Del carro de caballos al coche de motor. Innovación, cultura, leyes e intereses.

El futuro del sector automovilístico pasa por una reinvención total. Ya no se trata de incorporar ‘moderneces’ al panel de mando. Ni siquiera si van a poder conducirse solos o no. El asunto es cultural, sociológico. Que la mayoría de marcas estén en plena vorágine inversora buscando donde meterse para pivotar el negocio es síntoma de que ya se han dado cuenta.  El niño que no conducirá jamás ya ha nacido y la persona que nunca tendrá un coche propio ya va a la universidad. Muchos de los que tuvimos uno de estos artilugios y que nos los quitamos de encima hace años, nunca más compraremos ninguno. La clave no es tanto si el vehículo está conducido por alguien o va sólo. La verdadera revolución social vinculada a la tecnología es que ya no es un tema de dejar de ser ‘conductor’, el asunto es que la gente deja de ser ‘dueño’.

Tengas el negocio que tengas, trabajes donde trabajes, la disrupción te va a llegar sino lo ha hecho ya. Incluso puede que la tengas encima y ni te des cuenta. Tecnologías asociadas a la vida cotidiana se abren paso para derrocar reinados intocables. La banca, los seguros, la televisiónl, el retail o los coches. Adoptar soluciones tecnológicas innovadoras como maquillaje suele ser perjudicial a medio plazo. Los bancos lo hicieron. Digitalizaron su aspecto pero no se transformaron. Por eso ahora un tercio de su negocio ha sido capturado por las Fintech. En el mundo del automóvil pasa algo similar. El asunto no es poner más o menos tecnología al servicio del conductor, el tema radica en que el conductor esta a cinco minutos de dejar de comprar coches.

El 95% del tiempo un vehículo esta parado en algún lugar. No tiene sentido. Daimler, por ejemplo, interpretó hace unos años este punto de inflexión y lo tradujo en un programa de innovación basado en la conectividad, la conducción autónoma, el uso flexible y los motores eléctricos. Entre las decisiones más importantes estuvo la de crear la filial Car2Go. De vender coches a ser un intermediario. De vender productos a ser facilitador de servicios de movilidad. La tecnología digital, el desarrollo de plataformas, la nueva conciencia social y la comodidad evidente de no tener coche propio han convertido este tipo de servicios en la vía de supervivencia a la que se van a amparar las cuentas de resultados de estos gigantes. El fin de todo ello es llegar a no conducir, a tener vehículos circulando todo el tiempo y ofreciéndonos un servicio de movilidad por una cuota mensual. ¿Es factible ya? ¿Qué lo impide? Básicamente los de siempre y lo de siempre. Leyes, intereses y miedo a la innovación.

Coches autónomos recogiendo personas en base a las decisiones de eficiencia de un cerebro sintético. Suena frío, suena prisionero. Tal vez suena tan raro como cuando llegaron los primeros coches tal y como los conocemos a nuestro mundo a finales del siglo XIX. En aquel entonces la gente se mostraba muy preocupada porque la retirada de caballos (animales) de los carruajes otorgando el control de la conducción a los conductores (humanos) iba a ser un desastre. Para la percepción de aquellas personas un conductor humano que no tuviera la asistencia de una segunda inteligencia era un drama. Se consideraba que un caballo servía para controlar por instinto cualquier imprevisto en el recorrido. Se pensaba que los animales evitarían las colisiones que en manos de personas serían más difíciles de evitar. Ahora pensamos que dejar el coche en manos de un ordenador con sensores de todo tipo es una temeridad curiosamente.

De hecho, incluso, en 1895 se implementó una ley que obligaba a los coches ‘autopropulsados’ que tuvieran una persona delante del mismo agitando una bandera roja. Era una derivación de una ley vinculada a los trenes de vapor y se adaptó a este nuevo ‘invento’. El propio New York Times publicó que este tipo de aplicación legal solo servía para ‘eliminar la utilidad que tiene un avance tecnológico como un carro sin caballo’. ¿Os suena? Leyes dependientes de consideraciones antiguas que sólo sirven para eliminar lo bueno de la propia innovación. En aquel entonces esa norma paralizó el crecimiento de una industria nueva, la de los carros sin caballo. Demandas contra los que lo hacían sin ese abanderado delante acabaron por paralizar una industria que nadie era capaz de imaginar que llegaría a lo que ahora es. En 1903 se subió la velocidad máxima para estos vehículos a 20 millas por hora y eso imposibilitaba llevar un tipo con una bandera delante. Desaparecía una ley absurda y el coche pasaba a ser un bien útil, preciado y eficiente. El resto de la historia ya la conocemos. Este video es del día que se celebró su revocación.

Las leyes que prohíben algo que está demostrado somos capaces de poner en marcha sin peligro para nadie y que exigen una manera de entender el concepto conducir o poseer, caerán. Lo harán antes de lo que esperamos. En aquellos tiempos fueron fabricantes de carros y políticos miedosos o desconocedores y gente preocupada por una conducción no asistida por un caballo. Ahora es lo mismo. Fabricantes perdidos, políticos desconocedores y gente preocupada por una conducción no asistida por un humano. La diferencia con aquel entonces es que hoy los fabricantes han entendido el desafío y la gente ha iniciado la transición rápida del ‘me gusta conducir’ al ‘me gusta compartir’. Dependemos de la política para evolucionar. Que vigilen no sea que a ellos también les llegue la disrupción.