España llegó tarde a la industrialización y empezó a desindustrializarse pronto. Esa combinación explica buena parte de los desequilibrios que arrastramos hoy.

El techo de los años ochenta

Entre 1960 y 1980 la industria ganó peso de forma continuada en la economía española. Según BBVA Research, el máximo se alcanzó en torno a 1980, cuando la industria rondaba el 18% del valor añadido en términos reales y cerca del 22% del empleo total. Desde entonces la tendencia ha sido descendente, con algunos repuntes puntuales que nunca han llegado a invertirla.

Un cuarto de siglo de pérdida de empleo

Los datos más recientes de la Fundación BBVA y el Ivie muestran la magnitud del cambio. En el año 2000 la industria manufacturera concentraba el 17,3% del empleo. En 2024 ese porcentaje era del 9,9%. Por el camino se perdieron 723.500 puestos de trabajo, una caída del 25%. Hoy el sector da empleo a algo más de 2,17 millones de personas.

La comparación con Europa es reveladora: en el conjunto de la Unión, las manufacturas representan el 13,7% del empleo. España se ha alejado de la media en lugar de acercarse.

Las crisis aceleran lo que ya estaba en marcha

El proceso no ha sido lineal. La crisis financiera de 2008 golpeó con especial dureza a la industria: cayó la demanda interna, se cerró el grifo del crédito y muchas empresas pequeñas no tuvieron colchón para resistir. Una parte de la capacidad productiva que desapareció entonces nunca volvió.

Antes, durante los años de la burbuja inmobiliaria, buena parte del capital y del empleo se desplazó hacia la construcción, un sector que ofrecía rentabilidades rápidas y que absorbió recursos que podrían haberse destinado a modernizar la industria. Cuando la burbuja estalló, la economía se encontró con menos ladrillo y también con menos fábricas.

Un fenómeno con muchas caras

La desindustrialización no afecta solo a las cifras macroeconómicas. Tiene consecuencias sobre la calidad del empleo, la capacidad exportadora, la innovación y el equilibrio entre territorios. Algunas regiones que fueron motores industriales han visto cómo se vaciaban sus polígonos, mientras otras nunca llegaron a industrializarse del todo. Analizaremos estas consecuencias en el capítulo 3.

Lo relevante en este punto es retener una idea: España ha perdido peso industrial más deprisa que sus socios europeos y lo ha hecho sin haber alcanzado antes sus niveles de productividad. Esa es la diferencia entre transformarse y retroceder.