Sobre la Inteligencia Artificial y la estupidez artificial.

Ayer leía la noticia de que un cineasta americano le abrió un perfil en Tinder a una ‘robot sexual’ con fotografías que dejaban claro que no era un ser humano y si una especie de juguete erótico bastante realista. En apenas unos minutos logró casi un centenar de pretendientes. El autor del ‘experimento’ decidió responder a todos ellos haciéndose pasar por la chica sintética y proponiendo un encuentro sexual con ellos. La mitad confirmaron el interés mutuo y creyeron realmente estar chateando con una especie de inteligencia artificial especializada en conversaciones ‘calientes’.

Esta noticia no deja de ser una curiosidad sociológica que demuestra lo pasado de vueltas que van algunos por la vida y que estarían dispuestos a mantener relaciones hasta con un tubo de escape. No obstante hay otra que es de aurora boreal y que, probablemente, sea digna de análisis por parte de los medios de comunicación y del modo en el que trasladan algunas noticias de tipo tecnológico. Resulta que hace un par de semanas la prensa de medio planeta tituló como ‘un acto sin precedentes, que el robot Pepper compareciera ante el Parlamento Británico, convirtiéndose en el primer humanoide en ser interrogado por parlamentarios en todo mundo’. A parte de ser mentira la primera afirmación, es falsa la segunda. Ni era el primer robot que comparecía ante un parlamento (solo se precisaba hacer una búsqueda simple en la red), ni tampoco fue interrogado. El teatrillo es de un ridículo supino. Ver a ‘sus señorías’ en una conversación preparada y preguntando al robotillo sobre sus habilidades de debate acerca del futuro de la convivencia con los seres humanos es de vergüenza ajena si no fuera incluso peligroso.

Es peligroso mostrar una serie de avances que no existen y que probablemente no exisitirán jamás de ese modo. La inteligencia artificial es algo mucho más serio que esa escenificación. Reconozco que puede ser nutritivo, interesante incluso, mostrar un ejercicio hacía el debate y popularizarlo, pero al terminar el evento no estaría de más comentar en prensa, y reflejarlo así, que todo es un bulo notable y que ni el robot piensa ni va a pensar. Lo peor no es que los presentes lo saben, lo jodido es que la prensa se lo cree o se lo quiere creer, lo publica, lo emite y lo replica hasta llegar al punto de que parezca que el estado del arte de la Inteligencia Artificial en el mundo es similar a la que se ve en ‘Her’, en ‘ExMachina’ o en cualquier peli de ciencia ficción. Y estamos, hablando en términos científicos, a años luz de eso.

Hay quien se descojona con el asunto. De ahí que sea interesante poner el asunto en su justo lugar, por dos razones. Por un criterio comercial y económico, la inteligencia artificial, los sistemas expertos y el aprendizaje profundo nos van a modificar el modo de trabajar pero no porque hablen como nosotros o piensen sino porque son más rápidos, eficientes y económicos que nosotros en hacer lo que nosotros hacemos. La otra razón, porque las empresas que se dedican a la fabricación y distribución de este tipo de productos, se encuentran con el famoso ‘yo pensaba que hacía más cosas’. Vamos a ver exactamente donde está el asunto pues teniendo en cuenta que hay algún desarrollo realmente avanzado como Sophia, de la que hemos hablado, con la que he tenido ocasión de ‘hablar’ y con la que, tras las últimas ‘actualizaciones’ realmente sorprende en el juego dialéctico y en el aprendizaje aparente. Sin embargo no piensa, no tiene conciencia artificial. Una cosa es la robótica y otra la inteligencia artificial. Una cosa es que un sistema sea tremendamente eficiente resolviendo cosas y otra es que piense.

En un momento dado, David Hanson, el locuaz CEO de Hanson Robotics, la empresa que ha desarrollado a Sophia, dijo que ‘ella (el robot Sophia) estaba básicamente viva’ en uno de los programas de televisión más vistos del mundo, el Tonight Show de Jimmy Fallon. Sophia mantuvo una conversación con el presentador y todo se precipitó. La adoración de la prensa se extendió por el mundo de modo inverso a la crítica sobre lo que realmente sucedió allí. Sophia empezó a recorrer el mundo, a participar como ‘ponente’ en un montón de conferencias, congresos y eventos. La cúspide fue en Arabia Saudita donde se le concedía la ciudadanía con derechos y deberes. Se dijo que era ‘la primera ciudadana no humana del mundo’. Representaba un antes y un después. Se dice que la conclusión del jurado ‘legal’ que determinó esa condición se basó en una pregunta final que le hicieron. Se le cuestionó sobre si ella podía saber que ‘estaba viva’. Sophia, que no estaba programada por ningún gallego, respondió preguntando a los asistentes: ¿y ustedes? Después la hemos visto en una cita muy divertida junto a Will Smith en la que explicó correctamente que la búsqueda de respuestas no es más que eso, búsqueda de respuestas o simulaciones de sensaciones.

Si has podido estar con Sophia en los últimos meses te habrás dado cuenta que ha mejorado mucho, muchísimo. De una primera versión hace años que era una especie de Siri con tronco robótico y cara de silicona, ha pasado a algo realmente sofisticado, capaz de aprender de las conversaciones, con gestos muy reales. No hay duda de que Sophia es una impresionante obra de ingeniería. Hanson Robotics y SingularityNET, que colaboran con empresas de tecnología de todo el mundo, equiparon a Sophia con redes neuronales sofisticadas que le dan la capacidad de aprender de las personas y detectar y reflejar respuestas emocionales, lo que hace que parezca que el robot tiene personalidad.  

Sin embargo, debemos ver en Sophia una especie de experimento complejo de sociología, un análisis de las expectativas. Ben Goertzel, director general de SingularityNET y científico jefe de Hanson Robotics, ya dijo que Sophia y los otros robots no son sistemas de aprendizaje puro, pero sí implican el aprendizaje en varios niveles como el que realiza en sus sistemas visuales de redes neuronales, aprendizaje en sus sistemas de diálogo OpenCog u otros que tiene diseñados. Eso me parece justo. Es eso realmente, a la vez que es interesante la percepción pública de Sophia en sus diversos aspectos, su inteligencia, su apariencia y su amabilidad. Ahí nos situamos cerca de la realidad. 

El problema viene cuando proyectos altamente publicitados como Sophia nos convencen de que la verdadera inteligencia artificial (similar a la humana) está a la vuelta de la esquina cuando en realidad, ni siquiera estamos cerca. El verdadero estado de la investigación de la IA ha quedado muy por detrás de los cuentos de hadas tecnológicos que se nos hacen creer. Y si no tratamos la IA con algo de realismo y escepticismo, su avance puede estar amenazado. Trabajo con modelos de inteligencia artificial, business intelligence, sistemas expertos y todo tipo de gestores inteligentes de datos, pero ninguno tiene conciencia. He estado en Japón, Israel y Estados Unidos en centros donde la IA está realmente muy avanzada, pero por eso, es interesantes decir donde está exactamente, lo que es, para lo que sirve y negar todo lo demás. Por el bien de su avance. 

Para definir bien lo que es la IA, constantemente modificada por los nuevos desarrollos y los cambios en los objetivos, se describe mejor explicando lo que no es. La gente piensa que AI es un robot inteligente que puede hacer las cosas que una persona muy inteligente haría: un robot que sabe todo y puede responder cualquier pregunta, pero esto no es lo que realmente quieren decir los expertos cuando hablan de IA. En general, AI se refiere a programas de computadora que pueden completar varios análisis y usar algunos criterios predefinidos para tomar decisiones. Nada más, que no es poco, de momento.

Desde hace un tiempo tenemos una variante, la que sería lo que se llama HLAI, inteligencia artificial a nivel humano. La capacidad de ciertos sistemas de comunicarse de manera efectiva. Los chatbots y los procesadores de lenguaje basados en el aprendizaje automático se esfuerzan por inferir significados o comprender matices, y la capacidad de continuar aprendiendo a lo largo del tiempo. En este momento, la inteligencia artificial no tiene libre albedrío y, ciertamente, no es consciente: dos supuestos que las personas tienden a creer cuando se enfrentan a tecnologías avanzadas. Los sistemas de IA más avanzados que existen son simplemente productos que siguen procesos definidos por personas inteligentes. No pueden tomar decisiones por su cuenta.

En el aprendizaje automático, que incluye el aprendizaje profundo y las redes neuronales, no es más (ni menos) que un algoritmo con una gran cantidad de datos recolectados constantemente hasta que pueda completar la tarea por sí solo. Para el software de reconocimiento facial por ejemplo, esto significaría introducir miles de fotos o videos de caras en el sistema hasta que pueda detectar de manera confiable una cara de una muestra sin etiquetar. Más o menos es eso, pero nunca ‘entenderá’ lo que esta haciendo, ni podrá dejar de hacerlo porque lo decida el algoritmo por si mismo. 

Nuestros mejores algoritmos de aprendizaje automático son generalmente mecanismos de memoria y ejecutan modelos estadísticos. El problema está en que a eso lo llamamos ‘aprender’ y así le damos un valor humano a unas máquinas que no tienen nada que ver con un cerebro humano. Ahora todo es inteligente. Cafeteras, neveras, coches, teléfonos, relojes, etc. Eso lo confunde todo. Para que se entienda. Si un algoritmo está diseñado para que sume, sumará siempre. Después de saber que cinco más dos son siete, un humano podría darse cuenta de que siete menos dos son cinco. Una deducción compleja si no sabes restar previamente pero posible. Ahora bien, si le pides al mismo algoritmo que reste dos números después de enseñarle a sumar, no podrá hacerlo.  La inteligencia artificial de ese algoritmo, por decirlo de algún modo, fue entrenada para sumar, no para entender lo que significa sumar. Si quieres que reste, deberás entrenarlo de nuevo en ese espacio. Un proceso que borra notoriamente todo lo que el sistema de inteligencia artificial había aprendido previamente. Un humano aprende del error, una máquina, de momento, sólo identifica que se equivocó pero no lo que significa.  

Entre investigadores que necesitan crear expectativas, desarrolladores que precisan inversión y periodistas que no pueden saber el fondo técnico de lo que les presentan, se está creando un potencial problema a medio plazo que podría, realmente, ser muy perjudicial para la evolución real del sector. Esta promoción injustificada podría estar impidiendo un progreso real y útil. Las inversiones financieras en inteligencia artificial están inexorablemente vinculadas al nivel de interés y publicidad que surja del sector. Ese nivel de interés, y las inversiones correspondientes, fluctúan enormemente cuando Sophia tiene una conversación forzada o algún nuevo algoritmo de aprendizaje automático logra algo ligeramente interesante. Eso hace que sea difícil establecer un flujo de capital constante y de base en el que los investigadores puedan confiar y de ahí que muchos desarrolladores se presten al espectáculo.  

A menudo mis clientes solicitan ‘algo de inteligencia artificial’ en el plan de ejecución de transformación digital que les proponemos. Antes les decimos que es importante saber de donde va a capturar los datos masivos para esa ‘inteligencia artificial’. Una vez definido pasamos a presentarles lo que realmente es y lo que no es un sistema experto. Cuando les decimos que una ‘capa de inteligencia artificial’ refuerza su modelo actual de análisis de negocio vinculado a los datos existentes, entienden muy bien el estado real del asunto. Es tremendamente útil, incluso un chatbot que simule el lenguaje natural, pero lo importante es saber que hace, como lo hace, hasta donde es capaz de llegar y como podemos lograr que aprenda para hacer más cosas y mejor. Pero definitivamente, ningún software actual piensa como un humano, ni tiene conciencia de su propia existencia. Simulan muy bien, pueden mantener conversaciones, pero no piensan.

He dado conferencias junto a un robot, trabajo con ellos habitualmente desde su modelo en software y hasta he salido en televisión con otro. Por eso creo que, la verdad, antes de tratar el asunto de la inteligencia artificial deberíamos asegurarnos si no estamos desbordados por la estupidez artificial.