá 43, lo que ilustra un contexto más amplio de la participación de Canadá en foros internacionales. Además, se ha informado sobre la adhesión de Canadá a iniciativas del FEM relacionadas con la seguridad alimentaria 3, destacando nuevamente la colaboración en áreas distintas de la biometría.
Desde una perspectiva académica y de investigación, la Agencia de Revisión de la Seguridad Nacional e Inteligencia (NSIRA) realizó un estudio sobre el uso de la biometría por parte del Gobierno de Canadá en el contexto fronterizo 31. Este estudio destacó el uso cada vez mayor de la biometría, las preocupaciones sobre la privacidad y los derechos humanos, y la necesidad de cumplimiento, proporcionalidad, precisión, transparencia y seguridad de los datos. Esta revisión independiente indica escrutinio y conciencia de los riesgos asociados con los programas biométricos gubernamentales. Las partes interesadas canadienses creen en los beneficios de las tecnologías biométricas, aunque también reconocen desafíos como la edad y los factores ocupacionales que afectan la captura 45.
Los organismos reguladores y los comisionados de privacidad también han expresado sus puntos de vista. La Ley de Privacidad de Quebec establece un alto umbral legal para la recopilación de datos biométricos, según lo informado por análisis legales canadienses 34. Esta ley enfatiza el requisito de objetivos legítimos, importantes y reales, proporcionalidad y consentimiento expreso. Esto demuestra un fuerte enfoque regulatorio en la protección de la privacidad de los datos biométricos en al menos una provincia canadiense. La Oficina del Comisionado de Privacidad de Canadá (OPC) ha proporcionado orientación sobre las obligaciones de privacidad de las instituciones federales al manejar información biométrica, incluyendo la necesidad de evaluación de la adecuación, consentimiento, limitación de la recopilación y el uso, salvaguardias, precisión, rendición de cuentas y transparencia 36. Esto muestra una guía a nivel federal que enfatiza la protección de la privacidad en el contexto de la biometría. La OPC también realizó una consulta sobre las tecnologías de verificación de edad, destacando las preocupaciones sobre los posibles impactos negativos, las filtraciones de datos y la necesidad de un régimen regulatorio claro 35. Esto indica una consideración continua de las implicaciones de privacidad de las tecnologías que podrían involucrar elementos biométricos para la verificación de edad.
La opinión pública en Canadá muestra una variedad de perspectivas. Si bien una encuesta indicó una baja conciencia pública sobre la participación de Canadá en el programa KTDI, también reveló una voluntad potencial de utilizar la identificación digital para viajar 27. Sin embargo, también se han expresado preocupaciones sobre la posibilidad de que la identidad digital en Canadá conduzca a una mayor vigilancia y pérdida de libertades 28. La NSIRA también señaló la aprensión pública sobre el uso de análisis biométricos y tecnología de reconocimiento facial por parte del gobierno 31. El gobierno canadiense ha realizado encuestas a los ciudadanos sobre la identidad digital, lo que sugiere un esfuerzo por medir la aceptación pública 47. También hubo una consulta pública sobre un marco de identidad digital para los servicios públicos federales, lo que indica un movimiento del gobierno en esta área pero también reconoce la posible controversia 46. El Comité Permanente de Acceso a la Información, Privacidad y Ética de la Cámara de los Comunes emitió recomendaciones con respecto a la tecnología de reconocimiento facial, incluyendo llamados a moratorias, regulación y mayores protecciones de privacidad 41. Las encuestas indican que los consumidores canadienses tienen diferentes niveles de comodidad al compartir diferentes tipos de información personal, mostrando una menor comodidad al compartir datos biométricos 33. Las principales preocupaciones sobre las tecnologías biométricas entre los canadienses incluyen el posible robo de identidad, el uso indebido de los datos y la reducción de la privacidad 33.
IX. El Panorama Regulatorio y de Privacidad para la Biometría en Canadá:
Canadá cuenta con un marco regulatorio de múltiples niveles para la privacidad y la protección de datos que se aplica a la información biométrica. A nivel federal, la Ley de Protección de Información Personal y Documentos Electrónicos (PIPEDA) regula la recopilación, el uso y la divulgación de información personal en el sector privado, incluyendo la biometría 39. La Ley de Privacidad protege la información personal que poseen las instituciones del gobierno federal 11. A nivel provincial, la Ley de Privacidad de Quebec establece requisitos específicos y estrictos para el procesamiento de datos biométricos, incluyendo declaraciones obligatorias y énfasis en la necesidad y la proporcionalidad 34. Columbia Británica y Alberta también tienen su propia legislación de privacidad para el sector privado 40.
La Oficina del Comisionado de Privacidad de Canadá (OPC) desempeña un papel crucial en la provisión de orientación y supervisión sobre el manejo de información biométrica por parte de las instituciones federales y en el sector privado 11. El estudio de la NSIRA sobre el uso de la biometría por parte del gobierno también destaca la importancia de la autoridad legal, la proporcionalidad, la precisión, la transparencia y la seguridad de los datos 31. El Consejo de Identificación y Autenticación Digital de Canadá (DIACC) y el Marco de Confianza Pan-Canadiense (PCTF) representan esfuerzos para establecer estándares para los sistemas de identidad digital, que pueden incluir componentes biométricos en el futuro 13.
Los principios clave que guían el panorama regulatorio canadiense para la biometría incluyen el consentimiento, la limitación del propósito, la minimización de datos, las salvaguardias de seguridad y la transparencia 15. Sin embargo, existe un debate en curso sobre si las leyes y regulaciones existentes son suficientes para abordar los rápidos avances en la tecnología biométrica y los riesgos asociados 31. Persisten desafíos para equilibrar los beneficios de la biometría (seguridad, eficiencia) con los derechos fundamentales a la privacidad y la protección de datos 31.
X. Conclusión: Navegando el Futuro del Control Biométrico en Canadá:
La participación de Canadá con el FEM en el control biométrico se centra principalmente en el proyecto piloto KTDI. El gobierno canadiense también ha emprendido iniciativas independientes en biometría, especialmente en la seguridad fronteriza y las etapas iniciales de la identidad digital. La evidencia no respalda la noción de un "avance inquietante" del control biométrico en Canadá directamente vinculado al FEM. Más bien, la colaboración existe, pero las políticas y la implementación parecen estar impulsadas principalmente por las necesidades y el marco regulatorio canadienses. Es fundamental que Canadá priorice la transparencia, la consulta pública y los marcos regulatorios sólidos para garantizar el desarrollo e implementación responsables y éticos de las tecnologías de control biométrico, independientemente de la influencia de organizaciones internacionales.
XI. Recomendaciones:
Para los responsables de la formulación de políticas:
Mejorar la conciencia pública y la transparencia con respecto a las iniciativas gubernamentales que involucran tecnología biométrica, incluyendo las colaboraciones con organizaciones internacionales como el FEM.
Realizar evaluaciones de impacto de privacidad exhaustivas para todos los programas biométricos y garantizar la supervisión independiente por parte de los comisionados de privacidad.
Fortalecer los marcos legales y regulatorios que rigen la recopilación, el uso, el almacenamiento y el intercambio de datos biométricos para mantenerse al día con los avances tecnológicos y abordar los riesgos emergentes.
Garantizar una consulta pública significativa sobre el desarrollo e implementación de marcos de identidad digital que puedan incorporar elementos biométricos.
Definir claramente el alcance y el propósito de la recopilación de datos biométricos y adherirse estrictamente a los principios de necesidad y proporcionalidad.
Para los organismos reguladores (OPC, Comisionados de Privacidad Provinciales):
Continuar proporcionando una orientación clara y completa sobre la aplicación de las leyes de privacidad a las tecnologías biométricas.
Monitorear e investigar proactivamente el uso de tecnologías biométricas tanto por entidades gubernamentales como del sector privado.
Colaborar con homólogos internacionales para compartir mejores prácticas y abordar los problemas de flujo de datos transfronterizos relacionados con la biometría.
Para el público:
Participar en debates y consultas públicas sobre el uso de tecnologías biométricas e iniciativas de identidad digital.
Buscar información y responsabilizar a los funcionarios electos de garantizar la implementación responsable y ética de estas tecnologías.
Comprender sus derechos con respecto a la recopilación y el uso de sus datos biométricos en virtud de las leyes de privacidad canadienses.
Obras citadas
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Canada Joins WEF as a Founding Partner of the Global Challenge on Food Security and Agriculture, fecha de acceso: marzo 30, 2025, https://www.canada.ca/en/news/archive/2015/01/canada-joins-wef-as-founding-partner-global-challenge-food-security-agriculture.html
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Trump takes aim at Canada while addressing the World Economic Forum - Global News, fecha de acceso: marzo 30, 2025, https://globalnews.ca/video/10974942/trump-takes-aim-at-canada-while-addressing-the-world-economic-forum
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Canadian Government Polls Citizens on Digital ID: Report - ID Tech - FindBiometrics, fecha de acceso: marzo 30, 2025, https://idtechwire.com/canadian-government-polls-citizens-on-digital-id-report/
Ciclos de crisis: cómo las élites redibujan el mundo mientras tú pagas la factura.
En el vasto telar de la historia, las civilizaciones han tejido sus hilos a lo largo de ciclos que se han repetido innumerables veces. Estos ciclos, ya sean cíclicos de 80 o 90 años como argumentan Strauss y Howe, o más maleables como los de Polibio, han influido en el curso de la humanidad y han dejado una huella imborrable en nuestro presente.
En el vasto telar de la historia, las civilizaciones han tejido sus hilos a lo largo de ciclos que se han repetido innumerables veces. Estos ciclos, ya sean cíclicos de 80 o 90 años como argumentan Strauss y Howe, o más maleables como los de Polibio, han influido en el curso de la humanidad y han dejado una huella imborrable en nuestro presente. Este artículo es un intento de comprender esos ciclos y, al mismo tiempo, explorar cómo podemos enfrentar el futuro en un mundo en constante cambio y transformación. Hubo un momento de cambio profundo que marcó un punto de inflexión en la historia, y creo que comenzó con la catástrofe de 1914: el estallido de la Primera Guerra Mundial y la creación de la Reserva Federal. Este evento catastrófico, junto con la desaparición del patrón oro en 1971, provocó un crecimiento masivo del Estado depredador a expensas de las personas comunes, quienes son las verdaderas constructoras, sostenedoras y renovadoras de la civilización.
La Primera Guerra Mundial fue una conmoción que sacudió los cimientos de la sociedad y alteró el equilibrio del poder económico. La Reserva Federal, creada en 1913, otorgó al gobierno un mayor control sobre la moneda y la economía, restringiendo la libertad económica que caracterizaba al siglo XIX. El patrón oro, que había mantenido un cierto grado de disciplina fiscal, se desvaneció en 1971 bajo la presidencia de Richard Nixon, abriendo la puerta a la manipulación monetaria y al crecimiento del Estado. Los ciclos de la historia son una constante en la narrativa humana. William Strauss y Neil Howe, en su obra de 1997, propusieron la idea del "Cuarto Giro", un ciclo que involucra crisis, destrucción y, en última instancia, renacimiento. Según su modelo, el ciclo actual comenzó en 1946, lo que significa que, a partir de 2006, ya estábamos retrasados en la crisis.
En contraposición, el antiguo historiador Polibio, en el año 146 a.C., delineó un ciclo político que también abarcaba cuatro etapas. Su ciclo comenzaba en la crisis, tiempos difíciles que finalmente se calmaban cuando líderes fuertes emergían en el poder. La diferencia fundamental entre Strauss, Howe y Polibio radica en la duración de estas etapas. Mientras que Strauss y Howe definen ciclos de casi 20 años para cada etapa, Polibio sugiere que la duración es más maleable. La historia parece inclinarse hacia la perspectiva de Polibio, ya que algunos tiempos difíciles pueden ser breves o extenderse durante siglos, mientras que otros pueden crear líderes fuertes que, paradójicamente, empeoran la situación.
En un mundo que parece estar inmerso en un ciclo de cambio y crisis, enfrentamos un desafío único. Conscientes de que venimos de una época de gran prosperidad y estabilidad relativa en las últimas décadas, el hambre y la crisis parecen preocupaciones lejanas para el ciudadano promedio. Pero, como la historia nos ha enseñado, los tiempos de bonanza pueden desvanecerse rápidamente si no estamos preparados. La buena noticia es que, si estos ciclos tienen la amabilidad de prolongarse, no estamos destinados a sufrir tiempos difíciles de manera inevitable. A lo largo de la historia de Estados Unidos, hemos retrocedido y avanzado varias veces. Desde la resistencia de Andrew Jackson al banco central hasta la expansión de los derechos económicos y políticos después de la Guerra Civil, estos momentos marcan puntos de resiliencia en la historia.
Incluso la era posterior a la Guerra Civil de Estados Unidos (1861-1865), conocida como la Gilded Age / “Edad de Oro” Dorada", que tuvo lugar aproximadamente entre 1870 y 1900. Durante este tiempo, hubo un auge económico significativo, principalmente debido a la industrialización. "Morning in America" fue un eslogan político y de campaña utilizado por el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan durante su campaña de reelección en 1984. El término evocaba una sensación de optimismo y renovación en los Estados Unidos, tras un periodo de estancamiento económico y desafíos sociales durante los años 1970.
El eslogan fue destacado en un anuncio televisivo icónico que presentaba escenas positivas de la vida americana, como personas yendo a trabajar, casas siendo construidas y parejas casándose. El mensaje subyacente era que, bajo la administración de Reagan, el país había experimentado un renacimiento económico y social, y que los ciudadanos podían esperar más prosperidad y progreso si Reagan era reelegido para un segundo mandato. La "Mañana en América" de Reagan suele ser vista como una era de recuperación económica y un tiempo de crecimiento. Durante su presidencia, Reagan implementó políticas económicas, conocidas como "Reaganomics", que incluían reducciones de impuestos, contención del gasto público (excepto en defensa), y desregulación. Estas medidas, según sus proponentes, ayudaron a revitalizar la economía estadounidense.
Sin embargo, aquí viene la mala noticia: si no tomamos medidas, una crisis está garantizada, y no hay garantía de que su duración sea limitada a 20 años. La historia de la humanidad está llena de períodos de decadencia que se prolongaron durante un siglo, resultando en desgracia para millones de personas. A veces, esos períodos estudiados posteriormente por Roggoff u otros, nos indica que hay pequeñas detonaciones anteriores a la gran explosión. La clave es localizar si son puntuales o pertenecen a las primeras fases de la etapa definitiva.
Pongamos por ejemplo lo sucedido en Grecia hace unos años y que indica como pudiera estar aplicándose una creciente fase de deuda soberana fallida. La crisis de deuda en Grecia comenzó a fines de 2009, desencadenada por la combinación de factores estructurales, como niveles significativos de deuda pública y un elevado déficit fiscal. Grecia fue el epicentro de la crisis de deuda europea durante este período. La cronología fue la siguiente:
2009: La crisis de deuda de Grecia comenzó oficialmente cuando el país admitió que su déficit fiscal era del 12,7% del PIB, más del triple del límite permitido por la Unión Europea. Esto llevó a una falta de confianza en la capacidad de Grecia para pagar su deuda.
2010: Grecia solicitó un paquete de rescate internacional a la Unión Europea y al FMI para evitar la insolvencia. Este primer rescate fue de aproximadamente 110 mil millones de euros.
2011-2012: A pesar del rescate, la economía griega continuó deteriorándose, lo que llevó a un segundo rescate en 2012 de aproximadamente 130 mil millones de euros.
2015: Grecia solicitó y recibió un tercer rescate financiero, llevando el total de fondos de rescate a más de 260 mil millones de euros. En los años siguientes, Grecia implementó medidas de austeridad significativas, que incluyeron recortes en los salarios y pensiones públicas, así como aumentos de impuestos. Estas medidas tuvieron un fuerte impacto en la economía y en la sociedad griegas, pero fueron necesarias para estabilizar las finanzas del país y eventualmente permitirle salir de la crisis.
De hecho aquellos recortes mermaron las opciones de quienes llevaban toda la vida cotizando a acogerse a los beneficios de la sanidad pública por ejemplo. Recuerdo una charla que tuve con un un viejo amigo por aquel 2011 y del que he escrito aquí alguna vez. Un ex directivo que se pasaba horas tirando piedras contra los coches oficiales en Tesalónica. Me confesaba su indignación y su resignación mezclada con miedo hacia lo que será de sus padres muy mayores y con necesidades médicas que él no puede comprar. Llevaban seis años de recesión y de ‘rescates’, recortes y otros sucedáneos. Cuándo nos preguntamos que significará para nuestros hijos el desastre contable al que nos tienen sumido los responsables de haberlo controlado todo, de la emisión de deuda indiscriminada y de que los propietarios de toda esa deuda no seamos nosotros, que de soberana no tiene nada, es bueno mirar hacia aquella Grecia que ayuda a entenderlo.
La teórica austeridad exigida y que se nos exigirá, se convirtió en puro estiércol servido en raciones diarias y sin preguntar si te apetece. El gasto público griego se redujo cerca de un 60% en Sanidad y, por derivación, en otros aspectos de la vida que consideramos una especie de derecho. Estar endeudado por encima de tus posibilidades es irracional. Eso lo hacen familias y estados. Lo hacen por considerar que, o bien la vida irá a mejor y podremos devolver cuanto nos prestaron o, si no pagamos, alguien nos perdonará una parte o lo que sea. Pero eso no siempre es así. Tarde o temprano te encuentras que debes pagar y sino lo haces, al que le debes le ofreces una única opción: controlar cómo utilizas el aumento de crédito y lo que haces con él para ir devolviendo tu agujero. Con Grecia pasó y pasará con muchos otros. Pensar que eso de la deuda infinita es factible es vivir en Disney y no conocer los mercados donde están los verdaderos dueños del mundo.
Y no era nuevo, ni lo será. Eduardo III sembró el caos en Florencia a mediados del siglo XIV por el impago de una serie de préstamos. Todos los países de América Latina, además de Brasil, hicieron lo mismo a principios del siglo XIX. Más recientemente, Rusia sorprendió por los mercados mundiales no pagando en 1998, al igual que Argentina en 2001. En el caso florentino se eliminó el principado, en los de América Latina se estructuró un modelo económico dependiente que aun permanece en gran medida repleto de desequilibrios, en Rusia se evidenció una destrucción del proyecto capitalista y en Argentina se le jodió la vida a millones de personas.
Ahora, mientras tenemos la mirada puesta en el Próximo Oriente y las repercusiones económicas de una escalada militar en la región, en el mundo se cierne otra amenaza muy preocupante. Es una de las ‘mega amenazas’ que nombra Nouriel Roubini en su último libro. Resulta que la escalada en las rentabilidades de los bonos estadounidenses, acompañada de una apreciación consistente del dólar en los últimos días, han hecho sonar todas las alarmas respecto a un potencial de incumplimiento de deuda en numerosos países emergentes.
Me explico, porque el tema es grave. Un bono estadounidense es un título de deuda que el gobierno de los Estados Unidos emite para financiar sus gastos. Una mayor rentabilidad en los bonos, provocada por la subida de tipos de interés que estamos viviendo, encarece la refinanciación de las deudas que van venciendo. Si encima el dólar se fortalece, como es el caso, y muchos países emergentes tienen deudas denominadas en dólares, el riesgo de impago se multiplica.
Muchas economías denominadas emergentes, han acumulado volúmenes gigantescos de deuda americana durante la pandemia. En un contexto donde la deuda se convertirá en el principal problema global, empiezan a subir los Credit Default Swaps. Recordemos que un Credit Default Swap es un contrato financiero en el que una parte paga primas periódicas a cambio de protección contra el riesgo de incumplimiento en un crédito. Así mismo, la otra parte asume el riesgo en caso de incumplimiento.
Pues bien, esa cobertura de impago se ha disparado en Argentina, Colombia, Arabia Saudita, Etiopía, Túnez, Pakistán, Ecuador, Bolivia, Egipto, Mozambique, Maldivas, Gabon o Kenia entre otros. De hecho, Bloomberg listaba ayer 21 países que están en condiciones de quebrar a medio plazo. Te pongo dos ejemplos. Pakistán necesita urgentemente 22.000 millones de dólares a 1 de enero de 2024 o quebrará. México ha visto como su cobertura de riesgo de impago ha subido un 30% en un sólo mes.
Y esto nos puede afectar, pues una oleada de impagos soberanos en mercados emergentes no sólo afectaría a los implicados. Estos países son el plan B para el crecimiento futuro y si se debilitan, nos afectará a todos. La inestabilidad financiera derivada de impagos en economías emergentes acabaría por provocar más Volatilidad de los Mercados, revisión en las Tasas de Interés, distorsionaría las inversiones de algunas multinacionales, estimularía más inmigración irregular incrementaría el precio de materias primas y, de un modo u otro, acabaría afectando a nuestro día a día.
Aunque si pasa, no será de inmediato, en economía nada es de golpe, estaría bien ir pensando en ello, por que no es algo menor. Una cosa es una quiebra puntual en algún lugar del mundo. Otra es un efecto dominó junto a lo que el exgobernador del Banco de España, Miguel Angel Fernández Ordóñez me confesaba el pasado sábado; la próxima crisis financiera será monumental y provendrá de una noticia sobre un banco importante.
Entonces, ¿cómo podemos prepararnos para el futuro en un mundo en constante cambio? Con flexibilidad y resistencia. Algo que implica fortalecernos ante la eventualidad de tiempos difíciles. Esto se logra al resguardar nuestros activos, desarrollar nuestras habilidades y construir una red social sólida en la que podamos confiar. En otras palabras, debemos aislar nuestros activos, aumentar nuestro potencial de ingresos y adquirir habilidades prácticas. Ahora es algo que tiene que ver con la tecnología también. Pero no para subir fotos a una red social sino para estimular nuestro trabajo de siempre y convertirlo en más eficiente y rentable. Pero la flexibilidad y la resistencia no es suficiente. También debemos centrarnos en la prevención. Esto implica una organización política y social que pueda revitalizar las instituciones que ahora ya son fallidas, para que puedan mantenerse por sí mismas. Los tribunales, las escuelas, el ejército y las instituciones sociales, tanto seculares como religiosas, pueden ser baluartes contra el declive si se gestionan adecuadamente y si se apartan de la dependencia constante del Estado.
Es como mantener un dique contra un mar embravecido. Requiere esfuerzo constante, pero las consecuencias de no hacerlo son catastróficas. La historia está repleta de ejemplos de civilizaciones que permitieron que sus instituciones se desmoronaran y pagaron un precio elevado por ello. Civilizaciones que dejaron todo en manos de la clase política y del Estado mediocre. Los ciclos de la historia son una realidad innegable, y estamos en una situación precaria en un mundo en constante transformación. No te lo dirán. Es mejor distraerte con grandes acontecimientos puntuales. A partir de ahí todo es mucho más sencillo. Esto no va de destruir al mundo, va de controlarlo. Dirigirlo.
La manipulación monetaria, como la que ocurrió con la Reserva Federal y la eliminación del patrón oro, puede tener un impacto profundo en la estabilidad económica. La disciplina fiscal y la comprensión de conceptos económicos complejos, como la oferta monetaria y la inflación, serán esenciales para evitar que la economía sea víctima de los ciclos de la historia. Lo preocupante es que se lo están saltando de nuevo. Han aprendido algo muy peligroso. Puedes manipular los datos semánticamente o cambiando el punto de vista de medición. Así nunca parece extremadamente grave ninguna cifra. Sin embargo, detrás de esa pantalla se esconde la realidad que se va enquistando. Como en economía todo es muy lento, un gobierno, unos dirigentes bancarios o lo que sea, pueden mantenerse en el cargo abrazando ese decorado. El problema es que hay un día que se derrumba y el dolor es mayor. Pero también es verdad que, a pesar de estos ciclos, con sus desastres, la perspectiva siempre ha sido en positivo. Si no insisten los de la catástrofe climática o del desastre universal que siempre rondan por ahí solicitando impuestos a todo, la realidad puede tener un grado de optimismo.
Los que piensan que el mundo va a peor se imaginan que nos dirigimos hacia una sociedad desigualitaria, con una gran cantidad de gente pobre mientras unos pocos ricos viven con buenos servicios educativos, sanitarios y sociales. Los pesimistas suelen imaginarse que la tecnología va a complicarlo todo, y los optimistas creemos que la pobreza extrema será erradicada dentro de un par de décadas. Otra cosa será a que llamaremos pobres o que será clase media. Ya te he hablado antes de que eso está mutando seriamente. A principios del siglo XIX, la pobreza extrema en el mundo llegaba al 94 por ciento de la población, mientras que hoy es el 10 por ciento. Entonces, ¿por qué parece que vamos a peor? El médico y estadístico sueco Hans Rosling lo achacaba al «pesimismo social», un efecto intelectual que aparece cuando desconocemos algo en concreto. Si no lo sabemos, nuestro cerebro suele interpretar que estamos peor que ayer.
En nuestro caso hemos avanzado especialmente gracias a las revoluciones industriales. A la tecnología. De hecho eso va a cambiarlo todo en breve. Todos necesitaremos convertirnos en aprendices de por vida. En promedio, los empleados necesitarán unos cien días de entrenamiento y capacitación en 2024. La brecha referida a las habilidades emergentes, tanto entre los trabajadores individuales como entre los líderes sénior de las empresas, será un riesgo para el desarrollo corporativo de una empresa. Dependiendo de la industria y la geografía, es probable que entre la mitad y dos tercios de las empresas recurran a sub-contrataciones externas, personal temporal y trabajadores independientes para abordar sus brechas referidas a las habilidades. Seguramente, en el futuro, iremos al trabajo a aprender casi todo el tiempo. A aprender a preguntar cosas. A aprender, a entender cómo funciona el software que hace el trabajo que hacíamos nosotros hace un tiempo, para que, aprendiendo, logremos que aún lo haga mejor cada vez.
Las máquinas con inteligencia artificial son muy buenas respondiendo preguntas, pero no tanto haciéndolas. De ahí que, si somos cada vez más capaces de cuestionar mejor a esas máquinas, ellas nos responderán de un modo más útil. Iremos a trabajar pero sólo para aprender de ellas, para conocerlas mejor y para poder definir cada vez mejores preguntas. Estamos definiendo un nuevo contrato social que llamaremos empleo pero que será muy distinto. Si nuestra civilización colapsa, como lo hicieron otras antes, si la deuda se nos come o si las élites mantienen su cruzada contra nuestra libertad, sólo nos quedará el conocimiento.
Recuerda que la deuda global no es global ni abstracta. Ellos tomaron créditos en tu nombre que ahora te exigen pagar con menos servicios, más impuestos y mayor dependencia. A cambio te piden que les entregues tu privacidad. Hoy parecería que te he hablado de como colapsan, por culpa de la deuda, las civilizaciones. Pero en realidad te he hablado como se transforman gracias a la gente y al uso que hacen de la tecnología disponible. Que sea un colapso o una transformación depende de quien gane el pulso. ¿Ellos o nosotros?