Bruselas afloja a la banca; a comprar deuda

El 1 de abril de este año entró en vigor en Estados Unidos la rebaja del ratio de apalancamiento para los mayores bancos. El argumento de los reguladores fue que la norma se había convertido en la restricción que primero se topaba en lugar de en la red de seguridad prevista, y que eso desincentivaba actividades de bajo riesgo como intermediar en deuda del Tesoro. Tres meses después, Bruselas propone lo mismo con las mismas palabras.

La versión que circula es técnica y tiene su parte de razón. El marco de capital acumula capas superpuestas: Basilea, Pilar 2, colchones sistémicos, anticíclicos. Cuando el límite de apalancamiento se activa antes que el resto, el banco tiene un incentivo perverso a sustituir activos seguros por otros más rentables que consumen el mismo capital. Simplificar tiene sentido. Ese argumento no es una excusa, es correcto.

Lo que casi nadie explica es qué restringe exactamente ese ratio. En el enfoque ponderado por riesgo, la deuda pública tiene ponderación cero: no consume capital, computa como si no existiera. El ratio de apalancamiento cuenta activos totales sin mirar el riesgo, de modo que es lo único que impide a un banco llenarse de bonos del Estado hasta el techo. Aflojarlo es despejar balance para papel soberano. Y no hace falta suponer intención: el análisis económico de la norma americana dedica un apartado entero al papel de los bancos como inversores en deuda del Tesoro, y el gobernador Miran dejó escrito que lamentaba que no se hubiera llegado a excluir directamente los Treasuries y las reservas del denominador.

Por qué hace falta sitio se ve mejor desde el otro lado del balance público. España cerró 2025 con 325.000 millones de recaudación, récord histórico, y el déficit cayó al 2,18% del PIB. Sin reforma fiscal y sin votación en el Congreso. La tarifa estatal del IRPF sigue congelada desde 2015 mientras los sueldos subían persiguiendo al IPC. La AIReF calcula que la progresividad en frío aporta unas seis décimas de PIB al año, más de 10.000 millones; el propio Gobierno solo reconoció ante Bruselas 2.300 millones en 2025, una quinta parte. Francia tiene un mecanismo legal que ajusta los tramos a la inflación de forma automática. España carece de él.

Ahí está la simbiosis. Al ciudadano se le cobra dos veces por la misma inflación, una en el poder adquisitivo y otra en el escalón fiscal al que asciende sin haber ganado nada. Al banco se le retribuye por sostener el otro extremo: ponderación cero en soberanos, remuneración del exceso de reservas y ahora apalancamiento más laxo. Mientras tanto, el bucle banca-soberano que todo este andamiaje debía desmontar después de 2012 engorda. El EDIS lo remata. Doce años de bloqueo alemán resueltos rebajando la ambición, de seguro europeo de depósitos a un grifo de liquidez para los fondos nacionales.

Nadie diseñó esto. No hay estrategas, hay tácticos que en cada bifurcación eligieron la salida menos dolorosa de aquel martes por la mañana. El resultado tiene forma de plan sin serlo, y funciona precisamente porque no duele ningún día concreto. En 2008 decían que aquello se hundía. Ahora dicen que tienen herramientas. Y es verdad, las tienen. Lo que ya no aclaran es sobre quién se aplican.

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