El fin del individuo: identidades líquidas en la era digital
Hubo un tiempo en que la identidad era un dato, no un proyecto. Un campesino del siglo XIV era hijo de su padre, vecino de su aldea, feligrés de su parroquia y súbdito de su rey. No elegía ninguna de esas coordenadas; las heredaba, como se hereda el color de ojos. La modernidad prometió liberar al individuo de esas ataduras: naciste campesino, pero puedes morir burgués. La Ilustración, la Revolución Francesa y el liberalismo clásico construyeron un sujeto autónomo, racional, dueño de sí mismo. Ese sujeto —el individuo soberano que Locke, Mill y Tocqueville celebraron— está en proceso de extinción. No lo mata un tirano ni una ideología totalitaria. Lo disuelve algo mucho más sutil: la combinación de plataformas digitales que fragmentan la identidad, algoritmos que la predicen y una cultura del rendimiento que la convierte en mercancia.
Zygmunt Bauman acuñó el concepto de modernidad líquida para describir una sociedad donde las estructuras sólidas —empleo estable, comunidad, familia, roles predefinidos— se disuelven en flujos constantes de cambio. La identidad deja de ser un legado y se convierte en un proyecto inacabable, una construcción permanente sin planos definitivos. Pero Bauman escribió Modernidad líquida en el año 2000, antes de Facebook, antes del iPhone, antes de TikTok. Un artículo académico de 2025 publicado en la revista Genealogy demuestra que la inteligencia artificial generativa ha radicalizado la liquidez baumaniana hasta un extremo que el propio Bauman no anticipó: el yo digital ya no es siquiera una identidad fluida, sino un conjunto de fragmentos —fotografías, mensajes, interacciones— recombinados incesantemente por algoritmos, a menudo sin intervención ni control humano. La paradoja es brutal: nuestras identidades se performan como efímeras, pero son archivadas permanentemente por infraestructuras que jamás olvidan.
El filósofo Byung-Chul Han lleva la crítica un paso más allá. Donde Foucault describió la sociedad disciplinaria del siglo XIX —cuarteles, fábricas, hospitales, prisiones— y Deleuze diagnosticó la sociedad de control del siglo XX, Han identifica la sociedad del rendimiento del XXI: un orden donde el sujeto ya no es disciplinado desde fuera, sino que se autoexplota desde dentro. El panopticón digital, argumenta Han, es único porque funciona mediante la libertad: los ciudadanos participan voluntariamente en su propia vigilancia cada vez que publican un selfie, comparten su ubicación o abren una red social. La sociedad disciplinaria decía «no debes»; la sociedad del rendimiento dice «sí puedes». Y ese imperativo de positividad ilimitada —la exigencia de optimizarse, producir, brillar sin descanso— genera lo que Han llama burnout: el agotamiento como patología civilizatoria. La revista Pressenza lo sintetiza con precisión: la fatiga ya no proviene de factores externos, sino de la autoimposición.
Shoshana Zuboff completa el tríptico con una perspectiva económica que debería alarmar a cualquier liberal. En La era del capitalismo de la vigilancia, Zuboff describe un nuevo orden económico donde la experiencia humana se reclama como materia prima gratuita, se procesa mediante inteligencia artificial y se vende en lo que ella denomina mercados de futuros conductuales. No se trata de vender publicidad: se trata de predecir y modificar el comportamiento. Google, según Zuboff, fue el pionero, y Sheryl Sandberg exportó el modelo a Facebook. El ciclo es implacable: los usuarios generan datos, las empresas los extraen, los algoritmos los procesan y los modelos predictivos se venden a terceros. Zuboff estima que se fabrican seis millones de predicciones de comportamiento humano cada segundo, a partir de billones de puntos de datos ingeridos diariamente. No son datos que el usuario cedió voluntariamente: son inferencias computadas a partir del excedente conductual extraído de lo que el usuario cedió. La privacidad, concluye Zuboff, ya no puede concebirse como un fenómeno individual: es un problema colectivo que exige soluciones colectivas.
La convergencia de estos tres diagnósticos —Bauman, Han, Zuboff— produce una imagen del individuo contemporáneo que es la antítesis exacta del sujeto liberal clásico. Donde Locke postulaba un yo propietario de sí mismo, hoy tenemos un yo fragmentado en múltiples perfiles de plataforma, cada uno optimizado para un algoritmo distinto. Donde Mill defendía la libertad de pensamiento como condición de la autonomía, hoy la economía de la atención premia el contenido que provoca reacciones emocionales —ira, miedo, indignación— porque el engagement es el combustible del excedente conductual. Donde Tocqueville advertía contra la tiranía de la mayoría, hoy la tiranía no la ejerce ninguna mayoría visible, sino un sistema opaco de extracción y predicción que, como documenta un estudio empírico de 2025, opera mediante el ocultamiento activo de sus prácticas para mantener la asimetría informativa que lo sostiene.
El individuo no ha muerto por decreto. Se ha disuelto en un líquido tibío y confortable de notificaciones, likes y recomendaciones personalizadas. Nadie obliga a nadie a entregar su intimidad: lo hacemos con entusiasmo, porque la plataforma nos devuelve una versión mejorada de nosotros mismos —filtrada, curada, optimizada— que confundimos con libertad. Han tenía razón: el poder absoluto sería aquel que nunca se hiciera visible, que se fundiera completamente con lo que damos por sentado. Ese poder ya existe. Se llama feed. Y la verdad incómoda no es que alguien nos esté vigilando, sino que hemos internalizado la vigilancia hasta el punto de que nos resulta indistinguible del placer. Cuando la liberación y el agotamiento se vuelven indistinguibles, conviene preguntarse de qué exactamente hemos sido liberados.