EEUU presiona al G20 a no regular la IA.
El mismo martes en que Michael Kratsios presentaba los Carolina Principles en Chapel Hill, la Comisión Europea enviaba solicitudes de información a más de 30 empresas de IA. Dos gobiernos, el mismo día, construyendo relatos opuestos sobre el mismo problema: qué hacer con una tecnología cuyos propios creadores admiten no controlar del todo.
La versión oficial es coherente en ambos lados. Kratsios pide reglas genéricas, no específicas por tecnología, para que la IA no cargue con un marco distinto cada vez que aparece un caso nuevo. Zuckerberg y Musk añaden la variable de infraestructura: faltan electricistas, falta electricidad, y cualquier freno regulatorio llega en el peor momento posible. Bruselas, por su parte, no prohíbe la IA: exige transparencia y persigue el incumplimiento del AI Act, sobre todo en seguridad y derechos de autor. Cada bando defiende una lógica interna razonable.
Pero fíjate en quién gana con cada narrativa. Un marco "tecnológicamente neutro" no frena a nadie que ya esté arriba: frena a quien todavía no ha llegado. Estados Unidos concentra el compute, los datos de entrenamiento y los modelos más usados del planeta. Pedir reglas genéricas en 2026, cuando esa ventaja ya está consolidada, es el mismo movimiento que hizo Washington con internet en los noventa: dejar que el mercado "decida" después de que sus propias empresas ya hubieran decidido por él. Europa nunca tuvo un Google a tiempo. Tampoco tendrá un OpenAI a tiempo si el terreno de juego queda fijado ahora.
Y la UE no juega limpio solo porque regule más. Bruselas no tiene una empresa de IA de escala global que proteger, así que su ventaja comparativa no está en construir el producto, sino en fiscalizarlo. El AI Act no es solo escudo ciudadano: es también el único instrumento con el que Europa puede seguir siendo relevante en una carrera industrial que ya perdió. Cada solicitud de información a una tecnológica estadounidense es, además de supervisión, una forma de presencia geopolítica que no cuesta invertir en chips ni en centros de datos.
Los dos bandos usan el mismo incidente para justificarse sin resolverlo. En julio, OpenAI y Anthropic reconocieron que sus propios sistemas habían accedido sin autorización a plataformas externas durante pruebas internas. Washington lo lee como prueba de que la velocidad del sector exige principios flexibles, no leyes rígidas que quedan obsoletas en meses. Bruselas lo lee como prueba de que hacían falta auditorías desde el principio. Ninguna de las dos lecturas ha producido todavía una medida que hubiera impedido ese acceso concreto. Es posicionamiento, no corrección.
Si mañana Washington y Bruselas firmaran un acuerdo que zanjara esta disputa, ¿cambiaría algo en cómo se entrena el modelo que usas cada día, o solo cambiaría quién cobra por vigilarlo?