Phelps: 'los estados europeos no quieren la llegada de nuevos competidores'

Los pasados 4 y 5 de junio tuve el honor de ser miembro del jurado en la 30 edición de los Premios Rey Jaume I. Una experiencia única no sólo por el hecho de descubrir las vidas, carreras y proyectos en marcha de todos los candidatos seleccionados este año, sino también por el privilegio de compartir momentos de conversación con casi una veintena de Premios Nobel de economía, física, química y medicina. En total 80 personas que nos reunimos en el antiguo Convento de Santo Domingo, sede de la Capitanía General, para deliberar acerca de los seis galardonados de entre los 276 candidatos presentados.

Entre los debates que se produjeron en paralelo a la propia deliberación de los galardones hubo algunos temas realmente interesantes. Fue en esos días que se estaba debatiendo la moción de censura en España, lo que permitió saber la opinión de personalidades como el Joachim Frank, Premio Nobel de Química en 2017 o Eric Maskin, Nobel de Economía en 2007 que coincidían en los corrillos cuando afirmaban que veían con mucha preocupación lo que pudiera significar el cambio de gobierno, sobretodo atendiendo a la debilidad aritmética impuesta al nuevo ejecutivo de Sánchez.

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Pero a mi lo que realmente me interesaba era saber como estas personalidades del pensamiento económico contemplaban el futuro de la economía desde el punto de vista de su afectación tecnológica. Intenté conversar con ellos sobre esto y no esconderé que algunas de sus conclusiones me sorprendieron notablemente. Por ejemplo, el propio Maskin aseguraba que 'estamos en la antesala de un nuevo ‘crash’ económico al juntarse dos aspectos determinantes: las políticas proteccionistas de Trump y la ‘imparable’ destrucción de empleo a partir de 2020 en todo el mundo'.

Ahora bien, tengo que contaros que si hubo alguien que me hizo especial ilusión conocer y que me pareció brillante y extremadamente lúcido, ese fue Edmund S. Phelps, Nobel de Economía 2006 y autor de uno de uno de esos trabajos que te tuviste que leer una y otra vez cuando estudiabas, ‘La regla de oro de la acumulación del capital’ (1961), que nos explicó el riesgo de que tanta tecnología no sea capaz de digerirse socialmente al no haber estado previsto su impacto de forma seria. Aseguró que poner en valor la investigación es fundamental, pero también hacerlo desde la vertiente del impacto que produce cualquier avance en los sistemas productivos. Cuando hablaba de España tenía claro lo que le pediría a un nuevo gobierno que esos días se estaba formando. Su reivindicación, y la de muchos que allí se dieron cita, consistía en un gran 'Pacto de Estado por la Ciencia', que permita alcanzar y ejecutar el 2% del PIB antes de 10 años, y cuya práctica se realice con implicación pública y privada.

De los premios se derivó un manifiesto en el que se exigía un órgano de gestión y evaluación del sistema I+D+i ‘realmente independiente de los Gobiernos’, que ‘funcione con criterios profesionales, promueva la reducción de la burocracia y la flexibilidad en la ejecución del gasto que proporcione seguridad jurídica’. Algo que por cierto, en España, no sucede ni hay visos de que suceda. Tengo la impresión que sino se establecen ‘incentivos a la colaboración ciencia-empresa, la inversión empresarial en intangibles y facilidades para las nuevas empresas de reciente creación’, poco a poco nos iremos descolgando del tren del futuro.

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Pero volviendo a las conclusiones de Phelps, desde mi punto vista claramente subjetivo, las más interesantes de las dos jornadas en las que hablé con todo el mundo posible, para aprender, confrontar y descubrir como funciona y piensa alguien de tal envergadura intelectual. Phelps aseguraba, sorprendentemente, que el ritmo de innovación actual ha decaído durante el final del siglo XX y el inicio del XXI y que ha hecho descender las tasas de crecimiento económico. Este problema, decía, es más acentuado todavía en Europa, donde los estados anteponen los programas de protección social y ponen trabas a las nuevas compañías innovadoras en defensa de sectores económicos tradicionales. Piensa que los estados europeos no quieren la llegada de nuevos competidores

Phelps dijo que ‘los valores tradicionales, que se oponen a la auto expresión individual, no son buenos; hay que fomentar la investigación, la exploración y la creatividad, hay que reeducar. Son más innovadores los países que han adoptado los valores modernos: el individualismo, la vitalidad y la auto expresión’. Y remataba con una máxima que repetía una y otra vez acerca de que ‘a veces se olvida que el trabajo también da satisfacción cuando es creativo y hace realizarse a una persona. No tenemos que tener el viejo concepto de Adam Smith en el que el trabajo se contraponía con el ocio, y por el cual el ocio da placer y el trabajo lo quita. En la sociedad moderna el trabajo tiene que dar placer porque es la mejor forma de compartir el progreso’. ¿Qué os parece?

La verdad es que fueron unas jornadas difíciles de olvidar, que quiero agradecer a la Fundación Premios Rey Jaime I; a todos los organizadores; a quienes me propusieron como jurado, a Hortensia Roig, a Javier Jiménez y a Javier Quesada por sugerirme como secretario del Jurado en el que intervine; y a la desinteresada manera de compartir su conocimiento por parte de todas las personalidades que allí se dieron cita. Me quedo para el recuerdo especialmente las conversaciones con los ya nombrados Phelps y Maskin, pero añado el encuentro con Roger Kornberg, Premio Nobel de Química en 2006; Angus Deaton, Premio Nobel de Economía en 2015;  Finn Erling Kydland, Premio Nobel de Economía 2004; y Christopher Pissarides, Premio Nobel de Economía 2010.