La desindustrialización también es el resultado de decisiones políticas. Algunas eran inevitables, otras respondieron a compromisos externos y otras se tomaron pensando más en el corto plazo que en la estructura productiva del país.

Una industria heredada del proteccionismo

Durante buena parte del siglo XX, la industria española creció protegida por aranceles, con una fuerte presencia del Estado a través del Instituto Nacional de Industria y orientada a un mercado interior cerrado. Cuando llegaron la crisis del petróleo de los setenta y la apertura de la economía, muchas de esas empresas, especialmente en la industria pesada, resultaron inviables sin ayudas permanentes.

La reconversión de los años ochenta

El Real Decreto-ley 8/1983 y la Ley 27/1984, de reconversión y reindustrialización, dieron forma a uno de los procesos más traumáticos de la historia económica reciente. Se reestructuraron la siderurgia, la minería del carbón, la construcción naval y los bienes de equipo, y en menor medida el textil y los electrodomésticos. En 1986 se anunció el desmantelamiento de Altos Hornos del Mediterráneo en Sagunto, uno de los símbolos de aquel periodo.

La reconversión incluyó jubilaciones anticipadas, fondos de promoción de empleo y las llamadas Zonas de Urgente Reindustrialización, que debían atraer nuevas empresas a los territorios afectados. Los resultados fueron desiguales. En comarcas como las cuencas mineras asturianas, el peso del empleo industrial cayó con rapidez y la actividad alternativa nunca llegó a compensarlo. En Langreo, por ejemplo, la proporción de ocupados en la industria pasó del 46,7% en 1975 al 31,6% en 1984.

La entrada en la Comunidad Europea

La adhesión a la Comunidad Económica Europea en 1986 abrió mercados y trajo fondos, pero también obligó a competir sin protección con industrias mucho más productivas. Las ayudas públicas a sectores en crisis quedaron sometidas a las normas de competencia europeas, y varios sectores tuvieron que ajustar su capacidad productiva como parte de las negociaciones.

Cuando la política mira hacia otro lado

En las décadas siguientes, la política industrial perdió protagonismo. Durante años se dio por hecho que el crecimiento de los servicios, la construcción y el turismo bastaba para garantizar la prosperidad. La industria pasó a ser un asunto secundario en los presupuestos y en el debate público, hasta que la pandemia y la crisis energética recordaron su importancia estratégica.

Albert O. Hirschman insistía en que el desarrollo depende de los encadenamientos entre sectores: una industria arrastra proveedores, servicios técnicos, centros de formación y conocimiento. Cuando se desmantela sin un plan para sustituirla, desaparece mucho más que una fábrica.