La tecnología que convierte el duelo en suscripción

En febrero de 2020, el documental surcoreano I Met You mostró a una madre reencontrándose con su hija fallecida mediante realidad virtual (MBC). La niña, Nayeon, murió en 2016 con solo siete años tras un cáncer hematológico. Tres años después, un equipo tardó ocho meses en reconstruir su voz, gestos y apariencia a partir de datos digitales. El resultado fue devastadoramente convincente… y conceptualmente inquietante.

No es la primera vez que la tecnología invade territorios que antes pertenecían a lo íntimo. La fotografía del siglo XIX ya fue acusada de “robar el alma”. El fonógrafo permitió escuchar a muertos por primera vez. Pero lo que estamos viendo ahora es distinto: no es reproducción, es simulación interactiva. Es un salto cualitativo.

Y como siempre, el discurso oficial llega envuelto en una narrativa terapéutica. Se habla de “cierre emocional”, de “procesamiento del duelo”, incluso de aplicaciones clínicas (Frontiers in Psychology). Todo muy razonable. Todo muy humano. Todo profundamente incompleto.

Porque aquí hay un detalle que se evita deliberadamente: esta tecnología no elimina el dolor, lo externaliza. Y lo externalizable se convierte en producto.

No es casualidad que ya existan startups que ofrecen “chatbots de fallecidos”, como el caso de Replika o proyectos experimentales basados en GPT que recrean personalidades a partir de datos históricos (MIT Technology Review). Tampoco es casual que empresas como Microsoft hayan patentado sistemas para crear “versiones conversacionales de personas fallecidas” (US Patent US20210073638A1).

Esto no es un accidente. Es un mercado naciente.

La llamada grief tech (tecnología del duelo) apunta a un modelo de negocio evidente: suscripciones emocionales. ¿Quieres hablar con tu padre muerto? ¿Celebrar otro cumpleaños con tu hija? ¿Repetir la despedida hasta que deje de doler? Paga.

Aquí es donde el liberalismo bien entendido no puede ser ingenuo. La innovación es positiva y necesaria porque amplía el rango de lo posible. Pero también amplía el rango de lo explotable. Y cuando el activo es el dolor humano, la tentación de monetizarlo es irresistible.

Históricamente, cada avance tecnológico ha generado nuevas dependencias. La televisión no solo informaba, moldeaba narrativas. Las redes sociales no solo conectaban, capturaban atención. Hoy, la inteligencia artificial no solo simula, sustituye.

Y ahí entra el verdadero riesgo: no el Estado, que siempre llega tarde, sino la convergencia entre datos personales, poder corporativo y vulnerabilidad emocional.

Para recrear a un fallecido necesitas algo más que fotos: necesitas patrones de comportamiento, voz, lenguaje, recuerdos digitalizados. Es decir, necesitas la materia prima más sensible que existe: la identidad.

¿Quién controla eso? ¿Quién lo protege? ¿Quién lo vende?

El Reglamento General de Protección de Datos europeo (GDPR) protege a los vivos, pero apenas contempla la “huella digital post-mortem”. Y ahí hay un vacío legal que las empresas ya están explorando.

El problema no es que podamos hacer esto. El problema es que queramos hacerlo sin preguntarnos por qué.

Porque el duelo cumple una función: nos obliga a aceptar la irreversibilidad. A asumir límites. A madurar. Externalizarlo mediante tecnología puede parecer liberador… pero también puede convertirse en una forma sofisticada de evasión.

Y una sociedad que no acepta la pérdida es una sociedad fácilmente manipulable.

La innovación seguirá avanzando. Es inevitable. Y en muchos aspectos, deseable. Pero si no defendemos la propiedad de nuestra identidad, incluso después de la muerte, acabaremos delegando lo único que no deberíamos delegar nunca: nuestra relación con la realidad.

Y cuando eso ocurra, no necesitaremos resucitar a los muertos.

Porque habremos empezado a dejar de estar realmente vivos.

Bibliografía y fuentes

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