2045: ¿habrá empleo o solo ocupaciones digitales subvencionadas?

En 2045, quizás el empleo no exista. No porque las máquinas nos hayan sustituido, sino porque habremos renunciado a competir con ellas. Será la era dorada del “trabajo simbólico”: millones de ciudadanos entretenidos en actividades digitales de utilidad dudosa pero altamente subvencionadas. “Creadores de comunidad”, moderadores éticos, consejeros de empatía virtual. Una burocracia emocional diseñada para mantenernos ocupados sin producir nada esencial. La paradoja es que la automatización, que prometía liberarnos del trabajo forzoso, podría convertirnos en súbditos de un sistema asistencial disfrazado de progreso.

La política, siempre más lenta que la innovación, reaccionará con su reflejo favorito: intervenir. Impuestos a los robots, rentas básicas universales, cuotas de algoritmos “inclusivos”. Se celebrará como justicia social lo que en realidad será una forma sofisticada de control. En lugar de garantizar libertad y oportunidades, muchos gobiernos preferirán financiar la dependencia permanente. La historia ya ofrece precedentes: el Estado del bienestar europeo surgió tras la Segunda Guerra Mundial como salvavidas; hoy funciona como un ancla. Lo que empezó como red de seguridad terminó siendo una jaula de confort colectivo.

Los defensores del asistencialismo argumentarán que “nadie debe quedarse atrás”. Pero esa frase encierra una trampa moral: si nadie se queda atrás, tampoco nadie avanza. La igualdad absoluta destruye el incentivo de la innovación, la curiosidad y el mérito. La verdadera dignidad no proviene del subsidio, sino de la capacidad de crear. Silicon Valley, Israel o Corea del Sur comprendieron esto hace décadas: la riqueza surge de la experimentación libre, no del paternalismo estatal. Sin embargo, muchos países siguen creyendo que redistribuir pobreza es más justo que permitir que alguien se enriquezca.

Lo más inquietante no será la falta de empleo, sino la pérdida del individuo. Las tecnologías de vigilancia, combinadas con la inteligencia artificial, ofrecen a los Estados y corporaciones un poder sin precedentes sobre la información personal. Cada interacción digital alimenta un panóptico invisible donde la privacidad se percibe como sospechosa. Si el siglo XX fue el de la propaganda, el XXI será el de la persuasión invisible: algoritmos que modelan nuestras opiniones antes de que siquiera las tengamos. La distopía orwelliana no llegará con botas militares, sino con interfaces amigables y programas de bienestar.

La única resistencia posible será recuperar el control sobre la información propia, defender la autonomía digital como un derecho natural, no como una concesión. En 2045, la línea de batalla no estará entre humanos y máquinas, sino entre individuos libres y sistemas que los tratan como datos procesables. El futuro del trabajo, al final, dependerá de una pregunta moral: ¿queremos ser creadores o administrados?

Quizás la predicción más honesta sea la más incómoda: habrá tanto empleo como dignidad estemos dispuestos a conservar. Y si la buscamos en el subsidio o en el algoritmo benevolente, no será el trabajo lo que desaparezca, sino el individuo mismo.

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