Marc Vidal Marc Vidal

Harakiri

Hace algo más de un año me invitaron a dar una conferencia en Extremadura. Recuerdo que me sorprendió la grandilocuencia del evento y el gigantismo que lo rodeaba. Se trataba de unas hipotéticas jornadas sobre la emprendeduría. La inauguración estuvo a cargo del presidente local de entonces, Guillermo Fernández Vara. Lo hizo frente a un auditorio con cerca de 2.000 emprendedores durante un martes a las 10 de la mañana. Les dijo que “estaba orgulloso del cambio social y económico que había impulsado en su comunidad, que era el momento de todos ellos: los emprendedores”.
Cuando me tocó, y era el ponente económico inicial con una conferencia que versaba sobre la “oportunidad que nos tocaba asumir“, pensé en ejecutar mi propio suicidio público. Comenté, mirando la cara desencajada de aquel político, de su vicepresidenta y de varios consejeros, a la vez que señalaba a todo el auditorio, que “lo peor no era mentir, lo realmente terrible era creerse las propias mentiras y que si ya era duro escuchar a un político simulando que estaba hablando a emprendedores, era mucho más dramático observar las caras de satisfacción y los aplausos de todos ellos, cuando no eran más que funcionarios descontando tiempo de asuntos propios”.

Tras aquel harakiri, un silencio, un minuto y finalmente un aplauso. No dije nada que la mayoría no supiera. Había emprendedores, pero el auditorio estaba plagado de una amalgama de trabajadores públicos. Emprender es mucho más que asistir a congresos y charlas. Así les ha ido. El error de poner al mando de proyectos de estímulo de la emprendeduría a quienes jamás emprendieron nada al final sale caro.

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Feliz fracaso

En los próximos días explicaré en un par de posts cuando, como y porqué me he arruinado dos veces. Explicaré que aprendí de cada una de mis derrotas y, sobretodo, que he dejado de hacer para no repetirlas. De hecho ahora, cuando noto el áspero aroma de la ruina, la identifico a tiempo, la racionalizo y actúo en consecuencia. El éxito es proporcional a la suma de fracasos. Sumar ilusos soñadores exentos de heridas con experimentados emprendedores que te muestran sus fracasos como cicatrices de un matador es lo ideal. Cómo combinarlo y en que dosis mezclarlo será la clave. De momento hoy hablaremos del extraordinario valor que aporta un buen y feliz fracaso.
Que la nueva administración anuncie el aumento de impuestos es símbolo de que acepta la reducción del consumo y con esto la parálisis industrial, el aumento de paro y la detención del mercado. Con la reducción de obras, cierre de empresas públicas y otros ejercicios de imprescindible ajuste presupuestario en la administración, se logra oxidar aun más todo ese engranaje ya bastante deteriorado por culpa de una sobreexplotación y calentamiento exagerado durante un quince años. ¿Cómo puede alguien decir que confía que con las medidas adoptadas de austeridad lo que se está gestando es la recuperación económica? Es de párvulos que eso es sencillamente falso.

Veamos donde estamos y que tiene que ver con la oportunidad de fracasar brillantemente. Hemos vivido años excepcionales y lo normal es que en épocas de chorizos y vino nadie gestione el riesgo. Pocos se prepararon para las turbulencias, salvo algunos espabilados que tenían información privilegiada y hacían lo contrario a lo que proclamaban (léase algún banco que vendió todo su patrimonio a seis meses de la explosión de la burbuja) u otros que leían blogs y foros donde de esto se avisaba con criterio y análisis en contra de la versión oficial y los insultos consecuentes.

Aunque parezca tarde para afrontar con garantías este momento, no lo es del todo. La gestión del riesgo es algo que se conoce bien desde donde estuve la semana pasada, en Colombia, México y California. Me cuentan como afrontan las crisis consecutivas, las quiebras de sistema repetidas y los maremotos inflacionistas sucesivos y es para maravillarse. Basarse en la experiencia de otros errores y equivocarse mejor puede ser la base del emprendedor del día de hoy. Si se analizan esas quiebras anteriores podremos prepararnos para el futuro inmediato. Por ello, una crisis no es más que un punto de inflexión, no necesariamente a mejor, pero si un momento de cambio. Es a partir de ese instante, justo cuando esa situación difícil se evidencia que debemos adoptar un modelo de gestión diferente, no hay otra opción. El FMI nos anuncia una nueva recesión. Great News!! Ya he dicho en alguna ocasión que “la recesión es una gran noticia para los que están emprendiendo”.

No hay un escenario más específicamente ideal para los emprendedores que la crisis (yo la considero un cambio de modelo), y cuanto más profunda mejor. A medida que se obtienen mínimos ingresos, incluso nulos, a medida que entendemos que es eso del negocio sin ingresos, veremos como las grandes estructuras de la economía tradicional se desmoronan, se debilitan. Será entonces, justo es ese momento, cuando los que ya provienen de la crisis estructural al propio hecho de emprender, que encontrarán su resquicio, su grieta por la que meterse. La economía de mercado actual está en plena depresión, tiene un tronco público deteriorado al máximo y produce que la empresa dependiente de la administración en cualquiera de sus estamentos esté tocando sus peores momentos. La fisura en la economía se agranda, es momento de colarse.

Aunque suene a oportunismo voraz no lo es, es algo más sofisticado y tiene que ver con la capacidad que cada uno tiene para encontrar en sus errores las soluciones. Los que quieran seguirme que vengan, algunos no pensamos parar. El camino está plagado de piedras que vana a afectar a unos más que a otros. Soy optimista, y lo soy todos aquellos que montamos negocios todos los días, no tanto para los que viven del momio, los que se esfuerzan en hablar y hablar y no hacer y no hacer. Lo mejor que pudo pasarme en la vida fue arruinarme dos veces completamente. Ayuda a entender que tras eso sólo hay otra oportunidad para arruinarte por tercera vez y en el tránsito construyes algo, si sale bien, lo repites, si sale mal, lo mejoras.

¿Cómo lo hacemos? Pues con valor. Enfrentaros a la regulación excesiva, a la crisis financiera, a la propia recesión, al círculo vicioso de los protocolos, encontrad la oportunidad digital, la renovable, la de escuchar a los clientes descontentos de nuestra competencia, solicitad la ayuda colectiva para el control de costes, acumular eficiencia, retened el talento alrededor vuestro, aliaros con vuestro enemigo, transaccionar con proveedores, revisad si vuestro modelo de negocio no se ha quedado obsoleto y apostad por cambios que lo viabilicen cueste lo que cueste, aunque lo cueste todo y te lleve al cierre, en ese circuito habrás aprendido lo necesario para el próximo proyecto. Trabaja por la reputación digital de tus ideas, pues con ello aumentarás la confianza en tu propia aventura y eso te ayudará a no paralizarte.

Si estás paralizado como un alce en medio de la calzada de noche justo cuando un camión le hace luces para que se aparte, utiliza todo lo que tienes a tu alrededor. Te adelanto que ya no tienes lo que otros tuvieron hace unos meses: el desempleo de golpe o las ayudas que se recortarán obviamente. Sólo te queda gestionar bien el miedo al fracaso.

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El “derecho al olvido”

Saltaba la noticia de que la Comisión Europea sentó hoy las bases para proteger al máximo el “derecho al olvido” de los usuarios en las redes sociales como Facebook o en buscadores como Google. En un momento en el que sabemos que la conciencia global es cada vez nuestra conciencia y que la conectividad de nuestra razón se estimula en la perdida de memoria pues todo está al alcance de un clic, saber que la verdadera protección de datos, como derecho fundamental, va a estar garantizado es una buena noticia. Ya sabemos que “la nueva legislación obligará a las redes sociales y a los motores de búsqueda a borrar todos los datos de una persona de forma inmediata (y completa) si ésta así lo pide expresamente y si no existe ninguna razón de peso para retenerlos en la red”. Está por ver como se estructura todo eso ahora que hay quien asegura que nuestros correos están siendo escaneados de manera rutinaria y con objetivos “comerciales”

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Asesorar en la Nueva Economía

Hoy os dejo con un regalo de incalculable valor. Material compartido con James Levy. Hablamos de los inicios en Merrill Lynch Banca Privada en Madrid a comienzos de los años 90, las llamadas telefónicas entre España y Estados Unidos eran muy caras y sólo las grandes empresas contaban con redes de datos. Llegué a ser vicepresidente lo que me permitió conocer bien todo el engranaje del negocio. Nuestro modelo dependía en gran medida de ese monopolio que proporciona el acceso a la información sobre precios de los activos financieros y la capacidad para participar en el propio mercado. A través de la red corporativa de comunicaciones conocíamos los precios de acciones o materias primas en los mercados de EEUU y podíamos entrar, ejecutar y confirmar las órdenes de nuestros clientes en España en estos mercados casi a tiempo real.
El derecho a acceder a esta información y la capacidad de intervenir en los mercados justificaban el cobro de comisiones por las operaciones de compraventa. Estas comisiones eran más altas que las actuales, cuya única justificación en el actual acceso generalizado a los precios de los productos financieros a través de Internet es precisamente el de la mera ejecución de órdenes de compraventa. El cliente normalmente aceptaba las altas comisiones como el precio a pagar por tener una fuente fiable casi a tiempo real de los precios y la posibilidad de ejecutar órdenes con gran rapidez. El hecho de ser cliente, y por lo tanto el pago de estas comisiones, también daba derecho a charlar con el intermediario financiero, el mítico broker (como lo fuera el propio Marc entre los años 1999 y 2001), con quien se intercambiaban opiniones sobre los mercados, lo que se percibía como un beneficio adicional para el cliente.

Este modelo de negocio se gestó en el siglo XIX, cuando las empresas socias de la bolsa de Nueva York comenzaron a explotar la nueva tecnología del telégrafo para abrir oficinas satélites en las grandes ciudades de EEUU. Así, las oficinas de las empresas pioneras como Merrill Lynch o Morgan Stanley permitían a los clientes particulares acceder a los mercados financieros de Nueva York o Chicago sin tener que viajar a estas ciudades, y observar casi a tiempo real las variaciones en los precios de las acciones o materias primas, que se iban escribiendo en grandes pizarras a medida que se iban recibiendo por telégrafo las actualizaciones. Con pequeñas variaciones, este esquema se mantuvo durante más de un siglo. Las cuentas con un broker eran la forma consagrada de gestionar el patrimonio financiero para cualquier norteamericano que se atrevía a invertir en algo más exótico que los depósitos a plazo fijo ofrecidos por su banco local.

La oficina de Merrill Lynch en Madrid en 1991 aún funcionaba esencialmente de este modo cuando empecé a trabajar como asesor financiero (así se llamaban entonces sus brokers). Aunque no lo sabíamos entonces, este modelo de negocio iba a experimentar una transformación fundamental con profundas consecuencias, en general negativas para los inversores. En esta transformación hunde también sus raíces la actual crisis del sector de asesoramiento financiero, incluyendo su segmento más elitista de banca privada.

La revolución digital y omnipresencia de Internet ha eliminado cualquier vestigio de justificación para el cobro de comisiones por acceso a los precios de los activos financieros. Hoy en día, cualquier cliente tiene a su alcance información prácticamente a tiempo real sobre las bolsas y otros mercados financieros organizados en todo el mundo y puede ejecutar sus órdenes de compraventa a precios muy moderados a través de Internet desde cualquier lugar. Ante la amenaza para los ingresos en el modelo tradicional de negocio que representaba la facilidad de acceso a información por Internet, el sector de asesoramiento financiero planteó una respuesta basada en una serie de medidas defensivas. En mi opinión, estas medidas defensivas son precisamente la causa de los excesos y de la opacidad que ha llevado a esta industria a su actual descrédito entre sus clientes.

Antes de analizar estas medidas, me gustaría hacer un inciso para refutar unos de los mitos más extendidos entre inversores, esto es, la creencia de que “cuanto más grande, mejor” en referencia a la industria de asesoramiento financiero. Los acontecimientos de los últimos años han demostrado sobradamente que invertir a través de una institución de gran nombre, con cientos o miles de sucursales, no constituye ninguna garantía contra el fraude ni contra la quiebra. Respecto al fraude, recordemos que las instituciones no tiene moralidad ni ética profesional. Solamente los individuos poseen estas muy deseables cualidades, especialmente entre gestores de patrimonios financieros ajenos.

Tanto los bancos más grandes como la empresa de asesoramiento más pequeña pueden contar con profesionales ejemplares o con los peores timadores. Tampoco el tamaño de la institución es garantía frente al peligro de quiebra, muchas veces vinculado a las actividades ilícitas de altos directivos. Desde Lehman Brothers a Bear Stearns, pasando más recientemente por MF Global en EEUU (donde aún no han localizado 1.500 millones de USD de fondos de los clientes) hasta varias Cajas muy conocidas en España, vemos ampliamente demostrado que las grandes instituciones no ofrecen un margen de seguridad adicional sobre las entidades pequeñas. Al contrario, muchas veces merece más confianza un pequeño despacho con socios bien conocidos y con acreditada solvencia profesional, que un título de renombre en una gran entidad. En ausencia de una relación profesional a largo plazo, existe el riesgo de caer en manos de individuos poco éticos, escudados tras el nombre de una institución, que ante la presión de generar ingresos para alcanzar los objetivos anuales, pueden ceder a la tentación de “colocar” productos inadecuados a las necesidades de sus clientes. En contraste, los socios de un grupo asesor independiente sólo deben responder ante los propios clientes y no se les plantea este conflicto de interés con las exigencias corporativas.

A mi juicio, la respuesta defensiva de las empresas de asesoramiento financiero ante la amenaza para sus ingresos planteada por la extraordinaria facilidad de acceso a información a través de Internet ha seguido los tres ejes principales siguientes:

a) Opacidad. 

La industria de asesoramiento financiero ha reaccionado ante la disminución de la rentabilidad del negocio de intermediación en la compra directa de activos por parte de sus clientes con una gama de medidas para incrementar la opacidad de los productos financieros, con objeto de esconder u oscurecer los costes reales. No es casualidad que el auge en la creación y promoción comercial de los fondos de inversión en España haya coincidido con la llegada de la intermediación bursátil en condiciones muy económicas por Internet. Los fondos de inversión permiten a los bancos (cada uno a través de su gestora) seguir cobrando buenas comisiones al inversor, sea en fondos de renta variable, renta fija o los casi siempre inefectivos mixtos. ¿Cuántos inversores realmente leen las docenas de páginas de letra pequeña en los folletos de los fondos de inversión? Muchos inversores se conforman con ver la comisión de gestión, sin llegar casi nunca a enterarse de las posibles presiones a que se ven sometidos los gestores de fondos para incluir en los mismos los excedentes de activos financieros de los que desea desprenderse el banco matriz. Por ejemplo, si el banco emite un bono o es la entidad aseguradora de una emisión con mala acogida en el mercado, este mismo papel puede acabar colocado entre los fondos de inversión de la gestora del propio banco. Aunque la presencia de este papel puede resultar perjudicial para los intereses de los partícipes del fondo, es sin embargo positiva para las cifras de negocio de la casa matriz y, por ende, para la consecución de los objetivos anuales y los correspondientes bonos de sus empleados.

Después de los fondos de inversión, que en su gran mayoría no ofrecen ningún valor añadido al inversor para justificar sus alto costes, los bancos han promocionado un sinfín de productos cada vez más abstractos, más opacos y más rentables para el banco, que no para el sufrido inversor. Un ejemplo notorio lo ofrecen muchos productos estructurados, tan de moda en los últimos años. Construidos a partir de derivados complejos de uno o varios índices, como el Ibex o el Eurostoxx 50, o  de una cesta de acciones, estas mal llamadas inversiones a veces se parecen más a juegos de casino que a productos financieros dirigidos al gran público, sin formación específica en matemáticas financieras que le permita entender sus riesgos. Aunque son pocos los clientes que han ganado dinero invirtiendo en productos estructurados, para los bancos resulta imposible perder con ellos, ya que contienen en su propia estructura una generosa comisión, integrada de forma totalmente opaca para el inversor. A lo largo de mi carrera, los mejores profesionales de asesoramiento de inversión que he conocido siempre han coincidido en aplicar una regla de oro: no vendas nunca al cliente un producto financiero que no se entienda bien. Todos los inversores deberían aplicarse este consejo y exigírselo también a su asesor.

b) Restringir la liquidez

Una segunda vía utilizada por la industria de asesoramiento financiero para compensar la pérdida de su rentable monopolio sobre la información bursátil es restringir la liquidez de los productos de inversión que ofrecen a sus clientes, aumentando de este modo la rentabilidad para los bancos y sus gestoras. Por liquidez entendemos la posibilidad de comprar o vender cantidades razonables de un activo financiero sin que ello resulte en una variación en su precio. Por ejemplo, mientras una acción de una empresa cotizada en el Ibex u otro índice bursátil importante casi siempre tiene liquidez, muchos de los productos de inversión en los últimos años carecen intencionadamente de esta importantísima cualidad. Así, he escuchado a multitud de inversores quejarse amargamente del gran coste incurrido por vender anticipadamente productos estructurados, pese a que en teoría no estaban afectados por comisiones explícitas por esta causa. Los costes surgen del gran diferencial entre el precio de compra y el de venta de estos productos ilíquidos por parte del banco, que suele ser el único mercado de los productos en cuestión. Una parte no insignificante de este diferencial (que puede superar el 5% del montante del capital del cliente invertido en el producto) acaba engrosando las cuentas de resultados del propio banco, de forma totalmente opaca para el inversor.

c) Agudización del conflicto entre presión comercial y responsabilidad ante el cliente

La tercera vía utilizada por los bancos en los últimos años para asegurar un flujo importante de ingresos a pesar de la pérdida del monopolio de la información sobre los precios bursátiles ha sido la distribución masiva, mediante agresivas campañas de publicidad, de productos financieros no necesariamente adecuados para el gran público. El asesor de patrimonios debería sentir una gran responsabilidad fiduciaria, velando en primer lugar por los intereses del cliente que le confía sus ahorros. Aunque no esté obligado a ello por ley, el asesor tiene la obligación moral de ayudar al cliente a defender su patrimonio.

El Nuevo Modelo

En los últimos años, una parte importante de mi trabajo como asesor de inversiones ha consistido en estudiar las recomendaciones de los bancos a mis clientes para detectar los problemas mencionados anteriormente y sugerir actuaciones alternativas. Como hemos visto, se han producido cambios sustanciales en la industria de asesoramiento financiero, que ofrecen la oportunidad de desarrollar nuevos modelos de inversión y de gestión patrimonial adaptados a un escenario dinámico, con gran facilidad de acceso a información para obtener valor añadido para nuestra cartera. La denominación Banca Privada ha quedado totalmente desacreditada en un mar de conflictos de intereses y productos fracasados e inadecuados, en un entorno de exceso de agresividad y falta de responsabilidad fiduciaria.

En estas circunstancias, ¿qué debe hacer el inversor tradicional? Mis recomendaciones son las siguientes:

1) Enterrar los prejuicios contra las empresas pequeñas de asesoramiento de inversión o gestión de activos. En la nueva economía digital, los grandes bancos y gestoras pierden ventaja frente a la agilidad de las pequeñas empresas que, como veíamos, cuentan con idéntica capacidad de acceso a la información y de ejecutar órdenes de compraventa en todo el mundo. Está ampliamente demostrado que los pequeños fondos de inversión “de autor”, donde el gestor principal tiene invertida una gran parte de su propio patrimonio, ofrecen los mejores resultados a largo plazo.

2)  Utilizar las herramientas de la nueva economía para saber a quién estás encomendando el cuidado de tu dinero como asesor o gestor. ¿Cómo es su huella digital? Desde Facebook, Twitter, Linkedin a sus intervenciones en conferencias o publicaciones en prensa, hay gran cantidad de información al alcance de cualquiera con una conexión a Internet, simplemente con el uso de un buscador. Hoy más que nunca, el inversor es quien manda. Antes de confiar los ahorros conviene mantener al menos una reunión presencial o contacto telefónico o a través de Skype. Elegir un asesor financiero se parece mucho a buscar un buen médico o un buen canguro. El tiempo y esfuerzo que dediquemos a hacer una buena selección se verá compensado ampliamente en el futuro.

3) Finalmente, conviene mantener una actitud abierta ante las magníficas oportunidades y nuevas formas de invertir que nos brinda la economía digital. La época de escoger banco porque tenía sucursal en la esquina de casa se ha acabado. La plena libertad de movimiento del capital y el perfecto funcionamiento de los bancos modernos por Internet han eliminado el obstáculo de la distancia física. Además, ya es posible invertir directamente en proyectos de emprendedores a la vanguardia de la nueva economía con cantidades de dinero al alcance de muchos ahorradores. La diversificación efectiva consiste en participar en varias clases de activos con baja correlación entre sí, más allá de la tradicional dicotomía entre renta fija y renta variable. Invertir en proyectos de economía digital de la mano de un asesor de confianza con habilidad demostrada en este campo puede ofrecer importantes beneficios a largo plazo.

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El soldado invencible

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Paul Valéry dijo que “la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran”. Hay guerras con armas y batallas con otros elementos. Ahora estamos inmersos en una contienda que utiliza herramientas sofisticadas y complejas. Estamos en la batalla por la conquista de la Nueve Economía aunque muchos no lo sepan. Os dejo una historia que sucedió hace mucho tiemp y que seguro os va a hacer reflexionar. Que lo disfruten.

El poeta y crítico francés, líder del movimiento surrealista, André Breton conoció al soldado invencible. Fue durante una gélida mañana de invierno de 1916, en un hospital de guerra francés donde trabajaba como apoyo a los que intentaban evitar que el imperio germano devorara Francia. Fue a primera hora, justo en el instante que parece definirse la barrera entre el día y su noche anterior. Cuando André tuvo que acercarse a uno de los carromatos donde se hacinaban los heridos que llegaban del frente. Frente a las ruedas embarradas, manchadas de fluidos y sangre, con la banda sonora eterna de llantos y lamentos, los mismos que estaba tan acostumbrado a escuchar, contó los cuerpos y se lanzó en ayuda de los que parecían más graves. Como siempre los amputados, los que habían perdido alguna extremidad y estaban prácticamente muertos eran los prioritarios, los que a criterio del poeta, debían ser tratados sin espera. A veces, sólo a veces, alguno de esos moribundos se salvaba.

Aquella mañana sin embargo, una orden cambiaría para siempre su percepción de la guerra y de sus consecuencias. En el momento que André Breton empezaba a engasar las llagas de algunos de los soldados más castigados por la metralla, una orden directa y sin paliativos le dijo:

- “André, deja lo que estás haciendo y ayúdame con este herido”.

El joven artista no salía de su asombro. El herido era una hipótesis, un ejemplo evidente del ileso en plena batalla, normalmente se atribuía ese efecto al soldado que huía antes de empezar, solían ser desertores. No aparentaba tener ni un solo rasguño. Por eso, sin demasiado recelo, giró su atención y continuó con lo que estaba haciendo. Arrugó otro nuevo trozo de tela y la apretó contra la herida de un pobre moribundo sin piernas al que llevaba un rato tratando de taponarle la hemorragia. Pero el mismo superior que hacía unos segundos le espetó con autoridad, volvió a incidir en la misma dirección.

- “André, le he dado una orden, venga aquí ahora mismo y ayúdeme con este herido”

Bretón nació humilde. Seguramente eso le ayudó a entender que, en la guerra, como en la vida, nada es lo que parece, que las cosas que quieres debes ir a buscarlas pues no suelen llegar solas. Desde muy joven supo que las apariencias engañan y por ello, muy a su pesar, abandonó el cuerpo dramáticamente herido que estaba tratando y se acercó a su superior. Éste tenía agarrado de su brazo a un hombre rubio, alto, con la mirada perdida, al que le resbalaban gotas de saliva por la barbilla y que, como evidencia de haber estado en batalla, tenía sangre seca por todo su uniforme. Le preguntó que donde estaban sus heridas, donde debía empezar a desinfectar, cortar, curar. La respuesta fue simple: “en su mente”.

La explicación del suceso que protagonizó ese soldado era escalofriante. Al parecer durante la última contienda en la que su batallón se vio implicado, todos murieron menos él. Un puñado de explosiones detonaron en la zanja donde, desde hacía días, habían estado resistiendo los ataques del enemigo. A medida que la bruma se esparcía, el soldado ileso entendió la magnitud de la masacre. Sin humo de la pólvora que engasara la imagen, pudo ver como era el único superviviente. Todos yacían muertos en la trinchera, sin apenas poder reaccionar, desesperado, con un sentimiento de culpa que sólo pueden tener los que se salvan de una catástrofe, durante unos segundos, minutos talvez, ese hombre enfurecido se limitó a gritar, a desear el mismo destino cruel que sus compañeros. Por eso salió de esa morgue rectilínea y se presentó ante el enemigo gritando:

- ¡Eh! ¡aquí estoy! ¡matadme!

Lo que pasó a continuación no tiene explicación lógica ninguna, pero así lo explicaron los dos centinelas que le rescataron. Dos compatriotas que vieron la atrocidad desde otro comando corrieron a rescatar a los heridos, de allí no pudieron llevarse a nadie más que a un enloquecido soldado que se mostraba con el pecho descubierto frente a un centenar de bayonetas y cañones. Mientras sus salvadores se acercaban no daban crédito a lo que estaba sucediendo. Disparos, explosiones y detonaciones no cesaban en el intento de matar al suicida. Ninguno acertó y en consecuencia, cuando fue apartado de esa posición, su cuerpo estaba intacto. Ni una herida, ni una sola cicatriz, nada epidérmico. La lesión ya hurgaba por el interior de su alma. Ese hombre creyó no estar en ninguna guerra, pensó que todo era producto de su imaginación. Estaba convencido de que todo era una tremenda alucinación que su cerebro le estaba fabricando, una broma macabra que no aceptaba como válida ahora que podía probar, aparentemente, que era invencible. Lo era porque no existía tal batalla.

La verdad es que ante esa realidad, el herido de guerra era el más atractivo de todos para Bretón. Para un aficionado a la mente humana, teórico representante del surrealismo poético, este caso era una especie de regalo. Estuvo unos días tratando aquel hombre hasta que llegó a la conclusión que lo más grave que le podía pasar a un ser humano era alejarse de su propia realidad, abandonar la evidencia del escenario en el que se encuentra y decidir no aceptar la guerra que le ha tocado vivir.

Uno de los principales valores que debe tener un emprendedor, alguien que quiere poner en marcha sus proyectos, sean los que sean, es el de aceptar el territorio en el que nos ha tocado vivir. Aceptar cada una de las aristas que tiene. Para un emprendedor, no darse cuenta que “esto es una batalla real” puede ser tan perjudicial como no entrar en ella. No nos vale creernos invencibles, no funciona ir sin radar, hay que afinar el valor de la prospección. De hecho como decía Simón Bolivar “el arte de vencer se aprende de las derrotas”. Es tan cierta esta frase que, si no sabemos asimilar bien cada una de las heridas que la emprendeduría nos va a deparar, nunca lograremos generar un proyecto sólido. No digo que la suerte no juegue su papel, por supuesto, hay quien sin sufrir una sola herida, saliendo de cualquier trinchera, logra sus objetivos sin recibir ni un solo balazo, pero eso es algo poco habitual.

André Bretón no decía que “lo que amo de la imaginación es que no perdonas”. Dejemos a nuestra imaginación trabajar en paz, sin paliativos, pero no nos olvidemos que la guerra existe y que sin aceptarla fracasaremos irremediablemente. El valor de la prospección es evidente. Para encontrar un príncipe hay que besar muchas ranas, por eso sabemos que un buen proyecto emprendedor no siempre aparece a las primeras de cambio, precisa de insistir. Muchos de los que se retiran en mitad de la batalla lo hacen por que al salir de la trinchera y pensar que no les daría ningún proyectil se llevaron un terrible desengaño. Todos estamos expuestos a ello, pero sólo los que lo prevean podrán pasar al siguiente capítulo.

Una sociedad incapaz de aceptar el entorno que le ha tocado vivir, sin voluntad de afrontar la situación desde la necesidad de ponerse en marcha, asumiendo la realidad y no aceptando lo que otros cuentan, es una sociedad que no podrá afrontar los retos del futuro.

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Innovación o renovación


Las empresas que generan valor en nuestro tiempo son las que se comportan como seres vivos. Nacen, crecen, se reproducen y, si es preciso, mueren con dignidad. No sucede nada, no es ningún drama, que una empresa sea capaz de decidir cuando sucumbir, pues el coste de modificar toda su estructura y modelo de gestión es inasumible y muy superior a la generación de una nueva compañía no debería de sonrojar a nadie. Crear una nueva compañía con los valores aprendidos y con las mejoras por establecer es mucho mejor que insistir con algo que ya no logra los éxitos anteriores. Innovar puede ser también renovar. Los tiempos que corren, la era empresarial que nos ha tocado vivir es la de los escenarios complejos, la de los territorios inteligentes y donde una empresa fuerte debe asumir los retos incluso cuando estos no son los previsibles. A este tipo de actitud yo le llamo “conocimiento empresarial”. La deriva de esto sería concretar “empresas inteligentes”.

Hace casi cinco años, durante una conferencia que tuve el honor de ofrecer a estudiantes de Administración de Empresa en el Aula Magna de la Facultad de Economía de l’Echole National d’Economique de Paris, hablé por primera vez de “empresa inteligente”. Lo que ahora es un término de uso cotidiano en las escuelas de negocio por aquel entonces sonó muy extraño. Ese término fue complementado con otros del tipo “open Business” o “negocio en red”. El concepto de empresa inteligente se trata de una organización que posee las habilidades para crear, adquirir y transferir conocimiento. Debe tener también la capacidad de modificar su conducta, su manera de hacer las cosas, al haber generado nuevos escenarios de visión y nuevos puntos registros.

Debemos aceptar que el momento actual no tiene comparación a nivel económico y empresarial con ningún otro. Los cambios políticos, económicos y sociales se suceden a una velocidad de vértigo y el futuro que nos depara ya no es el que se insinuaba tan solo hace una década. Se acerca una revolución del conocimiento que se llevará por delante todas las barreras y ventanas que teníamos establecidas en el modelo empresarial anterior.

No asistimos a un simple cambio de modelo económico, estamos siendo llamados a presenciar una de las revoluciones de mayor calibre que haya conocido la humanidad: la revolución de la hipersociedad. Estamos protagonizando, casi sin saberlo, la etapa del cansancio de los modelos de negocio tradicionales dando paso a los modelos del conocimiento. Se está pasando de la producción industrial sujeta al factor económico a la producción intelectual amparada en el valor de la inteligencia. El destino para las empresas que no se adapten en los próximos cinco o seis años será mucho más duro que para los que acepten esa mutación natural que deberán asumir.

El destino que nos espera a todos es inexorable: finalmente el intelecto y el espíritu del trabajador de las empresas hacen explosión y se expande sin remedio hacia todas partes incluyéndolo todo en una amalgama imperfecta de retos tecnológicos y estimulantes que se avecinan y que, en resumen, no solo darán respuesta empresarial a nuevos problemas de la humanidad sino que también contribuirán a un mundo mucho mejor. Estoy seguro que, tras este tiempo de cambios, el futuro que le espera a mi hijo será mucho mejor que mi presente. De eso tenemos que encargarnos todos, y de eso el mundo empresarial y directivo tendrá mucho que hablar.

Hace mucho que me retuerzo generando modelos de gestión, creando escenarios nuevos para que una idea sea factible, revisando planes de negocio y sobretodo dirigiendo equipos que a veces se sumergen en una total falta de creatividad. He vivido buenos y malos momentos. A las puertas de la mayor agresión formal y oficial a la clase productiva de occidente, la posibilidad de darle la vuelta a todo el asunto se hace inevitable. ¿Vamos hablando de como regenerarnos? Yo estoy desarrollando un nuevo negocio como sabéis, un entorno empresarial basado en los clusters y las incubadoras de startups, la internacionalización y la renovación de procesos en empresas existentes y, por supuesto, buscando financiación donde la hubiese para los que están en condiciones de encontrar viabilidad a sus proyectos.

Mientras unos siguen atendiendo a peluquerías de muñecas, los asuntillos del yerno real o polémicas artificiales que se crearán para amansar a las fieras, otros hemos dejado de protestar. Esto va de tonto el último. Sumemos a los que no se tomaron la pastilla que permite vivir eternamente en Matrix. Es tiempo de cambios, cambios que no veremos por televisión ni en los informativos ni medios, tiempos de recortes, de olvidos, de incautación y, sobretodo, tiempo de exculpación de responsables. Serán tiempos de gente sin capacidad para sacarnos de un escenario del que no podemos salir pues no es una crisis a lo que nos enfrentamos, ni tan siquiera una mala racha, lo que viene es la síntesis, la cristalización del modelo final.

Le damos credibilidad a un catedrático que llega a ministro o a conseller por alguna extraña razón que desconocemos. Suele gobernarnos gente que jamás pagó una nómina, que no sabe que es lo que sufre una empresa pequeña o mediana, que no conoce que supone un incremento indiscriminado de impuestos y que nunca podrá saborear el amargo sabor del cierre de un negocio. Creemos que saben lo que hacen y que “no es posible la quiebra del Estado pues ello sabrán como evitarlo”. Bueno, pues atendiendo a lo que ha pasado en Catalunya hace unos días es para temblar. Una eminencia proveniente de Boston, con una aureola de genio de la economía ha sido incapaz de prever algo que cualquier autónomo habría tenido en cuenta: que no te pague alguien no te exonera de pagar tus obligaciones recurrentes y por lo tanto te aseguras que la tesorería no sufra de iliquidad pues eso le llevaría a la quiebra. Algo tan simple no parece haberlo previsto el Conseller. No obstante eso es algo que tampoco han previsto la mayoría de dirigentes que nos rodean peligrosamente por todas partes.

Como decía… “nosotros a lo nuestro”, hay escenarios y formas, ¡discutan!

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