emprendedor social

Los tecnokilómetros solidarios de iWopi

Hay inversiones que son especialmente agradecidas. No sólo porque el modelo de negocio responde a criterios no corrientes, sino porque su voluntad de transformar conciencias es su gasolina real. Cada cierto número de startups intento entrar en alguna cuyo patrón de funcionamiento enlace con la emprendeduría social. Pertenecer al fondo de inversión Sitka Capital me permite acceder a esas expectativas de participación tecnosocial de manera destacada.
La semana pasada se confirmó la entrada iWopi, una red social para runners solidarios. Esta startup es una red social que permite a sus usuarios donar los kilómetros que recorren y monetizarlos para causas solidarias gracias al patrocinio de diferentes empresas. Se combina salud, deporte, solidaridad y equilibrio social.

La plataforma recoge los datos que suben los usuarios desde aplicaciones como Runkeeper, Dailymile o Mapmyfitness, que pueden conectar con Garmin, Nike+, Jawbone o Fitbit, entre otras, para corroborar las distancias que recorren los usuarios. El equipo de iWopi lo forman Iván Lorca, Rubén Celada (Director Técnico), Emma Roca (Deportista de élite y Bioquímica) y Patricia Pólvora (Experta RSC, Marketing y Comunicación).

Si corres y quieres apoyar buenas causas solo tienes que descargarte una App en tu movil y empezar a devorar kilómetros.

iWopi ya tiene causas solidarias enmarcadas en acuerdos con marcas como Nutrexpa, LaCaixa, M80 Radio, Caprabo, BenitoSports, Cébé, GAES y Haglöfs. Lo que más me estimula es la vocación internacional que los lleva a pensar y a proyectar hacia destinos como Argentina, Chile y Ecuador. De hecho en México ya hay un equipo trabajando y la entrada en Colombia está ya en marcha. Las marcas están aceptando este modelo de un modo muy interesante pues convierte en participativos y colaborativos sus proyectos solidarios encajando a la perfección en políticas de RSC y comunicación social.

Estoy convencido que la norma de atender proyectos de este tipo en incubadoras, aceleradoras o fondos podría ser una norma ‘no escrita’ que permitiera enlazar emprendedores, tecnología y solidaridad. En iWopi, tras una primera entrada de capital cercano a los 90.000 euros ya han puesto en marcha una segunda ronda de inversión, la cual espera alcanzar 120.000 euros. A fecha de hoy la mitad ya está comprometida. Es en esta fase donde, precisamente, entramos desde nuestro fondo.

 

Emprendedor tecnosocial

Leo que la tecnología, los tiempos que corren y la sucesión de acontecimientos que se derivan de la vanguardia digital podrían ser perjudiciales y negativos para el aspecto humano más esencial. Hoy os relato dos casos que son significativos de cómo la revolución que vivimos como sociedad también toca desde esa piel a todo nuestro entorno. Aquí un par de ejemplos, de muchos otros, que demuestran que tecnológicamente la solidaridad es mucho más potente y radical. Emprendedores tecnológicos y sociales, startups del futuro que no se amedrentan ante lo que debe de ser justo y lo que, por culpa de esa enorme y fantástica metamorfosis que vivimos como especie, no lo está siendo todavía.
El tiempo ubicará a esa cuarta parte de la humanidad que va a perder su empleo en los próximos treinta o cuarenta años, el tiempo y la inteligencia trabajarán para que esos miles de millones de personas logren encajar en un planeta donde el trabajo pase a ser un modo de vida y un mecanismo para generar riqueza transversalmente y así que llegue a una distribución mucho más equiparada. Mientras tanto conviviremos con lo despiadado de ese curso, con la pobreza y la exclusión de quienes no lleguen a tiempo a esa reconversión íntima. Por eso es tan importante que la tecnología, a la que se le culpará de que por su progreso muchos sufrirán, se encargue también de minimizar sus efectos.

Ha llegado el momento de la emprendeduría tecnosocial, es una deuda que la sociedad tecnológica está adquiriendo con quienes no se pueden subir a su carro y que es bueno nos pongamos a pagar ya. Vivimos una ola de aplicaciones y plataformas que intentan beneficiar a quienes menos tienen y valdría la pena estructurar el nacimiento de muchas más. Son aplicaciones móviles, propuestas de crowdfunding y apoyo al comercio electrónico.

Hace unos meses conocí a Rose Broome y me quedé fascinado por la pasión y la delicadeza que aplica a su proyecto. Por un lado es capaz de mover lo que haga falta para determinar por donde quiere que vaya su proyecto y por el otro lo hace con un cuidado extremo sobre las personas a las que afecta. Su compañía se llama HandUp y trata directamente de apoyar a aquellos que no tienen donde dormir. Me contó que decidió ponerse en marcha en crear un proyecto como HandUp al ver una mujer en la calle pasando frío y con una manta muy fina para evitarlo.

HandUp ayuda a las personas sin hogar en San Francisco, dándoles la oportunidad de solicitar donaciones a través de mensaje de texto o un perfil en línea. La compañía edita unas tarjetas de visita para repartir con las instrucciones dirigidas a los que deseen ayudar. Con el dinero que envían los usuarios de la plataforma, la persona sin hogar recibe unos créditos canjeables por artículos a través del Proyecto Homeless Connect .

Lo bueno del modelo bidireccional es que no tan solo se ayuda o se genera un espacio de adecuación de los recursos, mirando los listados y tamaños de los grupos se conciencia de la grandiosidad del ajuste que vivimos como sociedad, de lo enorme que es ese espacio de pobreza extrema y que tras cada fotografía, tras cada cuerpo tirado en un cajero tapado por cartones descansa y se lamenta un ser humano como tú o como yo pero, o con menos suerte, menos capacidad o menos amigos.

Estar cerca de los problemas ayuda a entenderlos en su justa magnitud. Cuando he ido a Africa para ayudar en dos proyectos en los que estoy implicado hace muchos años, la pregunta siempre es la misma: ¿no te da ‘cosa’ ir a esos lugares tan duros para un ‘europeo’? Mi respuesta también siempre es la misma: la vida es lo que vives, es a lo que te enfrentas, no lo que te cuentan o te advierten que es mejor no vivir. 

Otro gran tipo que he tenido la suerte de conocer es Chase Adam, fundador de Watsi. A Caza lo pude escuchar durante un evento en el que ambos participamos en Costa Rica. Allí pensó su plataforma de crowdfunding con la que ayuda a personas del tercer mundo a fin de que reciban tratamiento en temas de salud. Hoy ya lleva financiados más de mil. Watsi trabaja con una red de hospitales y organizaciones médicas. Cuando un paciente entra en una clínica con síntomas que cumplen los criterios de Watsi, el paciente puede optar por el programa, y tan pronto como hayan sido aprobados, podrá ser tratado.

Hay otros proyectos que acercan la tecnología y la emprendeduría social, muchos que tienen bondades y elementos que permitirán hacer menos duro este tránsito hacia un nuevo modelo social y económico. Muchas que van naciendo en todo el mundo. Enumero cuatro más que no tienen ni orden de importancia ni elementos de juicio o envergadura pero que, como las dos anteriores, sencillamente son ejemplos, anécdotas que ojala pudieran ir conquistando el paisaje digital de un modo más evidente.

Os recomiendo echar un vistazo, sintiendo el motivo y no tanto el modo, a estas plataformas que a mi me parecieron delicadamente apasionadas. Son soko, prizeo, homejoy o appsforaptitude entre decenas más que no he podido revisar.

En la aceleradora en la que soy socio, Conector, pusimos como elemento imprescindible que en cada proceso de aceleración hubiera por lo menos una startup de este tipo. ¿Por qué no me dices las que te parecen a ti interesantes de señalar y les damos un poco de publicidad?

Emprendedor social

emprendedor socialNaufragando por las calles hay seres anónimos a los que estamos tan acostumbrados a ver que ya ni los notamos. Aunque caminen junto a nosotros, siempre permanecen lejos de nuestra atención. La vida va a paso acelerado, rápido e imprescindible y nos aleja en un instante de su mundo miserable. A menudo, camino de la cafetería donde desayunaba cuando residía en Madrid me cruzaba con una de esas almas invisibles. No tenía nombre o no quería pronunciarlo, arrastraba un carrito de la compra y, debajo de sus pobladas cejas, aparecía temerosa su mirada, a veces seria y otras triste. Su paso era tibio como la gelatina y aunque pretendía demostrar entereza, la verdad es que se movía como un viejo dinosaurio a punto de caer.
Me fascinaba hablar con él. Lo hice por primera vez una mañana lenta de sábado. Desde aquel día ya nunca lo evité. Fue por casualidad, pero supe que ante mi tenía una vida inmensa. Era un observador implacable, un seductor de palomas y un fascinante escritor en el aire. No le gustaba ir al comedor social de Santa Isabel en el barrio de Chamberí, porque le plantaba de frente y sin filtros, su propia existencia, miserable y solitaria.

De él mantengo en la memoria la última reflexión que me regaló y que por simple me parece brillante. Hacía referencia a una discusión que dos mujeres tuvieron frente a nosotros una mañana. Tras varios minutos de debate estéril, las dos enormes y peludas señoras, pasaron a defender con pasión sus teorías acerca del color del arroz y de la cantidad de azafrán ideal para condimentarlo. La discusión finalizó con la despedida forzosamente doméstica y con la impresión de que las dos mantenían intactas sus ideas iniciales. Mi socio invisible dijo: “Nunca se convence a nadie de nada”. Hace años que ya no lo veo. Se esfumó del mismo modo que apareció, pero para miles de ciudadanos de esa ciudad nunca habrá existido. Seguramente caminaste junto a él o te apartaste de su fétido trayecto. Su vida no interesó a nadie, como la de tantos individuos invisibles que nos rodean.

Somos muchos y hacemos muy poco. Todo el corazón lo guardamos para los programas de cotilleo que hacen en televisión y escuchamos una vomitiva suma de despropósitos, chismorreos, suposiciones, conjeturas, apreciaciones, sospechas, figuraciones, imaginaciones, y mentiras en tarros de mermelada. Miremos de frente con el diafragma abierto de par en par, porque hay gente maravillosa recorriendo esta ciudad disfrazados de espectro.

A ellos va dedicada la emprendeduría social. Tal vez de todas las tipologías, esta es la más poderosa. No hablo de ella pero la apoyo en todo lo que puedo que seguramente es poco. El mecanismo por el cual unos cuantos empujan a otros tantos para mover un mucho todo este oxidado mundo. Los emprendedores sociales son gente innovadora en el proceso de estructurar su modelo de negocio, lo enfocan socialmente, buscan que impacte lo mínimo en los arquetipos de este mundo. Desean influenciar en su cambio y lo deciden hacer desde la creatividad social, desde la emprendeduría basada en la corresponsabilidad y el talento horizontal que llena nuestras calles. Hay de muchos tipos, pero son el mayor ejemplo de que emprendiendo se evita el aletargamiento social y sus consecuencias tan nocivas.

¿Cómo se pasa de emprendedor (a secas) a emprendedor social? En principio las dos deberían de impactar socialmente, una desde el punto de vista económico en exclusiva y el segundo en el enredado mundo de la gestión social. Los microcréditos, los proyectos de acercamiento de las nuevas tecnologías y la colaboración de grupos de apoyo en esos escenarios emprendedores constituyen la columna vertebral de muchos de ellos. El primer factor constituye algo consustancial con el valor de gestionar una empresa, aunque sea de tipo social, no hablamos de ONGs que obtienen su gasolina de eso que llamamos “subsidio solidario limpia conciencias públicas”, sino de la propia aventura de poner en marcha el engranaje de una empresa. Otra cosa es que esa empresa sea más o menos autosuficiente, eso ya se verá.

Del segundo factor, el tecnológico, es innato a cualquier proyecto de emprendeduría social hoy en día. Permite enlazar voluntades, redes y comunidades en una sola dirección de crecimiento y soporte. Hay proyectos de emprendedores sociales vibrantes que nos da idea de cómo puede una sociedad mirar en el espejo del cambio a partir de esos seres invisibles.

Bill Drayton, fundador de Ashoka decía que “los emprendedores sociales no se quedan satisfechos repartiendo pescado, ni siquiera enseñando a pescar. No descansarán hasta revolucionar la industria pesquera”. Seguramente por ello se definen como otro tipo de emprendedor, muchas veces ni eso. Suelen ser una especie de lider social que tiene una determinación enorme por cambiar una situación, que identifica y aplica soluciones prácticas a problemas sociales combinando innovación, captación de fondos y oportunidad. Lo más curioso de este tipo de emprendedor, es que la mayoría de las veces ni siquiera tiene conciencia de su condición.

El emprendedor social es ambicioso pues afronta problemas estructurales y se guía por su “misión”, la de generar valor social y no riqueza. Suele ser gente que maneja bien las fuerzas del entorno que tiene pero con estrategia integradora y generando compromiso. Son gente ingeniosa pues al no trabajar en un entorno empresarial deben movilizar recursos de todo tipo. Este emprendedor es distinto. Se centra en la generación de valor social, innova y comparte sus procesos, considera que eso beneficia el proyecto. No espera la seguridad que aporta algún tipo de canal de liquidez o recursos, considera que no tiene tiempo y se pone en ello igualmente. Les encantan las piscinas vacías. Son gente abierta a la adaptación de sus ideas, a dar nuevas respuestas, pero a la vez son muy responsables con los fines a los que prestan servicio.

La diferencia entre el emprendedor tradicional y el social es que el primero se rige por el valor económico como algo prioritario y el valor social es un medio más que un fin. En el caso del emprendedor social es al revés, lo prioritario es el valor social y el económico pasa a segundo término. La visión del proyecto en el emprendedor tradicional es personal y el concepto cliente es algo claro e identificable. En el emprendedor social la visión es social y asociativa y el cliente es algo parecido a un usuario.

Este post está dedicado a tantos hombres y mujeres invisibles que cayeron vencidos en la guerra de su propia vida, en un país, en un mundo, tan poco preparado para apoyar los sueños de la gente, si de ellos se desprende un gasto inesperado.