Hablamos de desindustrialización cuando la industria pierde peso en una economía: aporta una parte menor de la riqueza que se produce y ocupa a una parte menor de los trabajadores. Puede ocurrir aunque las fábricas sigan produciendo lo mismo o incluso más, porque lo que se mide es su proporción frente al resto de actividades.
Una definición con dos varas de medir
Los economistas utilizan dos indicadores. El primero es el valor añadido bruto (VAB) de la industria sobre el total de la economía. El segundo es el empleo industrial sobre el empleo total. Cuando ambos caen de forma sostenida durante años, estamos ante un proceso de desindustrialización.
Conviene distinguir entre una desindustrialización relativa y otra absoluta. En la relativa, la industria crece menos que los servicios y por eso pierde cuota. En la absoluta, directamente cierran plantas, se pierden empleos y se reduce la producción. España ha vivido las dos en distintos momentos de su historia reciente.
El caso español en una cifra
Según el estudio de la Fundación BBVA y el Ivie publicado en 2025, las manufacturas aportaban el 17,9% del VAB español en el año 2000. En 2024 esa cifra había bajado al 11,8%. Son seis puntos menos en veinticinco años. La media de la Unión Europea se sitúa en el 15,6%, y Bruselas se ha marcado como objetivo que la industria vuelva a representar el 20% de la economía.
Dicho de otra forma, España está casi cuatro puntos por debajo de la media europea y a más de ocho del objetivo que la propia Unión considera razonable para una economía avanzada.
¿Es siempre una mala noticia?
No necesariamente. Cuando un país se enriquece, sus ciudadanos gastan proporcionalmente más en servicios (sanidad, ocio, educación, turismo) y la industria pierde cuota de manera natural. Además, las fábricas se vuelven más productivas y necesitan menos trabajadores para producir lo mismo. Eso explica una parte de lo ocurrido en todo Occidente.
El problema aparece cuando la industria se reduce antes de tiempo, cuando el país todavía no ha alcanzado los niveles de renta y de productividad de sus vecinos. El economista Dani Rodrik bautizó este fenómeno como desindustrialización prematura, y es la clave para entender por qué el caso español es preocupante y no solo una consecuencia lógica del progreso.
Lo que veremos en este curso
A lo largo de las lecciones analizaremos cómo ha evolucionado el fenómeno, cuáles son sus causas internas y externas, qué decisiones políticas lo aceleraron, qué consecuencias tiene para el empleo y para el territorio, en qué situación se encuentra hoy la industria española y qué margen real existe para revertir la tendencia.