La Gran Renuncia Silenciosa: De Propietarios al Alquiler Perpetuo

En las últimas décadas, algo profundo ha cambiado en la estructura misma de nuestras sociedades occidentales sin que apenas nadie haya lanzado una alarma pública. No ha habido revolución, ni decreto, ni gran debate parlamentario. Simplemente, poco a poco, la posibilidad de poseer una vivienda, esa pieza central del sueño moderno de autonomía y estabilidad, se ha desvanecido para amplias capas de la población. Lo que antes era un horizonte alcanzable para la mayoría trabajadora se ha convertido en un privilegio reservado a unos pocos. Y con esa desaparición no solo se ha erosionado un bien material, sino toda una forma de entender la libertad individual y la posición social.

Este ensayo explora cómo una sociedad de propietarios se está transformando, casi imperceptiblemente, en una sociedad de dependientes. No es una conspiración orquestada desde despachos ocultos, sino el resultado acumulativo de decisiones económicas, políticas y culturales que, tomadas por separado, parecen razonables o inevitables, pero que en conjunto producen un cambio estructural de enorme calado. El resultado es un nuevo tipo de subordinación: no la del siervo medieval atado a la gleba por la fuerza, sino la del inquilino contemporáneo atado al alquiler por la mera ausencia de alternativas reales.

El precio de la previsibilidad

Todo sistema de poder necesita que sus miembros sean, hasta cierto punto, predecibles. Quien permanece demasiado tiempo en la misma situación, el mismo empleo precario, el mismo contrato de alquiler renovable, la misma rutina de pago mensual, se vuelve calculable. Sus ingresos, sus gastos, sus movimientos: todo entra en los algoritmos de bancos, fondos de inversión y plataformas digitales. Lo predecible es fácil de organizar, de financiar, de sostener dentro del sistema. Y la previsibilidad, como todo, tiene un precio: la renuncia progresiva a la autonomía.

En el pasado reciente, la propiedad inmobiliaria funcionaba como un rompeolas contra esa previsibilidad absoluta. Tener una hipoteca, sí, implicaba deuda, pero también un horizonte de liberación: al cabo de treinta años, la casa era tuya. Ese plazo, aunque largo, era finito. Permitía imaginar un futuro en el que el esfuerzo laboral dejaba raíces, en el que el trabajo se traducía directamente en algo propio. Hoy ese horizonte se ha difuminado. El alquiler no es ya una fase transitoria hacia la propiedad, sino un estado permanente para millones de personas. Y la permanencia prolongada sin acumulación genera un tipo particular de quietud: la persona se queda quieta no por elección, sino porque cualquier movimiento arriesga lo poco que tiene.

La divergencia que se volvió estructural

El mecanismo principal de este cambio es económico y aparentemente simple: los precios de la vivienda suben año tras año mientras los salarios apenas se mueven. Esa diferencia, que en un primer momento parece coyuntural, se acumula con el tiempo hasta convertirse en estructural. Cuando dos ritmos vitales, el del coste de la vida y el del ingreso laboral, se separan de forma sostenida, nace un problema que ya no se corrige con crecimiento económico puntual o con subidas salariales aisladas.

En España, por ejemplo, entre 2000 y 2023 los precios de la vivienda se multiplicaron por más de dos en muchas ciudades, mientras los salarios medios apenas crecieron un 30 % en términos reales. El resultado es que lo que antes requería quince o veinte años de ahorro moderado ahora exige cuarenta o cincuenta, una cifra que supera la vida laboral útil de muchas personas. Y cuando la brecha se vuelve tan grande, deja de ser un problema individual de disciplina o suerte para convertirse en una característica del sistema.

El cierre silencioso del acceso

Lo más notable de este proceso es que no ha requerido prohibiciones explícitas. Nadie ha declarado ilegal comprar una casa para la mayoría. Simplemente, se han ido acumulando barreras que hacen el acceso cada vez más difícil: menos construcción de vivienda pública, requisitos hipotecarios más estrictos, entrada de grandes fondos inmobiliarios que compran en bloque, aumento de la intermediación (agencias, plataformas, fondos buitre), subida de impuestos asociados a la compra, y una oferta que no crece al ritmo de la demanda.

Cada paso añade distancia entre la persona y la vivienda. Se construye menos porque la tierra es cara y los márgenes son mayores en vivienda de lujo. Se exigen más garantías porque los bancos han aprendido de crisis pasadas. Aparecen más intermediarios porque la digitalización permite extraer rentas en cada transacción. El resultado es que el acceso se cierra sin necesidad de prohibir nada: basta con hacerlo inviable en la práctica.

Y cuando comprar deja de ser posible, alquilar deja de ser una opción y se convierte en una obligación. Lo obligatorio, por definición, se cuestiona poco. Pagas la renta porque no hay alternativa real, y esa falta de alternativa naturaliza la dependencia.

El alquiler como nueva forma de vasallaje

Históricamente, la propiedad de la tierra ha sido el gran definidor de posición social. En la Europa feudal, quien no poseía tierras dependía del señor. No hacían falta cadenas físicas: la mera necesidad de techo y sustento organizaba el trabajo y la obediencia. La dependencia era estructural, no personal. Algo parecido ocurre hoy con el alquiler perpetuo.

El inquilino actual no está atado a un señor feudal concreto, sino a un mercado impersonal formado por fondos de inversión, socimis y grandes propietarios institucionales. Pero el efecto es similar: una parte significativa del ingreso mensual se desvía hacia la renta sin generar patrimonio propio. El alquiler rara vez construye futuro. No deja huella en forma de equity, no permite transmitir riqueza generacional, mantiene a la persona en una posición constante, sin acumulación ni avance real. Permanecer se convierte en sinónimo de no avanzar.

Y lo más inquietante es que este nuevo vasallaje se presenta como libertad. “Alquila y vive sin ataduras”, dicen los anuncios. “No te preocupes por mantenimiento, impuestos o reformas”. El mensaje implícito es que la propiedad es una carga del pasado, mientras que el alquiler es la opción moderna, flexible, adecuada a una vida nómada y cambiante. Pero esa flexibilidad tiene un precio: la renuncia a construir algo propio y la aceptación de una dependencia permanente.

El contraste generacional

Para quienes crecieron en los años setenta, ochenta o incluso noventa, tener una casa no era un objetivo lejano ni un privilegio reservado. Era el punto de partida natural de la vida adulta. Trabajabas, ahorrabas poco a poco, y con el tiempo construías algo propio. El esfuerzo tenía una traducción directa: raíces, estabilidad, posibilidad de transmitir algo a tus hijos.

Hoy la ecuación se ha invertido. Trabajas más horas, durante más años, con más presión, para acceder a menos espacio y menos seguridad. El progreso, que durante décadas se sintió como tal, más salario real, más acceso a bienes duraderos, más movilidad social ascendente, ha dejado de sentirse como progreso para amplios sectores. En su lugar, aparece una sensación de estancamiento o incluso retroceso disfrazado de normalidad.

El proceso lento que no hace ruido

Lo más peligroso de este cambio es su gradualidad. No ocurrió de golpe. No fue una decisión repentina ni una crisis puntual. Fue un proceso lento, casi invisible mientras sucedía. Se construyó menos vivienda pública desde los años ochenta. Se liberalizó el suelo poco a poco. Se permitió la entrada masiva de capital extranjero en el mercado inmobiliario. Se endurecieron las condiciones hipotecarias tras 2008. Cada medida, tomada aislada, tenía su justificación técnica o económica.

Las transformaciones profundas no hacen ruido. Así, poco a poco, una sociedad de propietarios se transforma en una sociedad dependiente sin que nadie anuncie el cambio. Las grandes transiciones empiezan en lo cotidiano: en la renovación anual del contrato de alquiler, en la carta del banco denegando la hipoteca, en la noticia de que un fondo ha comprado el bloque entero.

Y cuando el acceso desaparece, la dependencia ocupa su lugar. Así funcionan los sistemas duraderos: no necesitan prohibir nada ni decirte qué hacer. Solo necesitan que no exista una alternativa real fuera de ellos. La falta de opciones también condiciona.

Hacia una nueva configuración del poder

En otras épocas, cuando amplias capas de la población perdían el acceso a la tierra, no era accidental. Era el inicio de una reconfiguración del poder. La propiedad siempre ha definido la posición de las personas en la jerarquía social. Quien posee, decide. Quien no posee, depende.

Hoy asistimos a algo similar, pero en versión posmoderna. Los nuevos señores no llevan armadura ni residen en castillos, sino que son fondos de inversión con sede en paraísos fiscales y algoritmos que calculan rentabilidades. El vasallaje no se sella con juramento feudal, sino con contrato de arrendamiento renovable. Pero la lógica es la misma: una parte creciente de la población trabaja para pagar el acceso a algo que nunca será suyo.

Y lo más paradójico es que este proceso se presenta como inevitable, como consecuencia natural de la globalización, la demografía o la tecnología. Pero no lo es. Es el resultado de opciones políticas acumuladas: priorizar la rentabilidad financiera sobre la función social de la vivienda, tratar el suelo como mero activo especulativo, permitir la concentración de la propiedad en pocas manos institucionales.

Epílogo: la necesidad de cuestionar lo obligatorio

No es que no puedas comprar una casa. Es que el sistema ya no está estructurado para que la tengas, al menos no en las condiciones que tuvieron tus padres o abuelos. Y cuando algo deja de ser posible para la mayoría, deja de ser una cuestión individual para convertirse en una cuestión política de primer orden.

La gran renuncia silenciosa no es la de los trabajadores que abandonan empleos tóxicos, sino la de toda una generación que, sin apenas darse cuenta, ha renunciado a la expectativa de propiedad como base de su libertad adulta. Recuperar esa expectativa requerirá cuestionar lo que hoy parece obligatorio: que el alquiler sea la norma, que la vivienda sea principalmente un activo financiero, que la dependencia sea el precio inevitable de la modernidad.

Porque cuando la dependencia se naturaliza, el sistema se perpetúa. Y cuando el sistema se perpetúa, la libertad se reduce. La pregunta ya no es si podemos permitirnos una casa, sino si podemos permitirnos una sociedad en la que la mayoría no pueda permitírsela.

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