Europa inventó el futuro y se lo dejó a otros

Carl Benz patentó su automóvil de gasolina en Mannheim en 1886. Alexander Fleming descubrió la penicilina en un laboratorio de Londres en 1928, y Tim Berners-Lee escribió la propuesta de la World Wide Web en el CERN de Ginebra en 1989. Durante siglos, buena parte de lo que el mundo usaba se pensó primero en Europa. Lo inquietante es lo poco que de todo eso seguimos controlando.

La lista es larga y casi nadie la recita entera. La imprenta de Gutenberg, la máquina de vapor de Watt, la inducción de Faraday, los rayos X de Röntgen, la estructura del ADN, el estándar GSM, Linux o la arquitectura ARM salieron de aquí. También el motor diésel, la vacuna de Jenner y el cinturón de seguridad de tres puntos llevan firma europea. Europa producía ciencia y, sobre todo, las bases sobre las que otros iban a levantar industrias enteras. Y ese matiz, el de los otros, es el que explica casi todo lo que vino después.

Porque el patrón se repite con una precisión casi cruel. Fleming descubrió la penicilina, pero su producción masiva requirió la maquinaria industrial de Estados Unidos. Berners-Lee inventó la web en el CERN, y las plataformas que hoy la explotan cotizan en Nueva York. ARM nació en Cambridge y en 2016 SoftBank la compró por unos 32.000 millones de dólares. Nokia llegó a dominar la telefonía móvil del planeta y en 2013 acabó vendiendo su negocio de terminales a Microsoft por 7.200 millones. Inventamos aquí. Se capitaliza fuera.

Lo cómodo sería decir que Europa ya no innova, y sería falso. ASML, en los Países Bajos, fabrica las máquinas de litografía EUV sin las que no existen los chips más avanzados del mundo. El CERN confirmó el bosón de Higgs en 2012. El talento sigue aquí. Lo que falla es lo que viene después de inventar: convertir una idea en empresa, una empresa en gigante y un gigante en liderazgo.

El diagnóstico ya está por escrito. Mario Draghi, en su informe sobre la competitividad europea, sitúa la brecha de innovación en el centro de nuestro estancamiento de productividad frente a Estados Unidos. Capital fragmentado, un mercado único que no termina de serlo y una maquinaria normativa que llega antes que la industria. Cuando una startup europea necesita crecer, suele encontrar el capital y el mercado al otro lado del Atlántico, y allí se queda. Bruselas se ha especializado en escribir las reglas de tecnologías que fabrican otros, y lo celebra como si fuera liderazgo.

Un continente que regula lo que no construye acaba pagando licencia por lo que inventó. Esa es la factura que ya estamos pagando, en chips, en plataformas y en medicamentos. Europa alumbró el mundo moderno, y su decadencia empieza cuando sus dirigentes confunden regular el futuro con construirlo.

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