Durante años se pensó que daba igual dónde se fabricaran las cosas siempre que pudieran comprarse a buen precio. La pandemia y las crisis posteriores demostraron que esa idea tenía un coste que nadie había calculado.

Cuando faltan mascarillas y chips

En la primavera de 2020 Europa descubrió que no era capaz de fabricar a tiempo material sanitario tan básico como mascarillas o equipos de protección. Poco después, la escasez mundial de semiconductores obligó a parar líneas de montaje de automóviles en toda Europa, también en España, uno de los grandes fabricantes de vehículos del continente. Las fábricas tenían pedidos, trabajadores y maquinaria, pero les faltaba un componente que se producía a miles de kilómetros.

Un país que exporta poca industria

La debilidad industrial se refleja en la capacidad de vender al exterior. Según la Fundación BBVA y el Ivie, en 2022 las exportaciones manufactureras españolas equivalían al 20,3% del PIB, frente al 31,1% de la media europea. Exportar menos significa depender más de la demanda interna y del turismo, y estar más expuestos cuando cualquiera de ellos se resiente.

La dependencia es especialmente visible en los productos de mayor contenido tecnológico. España fabrica casi seis veces menos productos informáticos, electrónicos y ópticos que la media europea en proporción a su economía. Lo que no se fabrica se importa, y lo que se importa puede dejar de llegar.

La energía como recordatorio

La crisis energética de 2022 añadió otra lección. La industria depende de un suministro de energía abundante y a precio competitivo, y cuando el precio se dispara, las primeras en sufrir son las fábricas que más consumen: acero, química, cerámica, papel o vidrio. Algunas redujeron producción y otras se plantearon trasladarse. Lo analizaremos con más detalle en el capítulo 4.

Autonomía estratégica

Desde entonces, la Unión Europea habla de autonomía estratégica: asegurar que los bienes esenciales puedan producirse dentro de sus fronteras o en países de confianza. No se trata de fabricarlo todo, algo imposible e ineficiente, sino de no depender por completo de un único proveedor para aquello que resulta imprescindible. La desindustrialización, que durante décadas se vio como una cuestión económica, se ha convertido también en una cuestión de seguridad.