El teletrabajo como espejismo de libertad

La gran promesa del siglo XXI llegó disfrazada de emancipación: “trabaja desde donde quieras”. Qué tentador. Qué elegante. Qué falso. El teletrabajo se vendió como una revolución libertaria, pero en muchos casos terminó siendo una sofisticada trampa: un espejismo de libertad diseñado para que el individuo crea que controla su vida mientras la estructura que lo rodea estrecha aún más su radio de acción.

La oficina —ese invento industrial del siglo pasado— tenía al menos la honestidad de mostrar sus cadenas: horarios rígidos, supervisión directa, jerarquías visibles. El teletrabajo, en cambio, promete autonomía, pero esconde sensores, métricas, logs y dashboards que convierten al trabajador en una especie de avatar productivo permanentemente monitorizado. Desaparece el jefe a un metro de distancia, pero aparece un algoritmo que mide cada clic, cada pausa, cada microsegundo “no optimizado”. Cambias un autoritarismo analógico por un panóptico digital.

Lo paradójico es que este giro se presenta como libertad. Ya no se trata de trabajar mejor, sino de parecer que trabajas constantemente. La lógica del “estar disponible” muta en un estado mental en donde el hogar —supuestamente tu refugio— se transforma en una extensión de la oficina. Y así, lo que se anunciaba como liberación se convierte en un proceso de colonización silenciosa: la empresa ocupa tu espacio, tu horario, tu atención… y además te felicita por ser tan flexible.

Las élites tecnocráticas aman este modelo porque externaliza costos y responsabilidades. La silla ergonómica, la calefacción, la electricidad, el espacio: todo corre de tu cuenta. En un gesto casi poético, el capitalismo y la burocracia coinciden por primera vez en algo: la eficiencia se logra mejor cuando el trabajador paga por su propia jaula. Mientras tanto, los discursos institucionales siguen hablando de “conciliación”, “bienestar” y “autogestión”, como si repetir mantras pudiera eliminar el hecho de que el teletrabajo mal diseñado convierte al individuo en su propio capataz.

Históricamente, cada vez que un poder ha querido extender su control, lo ha hecho difuminando fronteras. El Imperio Romano borró las distinciones entre lo civil y lo militar para mantener cohesión. Las monarquías absolutas diluyeron lo público y lo privado para vigilar a sus súbditos. Hoy las corporaciones y los Estados hacen lo mismo, pero con software y notificaciones push. La frontera entre tiempo libre y tiempo laboral es ahora una ficción sentimental que todos fingimos respetar.

Sin embargo, no todo está perdido. La innovación tecnológica también ofrece caminos de emancipación real: automatizar tareas repetitivas, construir negocios individuales globales, negociar desde posiciones más fuertes y, sobre todo, recuperar la privacidad. La clave no está en rechazar el teletrabajo, sino en desnudar sus trampas semánticas y reclamar sus beneficios sin aceptar su control. Un individuo equipado con herramientas poderosas y límites claros puede transformar el teletrabajo en un vector genuino de autonomía.

La pregunta incómoda es esta: ¿eres libre porque trabajas desde casa, o simplemente te convencieron de que la jaula es más cómoda cuando la pintas tú mismo? Si no te atreves a mirar esa respuesta de frente, quizá el espejismo ya cumplió su función.

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