anestesia

Anestesia general

Algunos descubrimientos, en ocasiones, aclaran las cosas definitivamente. Resulta que hace seis milenios los habitantes de la península ibérica ya eran pioneros del consumo de hongos alucinógenos. En un estudio publicado en la revista Economic Botany se detalla la utilización hispana de setas psicotrópicas durante la Prehistoria. No quisiera ser yo quien relacione una aparente atracción genética de los españolitos hacia el uso de estas sustancias con la situación social actual, pero sí me permitirán atender a una curiosa parábola: tal vez no sea una decisión política eso de adormecer a la sociedad, seguramente era algo para lo que estábamos programados desde hace siglos y por ello nos dejamos anestesiar gustosamente.
El tazón de cloroformo matinal que la mayoría de la sociedad española se desayuna cada día ahora va complementado con unas tostadas de anestesia general. Lo de reducir la velocidad máxima en autovías ya comenté que, para mí, era algo así como una metáfora de la situación de la economía española, pero, desde que presencié ayer lo bien que digirió todo el mundo la medida, tengo la consideración de que es una decisión que busca adormecer de forma integral al ciudadano.

Les aseguro que no hay nada más ridículo que ver a decenas de coches separados por centenares de metros circulando a años luz de la velocidad para la que están diseñadas autovías y vehículos. Todo por una aparente y discutible decisión que busca el ahorro de energía, pero que, viendo la patética escena, estoy seguro que está diseñada para proseguir con el lavado de cerebro integral al que se está sometiendo a este país. Aceptamos sin reparo esta discutible decisión, mientras que en Holanda o Reino Unido se ha disponen a tomarla en dirección contraria aumentando los límites de velocidad para dinamizar la productividad.

Los emprendedores tenemos que enfrentarnos cada día con un universo repleto de obstáculos. Las prohibiciones absurdas no nos hacen perdernos en retórica. Estamos acostumbrados a ofrecer ideas que nadie escucha y que precisa de tu propia energía, asumimos la falta de tiempo para preocuparnos de tomaduras de pelo. Es de un patetismo lírico que el gobierno siga pensando en medidas que cohíben a toda una generación. ¿Dónde están las medidas que estimulan esta economía? ¿Cuándo nos comunicarán definitivamente que esto no se acabará con un crecimiento inesperado? ¿Cuándo nos explicarán que dependemos de nosotros mismos y de nuestra capacidad para asumir urgentemente la realidad?

Es preciso decir que nadie está en camino para rescatarnos. ¿Cuánto piensan esperar para informar que los jóvenes que huyen a Alemania no volverán?¿Cuándo nos dirán que más de la mitad de lo que ingresamos por nuestro trabajo se revuelve en impuestos para pagar el agujero deficitario del sistema financiero? ¿Cuándo dirá algo coherente la oposición, por cierto? ¿Cuándo explicarán a los parados de cincuenta años que ya no tendrán jamás trabajo? Cada vez es más urgente que se les conceda a los ciudadanos la posibilidad de depender de ellos mismos, de atender su propia existencia con criterio, lejos de las mentiras, de las promesas inexactas, de las fábulas y de los cantos de sirena.

Invito a todos los que esperen que todo “cambie” que se aparten de esa impresión falaz y “tranquilizadora” porque eso no pasará si no se ponen en marcha y procuran por su inmediato entorno. ¡Emprenda!, póngase en marcha, hágalo con amigos, socios o familiares, pero póngase en modo activo pues poco o nada va a cambiar ya. No esperen que el límite de velocidad lo vuelvan a subir. Cuando lo hagan ya será demasiado tarde para algunos. Hágase objetor de tanta miseria mental que nos gobierna. No hay ninguna solución al calentamiento global o al consumo energético en esa medida.

Un ejemplo de la hipocresía oficial. Durante años a los habitantes del área metropolitana de Barcelona se les inundó de campañas de concienciación sobre el consumo irresponsable de agua. Se les exigió que cerraran el grifo en todo momento, que pusieran limitadores en las cisternas, que bebieran la mitad, que se lavaran menos y que si la sequía continuaba, la culpa sería de ellos. Al mismo tiempo, millones de litros de agua se desperdiciaban en uno de los conductos principales que conducían el agua por Badalona a la depuradora metropolitana. Durante dos años el boquete de más de dos metros de diámetro que permitían ese derroche no fue reparado por falta de decisión política. Era algo conocido por todos. Miles de millones de litros se perdieron mientras se “culpabilizaba” de la sequía y de la falta de líquido elemento a los pobres “anestesiados” de turno que cerraban sus grifos con aquella sensación de ser unos irresponsables ciudadanos insolidarios y faltos de la más mínima moral solidaria.

Que el consumo energético de este país es excesivo está descontado. Lo que me pregunto si eso es por culpa de los españolitos en exclusiva o también por la falta de una estrategia energética adecuada y una acción eficiente de la misma. Obviamente no es preciso ser Premio Príncipe de Asturias para saber que ni hay estrategia ni tampoco eficiencia. Mientras se toman medidas pueriles como la de los 110, seguimos pagando el coste por no llegar a un acuerdo en temas de energía nuclear. ¿Dónde están los programas municipales de teleseguimiento en la iluminación? ¿Quién está promoviendo acciones hacia la sustitución fósil?

Espero que a fuerza de imperativos humillantes como este último de la rotulación masiva de nuevas indicaciones del tráfico, se produzca una alteración en el narcotizado ecosistema español y, con el tiempo, la reacción social se convierta en un ímpetu emprendedor para cambiar el modelo de crecimiento de este país y por derivación, la construcción de un modelo social mucho más crítico y exigente con su clase gobernante y sucedáneos. ¿Soy un iluso? Seguramente, pero de sueños vive el emprendedor.

Este artículo ha sido publicado en Cotizalia

¿No vamos a hacer nada?

En mi próximo libro, que a partir del 16 estará disponible, hablo del Estado Inconveniente. En gran medida hablo del modelo de gestión pública que busca ser pura intervención a fin de adormecer la crítica y la disidencia. De un modo bastante sofisticado, intervenir se convierte en inconveniente y el resultado acaba siendo una sociedad cloroformizada en términos de iniciativa.
Llevamos en crisis más de dos años pero parece que nos estamos acostumbrando. Lo peor ya ha pasado dicen. Es probable, por lo menos en el concepto de que la caída ya no será tan vertical. Ahora toca la parálisis. Esa parada técnica que se alargará años y que se fundamenta en una atonía global que desincentiva la inversión privada e impide la pública por el tema del déficit, parece que no provocará grandes reacciones en el cuerpo social español. Se ha diseñado muy bien el espacio donde debe desarrollarse todo ello. Se ha preparado a la sociedad, se la ha dormido adecuadamente.

Pero, ¿cómo se logra eso? ¿Cómo se prepara a una sociedad para lo peor? ¿Cómo se la duerme? No es muy complejo. Se procura que la sociedad viva cómoda y eso la hace delicada. Esa comodidad la debilita irremediablemente y cuando pasa lo que pasa, cuando entramos en cifras de parados inverosímiles, o cuando la evidente ineptitud de nuestros dirigentes es de tal calado que insulta, nadie dice nada, o casi nadie. Vivimos en una sociedad que no sólo ha perdido el dinero, que aunque grave no es definitivo, vivimos en un escenario de derrotados que han perdido la dignidad y la libertad, nos arrastramos por el territorio de los desinformados. ¡Que gusto da no saber!

En este país sin espíritu de cambio, con una tasa de emprendeduría que da pena y con una capacidad de reacción inversamente proporcional a la cantidad de pisos que se hacían en plena burbuja, es muy difícil hacer pedagogía de lo que está pasando. Ahora pretenden hacernos creer que la crisis es financiera, económica y política. Eso es cierto, obviamente, pero también es social. Lo es en el punto de vista que cada país o colectivo saldrá de ella en la medida que sea capaz de ejercer su propia libertad y pueda emprender sus propios caminos.

La Administración en España es un inconveniente para el progreso. Da igual el color. Unos fomentando un modelo de crecimiento que se basaba en la compra masiva de viviendas por parte de gente que no las necesitaba para simular ser ricos sin hacer más que quedar en un café de barrio para negociar el precio con un agente inmobiliario formado a distancia. Otros no supieron desinflar el asunto y les reventó en la cara. Lo peor es que lo negaron como los otros negaban su majestuosa montaña de mierda amontonada adecuadamente durante años. Un desastre en general. Nos toca a los emprendedores poner en marcha el motor oxidado de este país.

Ahora mismo las entidades públicas, que podrían impulsar algo la actividad emprendedora siendo clientes de ésta, hacen lo mismo que las grandes empresas, buscar referencias internacionales, grandes contratos, experiencia imposible, ratios inasumibles y que te bajes los pantalones hasta los tobillos. La gestión pública debería de apostar por la innovación, y esa está en la gente más intrépida. Hay poca, pero la hay. Qué mejor que la administración para ser el primer cliente del emprendedor. Es un riesgo, pero ahora es el momento de apostar por los que pueden sacarnos de este barrizal. No hablo de subsidios ni de subvenciones, hablo de apoyo vinculado al trabajo.

Per la realidad es áspera. El Estado interventor se encarga de que no se premie el sacrificio de unos cuantos. Se estigmatiza al emprendedor en un entorno que ya de por si no favorece la cultura del empresario. El Estado intenta que nos acomodemos a vivir de manera subvencionada, en un país sedado. Por eso ahora toca preparar una sociedad inducida a soportar el descenso de categoría.

EMPRENDEDORES COMO REMEDIO

La diferencia entre un emprendedor y un empresario, a mi modo de ver, radica en que el primero pone en marcha sin demasiado respaldo un proyecto del que puede llegar a ser empresario. El empresario no necesariamente debe haber sido siempre un emprendedor. No obstante, en una sociedad que se adelgaza en términos de autogestión, en una sociedad civil anestesiada y sin criterio y en una clase media acomodada y en retroceso, los Estados están apoderándose de las hectáreas de libertad que nos quedaban todavía vírgenes. A medida que esta crisis nos amordaza los Estados aparecen como salvaguarda y poco a poco vamos perdiendo el poder de nuestro propio destino. Está en juego mucho más que un modelo económico, está en juego un escenario social. De esto hablo hoy en mi columna de El Confidencial.