Pagan por que su IA hable como un cavernícola

Hace unas semanas, quince directivos de una de las mayores consultoras del mundo se reunieron por un problema que nadie quería nombrar en público: la factura de la inteligencia artificial se les había ido de las manos. No por sistemas complejos ni por ingenieros ambiciosos. Por empleados sin perfil técnico convirtiendo documentos en diapositivas un martes cualquiera, sin saber que cada clic tenía precio.

Durante meses, quemar tokens dio estatus. En Meta, un empleado montó un ranking interno bautizado "Claudeonomics" que sumaba el consumo de más de 85.000 trabajadores y repartía medallas a los que más gastaban. En treinta días la plantilla consumió 60,2 billones de tokens, una cifra que al precio público de la competencia rondaba los 900 millones de dólares. El consejero delegado de Nvidia llegó a decir que le preocuparía un ingeniero con sueldo de 500.000 dólares que gastara en IA menos de la mitad de esa cifra. La actividad se había convertido en el objetivo. El filósofo C. Thi Nguyen lo llama captura de valor: cuando dejamos que una métrica externa decida por nosotros qué perseguir.

El detonante no fue un cambio de conciencia, sino de factura. Durante año y medio, herramientas como Claude Code o Copilot se ofrecieron a tarifa plana, financiadas por el mismo capital riesgo que subvencionó los primeros trayectos de Uber. El que apretaba el gatillo no veía la bala; la pagaba el departamento de tecnología. Cuando los proveedores pasaron a cobrar por consumo real, la cuenta que llevaba meses acumulándose en silencio se imprimió de golpe. Hay recibos documentados que saltaron de 29 a casi 750 dólares en un mes. Uber fundió su presupuesto anual de IA en cuatro meses y puso un tope por ingeniero.

Y aquí el asunto roza lo cómico. Para no repetir el susto, desarrolladores de OpenAI, Nvidia y GitHub han adoptado un pequeño programa llamado "caveman" que convierte las respuestas de la IA en frases telegráficas y recorta hasta un 75% de los tokens de cada contestación. La misma industria que vendió una máquina capaz de conversar como una persona ahora paga por que responda como un cavernícola. El propio Sam Altman ha admitido que el coste de los tokens se ha vuelto una de las mayores quejas de sus clientes corporativos, tras año y medio en los que casi nadie preguntaba el precio. Y mantener ChatGPT en marcha ya costaba 700.000 dólares diarios en 2023.

El ranking de Meta no fabricó empleados que confunden actividad con resultado. Los enseñó. Llevaban años entrenándose para eso en un sistema que premia parecer productivo antes que serlo. La lección va más allá del escándalo puntual: mide lo que consigues, no lo que consumes. Y hazte la pregunta que cientos de directores financieros ya afrontan con su propia tarjeta encima de la mesa. Si esto empezara a costarte lo que cuesta de verdad, ¿lo seguirías usando igual?

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La IA no fabrica mentes perezosas: las evidencia.