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Emprender en un momento único

Ayer se publicó en Axesor, la primera agencia de rating española, un artículo que me solicitó Fernando Martínez. El post debía tratar acerca del papel que juegan los emprendedores, la valoración que se tiene de ellos y si realmente son ellos quienes deben liderar el cambio de modelo que vive nuestra sociedad en muchos ámbitos. Os lo replico parte del mismo y os enlazo con la ubicación original, está aquí.

Emprendedores para un momento irrepetible

La OCDE tiene la manía persecutoria de fijarse en los países con menor interés por emprender. De hecho publican cifras en que alrededor de la mitad de los jóvenes españoles que tienen ocupación (afortunados), trabaja en algo que requiere menos habilidades de las que tienen. De lo que se desprende siempre que la juventud de este país no va al trabajo pendiente de vivir retos, sueños o de conquistar expectativaspara crecer emocional y profesionalmente.

En cierta manera tenemos lo que nos merecemos. La educación es pura instrucción, no hay debate, pensamiento o crítica. Nadie enseña a nuestros hijos el valor del fracaso cuando es sólo un error, a perseguir sueños a pesar de no ser rentables, a emprender como valor moral y no sólo como factor de enriquecimiento. No les enseñan a entender que un negocio es mucho más que una oficina, una fábrica, un campo de cultivo, un comercio o un escenario de venta, nadie les indica que también son espacios de conclusión, de rescate espiritual y de relación humana, de cooperación, de suma intelectual, de talento y de prosperidad.

Emprender hoy en día es, también, un encargo histórico. Un método social para adentrarnos en el futuro. Cada nuevo proyecto, cada nueva idea que se transforma en empresa y ésta se basa en la innovación y utiliza las costuras de la Nueva Economía para armar un nuevo escenario, son los pasos que un país, una sociedad, precisa para convertirse en próspera. Ofrecer futuro no es gratis, de hecho el futuro no es algo que pueda rentabilizarse en el presente, pero si puede cultivarse.

Hubo un tiempo, mil años atrás, que mis referentes me decían que la vida ‘ahí afuera’ era una jungla, una competencia feroz donde solo sobrevivían los más fríos y calculadores, los que lo tenían todo seguro. Me lo creí. Tardé tiempo en ver que así no se disfrutaba y que no era el mundo que yo quería comerme. El pastel del que me hablaban era indigesto y lo que me apasionaba siempre estaba detrás de los cristales de aquellos despachos grises y abarrotados de personas grises.

Puedes leerlo completo en Axesor

De golpes, pedales, levantarse y emprender

Cuando veo a un grupo de chavales golpeando el suelo una y otra vez con sus ‘skates’, bicicletas BMX o patinetes deportivos, suelo quedarme mirando algunos segundos, si tengo tiempo minutos. Conozco mucha gente que cuando se cruzan con estas ‘pandillas’ refunfuñan, se quejan o maldicen en voz baja. Hay gente que los percibe como molestos, intrusivos o mal educados. Cierto que el respeto por la convivencia y el uso urbano de muchos de ellos sería revisable, pero hay un grado de ‘molesto’ en lo que hacen que representa la esencia de muchas posturas sociales y de reacciones a infinidad de contratos que no piensan firmar.
Sin embargo, tras cada salto, cada caída, cada nuevo intento hay una filosofía de la excelencia, de la mejora, del levantarse tras cada error. Un giro en el aire de la tabla, un golpe lateral a una pared con las ruedas o cualquier figura con nombre anglosajón que desconozco y que ellos tan bien pueden listar en una conversación, son centenares de horas de intentos fracasados y dolorosos. Todos amontonados en un éxito aparente. Son así. Es la generación de ‘las vidas infinitas’, del ‘game over’ programado. Crecen asumiendo que tras una derrota en la ‘play’ hay otra oportunidad empezando desde el principio. Tras cada logro, una búsqueda de una figura, de un salto o de un giro aun más complejo y difícil. Viven persiguiendo retos.

Son una metáfora de cuanto debería de dictar nuestra vida cotidiana. El aprendizaje y la excelencia surge de la pasión y la dedicación a pesar de los errores, los golpes y las críticas. Me apena cuando alguien dice que ‘es lo que puede ser’ y no ‘lo que quiere ser’.

Ayer tomé un café con un buen amigo que se marcha de Dublín definitivamente. Me confesó acerca de sus anhelos y de cuanto cree no haber logrado aquí. Me temo que no sabe cuanto se lleva realmente. Todos los sinsabores son en esencia parte del asunto. Le conté que, en mi caso hace mucho que renuncié a cosas que considero complementarias y que no me ayudan a perseguir mis retos o sueños. Ya no cuenta como le contaba a nuestros padres o abuelos eso de tener donde ‘terminar tu vida’. Menuda mierda de expresión. Sabemos que la seguridad dejó de existir en términos económicos. Le ha quedado claro a quienes se embarcaron en ruinosas aventuras inmobiliarias, a los que dedicaron altos porcentajes de sus sueldos en planes de pensiones o preferentes que se han difuminado sin más. Prever el futuro es importante, pero vivir el presente es lo principal.

Ser feliz no depende del tamaño de las ruedas de tu coche sino de ese paseo tranquilo por tu barrio de la mano de quien quieres y pensando que la jornada que termina, aun habiendo sido un desastre, sólo era el día anterior a uno que mañana será genial.

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Le contaba a mi amigo que decidí hace mucho que mi trabajo sería global por que me gusta vivir sin fronteras, agotador porque disfruto con él como si fuera ocio, apasionante porque me permite conocer personas que saben mucho más que yo todos los días, enriquecedor porque a cada paso, a cada vuelo, a cada noche de hotel los minutos se convierten en un reto pendiente, vibrante porque cada nuevo proyecto que asumo es el primero, electrizante porque todo pasa a una velocidad digital e innovadora y brillante porque me ciega la luz que emite todo cuanto quiero hacer todavía. También le confesé que en un tiempo, no muy largo, levantaremos el pie del acelerador para descubrir otras cosas que a tanta velocidad te pierdes. Por eso es tan importante aprender de cuanto no sale como esperas.

Muchas veces las cosas no salen bien. Es obvio. Sólo en esas ocasiones debemos tener más claro que nunca cual es el siguiente paso. Como hacen los chicos del video y sus ‘BMX’, para llegar ahí, antes se ‘rascaron‘ brazos, piernas y cara. Por eso no hay otra que volver a intentarlo. No hay más.

Ministros y emprendedores

A principios del años 2010 un viejo amigo me dijo que había empezado a ministrear. No supe a que se refería y me comentó que era la acción de trabajar ineficientemente para que, si nada cambia, tu ombligo siempre esté a salvo. El verbo ministrear es como conservar. Me dijo que eso que hacía yo, emprender, era algo muy arriesgado y que un día me daría cuenta de que tanto esfuerzo no conduce a nada. Me preocupó que, tras la broma, se encontraba una filosofía social de vida.
Hay gente que no ve necesario ese esfuerzo. El acomodo a un modelo de vida determinado es suficiente razón como para arriesgar demasiado. El problema es que todo es percepción no realidad. Es una visualización de un espejismo que equipara servicios con derechos. Es un modelo existencial en lo económico que ha hecho creer a muchas familias que algunos de sus privilegios son derechos adquiridos, en lugar de pagos a cuenta de un Estado que no siempre podrá afrontar esos modelos. El tema está en que mientras eso funciona, todos felices y la sociedad cada vez es menos capaz de afrontar las dificultades. Cuanto menos capaz sea mejor para los que no quieren perder su estatus de autoridad competente.

Estoy convencido que la política ve a sus administrados como estatuas de sal. Por ejemplo, en un momento determinado, durante una rueda de prensa una ministra de empleo española llegó a decir que la cifra de paro estaba en línea con las previsiones del Ejecutivo, que el incremento del paro se había producido “a ritmos inferiores al año anterior“.

Seis millones de parados y aumentando y eso era aceptable. Sin que se le cayera la cara de vergüenza aseguró que en ese mes, del año anterior, el desempleo subió menos que este. Si tuviera dignidad debería asumir su brutal y absoluto fracaso y su total inutilidad. Sin embargo la mujer no tenía culpa de nada salvo de no entender el momento que vive, de pertenecer a un colectivo de humanos que ministrean y que tampoco han leído la época que les tocó vivir.

Innovación y terror al fracaso

430530En España se convive con más de un 27% de paro, medio millón de personas huyendo de la quema, talento escapando por cualquier rendija y mucha simulación de ayuda a la innovación. Decenas de miles de políticos en cortocircuito, centenares de miles de asesores en tensión por mantener el sillón, dependientes y derivados haciendo tiempo por si la tormenta amaina y millones de drogodependientes del Estado y su teta tóxica haciendo lo posible para que el pueblo no se levante. España es un país en el que cuando se te ocurre algo lo primero que escuchas es “eso no se puede hacer así”, “eso no es posible” o el terrible “siempre se hace de otro modo”. Habría que investigar que relación tiene todo eso: la voluntad de mantener un modelo nocivo y deprimente a partir de la recesión y la permanente parálisis con el susto constante a quien se le ocurre la osadía de querer montar algo distinto e innovador. Que mal visto está el fracaso.
Estoy convencido que “la casta” tiene mucho que ver en como vemos el día a día, en como se construyen muros en la mente de muchos. Que un tercio de la población no tenga trabajo no es grave, lo duro es que estén parados. Si me quedase sin trabajo jamás sería un “parado”, sencillamente sería alguien sin empleo. Ya lo fui en alguna ocasión y sentirme lo segundo hizo que yo mismo inventara mi “puesto de trabajo“. Esas ganas de hacer e inventar que poseen los emprendedores de verdad se basa en la necesidad de innovar. ¿Quien necesita más que nadie ser innovador? Un emprendedor que debe enfrentarse a lo que ya está en el mercado. No tiene otra opción. ¿Quien es mas jodidamente persistente y tocapelotas que un emprendedor que tiene una idea, ganas y toda la energía para tirarse al vacío? ¿A quien le molesta más que a nadie ese tipo? A un tecnócrata apoltronado en su sillón de alcántara al que todo le iba muy bien hasta hace poco y que no necesita de nadie que lo juzguen en sus “tareas”. El establishment se esfuerza en aplatanar, cloroformizar y detener el espíritu emprendedor. Lo creo firmemente a pesar de tanto programa de apoyo y estímulo de juguete que nos presentan todos los días.

Un emprendedor es alguien que se pregunta todo y se muestra crítico con aquello que le molesta, estorba o despista pues se juega el patrimonio, la vida y el futuro. Es muy distinto ver lo que va mal cuando te afecta de verdad a cuando le afecta a otros. Eso es lo que se procura detener. Ese valor. Al hacer eso se elimina la innovación de todo un país. La mejor manera es con el terror, el miedo y la sentencia pública de que si te equivocas no saldrás del hoyo. La gestión del fracaso en España y en Europa en general es contraria al estímulo empresarial. No se valora como factor de aprendizaje sino todo lo contrario, no se entiende que tras un error hay un aprendizaje. Nuestra sociedad está acomplejada, mínima, incapaz de enfrentarse a ese miedo a fracasar, la cantidad de gente que emprende es menor que en otros países. Cuanto menos intentos menos éxitos, cuanto menos éxitos menos competitividad. Es una regla de tres que asusta de lo simple que es y que conduce a la parálisis.

https://twitter.com/marcvidal/status/320855980533493762

Evitar esa parálisis no es tanto por eliminar los factores que estancan una sociedad sino por que en el emprendedor está el tronco de cambio de modelo económico más poderoso. Un emprendedor debe aportar algo que sus competidores, mucho más experimentados, con mayor cuota de mercado y metodología adquirida, tienen y ofrecer respuestas nuevas a problemas de siempre. Considero que si somos capaces de gestionar esa ecuación, todo no está perdido independientemente del resto de factores. Una sociedad emprendedora es una sociedad innovadora y capaz de reponerse a una atonía económica de la que si no es con creatividad y una actitud diferenciada, perpétua.

La innovación es un concepto con el que se llena la boca de muchos pero en España, “sólo el 1% del valor añadido bruto es generado por empresas de alta tecnología y, escasamente, el 4% por las de media-alta tecnología, cuando en los principales países avanzados estos porcentajes son tres veces superiores.En estos momentos, en los que el acceso a la financiación es muy difícil y la demanda interna muy débil, las empresas españolas tienen que mirar al exterior para poder sobrevivir, accediendo a mercados en los que la única manera de competir es ofreciendo productos y servicios que aporten un valor añadido diferenciador. Y esto se consigue principalmente a través de la innovación, entendida como cualquier cambio que, basado en el conocimiento, genera valor”.

En Ticbeat se ha destacado la encuesta oficial publicadas por el INE a finales de 2012 sobre innovación donde las actividades españolas dedicadas a generar conocimiento (I+D), y a aplicarlo para obtener nuevos bienes y servicios (innovación), han disminuido sensiblemente, tras muchos años ininterrumpidos de fuerte crecimiento. Todos sus indicadores, incluso aquellos que parecían más resistentes y que, afortunadamente, eran los que tenían consecuencias económicas más directas, tienen ahora valores menores que antes de esta recesión.

El gasto empresarial corriente en I+D ha disminuido, por primera vez, y lo ha hecho en un 2,37%. Hasta ahora esta magnitud había resistido la crisis, lo que aseguraba que las empresas seguían manteniendo su actividad innovadora, aunque se vieran obligadas a reducir de forma importante la inversión, que antes hacían para mejorar su capacidad investigadora. Muchas de estas empresas podían seguir siendo competitivas y por esto eran exportadoras, pero la pérdida de esta condición puede poner en peligro su supervivencia.

El número de empresas con actividades de I+D también descendió nuevamente, pero esta vez de una manera diferente y más grave. En los años anteriores, la disminución se producía en el segmento de tamaño que va desde los 10 a los 49 empleados. La disminución anual era realmente importante pero podía explicarse reconociendo que en este tamaño las empresas están poco consolidadas y, por lo tanto, son más vulnerables. En el año 2011, la disminución total de las empresas con I+D ha sido del 2,64%, menor que en años anteriores pero, por primera vez, las que más han disminuido han sido las del segmento de empleo que va desde los 50 a los 249 trabajadores, que son empresas mucho más consolidadas y, por tanto, más vitales para nuestra economía.

El porcentaje de empresas innovadoras, tanto si tienen actividades de I+D como si carecen de ellas, pero que renuevan su oferta o su forma de desarrollar su negocio también ha disminuido, de forma que sólo el 31% se reconocen en 2011 como tales. Y los gastos en innovación tecnológica, que incluye también los de I+D, se han visto reducidos en casi un 9%. Como referencia para evaluar estos datos, puede utilizarse el casi 65% de las empresas alemanas o el 47% de las de Finlandia que manifiestan ser innovadoras.

Como es lógico, los indicadores generales de nuestro sistema de innovación han seguido incrementando el ritmo de deterioro iniciado con la crisis. El dato más reseñable es que el gasto en I+D, como porcentaje del PIB, se ha reducido por primera vez en muchos años para situarse en 2011 en el 1,33% frente al 1,39% registrado en 2010. Lo mismo ha ocurrido con el número de investigadores en empresas y en el sector público.

Estos datos demuestran que se está deteriorando el sistema español de innovación que, aunque todavía era pequeño como para convertirse en el motor de nuestra competitividad, ha alcanzado ya un cierto grado de madurez y dinamismo y debería ser la base para cambiar nuestro modelo productivo.

Un deterioro que se produce básicamente justificado por la actual crisis global, cuando los principales países de nuestro entorno están apostando fuertemente, no sólo por mantener, sino por aumentar su capacidad de innovación. Es el caso de Alemania o Francia, que entre 2008 y 2010 aumentaron sus gastos en I+D en más de un 5%.

Le damos credibilidad a un catedrático que llega a ministro o a conseller por alguna extraña razón que desconocemos. Suele gobernarnos gente que jamás pagó una nómina, que no sabe que es lo que sufre una empresa pequeña o mediana, que no conoce que supone un incremento indiscriminado de impuestos o de llamarle “una quita” a un robo legalizado. Un grupo de inútiles que se reúnen para pensar como nos cobran su ineficiencia sin que parezca improvisado y que nunca podrán saborear el amargo sabor del cierre de un negocio. Creemos que saben lo que hacen y que “no es posible la quiebra del Estado pues ello sabrán como evitarlo”. Las pruebas de que eso no es así son infinitas y recientes. Como decía… “nosotros a lo nuestro”.

¿Eres uno de ellos?

eres de ellosDecía Edward Young que “es mejor estar preparado para una oportunidad y no tenerla que tener una oportunidad y no estar preparado“. El hecho que las empresas en España cierren ya no es una consecuencia en si misma, ahora ya empieza a ser también una causa más para el empobrecimiento progresivo de la economía. Es un pez que empieza a morderse su miserable cola. En estos momentos el cese de actividad empresarial en España posee el nivel más alto de su historia. Empieza a no servir ningún principio elemental para explicar el fenómeno. La gente cierra el negocio y ya está. Nada más. Ya no estamos hablando de autónomos que no lo lograron, ni de pymes que cierran asfixiadas, ni de emprendedores que no lograron emprender, hablamos de cierre masivo de grandes empresas que facturan más de seis millones de euros. Es el camino hacia la parálisis.
A pesar de esa música de fondo muchos se tiran al ruedo. Lo intentan haciendo oídos sordos. Lo hacen porque no hay más remedio pues si te paras mueres. Podría hablar de muchos modelos de negocio autodestruidos, de muchos proyectos que cayeron y de otros tantos que están soportando los envites de una mal llamada “crisis” despiadada con los grandes y siniestra para con los pequeños. Podría buscar motivos y lugares, empresas, nombres y directivos, pero no lo voy a hacer. Pondré como ejemplo lo que decidí hacer en un momento de mi vida en el que “la crisis“ llegó a mi vida.

Llevo escribiendo sobre economía una década, es decir, hablar de economía en los últimos años es hablar de crisis sin duda alguna. De eso escribía y de cómo interpretaba yo hacía donde iba todo esto. Llegué a decir en el 2004, cuando las mascotas se ataban con longanizas en este país que “se avecinaba el desastre”. Así fue, llegó. No lo decía yo solo, de hecho me basaba en lo que leía de otros y lo que yo mismo interpretaba. Éramos pocos pero uno cuantos suficientes para entender la gravedad del asunto. Se ha visto que era mucho peor de lo previsto y mucho mejor de lo que vendrá. No lo sabíamos pero estábamos ante el mayor cambio de modelo al que la humanidad tuvo que enfrentarse y eso no era cuestión sólo de quiebras, sino también de partos.

Y en ese punto me dispuse a emprender. Tras dos fracasos sonados en mi vida emprendedora, en 1993 y 1998, decidí volver a intentarlo en el 2004. Me basé en principios tecnológico e invertí todo cuanto tenía. Todo. Muchos me dijeron que estaba loco dejando mi espacio laboral garantizado. Tal vez, pero yo veía que, o me ponía en marcha o los rodillos me aplastarían tarde o temprano. Piensa que si ante ti sólo ves un muro enorme, una pared que se acerca, que no hay más opciones que la colisión, no esperes a que ocurra, o peor, no esperes pensando que se detendrá la aproximación de ese tabique. Todos no deben emprender, sería absurdo, pero muchos de los que no lo hacen por creerse seguros o confiar en que el futuro dará un giro inesperado, deberían hacerlo. ¿Eres uno de ellos?

Emprendeduría en la sangre

A veces pienso que el emprendedor tiene una composición molecular peculiar. Se diferencia de otros individuos por ser creativo en mayor o menor medida, disponer de una gran intuición, incluso si fracasa, de un grado de optimismo patológico que puede perfectamente mezclarse con un espíritu crítico y analítico de la realidad, un emprendedor no es un iluso, es un valiente que decide tirarse por un acantilado sin saber, muchas veces, que le espera allí abajo. Lo hace porque disfruta. A pesar de que vivimos momentos de incertidumbre, de cambio de modelo y de que, en gran medida, muchos emprenden por que no hay más remedio, la verdad es que algunos de ellos, en ese tránsito cercano al acantilado descubren que su condición natural, su ADN, era el de emprendedor.
El emprendedor tiene un ADN compuesto por empuje, decisión, observación y energía para soportar los temporales que se encontrara en su camino. En España, además, el emprendedor suele tener dos caracteres más: la paciencia para tolerar la pesada administración pública y su burocracia e inconsciencia bien entendida para sobrellevar el riesgo de exclusión si te arruinas en este país. Me gustaría destacar que no sólo de emprendedores es la tarea de mejorar nuestro entorno, tiene que ver con muchos otros elementos sociales. La multitud es el todo y es quien debe poner en marcha los resortes del cambio. Los gobiernos y los poderes políticos, públicos, financieros y privados, todos son la clave, pero la sociedad en su conjunto, emprendedores y emprendidos, todos adeudan ese impulso hacía un futuro más equilibrado y activo, donde ser concursante de Gran Hermano no sea el objetivo de millones de jóvenes por que consideran que siendo famoso la vida será más fácil.

En este sentido leí este artículo en Bloomberg Business que os transcribo y traduzco sobre algunas de las consideraciones de nacer, ser o crecer como emprendedor o empresario y que nos viene a cuestionar si eso de ser emprendedor es algo que se lleva en la sangre.

“Se nace empresario. El resto es sólo una cuestión de revelar tu talento oculto”.  Eso, al menos, fue la opinión expresada por la empresaria francesa Aude de Thuin durante la aceptación del galardón de la “Mujer Empresaria del Año en el World Entrepreneurship Forum en Lyon”. Dijo que ese es un viejo debate, por supuesto, cuando se trata de tener éxito en su campo elegido, lo que realmente cuenta solo pueden ser dos aspectos: la naturaleza o la educación. Yo no creo que haya mucha discusión que Usain Bolt nació para correr, o que Miguel Ángel era un genio con un pincel. Al parecer cada vez que aportamos un argumento en uno u otro sentido aparece el contrario para equilibrarlo.

Pero ¿qué pasa en el negocio? Para mí, el empresario es un producto de sus valores de educación, sociales, momentos cruciales de vida y, por supuesto, la buena fortuna de estar en el lugar correcto en el momento adecuado. Después de todo, ¿no es así en la universidad de la vida que se desarrolla nuestra actitud frente a la toma de riesgos, nuestro deseo de emular a otros empresarios, a ruina momentos de pérdida, o aprovechar los destellos de inspiración, o simplemente la necesidad de encontrar una manera de pagar las cuentas al final de cada mes?

A pesar de la dislexia como elemento diferenciador que mostraría algún elemento biológico pues es una condición compartida por muchos empresarios exitosos-como Steve Jobs, Walt Disney, Charles Schwab y Ingvar Kamprad de Ikea, es cada vez más corriente pensar que la educación es la clave. Incluso si nacemos con ciertos talentos es imprescindible educarlos para explotarlos adecuadamente. Esto da una oportunidad sin precedentes para las escuelas de negocios para ayudar a desarrollar la próxima generación de creadores tanto de la riqueza y de la justicia social.

Dado que es difícil encontrar una escuela de negocios que no pretenda enseñar el espíritu empresarial en estos días, ¿podrían realmente ser los catalizadores para crear la próxima generación de Zuckerbergs, Bransons, o pioneros como Muhammad Yunus? Echemos un vistazo a la India, por ejemplo. En los últimos 20 años ha habido una proliferación de la educación empresarial en el país, hasta el punto que ahora tiene una de las mayores poblaciones de MBAs en el mundo. Y al mismo tiempo, el prestigio de las carreras tradicionales en el derecho, la medicina y la administración pública parece estar disminuyendo. Los empresarios indios son ahora las nuevas estrellas de Bollywood. ¿Podrían las dos tendencias, posiblemente, estar conectadas?

En definitiva, el artículo habla de talento, genética y poco de situación y coyuntura. Creo que hay que tener en cuenta que hay momentos que provocan la proliferación de emprendedores, estos tiempos pueden ser evidentemente uno de ellos. Sin embargo un consejo: ni caso a los hipotéticos planes para apoyar a emprendedores y simulacros parecidos, no existen, son más de lo mismo, discursos vacíos para fanboys de partido que no han montado una empresa en su vida, y lo peor, no tienen intención de cambiar.

Muerte al 'Business Plan'

Mi columna en el diario ABC de esta semana se titula “Muerte al Business Plan“, y explica una de las conversaciones que tuve con Jack Welch hace un tiempo acerca de como se debía gestionar el documento previo a montar un negocio. Welch está considerado el mejor CEO de la historia y sus carrera avala una capacidad para convertir en una máquina de hacer dinero compañías con dudas sobre su futuro inmediato. El artículo relata la parte en la queeste hombre asegura que no hay ideas nuevas ni que éstas puedan ser factibles de generar otras brillantes, que todo está inventado. Sigo en desacuerdo con él, pero si entiendo cual es el motor de la innovación para su generación. Ahora bien, cuando Welch asegura que el Business Plan, el plan de negocio de toda la vida, es un falaz argumento para inversores, que no sirve para dirigir una empresa y que suele ser, en los tiempos que vivimos, energía desaprovechada estoy completamente de acuerdo. Os dejo con el artículo que complemento con otro texto al respecto ya publicado con anterioridad.

Conocí a Jack Welch hace unos años. ¡Mi suerte! Compartí con el mejor CEO del siglo XX unas horas en Capri durante unas jornadas sobre Nueva Economía. Recuerdo el debate que se produjo al finalizar el evento, durante un encuentro informal. Mientras yo defendía que lo más importante en un proyecto empresarial eran las ideas y el plan de negocio que lo llevaría a destino, él me aseguraba que “las ideas geniales no existen” y que “el business plan deberían erradicarlo”. Sobre las ideas (geniales) defendía que éstas no existen y que todo está inventado. Lo soportaba sobre la curiosa “teoría estructuralista de los cuentos” de Vladimir Propp. Según ésta, hay trenta y un esquemas dentro de los cuales es posible encaber cualquier cuento, historia o novela que se haya escrito o narrado. Chico conoce chica, transgresión, alejamiento, prueba del héroe y otros tantos que se van combinando para generar toda la litaratura existente. Igual sucede con la innovación decía. Todo está inventado y lo fascinante es la combinación eficiente de esos factores.

Con el tiempo he descubierto que el esfuerzo más intenso radica en la búsqueda de un problema. Pensé que si quería grandes beneficios, debía solucionar grandes problemas. Si le pasó a Steve Jobs ¿por qué  no puede pasarte a ti?. En lugar de pensar en un gran producto que volviera a posicionar a Apple en la cabeza tecnológica, Jobs se dedicó a indagar“el gran problema”. El rompecabezas que localizó situaba a la industria de la música en el punto de mira. Como las discográficas y autonres no lograba superar la quiebra que suponía la descarga masiva y gratuita. Pensó eniTunes y creó un portal donde se cepilló la cadena de valor tradicional en el negocio. Lo hizo apostando por el problema y entregando la solución: 99 centavos de dólar por canción. Lo logró porque no tenía otro remedio. Si Steve Jobs hubiera fracasado en base a un Plan de Negocio hubiera aportado su plan B, C, D o E y así hasta alcanzar una solución. Lo hubiera logrado porque había elegido muy bien el problema.

El business Plan no es más que una opción de ruta, una línea que nos cuenta donde estamos y como pensamos lograrlo, no lo que vamos a lograr. Welch me dijo en el aeropuerto de Nápoles, dos días después, que el error no era el modelo de emprendeduría y la dependencia de su plan director, según él, el disparate que cometemos los europeos es que “siempre esperan que los gobiernos lideren la economía”. No piensan en el problema, sólo en el plan del negocio. Él tomó su jet privado y yo esperé en la sala GroundForce un tiempo más a que un A321 me sacara de allí. Revisé mi Mac y mandé a la papelera alguna idea “única” y la convertí en papel digital reciclable.

A veces hay artículos que se complementan con partes de otros anteriores. Este parece el caso. Hace tiempo hablé de que “lo importante no es el avión, lo esencial es volar“ y lo expliqué en la parte final así:

Nos hemos quedado sin ideas. Vivimos el origen de una nueva era, un nuevo modelo económico impulsado con vientos desconocidos. Los que entiendan que es tiempo de veleros y no de lanchas motoras sobrevivirán, crecerán y serán mucho más eficientes. Los que escuchen a esos dirigentes perdidos que cambian sus previsiones una y otra vez, que esperan un salvavidas o una subvención, lo pasarán francamente mal. En estos días de convulsión financiera, a minutos de la quiebra del sistema, lo que menos precisamos es ser dirigidos por quienes nos metieron en esto. A los políticos se les llenará la garganta con la palabra “emprendedor”. Sería un error esperar de quienes apenas emprendieron nada en la vida se les suponga ahora una capacidad lírica para estimular la economía. Son gente sin ideas que confunden el fondo con el papel celofán que la envuelve. La realidad paralela en la que viven es de vergüenza ajena. Todos los malabaristas que nos gobiernan son de cartón piedra y es obligación del resto asumirlo y tomar conciencia. Es nuestro tiempo, momento de crear algo nuevo. Como interpretaba Eduardo, si seguimos paralizados, esperando que otros lo resuelvan, nos iremos apagando poco a poco. Tiene más valor una idea que lo que se produce con ella. Lo esencial no es el avión, lo esencial es volar.

¿Y si te sale mal?

Hace algún tiempo, en una de las conferencias “tipo” que solía ofrecer y que, en ocasiones, todavía adapto, que versaba sobre estímulos emprendedores, las finalizaba con un imperativo que sorprendía y que generaba diversidad de opiniones. Tras describir diferentes elementos de valor sobre la emprendeduría aportaba el que para mí es uno de los elementos más determinantes: el fracaso, el error. Sigo creyendo que equivocarse es estimulante, considero que cada vez que he descubierto el amargo sabor de la quiebra he liquidado alguna barrera, sentimiento y, sobre todo, he superado mis propios miedos. Esa ponencia modelo terminaba con un “equivócate, pero equivócate cada vez mejor”.
En ese punto de compromiso con la superación personal y profesional se enfoca el perder el temor a intentarlo, a sumergirse en modelos de negocio inciertos y en la innovación permanente. Hay ecosistemas como Silicon Valley u otros donde la clave del éxito está siendo afrontar el error como patrón de crecimiento. Allí se dice algo así como “Fail Fast, fail often”. Equivócate pronto, equivócate mucho. Obviamente no estoy haciendo apología de la locura ni de que las cosas se puedan hacer sin una estrategia adecuada, estoy diciendo que se debe buscar el placer de procurar que algo es posible y que durante el trayecto será apasionante perseguirlo. Yo defiendo el “errar hasta acertar” lo que para mí es la clave de la innovación en los proyectos digitales.

Leí en un artículo reciente publicado en La Vanguardia y que difería de otros que se suelen enumerar en los “news” de Los Ángeles que lo más energéticamente capaz de mover a un emprendedor es la pasión y que precisamente esa pasión es el antídoto ante la parálisis que produce el fracaso a fin de volverse a levantar y activar los muelles que te levantan del sofá social una vez más:

¿Y cual es el combustible que más vamos a necesitar en este largo viaje de la prueba y error? Sin duda, la pasión. Pasión para probar nuevos modelos de negocio o nuevas estrategias. Pasión como la que tiene el fundador de Wikipedia por la educación, los de Google por compartir información y hacerla accesible, y Bill Gates por los ordenadores, por poner algunos ejemplos. Siendo ellos perfectos ejemplos de que no siempre se acierta a la primera.

Porque lo que se respira más en Silicon Valley y toda esta zona del norte de California, es sobre todo pasión. Por los diferentes trabajos, proyectos o ideas. O simplemente pasión por la formación. Sin duda, la Universidad de Stanford junto la Universidad de Berkeley, Silicon Valley y la Bay Area, forman un ecosistema único que fomenta, motiva y enaltece la emprendeduría, la iniciativa empresarial, el desarrollo de nuevos negocios y el riesgo profesional. Pero toda esta formación, facilidades y coworking no serviría de nada sin el principal de los ingredientes que es el que nos hace intentarlo cada mañana.

Pasión que por ejemplo se ve y se destila en cualquiera de los “elevator speech” en los que debes ser capaz de explicar tu idea de empresa o modelo de negocio en menos de un par de minutos que es lo que se supone que dura el trayecto en el ascensor, y convencer en ese mismo tiempo tus acompañantes para que participen en tu proyecto ya sea económica o profesionalmente.

Pasión es lo que mueve a miles de personas de todo el mundo a desplazarse a este lugar de EEUU para poner en marcha sus proyectos empresariales atraídos por la facilidad de encontrar talento, inversión y apoyos públicos y privados. Pasión por creer que con voluntad y esfuerzo, todo se puede hacer realidad.

Sobre el ímpetu por montar proyectos empresariales cada vez más innovadores la gente que no me conoce mucho me suelen preguntar aquello de “¿y si te sale mal?”. La percepción de empresario en esta sociedad muchas veces está ligada a la de alguien que únicamente busca su beneficio, y que, si esto no fuera algo negativo, representa que es capaz de hacerlo a cualquier precio y a costa de lo que sea. Obviamente habrá alguno, pero estereotipar a un colectivo es simple, sea quien sea el grupo afectado. La respuesta es sencilla: “si sale mal, disfrutaré el trayecto”.

Vivimos en la sociedad de “no lo intentes sino vas a lograrlo”. Para los bancos y profesionales afines, para el cuerpo social en general, los intentos no vales, el aprendizaje que se logra en el salto no es válido, lo que cuenta es conseguir el objetivo. Y no debería de ser así, sin tentativas no se puede saber si se logrará. No puedes saber si las cosas van a ir bien o mal.

Sabemos que van mal por un mero hecho darwiniano. Como nuestra sociedad está acomplejada, mínima, incapaz de enfrentarse a ese miedo a fracasar, la cantidad de gente que emprende es menor que en otros países. Cuanto menos intentos menos éxitos, cuanto menos éxitos menos competitividad. Es una regla de tres que asusta de lo simple que es. Uno de los caracteres de los emprendedores mejor expuestos es que siempre están en crisis. Aceptan esa condición como un elemento básico. Un tipo que se pone en marcha con un proyecto que aun no está consolidado, que se enfrenta a mil obstáculos y que además está obligado a superar sus miedos y los estereotipos de una sociedad drogodependiente, es alguien que acepta la crisis como su estado de ánimo y su ecosistema natural. No recuerdo un solo proyecto de emprendeduría en el que alguien del equipo societario inicial cobrase un solo euro desde el principio.

La crisis está tatuada en cualquier proyecto emprendedor y eso lo debería hacer fuerte y dinámico. Aceptar que el fracaso es una posibilidad evidente ayuda a entender el proceso de emprender. Montar negocios en este país es tóxico, especialmente para la clase dirigente. Les produce sarpullido. Prefieren las manadas sindicales bien estructuradas y controladas. Aquí todo el sistema gira alrededor de ajusticiar al emprendedor que fracasa y con ello se afianza el miedo al fracaso. Es el modo por el que se le quitan las ganas a los que pensaban ponerse al frente de algún proyecto. Para los que les haga zozobrar ese pánico, para los que el pavor a caer heridos en el intento de emprender les paralice, dejadme que os advierta que perderlo todo, una o dos veces es algo muy nutritivo. Yo he pasado por ello.

Aunque suene a locura, os aseguro que arruinarse es algo maravilloso. Enseña una barbaridad. Un emprendedor fracasado es un cadáver económico con un reto ante si de incalculable valor por estar obligado a poner en marcha toda la maquinaria de supervivencia, ese talento latente que no nos enseña nadie a activar.

Yo he fracasado más de una vez y me he levantado. Eso puedo decirlo con la voz bien alta pues para mí es algo consustancial al éxito que debiera llegar tarde o temprano. Y si no llega, da igual, lo divertido fue intentarlo. En estos tiempos complejos, lo sofisticado y la adición de voluntades proporciona energía. Recordad que la clase dirigente no quiere que nos reconozcamos entre nosotros. Si entre los emprendedores hubiera la opción de reconocernos, si entre los autónomos se generase un modelo organizativo eficiente, otro gallo cantaría.

Idear, innovar, emprender

El pasado viernes ofrecí una conferencia sobre innovación, generación de ideas y como la creatividad es el verdadero material catalizador del espíritu emprendedor. Durante una hora escasa comenté lo que para mí es una idea. Algo curioso, os lo aseguro. A veces no es tan importante definir un concepto como sentirlo. Definir un hipopótamo es sencillo, sentirlo no. Saber que se te ha ocurrido algo es factible, pero el sabor que produce sentirla es incomparable. Una idea no es más que una proeza de asociación de viejos elementos, una síntesis de lo complejo y una combinación extraordinaria de factores que por si solos no generaban un alto valor. En base a eso, me limité a definir mi método. A  lo largo de muchos años he ido creando proyectos, empresas, organizaciones sin ánimo de lucro, fundaciones, asociaciones, jornadas y cosas peores. Lo único que está presente en todo ello es la creatividad. Esa fue la base para toda la ponencia, la de relatar con ejemplos e historias en primera persona los once aspectos que para mí son esenciales a la hora de generar ideas emprendedoras.
En primer lugar es fundamental, aunque parezca una obviedad, prepararse para tener ideas. La mejor de las maneras es cultivando el sentido del humor y las herramientas para divertirse. En concreto puse el ejemplo de que cuando tengo una reunión con mi equipo, antes de que se describan las ideas de cada uno, yo ya tengo claro quien tendrá la más buena. Suele ser quien sonrie, quien se lo pasa bien. A veces no me queda claro si se lo pasan bien porque tienen buenas ideas o tienen buenas ideas porque se lo pasan bien.

En segundo lugar comenté lo importante que es estimularse para pensar. Sin estímulos no hay creatividad en la mayoría de los casos. El hombre puede vivir minutos sin respirar, días sin beber, meses sin comer, pero puede vivir años sin pensar. Por ello hay que darle cuerda. Expliqué casos que demuestran que el cerebro humano es una máquina extraordinaria que con estímulos adecuados logra hacer cosas que aparentemente son inasumibles.

El tercer punto era pensar como un niño, pero un niño antes de ir a la escuela, justo cuando todavía preguntan cosas como “la edad de la luna” o “el porque las personas trabajan”. Debemos ser capaces de preguntarnos cosas desde el punto de vista de un niño antes de ir al colegio. Los niños entran en el sistema educativo con un interrogante y salen con un punto y final. Una pena.

Hablé de lo imprescindible que es obtener mucha información. En mi caso, este cuarto punto está monopolizado por viajar. Creo firmemente que viajar, vivir en múltiples países y haber rodado por el planeta de este modo durante más de una década me ha permitido tener una manera de ver las cosas que me permite generar ideas complejas. Viajo casi 300 días al año y visito unos veinte países en ese período. Es fascinante todo lo que descubro no saber en cada destino. Intento siempre estar en algún destino desconocido cada seis meses como mínimo. Busco sustituir el mirar por el observar, el respirar por el vivir y el pensar por el cambiar. No es fácil, pero es una experiencia vital extraordinaria.

El quinto punto para ser creativo y emprendedor es valorar el fracaso. Hay que ser un poco loco para saltar por un acantilado una y otra vez tras un fracaso, tras una ruina. Sin embargo les aseguro que el viaje es lo apasionante, lo maravilloso. Como decía Woody Allen “yo no tengo miedo a morir, simplemente no quiero estar allí cuando eso ocurra”. No soy un suicida pero tengo claro que el valor contra el fracaso es parte sustancial de la creatividad emprendedora. Un buen batacazo ayuda a pensar más en la siguiente y enseña mucho. Sería de ilusos pensar que el coraje es la ausencia de temor, para nada, el valor es seguir adelante a pesar de sentir el terror a fracasar. Recordemos que no hay malas ideas, sólo reconversión de los hechos. Edison tendría mucho que contarnos sobre los errores que cometió antes de llegar a encender la primera bombilla.

Os confesaré que cuando me rechazan una idea no me lo tomo demasiado mal. En 16 años que llevo en esto de montar y desmontar negocios he tenido que irme más de una vez de una sala con la sensación áspera del rechazo. Con el tiempo aprendí que eso era una buena noticia. Era la oportunidad impagable de poder mejorar mi proyecto. Cuando les digo a alguno de los emprendedores que me traen sus “ideas” de negocio para que las analice e invierta que su proyecto no está suficientemente desarrollado o que es una idea aun por depurar, pocos son los que se van con una sonrisa y un reto entre los dientes. La mayoría, y eso es preocupante, se van con un gesto similar a “no sabes lo que te pierdes”. Probablemente me equivoque alguna vez, pero seguiré recomendando valorar el rechazo y el fracaso por igual como modelos de aprendizaje y mejora.

El sexto elemento para mi clave a la hora de tener ideas emprendedoras es el pensamiento lateral. Expuse diversos ejemplos que divirtieron a la audiencia al demostrar que muchas veces somos nosotros mismos los que nos ponemos las barreras mentales. Por ejemplo cuando un tipo nos pide que hagamos volar un papel lo más lejos posible y tras todos hacer una avioncito, va él y con una bola de papel arrugado llega más lejos que ninguno. Simplemente nos dijo “haced volar un papel” no que ese papel tuviera que tener forma de avioncito. Eso es pensar lateralmente. Al finalizar la conferencia la audiencia me felicitó por los diversos ejemplos de pensamiento lateral que expuse. Me divertí mucho con toda esta parte de la sesión.

El séptimo punto se refería a redefinir el problema. Concretamente a modificar los discursos tradicionales de los problemas. No generar nuevos problemas al problema principal suele rebajar al capacidad creativa. Como decía Picasso, “las computadoras son inútiles, pues sólo dan respuestas”. No nos comportemos como computadoras y generemos problemas y no tantas soluciones. Mi pasión son los “solublemas”, que cada solución genere un nuevo problema.

El octavo punto se refería derribar barreras. De hecho ahí suelo soltar una frase que me acompaña a diario: “cuando no hay viento, remo”. Es decir, cuando no tengo claro quien o que me va a ayudar o impulsar, voy yo mismo y me pongo en marcha. Tomo las riendas de mi propio destino y no me espero a que me den palmaditas.

El noveno punto es el de olvidar para inventar. Recomiendo hacer un fuerte ejercicio de pérdida de memoria para regenerar las ideas y combinar viejos elementos con nuevos totalmente limpios de toxinas mentales. Anestesia temporal, amnesia genérica para aprender, para innovar. Expliqué algún caso personal por el que hacer ese esfuerzo amnésico me permitió salvar mi patrimonio en alguna apuesta emprendedora arriesgada. El miedo y la memoria suelen ir juntos.

El punto décimo trataba de impulsar la acción propiamente dicha. Tener una buena idea y no llevarla a cabo es algo similar a no tenerla. Al final la clave es ponerse en marcha y lanzarse al error. Mi credo es el de “hazlo tú mismo, equivócate y persevera”. Al final del evento alguna persona me intentaba justificar que no podían llevar a cabo algunos proyectos basados en “buenas” ideas. No tenían dinero, le dije: pídelo. Me dijeron que no tenían tiempo, les dije: levántate antes. Me confesaron que no sabían del tema, les contesté: aprende. No hay excusa, ya sabes como tener algo de dinero, ganar tiempo y saber del tema.

El punto once defendía el valor de pensar en común, de ponerse en marcha en equipo y de impulsarse a partir de los factores que permiten sumar de manera exponencial en lo que se ha llamado “propiedad emergente”.

En definitiva, once puntos para pensar, para idear, para proyectar y para emprender. Seguro que hay más, seguro que hay otros mejores, pero estos son los que yo utilizo para inventar. Algunas veces ha resultado.

Discúlpeme, pero...

En el 2009 la UE a través de un programa vinculado al Seventh Growth Program inició un proyecto tipo Erasmus pero en el que en lugar de estudiantes lo que se intercambiaba era emprendedores. En ese programa en el que el estudiante emprendedor realizaba un stage de 1 a 6 meses con un empresario “acogedor” se generaban escenarios empresariales de tipo tecnológico en su mayoría pero también se pudo contemplar otro tipo de sueños más analógicos.  Se trataba de poner en contacto a nuevos emprendedores con emprendedores experimentados. El emparejamiento de emprendedores con empresarios del país receptor se llevaba a cabo con la ayuda de casi un centenar de organizaciones intermediarias especializadas en servicios de apoyo a la empresa (Cámaras de Comercio, Incubadoras de empresas, Centros de StartUps, etc.) repartidas por toda la UE.
En gran medida, si algo caracteriza el escenario de occidente y anglosajón especialmente es que el fracaso es un incentivo. Intentar es consustancial con el error y el error con el intento. Si no se lanza uno a buscar sus sueños, aunque duela, nunca se alcanzarán. Hay países que premian esa dedicación, ese arriesgado tránsito entre lo más difícil. Otros lo castigan y de manera severa.

En España si lo intentas y va mal, se acabó. Bueno, no del todo, pero si es muy duro levantar cabeza. Cuesta mucho resarcirse. Se logra con mucho aval externo, ocultando los fracasos y esperando que los éxitos venideros permitan entrar en un ciclo de confianza crediticia. Terrible puesto que se pierde el gigantesco valor que proporcionaría en una sociedad en crisis de emprendeduría que muchos de los que ahora ya tienen experiencia en montar negocios, y en sus peligros y dificultades, volvieran a intentarlo. No lo hace y perdemos ese gran activo. A veces uno parece que debe pedir excusas por haberlo intentado arriesgando todo lo que tenía y, cuando salió mal, encima todo te empuja casi a pedir perdón. Discúlpeme pues fracasé, pero le aseguro que aprendí una barbaridad para equivocarme mucho mejor la próxima vez.

Equivocarse mejor

Hace algunos meses hice referencia en una charla a mi viajé a Mauritania de 1997. Lo enmarqué en una conferencia sobre innovación y sobre fracasos bien concebidos. Innovar fracasando para aprender o aprender fracasando para innovar. No me pregunten el motivo de esa huida. Aun no le tengo claro ni yo mismo. Lo que si sé es que marcó mi vida. Justo en el instante en el que mi vida empezaba a tomar un tono de éxito irresistible y, tras mirarme en el espejo, consideré que yo no era a quien veía en frente reflejado. Decidí ir a conocer, por unos días siquiera, un destino que ahora se antojaría complicado y difícil: el interior del desierto mauritano, entre Mali y Senegal.
Llegué a Nouakchott en julio. Los peajes que tuve que pagar desde Ceuta hasta la capital mauritana mejor no lo recuento. Recorrimos durante unos días la costa atlántica de Marruecos y, junto a Francis, Montse y Carmen, nos fuimos adentrando en territorio saharaui a medida que nos daban paso los múltiples controles que en aquella época sólo tenían un propósito: la extorsión de “viajeros” como nosotros.

Una vez llegados a Nouabhidou vique lo del desierto y el verano no habían sido buena idea. Aun no tenía ni la más remota idea de lo que iba a descubrir tan solo una semana después. A los pocos días mis compañeros de viaje me confesaron que por ellos, la aventura africana había tocado fin y que emprendían el regreso. Mi decisión de permanecer algún tiempo más y buscarme la vida para moverme por allí y volver unos meses más tarde, sería la decisión más determinante de mi vida. Por lo menos en lo que tiene que ver con la vocación de emprender proyectos y al modo en el que me enfrento a un plan de negocios.

Me alquilé un todoterreno algo más destartalado que el que habíamos tenido en propiedad durante todo el viaje anterior y me dispuse a ir hacia la capital Nouakchott. En aquella época esa ciudad era una amalgama de casas, chabolas, avenidas turbias por la arena en suspensión y callejuelas sin nombre que conducían a lugares secretos. Con las horas el lugar se hacía más complejo y sofisticado y poco a poco percibías que sus gentes conformaban un curioso engranaje por el cual todo parecía funcionar. En la mayor extensión de miseria en la que yo había estado en mi vida, había un curioso aliento de orden y ánimo. Todo estaba por hacer mientras todo se hacía.

Aunque la capital parecía un lugar interesante para aprender, pensé que en el desierto me esperaba un mayor conocimiento. Creía que eso del silencio de la noche en algún oasis o el calor intenso por las carreteras desdibujadas acabarían por proporcionarme lo que estaba buscando. Sin embargo, todo eso no era nada. Lo que me esperaba en una aldea llamada Chinguetti marcaría el futuro de mi propia existencia.

Recorrer los quinientos kilómetros que separaban la capital mauritana de esa otra población rodeada de dunas fue un calvario. No se podía hacer por aquel entonces por una de las vías que ahora si existe y se debía de tomar la ruta hacia el norte y circular en paralelo a la vía de tren que lleva de Nouabhidou a Choum y Atar. Eso estaba en el norte de
Mauritania y era el único trazo uniforme que permitía saber en que dirección se circulaba. El camino duraba dos jornadas enteras, con una noche que las separaba. El mal estado de las pistas y la dificultad para descifrarlas no ayudaba a avanzar con cierta velocidad. Ese recorrido, tras la primera vez, lo haría en seis ocasiones más.

Cuando hacía ese trayecto, diseñaba la noche que debía pasar a medio camino con sumo cuidado. Primero por precaución y en segundo lugar para vivirla lo más intensamente posible.  Procuraba que alguna aldea no quedara a más de una hora caminando de donde acampaba por si en algún momento precisara de ayuda. También sabía que la tienda “antiarácnidos” debía montarla junto al vehículo a fin de que las dunas más cercanas no me engulleran mientras dormía. La oscuridad de la noche en el desierto no tiene comparación con ninguna otra. Es un negro luminoso, perfecto para imaginar proyectos de vida, profesionales, personales. Todos los emprendedores deberían pasar una noche en el desierto en algún momento de su vida.

Recuerdo todas y cada una de las noches que pasé allí. Eran frías y desagradables, para que engañarnos. La cena aliñada con arena por culpa del viento persistente y el silencio tibio del Sahara de fondo, no eran ingredientes para el goce y el disfrute. Además, una vez te metías en la tienda, el áspero sonido de los escorpiones rozando contra el lateral inferior del tejido aislante no hacía más que animarme a no salir en toda mi existencia. Sin embargo, curiosamente, cada semana esperaba esa noche con ilusión porque el amanecer solía ser majestuoso, bello y enorme. El viento se dormía a primera hora del día y, normalmente, dejaba un cielo púrpura a modo de tablero para que al fondo, una luz intensa, blanca, brillante y nerviosa lo agujereara. Una lámpara vibrante. Durante una hora esa luz iba acercándose. Era un tren. Una culebra amarilla de tres kilómetros de largo que aparecía de la nada y que con su rumor ensordecedor y su tamaño lo llenaba todo. El alboroto se te quedaba grabado durante minutos. La imagen espectacular de ver un monstruo infinito repleto de personas apretadas hasta lo imposible en el único tren del día se galvaniza en blanco y negro para siempre en las callejuelas de la memoria de quien lo ve.

El destino era siempre el mismo: Chinguetti. Un pueblo, aldea, municipio o ciudad, depende de cómo se interprete su historia. Fue fundada en el siglo XIII y fue un centro de caravanas entre el África del norte y la subsahariana. Llegó a ser una metrópolis de gran importancia hace trescientos años. Fue la población con mayor número de bibliotecas por habitante del continente africano. Posee manuscritos sobre ciencia o religión del siglo IX por ejemplo. Es una ciudad santa para el Islam y es patrimonio de la humanidad desde un año antes que yo pasara por allí. Le llaman “la puerta del desierto”. Sólo se podía llegar por pistas de tierra y su gente era tremendamente amable y acogedora. Es curioso como los que menos tienen siempre son los que más dan.

Lo que me atrajo de esa ciudad eran esos detalles sobre su cultura y su curiosa manera de enfrentarse a largos años de sequía, epidemias y hambre. Me interesaba saber como una población de apenas tres mil habitantes disponía de un registro de más de quince mil. Al parecer, la diferencia eran nómadas. Gentes que buscaban pastos y agua para sus ganados.

En mi primera estancia conocí a Aman Ussunduff. Se pasaba el día en la otra Chinguetti. Si, había otra. Una población en obras a unos dos kilómetros de donde vivían todos. De una manera muy desordenada y sin una dirección de las obras adecuada, un grupo de habitantes del municipio se lanzaban cada cierto tiempo hacia un objetivo común: rehacer su hogar de nuevo.

El avance incesante del desierto estaba provocando que una parte de Chinguetti quedara inutilizada. La lengua de arena ya cubría algunas casas y amenazaba con engullir todo el pueblo en unos años. Les seguí durante algunas jornadas, viendo como medían, interpretaban planos y modificaban proporciones. Con el tiempo Aman me permitió preguntar y razonar sobre lo que hacían.

No era la primera vez que los habitantes de Chinguetti reconstruían su ciudad. Lo habían hecho una vez antes y algunos aseguraban que más veces. Al parecer, el desierto ya se tragó la ciudad hacía varias generaciones. La decisión de haber reconstruido la ciudad apenas unos metros más allá de la originaria supuso que ésta entrara en la misma crisis natural que la anterior. Mi pregunta, tras unos días sorprendido por el empeño poco uniforme pero constante de algunos jóvenes en rehacerla a pocos metros de nuevo, era clara:

Assan le dije . ¿Por qué no rehacéis la ciudad veinte o treinta kilómetros más allá? Evitaríais que el desierto, en su avance implacable, vuelva a engullir Chinguetti, y con ello, que otras generaciones posteriores deban, otra vez, acometer tan duro trabajo.

El hombre me miro, y ladeando la cabeza una y otra vez, negando mientras yo hablaba, me dijo:

-Eso sería una terrible tragedia. Evitaría que otros pudieran hacer la maravillosa labor que nosotros estamos haciendo. Reinventarnos sobre nuestra propia desgracia.

Nadie hasta la fecha me había dado una lección tan grande. Los errores son un modelo de aprendizaje que no debemos prohibir a nadie. Ese pueblo tenía el valor y la suerte de poder reconstruir su ciudad corrigiendo los defectos de la anterior. Así lo habían hecho y así lo iban a seguir haciendo. Cada nueva oportunidad provenía de una voluntad de que su proyecto sufriera un final. Es como emprender un proyecto sabiendo que tarde o temprano morirá y con su muerte aparecerá la oportunidad de emprender uno nuevo que versione el anterior y lo mejore.

Desde entonces, cada proyecto, cada iniciativa que pongo en marcha surge de ese valor, del valor del intento permanente, del entendimiento que en los negocios o en la vida, equivocarse es fundamental pues responde a la iniciativa. Si no hacemos nada no nos equivocamos. Devorar una ciudad es algo lento para un desierto, tragarse un proyecto emprendedor por el sistema es algo relativamente sencillo, pero los dos casos responden a la naturaleza orgánica de los escenarios en los que se suceden. Por ello es importante en los dos casos saber que en esa aventura está la evaluación continua de los emprendedores.

Una sociedad incapaz de valorarse así misma, de aceptar sus errores y poner los resortes para recuperar el tiempo y corregir los mecanismos que no le permiten avanzar, es una sociedad caduca y destinada al fracaso.

La sociedad que no arriesga, no avanza. Hoy en día el valor de equivocarse parece un síntoma de final irrecuperable, cuando debería ser todo lo contrario. Sólo se hace gigante aquel liliputiense capaz de acumular errores. Un buen empresario no lo es hasta que no ha fracasado alguna vez. En Estados Unidos ese valor prevalece en cada proyecto que sus ciudadanos ponen en marcha. No hay fracaso malo, sólo hay oportunidad fallida. Hay más. En nuestro país y en algunos de nuestro entorno inmediato entrar en default es sinónimo de imposibilidad de poder afrontar otro reto emprendedor en tu vida. Las catalogaciones contra el histórico crediticio te amputan todas las opciones. Ese es uno de los motivos por los que, poco a poco, hemos ido deconstruyendo una sociedad que en su momento estuvo llena de vida.

Si recuperamos el entusiasmo por el error, habremos dado el paso más importante. Si, además, acentuamos el valor que eso tiene, como hacen en Chinguetti asumiremos que equivocarse es la gran oportunidad de volver a empezar con todo lo que eso conlleva en materia de corregir lo ineficiente. Un colectivo social capaz de alejarse de los tópicos y reglas para lanzarse por el tobogán de los desaciertos, será un grupo mucho más fecundo.

Este texto es un extracto del capítulo “el Valor de Emprender” de “Contra la Cultura del Subsidio“.

#nanoemprendedores

Mi equipo anda loco estos últimos días. Una especie de virus que genera un lenguaje más simple, sencillo, claro y con un vocabulario más infantil. Esa locura recorre las sedes de Barcelona y de Londres, las dos oficinas implicadas en el proyecto que propuse para llevar a cabo las conferencias sobre emprendeduría pero para niños. Llegaron más de un centenar de peticiones de las cuales hemos seleccionado la mitad para ir adecuando a las posibilidades de ejecución. Destinos complicados, logística difícil y otros elementos han sido los elementos en los que basamos el primer filtro.
La intención es que, durante una semana, lleguemos a cinco puntos distintos de España que permitan cada día estar en uno. Ahora mismo estamos elaborando un planning que sea capaz de cumplir las expectativas. El nombre del proyecto es posible que sea #nanoemprendedores si no surge algo mejor. La idea fue de uno de los lectores de este blog. Los datos más significativos que tenemos ya resueltos son:

  1. Será la primera semana entera de mayo, es decir, entre el 7 y el 11 de ese mes.
  2. No hay límite de niños en la sala donde se realice la charla, lo dejamos a consideración del organizador local.
  3. No podrá haber adultos, ni profesores, ni padres, durante la conferencia.
  4. La edad ideal que deberían tener los pequeños estaría entre 11 y 14 años, aunque esto también es revisable por la franja inferior.
  5. La charla durará apenas 20 minutos y tendrá un formato audiovisual con sonido e imágenes que acompañarán mi exposición.
  6. Estamos trabajando con expertos en comunicación infantil y psicólogos para adecuar los mensajes y los conceptos que quiero transmitir.
  7. La charla será filmada por un equipo que se ha ofrecido a colaborar desinteresadamente todo el tour.
  8. Mi conversación con los niños tratará varias metáforas, cuentos e historias que tienen que ver con mi idea del valor de emprender, tomar las riendas de la vida, del valor que tiene equivocarse y fracasar, de afrontar los retos y todo ello desde un punto de vista de que “trabajando” en lo que uno quiera y en un negocio propio (como concepto y no como modelo) es una buena manera de hacerlo.
  9. Estimular al emprendeduría como gesto personal y no como planteamiento social será mi reto. Aprender de ellos mi mayor ilusión.
  10. Tras la sesión los chavales deberán explicar a sus profesores y padres lo que han escuchado y realizar alguna actividad al respecto, en la red preferiblemente y con la voluntad de que yo mismo pueda atender a sus valiosas aportaciones a posteriori.
  11. Intentaremos que la prensa, redes, twitteros, bloggers, emprendedores, agentes y amigos que consideren interesante la actividad, se sumen y aporten la difusión que consideren. Todos estarán invitados a una mini sesión de cinco minutos posteriores donde expondré lo que he visto.

Se que es un formato diferente, con algunas consideraciones particulares, pero es mi propuesta al fin y al cabo, y como tal he pensado que sería una buena forma de llevarla a cabo. Cabe decir que todo el proyecto no tendrá ningún coste ni directo ni indirecto, tal y como dije.

Feliz fracaso

En los próximos días explicaré en un par de posts cuando, como y porqué me he arruinado dos veces. Explicaré que aprendí de cada una de mis derrotas y, sobretodo, que he dejado de hacer para no repetirlas. De hecho ahora, cuando noto el áspero aroma de la ruina, la identifico a tiempo, la racionalizo y actúo en consecuencia. El éxito es proporcional a la suma de fracasos. Sumar ilusos soñadores exentos de heridas con experimentados emprendedores que te muestran sus fracasos como cicatrices de un matador es lo ideal. Cómo combinarlo y en que dosis mezclarlo será la clave. De momento hoy hablaremos del extraordinario valor que aporta un buen y feliz fracaso.
Que la nueva administración anuncie el aumento de impuestos es símbolo de que acepta la reducción del consumo y con esto la parálisis industrial, el aumento de paro y la detención del mercado. Con la reducción de obras, cierre de empresas públicas y otros ejercicios de imprescindible ajuste presupuestario en la administración, se logra oxidar aun más todo ese engranaje ya bastante deteriorado por culpa de una sobreexplotación y calentamiento exagerado durante un quince años. ¿Cómo puede alguien decir que confía que con las medidas adoptadas de austeridad lo que se está gestando es la recuperación económica? Es de párvulos que eso es sencillamente falso.

Veamos donde estamos y que tiene que ver con la oportunidad de fracasar brillantemente. Hemos vivido años excepcionales y lo normal es que en épocas de chorizos y vino nadie gestione el riesgo. Pocos se prepararon para las turbulencias, salvo algunos espabilados que tenían información privilegiada y hacían lo contrario a lo que proclamaban (léase algún banco que vendió todo su patrimonio a seis meses de la explosión de la burbuja) u otros que leían blogs y foros donde de esto se avisaba con criterio y análisis en contra de la versión oficial y los insultos consecuentes.

Aunque parezca tarde para afrontar con garantías este momento, no lo es del todo. La gestión del riesgo es algo que se conoce bien desde donde estuve la semana pasada, en Colombia, México y California. Me cuentan como afrontan las crisis consecutivas, las quiebras de sistema repetidas y los maremotos inflacionistas sucesivos y es para maravillarse. Basarse en la experiencia de otros errores y equivocarse mejor puede ser la base del emprendedor del día de hoy. Si se analizan esas quiebras anteriores podremos prepararnos para el futuro inmediato. Por ello, una crisis no es más que un punto de inflexión, no necesariamente a mejor, pero si un momento de cambio. Es a partir de ese instante, justo cuando esa situación difícil se evidencia que debemos adoptar un modelo de gestión diferente, no hay otra opción. El FMI nos anuncia una nueva recesión. Great News!! Ya he dicho en alguna ocasión que “la recesión es una gran noticia para los que están emprendiendo”.

No hay un escenario más específicamente ideal para los emprendedores que la crisis (yo la considero un cambio de modelo), y cuanto más profunda mejor. A medida que se obtienen mínimos ingresos, incluso nulos, a medida que entendemos que es eso del negocio sin ingresos, veremos como las grandes estructuras de la economía tradicional se desmoronan, se debilitan. Será entonces, justo es ese momento, cuando los que ya provienen de la crisis estructural al propio hecho de emprender, que encontrarán su resquicio, su grieta por la que meterse. La economía de mercado actual está en plena depresión, tiene un tronco público deteriorado al máximo y produce que la empresa dependiente de la administración en cualquiera de sus estamentos esté tocando sus peores momentos. La fisura en la economía se agranda, es momento de colarse.

Aunque suene a oportunismo voraz no lo es, es algo más sofisticado y tiene que ver con la capacidad que cada uno tiene para encontrar en sus errores las soluciones. Los que quieran seguirme que vengan, algunos no pensamos parar. El camino está plagado de piedras que vana a afectar a unos más que a otros. Soy optimista, y lo soy todos aquellos que montamos negocios todos los días, no tanto para los que viven del momio, los que se esfuerzan en hablar y hablar y no hacer y no hacer. Lo mejor que pudo pasarme en la vida fue arruinarme dos veces completamente. Ayuda a entender que tras eso sólo hay otra oportunidad para arruinarte por tercera vez y en el tránsito construyes algo, si sale bien, lo repites, si sale mal, lo mejoras.

¿Cómo lo hacemos? Pues con valor. Enfrentaros a la regulación excesiva, a la crisis financiera, a la propia recesión, al círculo vicioso de los protocolos, encontrad la oportunidad digital, la renovable, la de escuchar a los clientes descontentos de nuestra competencia, solicitad la ayuda colectiva para el control de costes, acumular eficiencia, retened el talento alrededor vuestro, aliaros con vuestro enemigo, transaccionar con proveedores, revisad si vuestro modelo de negocio no se ha quedado obsoleto y apostad por cambios que lo viabilicen cueste lo que cueste, aunque lo cueste todo y te lleve al cierre, en ese circuito habrás aprendido lo necesario para el próximo proyecto. Trabaja por la reputación digital de tus ideas, pues con ello aumentarás la confianza en tu propia aventura y eso te ayudará a no paralizarte.

Si estás paralizado como un alce en medio de la calzada de noche justo cuando un camión le hace luces para que se aparte, utiliza todo lo que tienes a tu alrededor. Te adelanto que ya no tienes lo que otros tuvieron hace unos meses: el desempleo de golpe o las ayudas que se recortarán obviamente. Sólo te queda gestionar bien el miedo al fracaso.

Ecosistema de ideas

Hace unos meses escribí: “En esta nueva era, en este nuevo ecosistema plagado de ideas, en ese nuevo mar en el que deberemos navegar, los que antes entiendan que deben impulsarse con vientos desconocidos, los que sepan que es tiempo de veleros y no de lanchas motoras, esos sobrevivirán, crecerán y serán mucho más felices. Los que escuchen a sus mandatarios, a esos dirigentes aparentemente perdidos, a esos que cambian sus previsiones una y otra vez, los que esperen de ellos que les ayuden a sobre volar este momento crucial de la historia sufrirán mucho más.“ Hoy toma mayor actualidad atendiendo a como se están poniendo las cosas.
En estos días de campaña electoral en España a los políticos se les llena la garganta de la palabra “emprendedor”. La realidad paralela en la que viven estos tipos es de vergüenza ajena. Mientras algunas comunidades autónomas como la murciana emiten bonos que no podrán pagar, otros resumen sus programas electorales en un centenar de medidas que parecen sacadas de un cuento de Disney. Les juro que es para darse de baja de todo esto. Estoy convencido que una vez acabe todo esto sólo quedarán las voces de los emprendedores solicitando el cumplimiento de las promesas. De momento, lo único que recibimos son revisiones tributarias.

Todos los malabaristas que se presentan a las elecciones son de cartón piedra. No van a hacer nada de lo que prometen. No por que no sean capaces, que es una opción, sino porque lo imposible no se puede hacer. Las hipotéticas ayudas a los emprendedores y a la economía productiva, en cualquiera de las opciones políticas que se presentan supondrán exclusivamente una subida de impuestos, especialmente el iva, los servicios energéticos y sociales, sequía definitiva del crédito, estancamiento de ayudas, retraso o suspensión de pagos en la administración y modificaciones constitucionales que nos enlacen con la realidad de un país con una prima de riesgo cercana a los 500 puntos y una rentabilidad de su deuda por encima del 7%, lo que, obviamente y una vez rescaten Italia, supondrá la fallida de nuestro país. ¿Alguien piensa que la falacia del valor nominal de la vivienda que se contabiliza en los balances de los bancos de este país se va a poder mantener eternamente? ¿Acaso es factible que a cada nueva revisión del agujero contable de esos bancos aparezca una nueva ampliación de algún fondo de rescate le llamen como le llamen? ¿Es posible que Mariano Rajoy tenga contactos directos con San Pedro y así la ciencia económica afecte a España como la gastronomía al parchís?

La realidad es la que es y no voy a comentar mucho más. Ya lo hace todo el mundo. Ayer estuve ultimando algo nuevo para este blog. Un buen amigo y gran experto en economía financiera y de inversión, cuya visión sobre lo que ha pasado ya la compartía con clientes hace muchos años, incluso comentando en este blog, dirigirá un post semanal con el que esperamos hablar de “como combatir este escenario”. No va a ser el típico artículo bonachón e iluso sobre “entre todos saldremos de esto” como si la realidad económica puediera obviarse por arte de magia. Estamos donde estamos y no hay mucho que analizar, aunque si algo que aportar. Vamos a intentar, con vuestra colaboración, establecer consejos crudos sobre como sobre volar esta merienda. A nivel financiero, profesional, privado y público. En unos días os daré más detalles.

La realidad es la que es y ya comenté en su día como creí que sucedería todo esto. Hoy toma relevancia algún artículo para explicarlo. Sin querer recordar exhaustivamente todo aquello, ni asustar a nadie, si quiero comentar lo que estoy viviendo y conociendo en los últimos dos meses. Tanto colaboradores, amigos en diversos bancos o agentes de inversión ya comentan los movimientos en el campo de los depósitos.  Incluso algunos clientes de una de las empresas en las que participo societariamente, que se dedica a asesorar financieramente a particulares y empresas, sólo recibe peticiones de información de como sacar del país dinero. Por lo que me cuentan, aun asumiendo todo el aspecto legal asociado a dicha operativa, el número de personas que así lo ejecutan no para de crecer. Independientemente del valor de lo que supone secar de liquidez el sistema, algo que ya es más o menos evidente pues la falta de crédito es abrumadora, cabe detectar otra fuga que me parece aun más preocupante si cabe: la de personas que emigran buscando oportunidades en modelos de gestión y negocio que España no ofrece. No voy a hablar del estancamiento de la economía, de la recesión inminente, de la falta de ingresos fiscales, de la subida de impuestos, de la caída en el consumo, de la reducción en la facturación del turismo para el próximo ejercicio, del aumento del paro, de la previsible explosión social a mediados de año o de cualquiera de esos elementos, pues lo hace todo el mundo. Poco a poco aumentan los discursos y ponentes apocalípticos. ¿Quien los vio y quien los ve? Sin embargo son tan cobardes la mayoría y desconocen tanto lo que comentan de “oídas” que van introduciendo los términos más dramáticos a medida que son incontestables.

Espero por el bien de Europa que se vayan por el desagüe la mayoría de sus gestores públicos y sus voceros a sueldo. Si algo bueno trae todo esto es que la voz es colectiva y el gobierno cada vez representa menos en un modelo de nueva economía dependiente de factores colectivos. Hablaremos de esto en breve. Permitidme que finalice con un fragmento que me acaban de premiar en un certamen de textos para emprendedores tecnológicos y que va como anillo al dedo para afincar mi visión sobre el momento actual:

Sin creatividad no hay escapatoria y el Estado no la fomentará. Tampoco ningún escenario educativo lo intenta. Si no se inspira a la juventud, mediante un sistema educativo que genere el deseo de crear difícilmente se conseguirá que se innove y si no se innova no hay empresa. Sin empresa nueva no hay innovación tampoco. Es un maldito pez mordiéndose la puta cola.

¿Se imaginan al estado advirtiendo a los empresarios pequeños que el modelo económico está cambiando y que ellos son fundamentales en esa transición? Yo si, pero acompañado de un montón de promesas de ayudas que no llegarán justo en el instante que las transferencias de estímulo se dirijan a las grandes corporaciones que habrán pedido amparo y protección al gobierno por un “desplome de las ventas” de su sector. ¿Recuerdan lo que pasó con el sector en el que trabajaba Vicente?

(...)

El nivel de la política en este país es de todos sabido: indigencia intelectual generalizada. Si le das una patada a una piedra, de debajo salen diez inútiles dedicados a la política corriendo en todas direcciones. Hay muchísimas cucarachas ejerciendo de concejal. El valor de la chapa y el salvoconducto para aparcar donde quieran concede pretensiones a personas que en la vida civil tendrían serios problemas para comer cada día. Hay miles de excepciones, no lo dudo, pero el modelo político que evita tener gerentes en los ayuntamientos es un terrible lastre. Que diferente en otros países como en Alemania o Suecia, que unos directores generales dirigen las corporaciones como empresas, que impulsan políticas y activan procesos, a cambio que un cortacintas haga de alcalde. Allí pocas son las bromas. 

Nadar a contracorriente es divertido

Me vais a permitir que replique un fragmento del último capítulo de uno de mis libros. En concreto el que da pie al que estoy escribiendo ahora. Hace unos minutos dejé el procesador de textos donde avanzo día a día en un contenido que simula una conversación entre emprendedores que no se han cruzado jamás, y al parar, me vino a la cabeza que, antes de iniciar una crítica a los acontecimientos que la economía actual vive y a los hecho que se precipitarán sin remedio, sería bueno dejar en la huella digital cuanto pienso sobre “tomar las riendas de nuestra propia vida”. Se avecina el mayor de los desastres conocidos a nivel económico y nada ni nadie parece hacer nada por evitarlo. Seguramente ya nada se puede hacer, pero no por ello debemos abandonar. Hace unos días vendí otra de mis participaciones en una empresa y algunos de vosotros me propone que “coja el dinero y corra”. No os miento si digo que lo he pensado, pero al final siempre me viene la misma ilusión: ¿porque no poner en marcha otro proyecto? ¿porque no ahora que todo parece que se pone del revés? Cuanto más difícil más divertido.

Cuando leí que Martín Varsavsky (Fon), Anill de Mello (Mobuzz), y Michel Jackson (Skype) desestimaron utilizar Alcobendas a cambio de ir a Suiza, como sede central de una compañía nueva que estaban montando llamada Spotnik, una especie de operador móvil virtual para conectar todo tipo de chismes, pensé que era normal. ¿Pero porqué puede parecernos normal algo así? ¿Qué sucede en gran parte del mundo civilizado que nosotros no sabemos (o no queremos) reproducir?

Mientras que en Irlanda se dispone de programas dotados en su conjunto con más de 300 millones de euros aquí las ayudas brillan por su ausencia. No quiero decir que, al contrario de lo que titula este libro, ahora solicite subvenciones a los emprendedores, no, lo que digo es que en este país se está llevando una política de ayudas y programas de tipo subsidiario a acciones que nada tienen que ver con impulsar a la sociedad a tomar una actitud activa en su propia vida y en sus propios proyectos. A diferencia de cómo en Suiza, Varsavsky y sus socios pudieron activar un modelo de negocio imponiendo 50.000 euros. El gobierno suizo entregó medio millón, las oficinas y aportó personal para llevar a cabo el crecimiento inicial de ese proyecto. Las subvenciones públicas suizas encaminadas a la parálisis o a pagar el té y las pastas no existen. Han sustituido los subsidios por ayudas, el empujón para emprender ha enterrado las limosnas para sobrevivir.

Hay modelos sociales como en Irlanda que el gobierno se hace cargo del coste del despido en las empresas de nueva creación. En España, una start-up media suele fracasar por culpa del coste laboral de renovar sus estructuras. Un despido suele ser el fin.

Hace un par de años, durante la fiesta de celebración de la victoría electoral de Barack Obama, en una sala reservada y apartados del bullicio, en el Circulo de Bellas Artes de Madrid, Martóin Varsavsky me confesó que cuando él decidía apostar en un territorio cualquiera a la hora de montar un nuevo proyecto su pensamiento era siempre el mismo: “voy, llevo dinero, tecnología y empleo, si sale bien, perfecto y si sale mal no perjudico a nadie, lo importante es probar. Las ayudas en esos países permiten que muchas cosas acaben funcionando, creando empleo y, en gran medida, tecnología y modelos de crecimiento más cualitativos”. Está claro que en gran medida el hecho de que España tenga estructuralmente el doble de parados que el resto de Europa, siempre, está motivado por esa falta de capacidad para entender el “fenómeno emprendedor”, un aspecto que va mucho más allá del mero hecho de impulsar negocios tecnológicos o de “catalogar créditos ICO”, es generar tendencias de opinión y flujos presupuestarios hacía el valor fundamental de poner en marcha proyectos innovadores, que en la jungla de la economía actual, son los que acabarán perviviendo.

Si se potencia la cultura emprendedora de un país, si se le inyecta la obligación de no esperar los subsidios, la innovación llega tarde o temprano. A medida que los proyectos arrancan, estos se hacen cada vez más innovadores y las ayudas ofrecidas cada vez son más rentables. Poco a poco se genera una economía productiva de mucho más valor y de mayor competitividad. Apoyar la emprendeduría es más que aportar dinero a proyectos de Internet, es intensificar el estrato económico con la más alta tasa de cambio económico. Para ello, cuando hablamos de emprender lo hacemos desde el punto de vista de todo lo que tiene que ver con intensificar el movimiento de toda una sociedad que se ha adormecido creyendo ser (o estar) en la cúspide del bienestar, un bienestar ficticio proveniente de haber vivido en una especie de limbo diseñado por otros y que se la ha venido a llamar “clase media”. Un fragmento social que cada vez está compuesto por menos personas.

¿Por qué en España no hay esa mentalidad de cambio de manera más extendida? Fundamentalmente porque es una directiva inconsciente. Bernardo Hernandez (Google) nos comentaba a un grupo de analistas de inversión extranjera como se había comportado el gobierno español con Tuenti. Decía que, mientras que con la red social española líder las cartas y requerimientos eran continuos acerca del tema de la protección de datos, regulaciones, fotos y la manía de colgarse monedas que no se habían ganado, con Facebook Europa las cartas y solicitudes se morían por silencio administrativo ya que ni tan siquiera había un seguimiento de las mismas.

Hace un año conocí a Elisabet de los Pinos, una emprendedora seleccionada por el Foro Económico de Davos. Durante una cena tuvo el detalle de explicar el modelo de puesta en marcha de su empresa Aura Biosciences. La había instalado en Boston. Elisabet me comentó que “cada vez conocía más gente que, viendo que en España no hay opciones, se va fuera”.

En mi caso, en este preciso instante de internacionalización de dos empresas en las que participo plenamente, ese escenario lo reconozco como mío. Está claro. Incluso ahora, que he decidido emprender otro proyecto vinculado a un tema de aeronáutico, mis socios están en Boston y se relacionan a partir del Massachussets Insititut of Technology ya que aquí nadie me está ayudando a saltar los obstáculos tecnológicos, técnicos y legales para afrontar ese proyecto: un modelo de negocio que, si las cosas van medianamente bien, aportará empleo a mucha gente innovando a la vez.

No me rindo, espero que la alteración del ecosistema laboral y económico español se produzca hacía el camino que he pedido en este libro y que, con el tiempo, ese curso nuevo influya en la mutación de todo un espíritu social que ahora mismo está narcotizado.

Hay casos muy esperanzadores de cómo el “capital riesgo” español es capaz de impulsar proyectos. Softonic, Idealista, Infojobs, eDreams, Privalia, Atrápalo y un centenar de empresas de las cuales más de la mitad están fuera de Internet y tienen que ver con innovaciones en otros campos como el de procesos o el de la logística. Esto y que los jóvenes españoles que no se han pateado el año de Erasmus entre cervezas, están preparados para establecerse en otros países, puede ayudar a un retorno a medio plazo de una generación dispuesta a afrontar el reto de mejorar nuestro entorno económico y social.

Para ello hace falta perseverancia. El emprendedor que sabe que depende de si mismo el espíritu de sacrificio y la confianza es fundamental. Y en eso estamos. Imagina que estás en medio del desierto, sin nada. La certeza de que nadie vendrá a rescatarte es obvia y que la dirección correcta de escape la desconoces. Sólo puedes hacer dos cosas: o te quedas allí esperando un milagro o empiezas a andar en rumbo desconocido. Esa es la gran decisión. Yo siempre tomo la segunda, es la que recomiendo y la que las sociedades más prósperas suelen adoptar en su conjunto.

Cuando inicies el camino buscando un oasis, una salida, un lugar habitado que te permita sobrevivir a ese desierto, la opción tomada será siempre la buena pues en el mero hecho de ponerse en marcha está el éxito. A medida que el trayecto vaya aumentando podrás admitir dos posibilidades: la de admirar las dunas, el sol, el horizonte, la de disfrutar del propio recorrido o la de quejarse continuamente de la mala racha que llevas y de lo fastidioso de la situación. En ninguna de las dos estará la clave para llegar al final, el elemento fundamental será el tesón, la insistencia, el empeño, la constancia, la tenacidad y la firmeza que le pongamos al asunto. Intentarlo será el premio, no lo olvidemos.

Cuando te pongas en marcha poco importará la tipología de emprendedor que seas, pero bien irás definiendo tu propio estilo a medida que las ayudas y los subsidios se alejen irremediablemente de tu curso. Puedes ser un emprendedor soberbio, magnífico, ese vigoroso proyectista de empresas sin límite. Suelen pensar en grande y no temen a nada. Su vocación y su pasión van al unísono. Otros tipos en los que puedes verte reflejado son los exploradores, aquellos que antes de tomar decisiones analizan todo. Estos emprendedores tan racionales suelen venir de empresas grandes o de un mundo laboral muy seguro.

El emprendedor que invierte es el que pone el dinero y apoya relativamente el proyecto. Suelen acabar implicándose más de lo previsto y eso es bueno la mayoría de las veces. El emprendedor activo es el que más innova pues, habiendo tenido éxito habitualmente en todo tipo de negocios, sabe que hay que innovar continuamente y aportar nuevos elementos  para afrontar nuevos retos. Estos tienen la habilidad de “estar en todo”. El emprendedor “starter” es otro espécimen. Se dedica a montar negocios, muchos, y su estrategia de éxito es la de tener pequeños fragmentos en diversos proyectos. Suelen equilibrar los desajustes por mayorías de inversión y en un momento u otro les proponen el “gran negocio” que suelen rechazar puesto que lo que les interesa es estar en el principio de las cosas y no en el crecimiento final de las mismas. El emprendedor persistente es el que no desiste. Suelen ser muy sistemáticos y acotan bien las posibilidades pero insisten hasta lograrlo. Son directivos más que emprendedores pero responden al criterio de la apuesta personal bajo un plan de Negocios exhaustivo.

Hay tres tipos más de emprendedores a mi entender. El que sagaz, el desarrollador y solucionador. El primero suele visualizar muy rápido el proyecto pero le cuesta focalizarlo, el segundo es un “artista” en desarrollo tecnológico pero le cuesta modelar una empresa y el tercero es un experto en dar soluciones a problemas existentes.

En definitiva, si eres un emprendedor o quieres serlo verás que no es una especie uniforme y adoctrinada, es muy heterogénea y depende en gran medida de las casualidades y de las causalidades. Lo importante es levantarse y poner pies sobre el tartán.

No todo el mundo debe ser un “emprendedor que monta empresas”. Sería absurdo, como tampoco podemos reducir todo esto a un mensaje de que “para salir de la crisis es preciso que todo Dios se ponga a emprender”. No tendría ni pies ni cabeza. Lo que si tenemos que procurar es incentivar que la mayor parte de gente que está en condiciones de ser emprendedor lo sea”. Sean cien o mil, pero buenos serán. Ese nuevo curso deberá impulsar otros cambios y entre ellos el de una generación aburguesada en la nada y que peligra como clase.

¿Te has preguntado si eres uno de esos emprendedores de antes? ¿Te has preguntado previamente si tienes los rasgos de un emprendedor? ¿Estas dispuesto a arriesgar tiempo y dinero tuyo y de otras personas? ¿Estas en condiciones de enfrentarte a las dificultades que supone ese desafío? ¿Has inventado algo? ¿Estás dispuesto a que tu empresa deje de funcionar sin ti algún día? ¿Has entendido que significa que la sociedad está aletargada, adormecida, insensible,  y somnolienta?

Si has aceptado que tanta analgesia social no es buena ni para ti ni para los que vengan en el futuro, que existen opciones para cambiar el mundo que nos rodea desde una actitud crítica pero activa, de disposición al cambio y de puesta en marcha del motor colectivo, entonces este libro habrá servido de algo.

Habrá servido para interpretar un método, uno más de tantos, pero que sin lugar a dudas puede ser efectivo. Sigo intentando situar el escenario, hablar de un ecosistema que se resiste a morir pero que se regenera poco a poco hasta el punto que pronto parecerá otro. Es imprescindible buscar nuevos modelos de creación económicos, de territorios de conquista para los nuevos emprendedores y de que podemos hacer para padecer lo mínimo posible como sociedad que despierta de su largo letargo.

Durante un viaje en el Tren de Alta Velocidad francés, entre Bruselas y París, Loic Lemeur y yo estuvimos listando las oportunidades que considerábamos nos ofrecía el futuro: “es preciso que hablemos de talento global, de pensar diferente, de pensar compartiendo, de conectar cerebros, de cuenta de resultados de las ideas, del efecto contagio de la colaboración, de la garantía de la exclusividad como valor del compartir, del caudal de pensar conjuntamente y no tanto en equipo, de cambios inevitables, de gestión del conocimiento en las organizaciones del futuro, de modelos y razones de las comunidades virtuales, de alianzas de éxito como valor democrático de las empresas más débiles, de sociedades dinámicas, de las ventajas de esta crisis, de los negocios transparentes y de la recesión permeable.

Al llegar a Chatelet pensé que en eso debía ponerme y por ello nació este libro. Tuve claro que los que entendieran que esos conceptos son los vértices de un polígono repleto de ventajas, tendrían muchas más herramientas para decidir. Cuantos más seamos más sentido tendrá llevar ese brazalete, esa pulsera de la verdad que decíamos hace unos cuantos capítulos, del conocimiento, del pensar por nosotros mismos. Es momento de razonar, de emprender, de construirnos de manera individual a partir del conocimiento y no tanto del discurso oficial, para entre todos ir estimulando nuestro entorno en modelos económicos nuevos.

Estamos a las puertas de una revolución como ya lo estuvieron otros antepasados, sólo que esta vez es digital, orgánica, distribuida y global. Hace algún tiempo, al confluir diversos factores se reprodujeron sistemáticamente otros grandes cambios. La revolución industrial y tecnológica fueron grandes elementos de cambio, y  convivieron con una crisis sistémica que adelantaba una mutación real y evidente en todos los estadios de la economía. La manera de traducir aquellos cambios siempre condujo a mejores escenarios pero también con una fractura notable del propio sistema. El modelo financiero actual que se sustenta en un crecimiento del valor del dinero por encima del coste real del capital, ha provocado un desajuste insalvable a estas alturas, pero considero que más que una causa, no deja de ser una consecuencia de algo mucho más transversal y que la tecnología de la información ha acelerado, en definitiva es la gran oportunidad que unos pocos, espero que miles, sepan aprovechar para cambiar el mundo de otros muchos, espero millones.

La revolución del conocimiento surgirá del valor de las cosas y no del coste de las mismas, será el momento de las grandes factorías de ideas, de pensamientos, de dudas, de estructurar la fabricación en base a su precio esencial y no tanto al especulativo, de emprender para convertir los sueños en realidad. En esta nueva era, en este nuevo ecosistema plagado de ideas, en ese nuevo mar en el que deberemos navegar, los que antes entiendan que deben impulsarse con vientos desconocidos, los que sepan que es tiempo de veleros y no de lanchas motoras, esos sobrevivirán, crecerán y serán mucho más felices. Los que escuchen a sus mandatarios, a esos dirigentes aparentemente perdidos, a esos que cambian sus previsiones una y otra vez, los que esperen de ellos que les ayuden a sobrevolar este momento crucial de la historia sufrirán mucho más.

No es momento de subsidios sino de purgas, no es momento de alargar agonías sino de amputar aquello que está podrido. El sistema es demasiado duro y robusto como para permitir un parto sin dolor, pero el sistema no es inmune. El momento está cerca y me ilusiona enormemente que así sea. Deseo un mundo mejor para mi hijo, mejor que este. 

Emprendedor en crisis

Dos meses después de cumplir 30 años, el 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath acomodó en la cuna a sus dos hijos de tres y un año. Cuando verificó que dormían, metió su cabeza en el horno y cocinó su último poema. El mundo civilizado está gobernado por un sinfín de Sylvias. Una vez han comprobado que dormimos como niños, han decidido abrir la llave del gas y que sea lo que Dios quiera. Los ministros de economía de este mundo ya respiran tranquilos. Saben perfectamente que aunque le pidan a la gente que se sacrifique aun más, nadie ni nada se opondrá. La crisis es culpa de todos dicen. Tienen la certeza que nadie se dio cuenta que esta crisis se cimentó por su irresponsabilidad manifiesta. Por eso ahora dicen que está todo solucionado: 135.000 millones de papel impreso en color añil a retornar su valor hipotético a tres décadas. Representa que esto hará que amaine el temporal. Es cómico, o mejor dicho, tragicómico.
Aunque no será en todas partes igual, el repunte económico se estancará cuando se retiren los estímulos o esta alegria impresora se diluya y la evidencia que otras burbujas se han ido alimentando también. Sabemos que lo de hace unos años no eran brotes verdes, era una burbuja de deuda. Las crisis que se suceden tras una explosión de una burbuja sólo se pueden combatir con la paciencia o con la gestación de otra burbuja. Por ejemplo, en Estados Unidos se ha intentado generar riqueza de un modo insensato para paliar lo antes posible una recesión gigantesca. El único modo de que eso se pueda producir es fabricando un globo de tamaño similar. Ya pasó antes. Cada vez que ese dispone liquidez a miles de millones para limitar los efectos de la tensión de la deuda, es como si se drogara el mercado. La cuestión es que como con la droga, a medida que aumentas las dosis estas cada vez hacen menos efecto.

Las Thermodesulfobacterias que penetraron en el sistema y provocaron la crisis financiera que vivimos lo hicieron de modo imperceptible a partir de 2002, cuando la FED bajó los tipos durante mucho tiempo al 1%. Ese dinero barato se canalizó en mercados inmobiliarios de medio mundo. Se hizo para generar consumo y valor en un escenario de crisis bursátil derivada de la explosión de la burbuja puntocom y a la vez se iba gestando la nueva burbuja inmobiliaria. En definitiva, podemos decir que en aquel momento los agentes responsables de la economía norteamericana se colocaron medallas inmerecidas por sacar a medio planeta de una crisis de un modo muy rápido. Nadie les ha pedido cuentas por colocarnos seis años después en un escenario siniestro. Ahora vuelven a parecer héroes de cartón que aseguran habernos sacado de la encrucijada con el “brillante” mérito de meter paladas de dinero-deuda en el sistema.

En aquella ocasión, en 2003, una oportunidad llamada burbuja inmobiliaria se cruzó en el momento justo. No hay método de salir rápido de una crisis si una burbuja no sustituye a otra. Está por ver que la burbuja de deuda que mantiene el tibio impulso de este mundo sea lo suficientemente generosa como para que logre su cometido a corto plazo. Da igual pues está claro que a medio plazo reventará como lo hacen los huevos cuando caen desde un quinto piso. Las burbujas duran lo que duran y benefician muy poco tiempo. Luego la parada técnica.

Bien, pues ya sabemos que no podemos contar demasiado con la gestión de los que deberían de sacarnos de este puré pues son parte de él. Lo engordan y lo desinflan según convenga, pero cada vez el control sobre lo que hacen se les antoja más complejo. Mientras tanto, el ciudadano de a pie con ganas de prosperar ve como se alejan sus opciones. Pues queda alguna: emprender. Tomar las riendas, dejar de lamentarse y empujar.

Que estamos y estaremos en crisis ya lo sabemos, previsiblemente esto ya no es una crisis en si misma sino un estado, no es preciso seguir informando de la obviedad. Pero me pregunto yo ¿qué emprendedor no ha estado sus primeros años en crisis? ¿cómo se puede sobrellevar esa muralla? Pues no pensando demasiado en lo que pueden hacer por mí y empezar a hacer lo que tú puedes hacer. Si llego a poner la palabra “América” parecería que os estoy incentivando a alistaros en los “marines”. Nada más lejos de mi intención.

Para lograr dar el paso, para afrontar ese paso de asalariado subvencionable, futuro parado o subsidiado perenne, nos queda el salto al vacío que lleva de la nómina a la declaración de ivas. El empleo bajo salario se está estrechando y seguir aferrado a ello es un error estratégico que puede provocar deterioro en muchos potenciales emprendedores. Está desapareciendo el empleo asalariado en masa producto de un modelo industrial, concentrado y cuyo valor competitivo era la cantidad. Esos sueldos se han implementado de un modo perverso en toda la estructura funcionarial, derivando en empresas que casi parecen instituciones por su dependencia política del régimen de turno.

Se acaba el sueldo fijo o por lo menos se debilita porque la globalización está alejando la gran producción industrial de baja calidad o de procesos mecanizados. En otros países lejanos emergentes el tema de la mano de obra es clave. Además, en España, el sector inmobiliario ya no genera empleo y gran parte del asalariado vinculado a la construcción está buscando trabajo de cualquier cosa. Otros sectores como el de servicios se va debilitando también pues el consumo se reduce y con él la contratación. Sin contratación no hay salarios. El régimen a base de verduras de la administración para reducir el déficit también adelgazara el nominal público. Es decir, el salario como lo entendemos ahora está en riesgo de ser una reliquia.

Ha llegado otro modelo de emolumento. Ahora la economía es mucho más dinámica y se basa en estructuras de productividad enlazadas con el capital tecnológico. La economía del conocimiento está avanzando y poco a poco generará espacios laborales sólidos pero con un tipo de repercusión salarial mucho menos estanca. El emprendedor y el autónomo dependiente da respuestas mucho más elementales a una economía flexible y dinamizada, donde lo que hoy es evidente, mañana es opaco y donde lo que ahora funciona perfectamente, mañana precisa de una metamorfosis brutal.

Una de las opciones para enfrentarse a un panorama complejo en lo laboral es inventarse el oficio, el puesto de trabajo y el modelo de negocio. Observar las necesidades y buscar el nicho. A partir de ahí ofertar una capacidad multiplataforma del emprendedor que sea capaz de autocrearse la actividad para crear valor añadido a otras existentes. En esa prestación de servicios inmediatos puede estar el origen de una empresa. ¿Por qué no? El puesto de trabajo del futuro es el que te inventes tú, no el que te ofrezcan. Piensa que hace falta y fabrícalo, piensa que hace tu vecino y mejóralo.

Pero no nos equivoquemos, emprender por el mero hecho de emprender no lo soluciona todo, a veces nada. Lo que nos va a dar es la energía necesaria para adoptar los cambios vitales y personales que nos permitirán ser más libres, estar más en sintonía con nuestro propio destino y nuestros propios anhelos.

Considero que no quedan muchas alternativas. O nos ponemos o el cloroformo nos llegará a las orejas. La cultura emprendedora no se enseña en las escuelas, ahora parece que empiezan algunos postgrados al efecto pero dudo de su voluntad real de cambiar modelos y no tanto de mostrar un catálogo con palabras que ahora pegan y de las que este libro está “plagado” por cierto.

Tardaremos en girar la colcha pero la giraremos y una de las razones es que no hay otro remedio. Me niego a aceptar que esto ya no se moverá. Si se potencian redes de conocimiento, si se impulsa la proliferación del capital riesgo, si las administraciones reducen la fricción en los trámites, si el impulso a la innovación crece en lugar de menguar como en los últimos dos años, si la cultura emprendedora se transmite en las escuelas de secundaria y en las universidades, tal vez, si todo eso pasa, un asalariado que pasa a ser emprendedor lo tenga algo más fácil y con ello, un país como el nuestro, esté más cerca de la cabeza económica del mundo civilizado.

Emprender para muchos será la única salida, para otros no. Puede que muchos tengan otras opciones, pero, por higiene intelectual recomiendo ponerse en la piel del primero. Imaginemos que no tenemos más remedio que emprender. Poco a poco, conozco algún caso de emprendedores sobrevenidos, que llega el primer cliente, la primera factura, el primer empleado y el primer cobro. Esos momentos son gloriosos. Encajar la emoción que supone tocar la superficie de los sueños que hace unos meses desconocías tener es maravilloso.

Los que hemos puesto en marcha nuestros sueños, sin saber si era posible tan siquiera, sabemos que es eso de pasar noches en vela, redactando, corrigiendo, trabajando en la soledad de las noches y los días que se amontonan unos encima de las otras. Vivir es ese domingo por la tarde, exhausto pero ilusionado, viendo desde la ventana del despacho como las familias pasean, las parejas hacen cola para el cine y el mundo no se detiene en su curso sinuoso de fin de semana. Obsesiones y retos, momentos duros que a veces no producen más que disgustos pero que cuando se reproducen con todo su brillo y belleza son la entrada perfecta a un club diferente, el “club de los soñadores”. Soñar y emprender van juntos, juntos en la búsqueda, tal y como están las cosas, de la única salida a parte de internacionalizarse.

El ADN emprendedor

Dicen que las crisis son tiempos para las oportunidades. Eso es demasiado genérico como para aceptarlo como norma. Una época de dificultad como la actual no deja de ser un escenario de dificultad añadida al ya difícil mundo de la emprendeduría. El coste de poner en marcha una empresa o un proyecto cualquiera es muy alto en tiempo, esfuerzo y sacrificios. Se debe asumir desde el principio el enorme reto que se te presenta en frente justo en el instante en el que decides arrancar.
El emprendedor tiene una morfología particular. Se diferencia de otros individuos por ser creativo en mayor o menor medida, disponer de una gran intuición, incluso si fracasa, de un grado de optimismo patológico que puede perfectamente mezclarse con un espíritu crítico y analítico de la realidad, un emprendedor no es un iluso, es un valiente que decide tirarse por un acantilado sin saber, muchas veces, que le espera allí abajo.

El emprendedor tiene un ADN compuesto por empuje, decisión, observación y energía para soportar los temporales que se encontrara en su camino. En España, además, el emprendedor suele tener dos caracteres más: la paciencia para tolerar la pesada administración pública y su burocracia e inconsciencia bien entendida para sobrellevar el riesgo de exclusión si te arruinas en este país.

Me gustaría destacar que no sólo de emprendedores es la tarea de mejorar nuestro entorno, tiene que ver con muchos otros elementos sociales. La multitud es el todo y es quien debe poner en marcha los resortes del cambio. Los gobiernos y los poderes políticos, públicos, financieros y privados, todos son la clave, pero la sociedad en su conjunto, emprendedores y emprendidos, todos adeudan ese impulso hacía un futuro más equilibrado y activo, donde ser concursante de Gran Hermano no sea el objetivo de millones de jóvenes por que consideran que siendo famoso la vida será más fácil.

No sólo de emprendedores va esto, también de todo lo que conlleva estimular cambios de conducta para tomar las riendas de tu propia vida, seas o no empresario, joven o anciano. No hablamos de estereotipos, pero si de actores. Hay personas que han nacido con una actitud en la vida que los posiciona como agentes de cambio, otros que se ven impulsados a ello.

La crisis debería despertar en muchos ciudadanos su inquietud por emprender. Este momento, aparentemente poco propicio para poner en marcha proyectos, es uno de los más complejos por los que pasará la mayoría de las generaciones que les tocaron vivir. Con un endurecimiento del crédito, sin dinero público para invertir en reflotar la economía, con el consumo cayendo y sin expectativas de mejora, el horizonte no parece el más brillante para los que han decidido arriesgarlo todo por una empresa.

El emprendedor no deseo feliz 2010 la nochevieja de 2008. La broma por aquellas fechas era no desear un buen año 2009 ya que todo hacía presagiar que sería un año lleno de calamidades en lo económico. Así fue no obstante, pero los que tenían en su mente emprender o hacía poco que se habían puesto en marcha con un nuevo proyecto (como era mi caso), desearon un 2009 lleno de éxitos. Eso no sé si está en el ADN, pero donde seguro reside es en el deseo de impulsar cosas, de no acomodarse a un mundo cada vez más incierto y donde no es preciso hacer nada para vivir puesto que “alguien” se encarga de borrar tu voluntad a cambio de que tus necesidades mínimas queden cubiertas.

Tengo claro que sembrar en tiempos de crisis repercute en una empresa mucho más robusta posteriormente. Enfrentarse al paro estructural de países como España sólo se podrá hacer a partir de la creación de negocios nuevos y eso si que tiene que ver con una manera de interpretar la vida y la existencia por parte de los que nos sentimos emprendedores.

Las dudas sobre el perfil de un tipo que se dedica a montar empresas y casi ni a disfrutarlas es algo difícil de calibrar. Es posible que esté tatuado en alguna especie de versión molecular de su organismo. No lo sé pero suena siniestro que así fuera. Es como si el resto de la sociedad, esa que duerme la siesta en el sofá social sin inquietarse, no tuviera ninguna función más que esperar a que les despierten puesto que los “emprendedores con ADN de emprendedor” ya se encargarán de poner patas arriba esta sociedad. Pues no.

Creo que todos tenemos esa titularidad. Plantearse un objetivo y un plan para lograrlo es algo que ha hecho todo el mundo en algún momento de su vida. Calcular como se logrará, que exactamente, quien nos ayudará, cuanto costará y desde donde lo haremos son las preguntas que cualquier individuo se plantea ante un reto personal. Lo mismo que los negocios, pero al igual que en lo cotidiano, las empresas requieren que arriesguemos, que nos la juguemos. En esas preguntas hay alguna que va implícita como ¿qué me va a pasar si no lo logro? Precisamente esa última cuestión es la que frena muchos proyectos.

Fragmento que aparece en el libro “Contra la Cultura del Subsidio”

Aprender emprendiendo

Ayer estuve en una mesa redonda que giró entorno a las nuevas profesiones. El tema principal era determinar la importancia de la formación para ser “empleable”. Intenté en todo momento desvincular todo ello y apostar por la gestión del fracaso adecuadamente como el mejor modelo de aprendizaje y su vínculo con el modelo de emprendeduría que yo defendí. A mi modo de ver, la economía digital permite atender con eficiencia ese valor. Aprender emprendiendo y emprender aprendiendo no dejan de ser las características principales de las start-up tecnológicas o de tipo digital que cada día nacen.
Apoyé el esfuerzo de emprender como el escenario único para algunas personas. En concreto hablé de que cuando con cincuenta años te quedas en paro lo más probable es que no vuelvas a trabajar por cuenta ajena en la vida y por lo tanto, una formación continua de reciclaje y una apuesta por la experiencia pueden ser los elementos que, emprendiendo un proyecto personal, ese pálido futuro no lo sea tanto.

Me tocó hablar de negocios digitales y, precisamente comenté algo que irá apareciendo en un futuro próximo y que explicaré más detenidamente a partir de septiembre. Una de las compañías en las que puse todas mis energías durante meses ha sido participada por una compañía tecnológica norteamericana. El método ha sido el que últimamente impera en esas latitudes. Cuando tu desarrollo tecnológico ya es una realidad, pero aun no está en el mercado, un gigante te hace una oferta que garantiza el desarrollo al más alto nivel y mucho más rápido pero pierdes la marca y el control.

Te quedas como “observador” de los que, con tu empresa, deciden que hacer. Es un logro, dicen, algo que no esperas cuando empiezas, pero sin embargo el anhelo de ver el logo de ese proyecto que has parido en todos los ordenadores del mundo se desvanece. Tras un acuerdo de este tipo te quedan unas relaciones y un networking impresionante a la vez que un aprendizaje interesante de cómo funciona el mundo por allí. No digo que sea mejor ni pero, sólo que allí hay oportunidades que aquí cuesta alcanzar. En tan solo 11 meses hemos transformado una idea original, en un software que ha interesado a una de las centenares de compañías participadas por Innovative Travel Tech.

¿Lo hacemos?

Muchas veces en este blog comentáis que un mundo lleno de emprendedores es inviable. Cierto. Alguien debe emprender (negocios) y otros deben ayudar a que sean prósperos. Pero me gustaría aclarar algo que en mi último libro (y en el que viene) reflejo. No todo el mundo debe ser un “emprendedor que monta empresas”. Sería absurdo, como tampoco podemos reducir todo esto a un mensaje de que “para salir de la crisis es preciso que todo Dios se ponga a emprender”. No tendría ni pies ni cabeza. Lo que si tenemos que procurar es incentivar que la mayor parte de gente que está en condiciones de ser emprendedor lo sea”. Sean cien o mil, pero buenos serán. Ese nuevo curso deberá impulsar otros cambios y entre ellos el de una generación aburguesada en la nada y que peligra como clase.

¿Te has preguntado previamente si tienes los rasgos de un emprendedor? ¿Estas dispuesto a arriesgar tiempo y dinero tuyo y de otras personas? ¿Estas en condiciones de enfrentarte a las dificultades que supone ese desafío? ¿Has inventado algo? ¿Estás dispuesto a que tu empresa deje de funcionar sin ti algún día? ¿Has entendido que significa que la sociedad está aletargada, adormecida, insensible y somnolienta?

Si has aceptado que tanta analgesia social no es buena ni para ti ni para los que vengan en el futuro, que existen opciones para cambiar el mundo que nos rodea desde una actitud crítica pero activa, de disposición al cambio y de puesta en marcha del motor colectivo, entonces sigue leyendo…

Seguiré intentando situar el escenario, hablar de un ecosistema que se resiste a morir pero que se regenera poco a poco hasta el punto que pronto parecerá otro. Es imprescindible buscar nuevos modelos de creación económicos, de territorios de conquista para los nuevos emprendedores y de que podemos hacer para padecer lo mínimo posible como sociedad que despierta de su largo letargo.

Durante un viaje en el Tren de Alta Velocidad francés, entre Bruselas y París, Loic Lemeur y yo estuvimos listando las oportunidades que considerábamos nos ofrecía el futuro: “es preciso que hablemos de talento global, de pensar diferente, de pensar compartiendo, de conectar cerebros, de cuenta de resultados de las ideas, del efecto contagio de la colaboración, de la garantía de la exclusividad como valor del compartir, del caudal de pensar conjuntamente y no tanto en equipo, de cambios inevitables, de gestión del conocimiento en las organizaciones del futuro, de modelos y razones de las comunidades virtuales, de alianzas de éxito como valor democrático de las empresas más débiles, de sociedades dinámicas, de las ventajas de esta crisis, de los negocios transparentes y de la recesión permeable”. Aun hoy sigo pensando en todo aquello.

Al llegar a Chatelet pensé que en eso debía ponerme y por ello nació el libro “Contra la cultura del subsidio”. Tuve claro que los que entendieran que esos conceptos son los vértices de un polígono repleto de ventajas, tendrían muchas más herramientas para decidir. Cuantos más seamos más sentido tendrá llevar ese brazalete, esa pulsera de la verdad que comento en el libro en cuestión, del conocimiento, del pensar por nosotros mismos. Es momento de razonar, de emprender, de construirnos de manera individual a partir del conocimiento y no tanto del discurso oficial, para entre todos ir estimulando nuestro entorno en modelos económicos nuevos.

Estamos a las puertas de una revolución como ya lo estuvieron otros antepasados, sólo que esta vez es digital, orgánica, distribuida y global. Hace algún tiempo, al confluir diversos factores se reprodujeron sistemáticamente otros grandes cambios. La revolución industrial y tecnológica fueron grandes elementos de cambio, y  convivieron con una crisis sistémica que adelantaba una mutación real y evidente en todos los estadios de la economía. La manera de traducir aquellos cambios siempre condujo a mejores escenarios pero también con una fractura notable del propio sistema. El modelo financiero actual que se sustenta en un crecimiento del valor del dinero por encima del coste real del capital, ha provocado un desajuste insalvable a estas alturas, pero considero que más que una causa, no deja de ser una consecuencia de algo mucho más transversal y que la tecnología de la información ha acelerado, en definitiva es la gran oportunidad que unos pocos, espero que miles, sepan aprovechar para cambiar el mundo de otros muchos, espero millones.

La revolución del conocimiento surgirá del valor de las cosas y no del coste de las mismas, será el momento de las grandes factorías de ideas, de pensamientos, de dudas, de estructurar la fabricación en base a su precio esencial y no tanto al especulativo, de emprender para convertir los sueños en realidad. En esta nueva era, en este nuevo ecosistema plagado de ideas, en ese nuevo mar en el que deberemos navegar, los que antes entiendan que deben impulsarse con vientos desconocidos, los que sepan que es tiempo de veleros y no de lanchas motoras, esos sobrevivirán, crecerán y serán mucho más felices. Los que escuchen a sus mandatarios, a esos dirigentes aparentemente perdidos, a esos que cambian sus previsiones una y otra vez, los que esperen de ellos que les ayuden a sobrevolar este momento crucial de la historia sufrirán mucho más.

Como digo al final de algunas conferenecias, acabaré con algo que me gustaría que fuera lo último que (si mañana muero) escucharais de mi:

No es momento de subsidios sino de purgas, no es momento de alargar agonías sino de amputar aquello que está podrido. El sistema es demasiado duro y robusto como para permitir un parto sin dolor, pero el sistema no es inmune. El momento está cerca y me ilusiona enormemente que así sea. Deseo un mundo mejor para mi hijo, mejor que este. ¿Lo hacemos?

Actitud Emprendedora

Un grupo de innovadores educativos están impulsado un proyecto denominado valores para triunfar“. Con el objetivo de aportar factores para que los adolescentes puedan construir su mejor futuro y eviten repetir errores de sus mayores se han propuesto llevar a los jóvenes españoles los valores, desde un punto de vista emprendedor, del triunfo. Éxito y triunfo no son lo mismo. Competitividad y ganar no son consustanciales. En el fragmento de mi aportación que podéis ver en este video intento ajustarme a la idea de lo importante que será que toda esta gente joven asuma el reto de generar nuevas maneras de invertir, trabajar, emprender y hacerlo en base a los nuevos escenarios económicos, más sociales, tecnológicos y equilibrados. Eso hará, en definitiva que el modelo productivo mejore a la vez que lo hace la sociedad.
En este video promocional del proyecto colaboran diversas personalidades del mundo empresarial, deportivo, cultural, social y científico para que cuenten el relato de su éxito y los valores que les han llevado a ello, para traspasárselos a esos jóvenes en un programa intenso que se debe enlazar en breve. Tuve el honor de ser uno de los que fueron propuestos para participar. Entre las actividades futuras está la de acceder directamente a esos chicos en sus propios espacios naturales de relación a fin de inyectar ese “veneno” de emprender.

Yo entiendo el triunfo como el ejercicio diario de la libertad personal. Hay muchas otras maneras, en mi último libro hablo de algunas experiencias en África que yo mismo viví y que nada tenían que ver con la empresa directamente y si con las relaciones humanas que luego me capacitaron para dirigir empresas. Sin embargo, en la actualidad estoy centrado en ejercer una de esas: emprender. Emprendiendo, y haciéndolo con valores sociales de justicia y equilibrio, se puede uno enfrentar directamente con el discurrir de tu propia existencia.

Fracasos, sueños rotos, dudas y, en definitiva, crecimiento, son los elementos que a mí me impulsan cada día a no pararme en el andén. Hoy os escribo desde la T4, a pocos metros de mi vuelo a Los Ángeles. Durante tres semanas volveré a proyectar en países diversos, diferentes proyectos y también volveré a estimular la acción empresarial de aquellos que me han contratado para internacionlizar sus compañías. Es una manera de vivir mi propia vida, seguramente no es la mejor, pero es la mía.