Por qué importar trabajo barato es la peor estrategia posible.
Creemos que cuanto más población activa incorporamos, más segura es la economía. Es una intuición profundamente arraigada, casi instintiva: más gente trabajando significa más producción, más consumo, más crecimiento. Durante décadas, esta lógica funcionó de forma imperfecta pero suficiente. El problema es que seguimos aplicándola cuando las condiciones materiales que la hacían viable han desaparecido. Estamos atrapados en una paradoja peligrosa. Mientras el sistema productivo avanza hacia una eficiencia que reduce radicalmente la necesidad de trabajo humano básico, las políticas públicas siguen actuando como si ese trabajo fuera escaso. Importamos personas para empleos que el propio sistema está diseñando para eliminar. Lo que llamamos “integración laboral”, “crecimiento inclusivo” o “solidaridad económica” no es una ley económica, sino un parche político: una solución provisional aplicada a un problema estructural mal diagnosticado. El resultado es un desajuste histórico. Nunca fue tan fácil producir valor con tan poca intervención humana directa, y nunca fue tan irresponsable seguir ampliando una base laboral condenada a la obsolescencia. El sistema nunca fue tan eficiente, pero esa eficiencia ya no se traduce en absorción social. Mañana puedes ser integrado… en una economía que ya no tiene ningún uso estructural para ti.
I. La invención del empleo absorbente y la ficción de la integración permanente
Durante la mayor parte de la historia humana, las sociedades no se organizaron alrededor de la absorción ilimitada de mano de obra. La vida giraba en torno a la tierra, el clan, la familia extensa o el oficio transmitido. El trabajo no era un mercado, era una función social. La modernidad industrial rompió ese equilibrio e introdujo una idea radical: toda persona podía —y debía— ser integrada productivamente en un sistema económico expansivo.
Karl Polanyi advirtió ya en 1944 que este giro era artificial. En La gran transformación explicó que el trabajo es una “mercancía ficticia”: no se produce para ser vendida, no puede separarse de la vida humana. Tratarlo como un input más del mercado genera tensiones que solo pueden contenerse mediante intervención política: sindicatos, legislación laboral, protección social.
Durante el siglo XX, ese modelo funcionó porque había algo clave: una economía intensiva en trabajo humano. El pacto era simple y comprensible: si produces, perteneces; si trabajas, tienes derechos. Pero ese pacto asumía una realidad material que ya no existe.
El error contemporáneo es actuar como si ese contrato siguiera vigente. Seguimos aceptando inmigración masiva orientada, en su mayoría, a empleos de bajo valor añadido, como si el sistema tuviera un apetito infinito por ese tipo de trabajo. No lo tiene. Y, peor aún, está invirtiendo cantidades colosales precisamente en eliminarlo.
Aquí aparece el primer cortocircuito grave: importar población para ocupar nichos laborales que la propia estructura tecnológica está diseñada para automatizar. No mañana. Ahora. El nombre clave que debemos retener es Kiwibot. Volveremos a él, porque resume de forma casi obscena esta contradicción.
Mientras tanto, la automatización impulsada por la IA ya no se limita a fábricas o cadenas de montaje. Está avanzando sobre logística, reparto, atención al cliente, hostelería y servicios básicos: exactamente los sectores donde se concentra la inmigración económica reciente. Y todo esto ocurre mientras el Norte Global envejece aceleradamente: Europa perderá 49 millones de trabajadores y China 195 millones antes de 2050.
Pero ese vacío no se está cubriendo con capital humano avanzado. Se está llenando con volumen humano destinado a una productividad decreciente.
II. El vendaval de la destrucción y el autoengaño del reemplazo humano
Joseph Schumpeter no dejó lugar a dudas en 1942:
“El vendaval de la destrucción creativa es el hecho esencial del capitalismo”.
Innovar implica destruir lo anterior. No es un fallo del sistema, es su motor. Y aquí está el error estratégico central: creer que podemos amortiguar ese vendaval importando trabajo barato. No podemos. La tecnología no compite con el investigador puntero o el ingeniero especializado. Compite con el trabajo simple, repetitivo y estandarizable. Es decir, con el grueso de los empleos que hoy absorbe la inmigración de baja cualificación.
El debate sobre cuántos empleos desaparecerán es un falso debate. Frey y Osborne hablaban de un 47% en riesgo; la OCDE lo reducía al 9%. La diferencia es metodológica, no sustantiva. Ambos coinciden en algo crucial: el trabajo no desaparece de golpe, se vacía por dentro. Se fragmenta en tareas, se precariza, se devalúa y finalmente se vuelve prescindible.
Este proceso da lugar a la conocida economía de barra de pesas: una minoría de empleos de altísima cualificación y remuneración en un extremo, y una masa creciente de empleos de servicios mal pagados en el otro. Las políticas migratorias actuales están alimentando deliberadamente ese extremo inferior, como si fuera una base estable sobre la que construir cohesión social. No lo es.
Ya en 2007 se documentaba que la agricultura californiana prefería invertir en robots con sensores ópticos antes que negociar con trabajadores inmigrantes considerados “inestables”. Para 2030, se estima que 20 millones de empleos manufactureros habrán sido sustituidos por robots. Pensar que los servicios básicos quedarán al margen de esta lógica no es optimismo: es negación.
III. La pregunta mal planteada: no es inmigración o robots, es productividad o colapso
El debate público está viciado desde el inicio. No se trata de si la inmigración es buena o mala en abstracto. Se trata de qué tipo de inmigración es compatible con una economía que reduce drásticamente la necesidad de trabajo humano básico.
Importar mano de obra para tareas que el sistema está activamente automatizando no es solidaridad. Es generar una bolsa estructural de población sobrante. Cuando esa población no encuentra integración productiva real, el conflicto no es una posibilidad: es una certeza.
Aquí aparece el fenómeno de la “culpa misatribuida”. Para un trabajador desplazado es más fácil señalar al inmigrante visible que al algoritmo invisible. Los líderes populistas explotan esta dinámica porque los robots no votan y el capital tecnológico es políticamente intocable. Pero el problema de fondo no es cultural, es aritmético: el pastel productivo ya no crece al ritmo de la población dependiente de él.
Los datos electorales de 2016 son reveladores: Donald Trump concentró su campaña en zonas con alta exposición a robots industriales. No porque odiaran la globalización en abstracto, sino porque intuían correctamente que el trabajo no iba a volver.
Japón y Suiza tomaron otra decisión: hiper-automatización y control demográfico estricto. El sur de Europa hizo lo contrario: inmigración intensiva sin salto tecnológico equivalente. El resultado es una combinación tóxica de paro estructural, baja productividad y resentimiento político.
IV. La trampa demográfica y el intervencionismo que lo empeora todo
Aquí es donde entra la capa que muchos prefieren ignorar: el intervencionismo estatal. Murray Rothbard lo explicó con brutal claridad: cuando el Estado intenta planificar mercados complejos —y el mercado laboral es uno de los más complejos que existen— no corrige fallos, los amplifica.
Las políticas migratorias actuales no responden a señales de mercado libres, sino a decisiones administrativas: cupos, regularizaciones, subsidios, incentivos fiscales y redes de asistencia que distorsionan completamente el cálculo económico. El resultado no es eficiencia, es mala asignación masiva de recursos humanos.
Desde una perspectiva libertaria, el problema no es la movilidad humana en sí, sino su gestión política. El Estado importa trabajo barato para sostener sectores improductivos, socializa los costes vía gasto público y privatiza los beneficios en forma de salarios deprimidos y precios artificialmente bajos.
Rothbard advertía que toda intervención genera efectos secundarios que luego se usan para justificar más intervención. Aquí el ciclo es perfecto: inmigración de baja productividad → presión sobre salarios y servicios públicos → conflicto social → más regulación → menos inversión productiva.
El Estado actúa como un planificador demográfico incompetente, acumulando población dependiente en un sistema fiscal basado en un trabajo que está desapareciendo.
V. El hombre oculto dentro de la máquina
Volvamos a Kiwibot. Robots de reparto “autónomos” circulando por las calles de California. La promesa del futuro. La realidad: eran operados remotamente por trabajadores en Colombia cobrando 2 dólares la hora. No era automatización. Era externalización extrema del trabajo degradado.
Ekbia y Nardi llaman a esto heteromatización: sistemas que parecen automáticos pero dependen de trabajo humano invisible, mal pagado y deslocalizado. La inmigración masiva hacia empleos básicos cumple una función similar dentro de las fronteras: abaratar costes mientras se retrasa la inversión real en productividad.
Pero este modelo tiene fecha de caducidad. Cuando la tecnología finalmente sustituye esos empleos, no queda movilidad social. Queda una población redundante. No explotada: innecesaria.
VI. La factura fiscal y el fin de la pertenencia productiva
Aquí llega el colapso silencioso. Los estados modernos se financian gravando el trabajo humano. Pero ¿qué ocurre cuando incorporas población cuyo empleo es precario, intermitente o directamente automatizable? El sistema fiscal se debilita, el gasto social se dispara y la legitimidad política se erosiona.
Corea del Sur intentó gravar robots y perdió más ingresos de los que ganó. No porque la idea fuera malintencionada, sino porque el problema no está en la tecnología, sino en el modelo previo. Apostar por volumen humano en lugar de productividad tecnológica fue el error original.
El trabajo ha dejado de ser el mecanismo central de pertenencia. Insistir en traer personas para trabajos que van a desaparecer no es progreso. Es negar la realidad material.
Conclusiones:
El debate sobre la inmigración suele plantearse en términos morales, como si la única alternativa fuera elegir entre compasión o rechazo. Ese enfoque es profundamente engañoso. El problema no es la inmigración en sí, sino el tipo de inmigración que se promueve en un contexto económico que ha cambiado de forma radical. Estamos incorporando población hacia empleos de bajo valor añadido justo cuando la tecnología está eliminando de manera acelerada ese tipo de trabajo.
Presentar esta estrategia como inclusión social es un error. Integrar personas en sectores condenados a la automatización no genera estabilidad ni movilidad, sino una acumulación progresiva de frustración, precariedad y dependencia. No se trata de una cuestión ética, sino de diseño económico: se está importando pasado productivo en un sistema que avanza hacia estructuras intensivas en capital, tecnología y cualificación.
El resultado es un conflicto diferido. A corto plazo se abaratan costes y se sostiene artificialmente el empleo, pero a medio plazo aumentan la presión fiscal, el gasto social y la competencia por recursos escasos. El Estado se ve obligado a ampliar su función asistencial mientras su base recaudatoria se debilita.
Sabéis que soy un apasionado de la historia, y en la historia económica se puede identificar que los errores de cálculo no se corrigen con discursos bienintencionados. Se pagan. Y cuanto más se pospone su reconocimiento, mayor es el coste social y político de afrontarlos.
No se trata de estar a favor o en contra de regularizar a miles de personas que llevan tiempo viviendo en un país. Ni siquiera de si eso es algo humano o político. No se trata de escuchar a los que dicen que las puertas deben abrirse de par en par, ni a los que hablan de expulsar a millones de personas. Ese es un debate que pronto dejará de tener interés. Lo que viene, es mucho más complejo e, incluso, más urgente que saber si alguien que lleva 5 años entre nosotros trabajando, perdido en un laberinto legal, puede o no legalizar su situación. Más complejo que las decenas de miles de expulsar a las decenas de miles de delincuentes que se cuelan aprovechando los grupos de bienintencionados que llegan continuamente a Europa. Es mucho peor. Se trata de resolver la gran cuestión de nuestro futuro inmediato, como sociedad: ¿qué vamos a hacer cuando las máquinas lo hagan todo?
Vivo en un país que ahora crece más que los países del norte. Crece por su modelo productivo basado en lo expansivo en lo laboral pero muy poco eficiente en lo salarial. Crece más que aquellos que mantienen un modelo industrial y que ahora no pueden ejercer todo su potencial. Pero eso cambiará. Y cambiará por los ciclos económicos y lo hará en base a la automatización. Cuando mucho de lo que aquí se hace sea sustituido por la tecnología, como ya está sucediendo en una escala muy pequeña ¿qué haremos con todo un cuerpo laboral incapaz de ser absorbido en ningún lugar?
De eso no nos hablan… ¿verdad?