La paradoja de la productividad: por qué más tecnología no siempre significa más riqueza

En 1987, el economista Robert Solow escribió una frase que se convertiría en uno de los enigmas más citados de la economía moderna: "Puedes ver la era del ordenador en todas partes excepto en las estadísticas de productividad." Lo llamaron la paradoja de Solow. Tres décadas y media después, con inteligencia artificial, automatización y cloud computing en cada empresa del planeta, la paradoja no solo no ha desaparecido. En muchos sentidos, se ha profundizado.

La pregunta que nadie termina de responder satisfactoriamente es esta: si la tecnología hace que las empresas sean más eficientes, ¿por qué el crecimiento de la productividad en las economías avanzadas lleva años siendo mediocre?

Qué mide realmente la productividad y por qué importa tanto

Antes de buscar la respuesta, conviene precisar el problema. La productividad no es una abstracción académica. Es la métrica que determina, más que ninguna otra, el nivel de vida de un país a largo plazo.

En su forma más básica, la productividad total de los factores mide cuánto produce una economía con los recursos que tiene: trabajo, capital y tecnología. Cuando esa cifra aumenta, es posible pagar salarios más altos sin destruir empleo, financiar servicios públicos sin subir impuestos y sostener el crecimiento sin acumular deuda. Cuando se estanca, todo lo demás se vuelve un juego de suma cero: lo que gana un sector lo pierde otro.

Las economías de Europa occidental llevan desde la crisis financiera de 2008 con un crecimiento de productividad estructuralmente por debajo del registrado en las décadas anteriores. Y esto ha ocurrido en paralelo a la mayor expansión tecnológica de la historia. Algo no cuadra.

La trampa de la eficiencia sin crecimiento

El primer mecanismo que explica la paradoja es el más contraintuitivo: la tecnología puede aumentar la eficiencia de una empresa sin aumentar el producto total de la economía.

Imaginemos una empresa de logística que implementa un sistema de optimización de rutas basado en inteligencia artificial. El resultado es inmediato y medible: los mismos camiones hacen los mismos repartos con menos kilómetros, menos combustible y menos tiempo. La empresa reduce costes. Sus márgenes mejoran. Su productividad interna sube.

Pero ahora imaginemos que esa mejora de eficiencia se traduce en un recorte de plantilla. Los trabajadores despedidos encuentran empleos de menor cualificación y peor remuneración, o directamente no encuentran empleo. Su consumo cae. La demanda que llega a otras empresas de la economía se contrae ligeramente. El ahorro en combustible sale del país si la refinería es extranjera. Y la empresa, más eficiente pero en un mercado saturado, no expande su actividad sino que simplemente mantiene su cuota.

En este escenario, la tecnología ha redistribuido valor sin crearlo. Ha trasladado costes, no ha generado riqueza nueva. Este es el mecanismo que algunos economistas denominan la segunda economía: un sistema automatizado que optimiza en segundo plano sin que ese proceso se traduzca en más bienestar agregado.

Adoptar tecnología no es lo mismo que crearla: la diferencia que nadie menciona

Hay un segundo factor que el debate público sobre productividad suele ignorar casi por completo, y es quizás el más relevante desde una perspectiva de política económica.

Existe una diferencia fundamental entre adoptar tecnología y desarrollarla.

Un país que implanta software extranjero, utiliza plataformas digitales desarrolladas fuera de sus fronteras y externaliza su infraestructura tecnológica puede volverse más eficiente operativamente. Sus empresas trabajan mejor. Pero el valor económico de fondo, los beneficios, la propiedad intelectual, las patentes y el empleo cualificado asociado a esa tecnología, permanece en el país que la creó.

Es la diferencia entre alquilar maquinaria e industrializarse. El que alquila mejora su proceso productivo. El que fabrica la maquinaria construye una industria, genera empleo de alto valor, desarrolla capacidades exportadoras y captura rentas durante décadas.

Alemania entendió esto con la industria manufacturera en el siglo XX. Silicon Valley lo entendió con el software en el siglo XXI. Países que se limitaron a importar ambas cosas mejoraron su nivel de vida, pero nunca alcanzaron la frontera tecnológica. Y quien no está en la frontera, depende de quien sí lo está.

El problema de escala y la trampa de los sectores de bajo valor añadido

Existe un tercer elemento que completa el cuadro. La productividad media de una economía no es solo el resultado de lo que hacen sus mejores empresas. Es el promedio ponderado de todo su tejido productivo.

Si una economía concentra una parte significativa de su empleo en sectores de bajo margen, baja especialización y escasa intensidad tecnológica, la media nacional se arrastra hacia abajo aunque existan bolsas de excelencia. El turismo de bajo coste, la agricultura extensiva, el comercio minorista fragmentado o la construcción intensiva en mano de obra poco cualificada no son sectores malos en sí mismos. Son sectores que, sin transformación y sin integración en cadenas de mayor valor añadido, limitan estructuralmente el crecimiento de la productividad.

A esto se añade el problema del tamaño empresarial. La inversión en innovación real requiere escala. Una empresa con diez empleados no puede mantener un departamento de I+D, atraer talento especializado ni asumir el riesgo de desarrollar tecnología propia. Cuando el tejido empresarial de un país está dominado por pequeñas empresas sin capacidad de crecimiento, la innovación queda confinada a un número reducido de actores que no pueden elevar solos el promedio nacional.

La pregunta correcta sobre el futuro económico

El problema de productividad no se resuelve digitalizando lo que ya existe. Digitalizar un proceso ineficiente produce un proceso ineficiente más rápido.

La transformación real requiere algo más difícil: rediseñar modelos de negocio, no solo instalar herramientas; invertir en crear tecnología, no solo en comprarla; y apostar deliberadamente por sectores que generen más valor por empleado, lo que implica decisiones de política industrial que ningún algoritmo puede sustituir.

La tecnología es condición necesaria para el crecimiento de la productividad en el siglo XXI. Pero no es condición suficiente.

Sin productividad no hay salarios reales más altos. Sin salarios más altos no hay consumo sostenido. Sin consumo e inversión no hay crecimiento sólido. Y sin crecimiento sólido, el estado del bienestar, ese conjunto de servicios que una sociedad se da a sí misma, empieza a ser financieramente insostenible.

Solow escribió su paradoja en 1987. Todavía no la hemos resuelto. Y mientras sigamos confundiendo eficiencia con riqueza, y adopción tecnológica con desarrollo económico, probablemente no lo hagamos.

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