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La innovación disruptiva y alto riesgo que comporta son el ADN de las startups.

La innovación disruptiva y alto riesgo que comporta son el ADN de las startups.

Tras el anterior episodio de 'Economía de Futuro' en el que definimos que era eso del temido 'Death Valley' o valle de la muerte por el que pasan muchas startups. Lo cierto es que para superar ese espacio complejo hay que tener un producto innovador y disruptivo en la mayoría de los casos. Por eso el siguiente capítulo lo dedicamos a la innovación en si misma. A esa manera de hacer que tienen las empresas tecnológicas con alto valor de crecimiento. Para ello visitamos a Viuing y me vestí de 'periquito'. 

El futuro no es gratis

A veces nos preguntamos porqué unos viajan a la velocidad de la luz y otros a la de un carro de trotones. Hay naciones que pasaron de sumergidas a emergidas sin apenas darse por aludidas cuando las denominaban ‘emergentes’. Otras no se dan por señaladas cuando sencillamente se han hundido. El ser más o menos en el panorama internacional tiene ya poco que ver con lo que fuimos, con lo que decimos ser o con lo que nuestros dirigentes insisten aseguran que seremos.
Es ridículo poner el adjetivo ‘valley’ a todo recinto que desarrolla tecnología aunque esta aporte poco o nada al conjunto de la economía donde se encuentra. Digamos que, por mucho ‘valley’ que le pongas a un polígono industrial o a un campus tecnológico, no lo conviertes en un polo de atracción para las grandes innovaciones o los grandes desarrollos.

Hace falta mucho más. Para empezar que alguien se lo crea. Los pilotos de la innovación conducen startups. Muchos de ellos no lo hacen bajo el flujo de la tecnología más avanzada del planeta, ni tan siquiera necesitan grandes computadoras que procesen sofisticadas ecuaciones infinitas. Hablamos de emprendedores que utilizan lenguajes de programación simples, ideas sencillas y paradigmas disruptivos. Uber no deja de ser una idea que rompe con estereotipos, no es una máquina tecnológica que colisione con la teoría de la física cuántica.

Blablacar, Airbnb, Twitter o el mismo Facebook, cualquier App doméstica, miles de desarrollos influyendo en nuestra vida cotidiana, aplicaciones domóticas, matemática computacional basada en algoritmos tradicionales, analistas de procesos que ordenan el mundo con tecnología existente pero bajo otro prisma, impresoras 3D que marcan dinámicas de producción o ‘drones’ que nos explican donde va la futura cadena de valor comercial. Sin necesitar a científicos candidatos al Premio Nobel, estamos con empresas que nacieron bajo la influencia de un ecosistema de desarrollo y de pensamiento distinto.

Hay universidades, investigadores, diseñadores, venture capitals, consultores, ingenieros, científicos, comunidades, innovadores, creativos y líderes políticos que deberían ponerse en marcha en su conjunto y acelerar la máquina que, por comparación con otros lugares, parece parada. Líderes de innovación empresarial, emprendedores comprometidos con la innovación y políticas públicas capaces de estimular tanto talento que, estoy seguro, se desvanece a nuestros pies.

Pero solamente en algunos países logran que estos elementos se despliegan logrando un impacto determinante en la vida económica de su entorno. Hoy en día es fácil distinguir a los países que apuestan por el futuro real y los que lo simulan. También a esas instituciones financieras o semipúblicas que se ofrecen a estimular al tejido emprendedor o al desarrollo tecnológico y tras publicar una cifra récord de beneficios trimestrales que ronda los tres mil millones de euros, ofrecen un programa de apoyo a los emprendedores de diez. Y hacen publicidad y todo que les cuesta uno.

Hay países, remotos o no, donde se ha entendido que el emprendimiento (y tecnológico) son motores reales de competitividad económica y de cambio social. Los paises que simulan tanta innovación pero que nunca arriesgan son las que suelen definir todos sus ‘parques tecnológicos’ como el ‘x’ Valley de turno.

Llamar a según que lugar el ‘Sillicon Valley’ de la zona ‘X’, a parte de ser ridículo es un problema de concepto pues, quien quiera innovar y de verdad para modificar los procesos sociales y económicos e influenciar en el futuro deberá crear su propio modelo basado en la eficiencia y en el gasto real con sentido. Hay que invertir e invertir en startups, tecnología y valor añadido. Quien se detenga o dude en hacerlo deberá contemplar el futuro desde las filas del fondo.

Quiero señalar la noticia que se ha publicado estos días acerca de que el gobierno de India ha explicado que destinará algo más de 1.600 millones de dólares exclusivamente para invertir en startups. Igualito que en España y sus 35 millones. A pesar de que la India es gigantesca y que su potencia se intuye de cara al futuro, cabe establecer su economía actual con respecto, por ejemplo a Europa. El PIB en 2013 del país asiático fue de 1.408.457 millones de euros y el de España, por ejemplo, de 1.023.000 millones. Los cuadros comparativos no son tampoco tan extraordinariamente distintos por cierto.

Resulta que como parte del presupuesto del año 2014, el gobierno de India anunció que destinará esos 1.600 millones a las empresas tecnológicas que florecen en su país. Lo que parece extraordinario no lo es tanto allí. Esta inversión es la continuación varios centenares de millones que en los últimos años se llevan invirtiendo para liderar, desde las instituciones, la estimulación de ese cambio.

El gigante asiático es uno más. No es el único que ha decidido aprovechar la oportunidad que los nuevos tiempos ofrecen a los que, con liquidez, afrontan el reto de construir un futuro tecnológico, económicamente más competitivo y tremendamente estimulante. Cambios sociales, nuevas tendencias, eliminación de elementos laborables que ahora son un lastre socioeconómico en esos países se irán convirtiendo en algo mejor. Poco a poco el nuevo mundo se va vislumbrando y, exceptuando a Estados Unidos, el resto del escenario está siendo vendido a nuevos actores.

Hace unos meses que una de nuestras empresas opera en Nigeria. En el proceso mismo de creación del proyecto de internacionalización hemos visto que de las dificultades surge el conocimiento y el respeto, pero también que, en los casi dieciocho meses que llevamos gestando esta operación, la velocidad con la que, en este caso el gigante africano, asumen y digieren la tecnificación y la tecnología asociada es brutal. Cabe también hablar a parte de las enormes inversiones que se hacen desde los dirigentes públicos y privados que, en muchos casos, se han formado en las grandes universidades del planeta. Un país y un continente más a tener en cuenta si queremos ser globales.

En Latinoamérica, al contrario y asistiendo a mi propia experiencia, se puede estar perdiendo la mayor oportunidad de la que ha gozado ese continente. Existen iniciativas para acelerar los proyectos tecnológicos, pero se diluyen lamentablemente al no existir apoyo real y consideración por parte de los gobiernos. Hay mucha publicidad implícita en muchos países de estos y poca creencia real del costo que tendría. En algunos casos me recuerdan a Europa, a España especialmente. Durante los años de bonanza en los que el dinero rebosaba por las cañerías se hizo nada o muy poco por las grandes ideas, por la innovación, por la creación real de empresas de hilo tecnológico, por la nueva economía por la realidad futura y si se hizo mucho por las obras inservibles, por lo monumentos a la idiotez y por la hipoteca puente interminable. Poco por la formación y mucho por las vacaciones, el Chayenne y la tele de plasma implícitos en la hipoteca renegociada gracias al nuevo y extraordinario valor de la vivienda familiar.

Si bien la mayor parte del capital indio se proporcionará en manera de préstamo, India acaba de poner el listón bastante alto en eso de apoyar a los emprendedores tecnológicos. Ha dejado en ridículo cualquier idea que se tenga de los centros tecnológicos Latinoamérica o de Europa.

Mi papá 'acelera startups'...

A los niños de la clase de mi hijo les preguntaron a que se dedicaban sus padres. Eran cuestiones sobre la profesión y las aficiones. Max respondió que su padre era ‘economista digital’ y me definió diciendo que ‘mi papá viajaba mucho, escribe libros y siempre está en Internet’. No dijo ‘emprendedor’ siendo la palabra que más se utiliza en las sobremesas familiares cuando me nombran. Interpreto que para mi hijo el hecho de emprender hoy en día lleva inscrito todo lo que es digital pero, al parecer, fue un modo de diferenciarme de algunos compañeros de clase que explicaron que sus padres eran ‘emprendedores’.
Para mantener ese grado de ‘exclusividad’ y ante la pregunta de ‘¿qué hacen los amigos de tu padre?’ mi hijo explicó que, aunque no sabía lo que era, ‘un amigo de mi padre acelera startups’. Supongo que tiene mucho que ver con el último divertido almuerzo que tuvimos en común la familia de Carlos Blanco y la mía donde, a buen seguro, ‘se quedó’ con el detalle.

Dejando de lado la curiosa apreciación me interesa mucho el cómo las nuevas generaciones están asimilando este punto exacto de la historia, como van entendiendo dónde su ubican las nuevas oportunidades y hacia donde se deben dirigir sus habilidades. Está claro que también deberemos medir de algún modo como digieren estos cambios que para ellos son un hecho natural y para nosotros, los ‘mayores’, son un tremendo cataclismo la mayoría de las veces.

Son generaciones que se avecinan sin descanso. Vienen de donde no habrá duda sobre el valor de la colaboración. Mientras nuestros gobernantes pertenecientes a una generación en el tiempo de descuento tecnológico se esfuerzan en ‘controlar‘ y legislar la Nueva Economía, estos pequeños la viven como lo único y real. Waze y la información social a tiempo real del estado del tráfico en cualquier parte del mundo, AirBnb que se ha revolucionado el mundo de la hostelería tradicional, Fon y su wifi colaborativo y el gran Uber que está poniendo en jaque el modelo tradicional de transporte ligado a las flotas de taxistas en algunas ciudades del mundo. Ellos no entenderan que la lógica sea la de prohibir ese avance, solo que si es mas barato, rápido y eficiente no se precisan los modelos del pasado (presente aun).

Leía que hoy en día, las generaciones que crecen inmersos en videojuegos de todo tipo donde ‘las vidas’ se pueden ‘recuperar’ en base a diferentes hazañas, el hecho de perder una partida permite aprender algo para la siguiente. Siempre es una teoría pero hay quien defiende que la Nueva Economía que se basa en la prueba/error está despegando gracias a que ahora confluyen esos dos aspectos: modelos y usos laborales que permiten errores a menor coste que antes y una generación de trabajadores capaces de sacar rédito de cada ‘game over’. El talento y el riesgo van juntos. Es ahí donde, a mi modo de ver, la economía digital juega un papel histórico por sus características esenciales que permiten sustituir grietas por fisuras.

Si retiramos algunas barreras mentales que rodean a la ‘vieja economía’ cambiará incluso la manera de pensar de las personas y sus relaciones con la realidad económica, política y social. Ciudades más modernas, tecnológicas y digitales serán también más plurales, eficientes y competitivas. Los emprendedores digitales son los estimulantes de ese nuevo rumbo, los dinamizadores del proceso. Su hoja de ruta se define por objetivos, por retos y por sueños, pero hacerlo de un modo actual es fundamental.

Mi hijo dijo de que soy ‘economista digital’ y que mis amigos son ‘aceleradores de startups’. En realidad quería decir, y no lo sabía aun, que la frontera entre emprender y hacer empresa parte de proyectar en low cost, de hacerlo en el long tail, en base a la escalabilidad del producto, retirando intermediarios de la cadena de valor, gestionando la inteligencia social y hacerlo de un modo global y tecnológico.

Mi hijo me preguntó con seis años ¿que era tirar de la cadena?, con cuatro ¿que cuando me equivoco porque no tiro para atrás? y ahora me suele explicar como se actualizan algunas aplicaciones.

Ya no es razonable hablar de nativos digitales o inmigrantes digitales. Ya no tiene sentido. Parece un viejo slide de una conferencia vieja. Debatir si se es o no digital no es ni una discusión que aguante un asalto. El tiempo circula, rápido, casi eléctrico. No pasa, circula. Ya nada será igual, nada podrá volver a la casilla de salida ni falta que hace. Sin embargo cada vez que un niño intenta describir lo que ve a su alrededor fijémonos exactamente lo que está diciendo pues en su definición está exactamente el futuro que tendremos todos. Ellos lo ven antes y sin artificios.

Quedan opciones

Hace un par de años conocí a Elisabet de los Pinos, una emprendedora seleccionada por el Foro Económico de Davos. Durante una cena tuvo el detalle de explicarme el modelo de puesta en marcha de su empresa Aura Biosciences. La había instalado en Boston. Elisabet me comentó que “cada vez conocía más gente que, viendo que en España no hay opciones, se va fuera”. Es mi caso, y lo es por que siempre vi el mundo como un todo y no como un conjunto de límites. Lo puede ser en lo cultural o en lo político pero no en la Nueva Economía. Hace ya bastantes años que, bajo ese prisma, ayudo a otros a dar el salto, a emprender en otros lugares o a internacionalizar sus proyectos. A Elisabet le conté que a veces algunos de esos saltos no lo eran tanto por las escasas opciones sino por la nula capacidad política para entender el momento. ¿A quien se le ocurrió meterle un tijeretazo del 42% a cada factura que hace un autónomo en España? Entre el 21% de IVA y el 21% de la retención del IRPF, el pobre autónomo se convierte en una especie de recaudador a crédito de la administración y se le pide que adelante casi la mitad del coste total de lo facturado. Es un riesgo enorme para la débil estructura laboral en la vertiente más joven y parece que no va a cambiar. Manteniendo esa locura no dejará de crecer el paro, la ruina y la miseria y con todo ello no será factible modelar el cambio en el modelo de crecimiento de un país que se ahoga en política, discursos vacíos e indigencia intelectual. El 90% de la basura empaquetada en celofán que discute la clase política y periodística no importa a nadie o no tiene valor determinante en la construcción de un futuro mejor.
En aquella cena también le expliqué que la gente se iba por que estaba acorralada. El proyecto que en aquellos días yo mismo tenía entre manos estaba siendo desarrollando, precisamente, en Boston. Tuvo que ser dentro del programa para Emprendedores Externos (UPOP) del Massachussets Insititut of Technology (MIT), ya que en España nadie me ayudó a saltar los obstáculos tecnológicos, técnicos y legales que comportaba lo que yo proponía. No era ni cuestión de dinero, era un tema de ayudarnos a convencer a las compañías aéreas a integrar un API en sus gestores. Nadie nos explicó que para que las compañías aéreas aceptasen un criterio de este tipo precisaban de un “estímulo” gubernamental. Visto el callejón sin salida nos lanzamos en la búsqueda de un lugar donde si nos ayudaran. Finalmente KLM se hizo cargo del proyecto y lo lanzó al mercado final.

Sabemos que queda mucho por hacer y sabemos que muchos lo van a lograr, incluso en España. Hay casos muy esperanzadores de cómo el “capital riesgo” español es capaz de impulsar proyectos. Softonic, Idealista, Infojobs, eDreams, Privalia, Atrápalo y un centenar de empresas de las cuales más de la mitad están fuera de Internet y tienen que ver con innovaciones en otros campos como el de procesos o el de la logística. Pero ese mercado estrecho, el español, se hace inmenso cuando lo miras desde el exterior. Esos agentes privados que apoyan la salida al exterior sumado a miles de jóvenes españoles que no se han pateado el año de Erasmus con cervezas, está entregando una generación que me niego a llamar “expatriados” y si denominarlos como exploradores capaces y preparados para establecerse en otros países. No es malo irse, es parte de la lógica de los exploradores, emprendedores, innovadores y aventureros. Como es lógico revertir algún día todo esa experiencia y potencial en tu entorno natural.

Para ello hace falta perseverancia. El emprendedor que sabe que depende de si mismo el espíritu de sacrificio y la confianza es fundamental. Y en eso estamos. Imagina que estás en medio del desierto, sin nada. La certeza de que nadie vendrá a rescatarte es obvia y que la dirección correcta de escape la desconoces. Sólo puedes hacer dos cosas: o te quedas allí esperando un milagro o empiezas a andar en rumbo desconocido. Esa es la gran decisión. Yo siempre tomo la segunda, es la que recomiendo y la que las sociedades más prósperas suelen adoptar en su conjunto. Cuando inicies el camino buscando un oasis, una salida, un lugar habitado que te permita sobrevivir a ese desierto, la opción tomada será siempre la buena pues en el mero hecho de ponerse en marcha está el éxito. A medida que el trayecto vaya aumentando podrás admitir dos posibilidades: la de admirar las dunas, el sol, el horizonte, la de disfrutar del propio recorrido o la de quejarse continuamente de la mala racha que llevas y de lo fastidioso de la situación. En ninguna de las dos estará la clave para llegar al final, el elemento fundamental será el tesón, la insistencia, el empeño, la constancia, la tenacidad y la firmeza que le pongamos al asunto. Intentarlo será el premio, no lo olvidemos.

Cuando te pongas en marcha poco importará la tipología de emprendedor que seas, pero bien irás definiendo tu propio estilo a medida que las ayudas y los subsidios se alejen irremediablemente de tu curso. Puedes ser un emprendedor soberbio, magnífico, ese vigoroso proyectista de empresas sin límite. Suelen pensar en grande y no temen a nada. Su vocación y su pasión van al unísono. Otros tipos en los que puedes verte reflejado son los exploradores, aquellos que antes de tomar decisiones analizan todo. Estos emprendedores tan racionales suelen venir de empresas grandes o de un mundo laboral muy seguro. El emprendedor que invierte es el que pone el dinero y apoya relativamente el proyecto. Suelen acabar implicándose más de lo previsto y eso es bueno la mayoría de las veces. El emprendedor activo es el que más innova pues, habiendo tenido éxito habitualmente en todo tipo de negocios, sabe que hay que innovar continuamente y aportar nuevos elementos  para afrontar nuevos retos. Estos tienen la habilidad de “estar en todo”. El emprendedor “starter” es otro espécimen. Se dedica a montar negocios, muchos, y su estrategia de éxito es la de tener pequeños fragmentos en diversos proyectos. Suelen equilibrar los desajustes por mayorías de inversión y en un momento u otro les proponen el “gran negocio” que suelen rechazar puesto que lo que les interesa es estar en el principio de las cosas y no en el crecimiento final de las mismas. El emprendedor persistente es el que no desiste. Suelen ser muy sistemáticos y acotan bien las posibilidades pero insisten hasta lograrlo. Son directivos más que emprendedores pero responden al criterio de la apuesta personal bajo un plan de Negocios exhaustivo.

Millones de hormigas

Dicen que las crisis son tiempos para las oportunidades. Eso es demasiado genérico como para aceptarlo como norma. Una época de dificultad como la actual no deja de ser un escenario de dificultad añadida al ya difícil mundo de la emprendeduría. El coste de poner en marcha una empresa o un proyecto cualquiera es muy alto en tiempo, esfuerzo y sacrificios. Se debe asumir desde el principio el enorme reto que se te presenta en frente justo en el instante en el que decides arrancar. Si añadimos que esto no es una crisis si no algo mucho más complejo y sofisticado, más trascendental y menos anecdótico, entonces aun me lo pones más claro.

Algo está pasando en el mundo, como decíamos hay un cruce de revoluciones en marcha: la de los modelos de producción y los de la transmisión del conocimiento. Eso es inédito que ocurra a la vez y está repercutiendo en el modelo emprendedor y en la capacidad de hacerlo. Algo está pasando en el mundo y tiene que ver con el hartazgo y la evidencia mostrada millones de veces en la red. Ahora una cacerola es mucho más que un objeto, es una voz global en video, es el Global Noise. Recordemos que hace 15 años una fotografía se hacía con una cámara analógica cuyas instantáneas dependían de un comercio especializado. Luego fueron las fotos digitales y las impresoras, más tarde los teléfonos con cámara y ahora los smartphones que no sólo hacen fotos, las distribuyen de inmediato por las redes sociales, ya no fotografiamos, ahora compartimos momentos, sentimientos y sucesos. Tienen mucho que ver los que se enfrentaron a los saltamontes. El vídeo que acompaña fue enlazado por un buen amigo de este blog y le agradezco la analogía con la realidad. Me gustan estos símiles metafóricos. Me hizo pensar en el valor del trabajo en común, del talento global y de la capacidad de ser uno sólo cuando entre todos nos sumamos en un modelo propio. Pensé en aquellas sequoias.

El emprendedor tiene una morfología particular. Se diferencia de otros individuos por ser creativo en mayor o menor medida, disponer de una gran intuición, incluso si fracasa, de un grado de optimismo patológico que puede perfectamente mezclarse con un espíritu crítico y analítico de la realidad, un emprendedor no es un iluso, es un valiente que decide tirarse por un acantilado sin saber, muchas veces, que le espera allí abajo.

El emprendedor tiene un ADN compuesto por empuje, decisión, observación y energía para soportar los temporales que se encontrara en su camino. En España, además, el emprendedor suele tener dos caracteres más: la paciencia para tolerar la pesada administración pública y su burocracia e inconsciencia bien entendida para sobrellevar el riesgo de exclusión si te arruinas en este país.

Me gustaría destacar que no sólo de emprendedores es la tarea de mejorar nuestro entorno, tiene que ver con muchos otros elementos sociales. La multitud es el todo y es quien debe poner en marcha los resortes del cambio. Los gobiernos y los poderes políticos, públicos, financieros y privados, todos son la clave, pero la sociedad en su conjunto, emprendedores y emprendidos, todos adeudan ese impulso hacía un futuro más equilibrado y activo, donde ser concursante de Gran Hermano no sea el objetivo de millones de jóvenes por que consideran que siendo famoso la vida será más fácil.

No sólo de emprendedores va este post, también de todo lo que conlleva estimular cambios de conducta para tomar las riendas de tu propia vida, seas o no empresario, joven o anciano. No hablamos de estereotipos, pero si de actores. Hay personas que han nacido con una actitud en la vida que los posiciona como agentes de cambio, otros que se ven impulsados a ello.

La mal llamada crisis debería despertar en muchos ciudadanos su inquietud por emprender. Este momento, aparentemente poco propicio para poner en marcha proyectos, es uno de los más complejos por los que pasará la mayoría de las generaciones que les tocaron vivir. Con un endurecimiento del crédito, sin dinero público para invertir en reflotar la economía, con el consumo cayendo y sin expectativas de mejora, el horizonte no parece el más brillante para los que han decidido arriesgarlo todo por una empresa.

Discúlpeme, pero...

En el 2009 la UE a través de un programa vinculado al Seventh Growth Program inició un proyecto tipo Erasmus pero en el que en lugar de estudiantes lo que se intercambiaba era emprendedores. En ese programa en el que el estudiante emprendedor realizaba un stage de 1 a 6 meses con un empresario “acogedor” se generaban escenarios empresariales de tipo tecnológico en su mayoría pero también se pudo contemplar otro tipo de sueños más analógicos.  Se trataba de poner en contacto a nuevos emprendedores con emprendedores experimentados. El emparejamiento de emprendedores con empresarios del país receptor se llevaba a cabo con la ayuda de casi un centenar de organizaciones intermediarias especializadas en servicios de apoyo a la empresa (Cámaras de Comercio, Incubadoras de empresas, Centros de StartUps, etc.) repartidas por toda la UE.
En gran medida, si algo caracteriza el escenario de occidente y anglosajón especialmente es que el fracaso es un incentivo. Intentar es consustancial con el error y el error con el intento. Si no se lanza uno a buscar sus sueños, aunque duela, nunca se alcanzarán. Hay países que premian esa dedicación, ese arriesgado tránsito entre lo más difícil. Otros lo castigan y de manera severa.

En España si lo intentas y va mal, se acabó. Bueno, no del todo, pero si es muy duro levantar cabeza. Cuesta mucho resarcirse. Se logra con mucho aval externo, ocultando los fracasos y esperando que los éxitos venideros permitan entrar en un ciclo de confianza crediticia. Terrible puesto que se pierde el gigantesco valor que proporcionaría en una sociedad en crisis de emprendeduría que muchos de los que ahora ya tienen experiencia en montar negocios, y en sus peligros y dificultades, volvieran a intentarlo. No lo hace y perdemos ese gran activo. A veces uno parece que debe pedir excusas por haberlo intentado arriesgando todo lo que tenía y, cuando salió mal, encima todo te empuja casi a pedir perdón. Discúlpeme pues fracasé, pero le aseguro que aprendí una barbaridad para equivocarme mucho mejor la próxima vez.

¿Cómo ganar sin riesgo?

La diferencia entre un leopardo y una gacela es que el primero puede equivocarse una vez. Lo mismo le ocurre a la serpiente respecto a un sapo. Durante siglos la banca se ha equivocado en innumerables ocasiones, pero sin embargo no ha permitido que sus fieles lo hicieran. Durante decenios el sagrado sistema financiero ha permitido sin que le temblara el pulso que miles de personas fueran embargadas por cometer un error en el mejor de los casos. En el peor, por no cometerlo.
¿Cómo ser leopardo y no gacela? Es difícil cambiar las reglas de un juego siniestro como el que representa comprar dinero y retornarlo a un interés determinado. Obviamente no vamos a inventar nada nuevo, pero permítanme explicar un mecanismo sencillo para que los que posean una tarjeta de crédito estándar ganen dinero por el mero hecho de gestionar adecuadamente su uso.

Me encuentro en un país donde el uso de moneda de plástico es masivo y donde la deuda se genera para superponerse a un déficit personal anterior. Sin embargo los ricos a crédito no son exclusivos de América, están por todas partes, especialmente en España. Muchos de estos individuos que estructuran su vida en base al pago a crédito, para abonar todo su consumo cotidiano en términos que ya se han convertido en un “retainer” a perpetuidad, son “expertos” financieros que consideran estar amortiguando sus gastos gracias al mal llamado “cómodos” plazos.

Hoy les voy a explicar a estos “inversores” el mecanismo por el que pueden ganar una media de un 21% anual sin ningún tipo de riesgo y así convertirse en leopardos y dejar de ser gacelas. Pongamos como ejemplo que disponen de un pequeño ahorro que se suele denominar “fondo familiar de garantía” y con el que el afectado tiene la ilusión de tener algo de liquidez, una liquidez que por otro lado, está revertida en el pasivo adeudado por su vida de plástico. Un ahorro que en el mejor de los casos está “fabricando” un 5% anual. Incluso si lo que ha hecho es meter parte de ese capital en fondos garantizados tras la “honesta” asesoría de su director de sucursal de cabecera, el rédito obtenido no sobrepasará ese porcentaje.

Obviamente esto es un juego simple de aritmética de bar, pero la fórmula es tan básica que asusta. Si pagan el montante pendiente de la tarjeta de crédito inmediatamente es como si hubieran ganado un 21% sobre su inversión total. Lo mejor es que este retorno es sin ningún tipo de riesgo, ya que está garantizado, pues se ahorrarán los intereses que hubieran pagado al banco.

Financieramente tiene mucho más sentido pagar una deuda con tasa de 21% que ahorrar en una cuenta al 5%. Digamos que el resultante sería un beneficio sin riesgo del 16% sin arriesgar nada, garantizado desde el mismo principio de la operación.

Les cuento esto, en un día en el que el sistema financiero español sigue con su juego de trileros fusionándose a costa del  fondos que pagamos todos, porque sigo recomendando depender lo menos posible de subsidios, créditos abusivos o ayudas. El ahorro puede ser un buen mecanismo para sobrevolar la escasez de crédito, pero cuando éste depende de no saldar créditos de consumo vinculados a productos financieros humillantes como las tarjetas que reparten en las terminales de los aeropuertos, se convierte en un pesado lastre justo en frente de este estrecho escenario que nos tocará vivir desde ya.